EL TORO BRAVO EN MÉXICO. SU VISIÓN A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

     En un principio, el ganado vacuno que llegó a América para consolidar las empresas de conquista y colonización, sólo tuvo fines de consumo y de abasto. Eran toros mansos, en su mayoría, y los propósitos de nuevos encomenderos fue establecer diversas cabezas, tanto de ganado mayor como menor en sus propiedades para que allí se reprodujeran. Pronto, el control salió de sus manos ya que enfrentaron una fuerte explosión demográfica que alcanzó niveles sin precedentes. Sabemos que aquellos nuevos propietarios que tuvieron ganado en el valle de Toluca -por ejemplo-, se sometieron a la delimitación de sus terrenos, mismos que fueron rebasados por aquel fenómeno y el ganado, que se reprodujo rápidamente llegó a sitios tan alejados e inimaginables como Zacatecas. Afirma el Dr. Carlos Cuesta Baquero respecto de aquellas primeras reses

 Fueron enviadas con la finalidad de utilizarlas en el abasto de la Nueva España y en los servicios agrícolas. No hicieron elección de algunas para destinarlas a la diversión tauromáquica, a ser lidiadas en las plazas públicas.

   Las reses que llegaron a nuestro suelo procedieron, en su mayoría, de las regiones de Castilla, Salamanca y Navarra, y algunas también de Andalucía. Ni aún en la propia España había en esa época ganaderías exprofesamente dedicadas a la cría de toros de lidia; pues la tauromaquia, entonces, era un arte embrionario, concretándose a las suertes de rejonear a caballo. El toreo a pie aun no era establecido. Y esta manera fué la que originó la especialización de las castas de reses bravas, de ganaderías dedicadas a criar toros de lidia en México.

008 Imagen de un toro, en la que puede apreciarse el trazo de un “cercado”, con lo que en esa reducida expresión, se dejaba notar seguramente, la forma en que se aplicaba control territorial a los ganados mayores durante el periodo colonial. Esta imagen corresponde a un registro del siglo XVI.

    La fiesta de toros, caballeresca en su primera etapa, sentó sus reales desde 1526 y para la realización de las mismas se necesitó de ganado propicio. Si bien no existía en las condiciones necesarias como en nuestros días, se aprovechó la posibilidad de casta que entonces era común denominador. De seguro, los hacendados y vaqueros de aquellas épocas pusieron su empeño en ir buscando con base a selecciones primitivas los toros que luego enviaron a las plazas. Predominó en el campo un toro criollo, constantemente bajado de los cerros (cerrero), montaraz y mostrenco que sirvió para una aparición fugaz en el coso, puesto que la finalidad de aquel toreo se fundaba básicamente en el alanceamiento y más tarde en suertes del rejoneo, que se hicieron vistosas gracias a la habilidad de caballeros que lograron del toreo a la jineta o a la brida lo mejor de su repertorio.

   Más tarde, la presencia de una ganadería controlada y definida intervino en el proceso de cambio ocurrido con la nueva puesta en escena, aquella en que los toreros de a pie figuraron como los protagonistas por antonomasia. La necesidad de integración para dar cauce al espectáculo durante el siglo XVIII, originó la consolidación de algunas haciendas ganaderas que, con regular frecuencia enviaban sus toros a las plazas. Entre otras encontramos el caso de:

 El Jaral: cerca de San Miguel (de Allende), Guanajuato.

La Goleta: cerca de Querétaro (1734-1797). Propietario: marqués de la Villa del Villar del Aguila (administra Gabriel Joaquín del Yermo).

Yeregé: Real de Minas de Temascaltepec, hoy estado de México (1769-1770). Propietario: Juan Fco. Retana.

   Con el mismo nombre, pero en Nueva Galicia, jurisdicción de Guadalajara, 1770. Propietarios: Antonio José Serratos, el conde de Regla en 1778. Viuda de Lecumberri en 1778. Pedro Antonio de Acevedo y Calderón en 1789. Y Antonio María del Hierro, en otra con el mismo nombre, ubicada en Querétaro. 1789, lo mismo que Antonio Rotonda en 1789.

San Nicolás: 1791.

San Pablo: 1791.

El Salitre: sierra de Pinos, Zacatecas (1791). Propietario: José González Rojo.

Enyegé: Real de Minas de Temascaltepec (Hoy estado de México, 1796). Propietario: conde de la Torre Cossío.

Astillero: propietario: Pedro de Macotela, 1796.

Atenco: valle de Toluca (Hoy estado de México, 1796-1817). Propietario: conde de Santiago (administra Felipe Pasalles).

Tenería: Propietario: Ignacio García Usabiaga, 1797.

Tlahuelilpan: cerca de Tula, hoy estado de Hidalgo, 1797. Propietario: conde de la Cortina.

Xaripeo: Distrito de Irimbo, Michoacán, 1799. Propietario: Miguel Hidalgo y Costilla.

Bocas: cerca de San Luis Potosí, 1800. Propietario: Juan N. Nieto.

Gogorrón y Zavala: cerca de San Luis Potosí, 1800. Propietario: Juan Antonio Fernández de Jáuregui.

Pila: cerca de San Luis Potosí, 1800. Propietaria: María Antonia Arduengo.

Bledos: cerca de San Luis Potosí, 1800. Propietarios: Manuel de Gándara, José Florencio Barragán.

Rincón: Guanajuato, 1810.

Bellas Fuentes: Valladolid. 1818.

Tenango: Tenango, hoy estado de México, 1815.

    En pleno siglo XIX, la actividad taurina alcanzó niveles de gran importancia. Incluso hasta en los protagonistas de los hechos revolucionarios como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende o José María Morelos se les veía como criador, torero y vaquero respectivamente.

   Ante este panorama, la hacienda de Atenco sobresalió entre las que se encontraban proporcionando ganado en cantidades muy elevadas. Justo es recordar que la ganadería desde sus inicios estuvo en poder del lic. Juan Gutiérrez Altamirano y de su descendencia, conformada por el condado de Santiago de Calimaya; esto desde 1528 y hasta 1879, año en que es adquirida por la familia Barbabosa.

   Otras ganaderías que lidiaron durante el XIX -en su primer mitad- fueron:

El Cazadero, Guanamé, Huaracha, Tlahuelilpan, Del Astillero, Sajay, Queréndaro, Tejustepec y Guatimapé

   Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas a un esquema utilitario en el que su ganado sirvió para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Bernardo Gaviño, fueron San Diego de los Padres y Santín, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

  Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 dio inicio  -desde mi punto de vista- la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegaron procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ramón López. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre su ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos.

039 Toro saliendo al ruedo. Esta ilustración aparece en uno de los números del periódico “La Banderilla”, publicado en la ciudad de México en 1888.

    Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado criollo de San Cristobal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco, en el estado de Tlaxcala. Catorce años más tarde dicho ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   Por otro lado es evidente el hecho de la adquisición de 1 semental de Zalduendo que llegó a Atenco el año de 1888 mismo que pudo ser suficiente motivo para originar la leyenda de los toros navarros en campo bravo mexicano.

   Santín, administrada por don Rafael Barbabosa y Arzate desde 1847 mantiene su ganado sin cruza española, por lo que en las épocas del auge poncianista se le denominada como la ganadería “nacionalista”.

   El concepto de la ganadería en cuanto sentido profesional aún no forma parte de la vida común en la fiesta de los toros. Para España va a comenzar a fines del siglo XVIII. En México, ocurrirá un siglo después. Es un hecho de que el ganado se desarrolló de maneras muy distintas en nuestro territorio y que habiendo un carácter específico para las fiestas, en todo caso, pudieron aplicar -los señores dedicados a la posible selección- un criterio en el que se aprovechó cierta “bravuconería” de toros, comportamiento que determinó la capacidad de embestida finalmente comprobada en las plazas.

   En el pasado siglo XX, con los toros de San Mateo pre y post-revolucionarios queda grabada la marca de fuego que Antonio Llaguno supo imponer a pesar de los obstáculos que enfrentó, llámese invasión de sus tierras por el ejército constitucionalista o acomodo forzoso de ganado bravo escogido previa y rigurosamente, tanto en el rancho de Sotelo como en su casa de la colonia Roma. Pérdida de algunas vacas y toros en el mismo rancho de Sotelo que se robaron y comieron los zapatistas o hasta lo ocurrido en aquel incidente en la plaza de Valparaíso, Zacatecas cuando un grupo de improvisados quiso torear a CONEJO, bravísimo sanmateíno, cuya fiereza incomprendida acabó por provocar que los “diestros” terminaran liquidándolo no de una estocada. Sí a balazos.

   Y si Antonio Llaguno en vida no permitió más que algunos toros para que se constituyeran unas cuantas ganaderías, su hijo José Antonio Llaguno García abrió las compuertas por donde fue arrojada al campo bravo mexicano la sangre sanmateína la cual logró darle vida a más de un 85% de nuevas ganaderías, conservando todas ellas un sello distintivo que aún no se pierde. Al contrario, se consolidó cada vez más bajo la custodia de sinfín de criadores que por supuesto imprimen a sus desvelos un propio criterio sin que esto ocasione la pérdida de la esencia misma de la sangre Saltillo-San Mateo que corre por las venas de toros bravos mexicanos. Por fortuna la propia ganadería no ha desaparecido, recayó en otras manos, las del señor Ignacio García Aceves y más tarde en las del Arq. Ignacio García Villaseñor quien pone también todo su empeño para que continúen sumándose a su historial nuevos y memorables triunfos.

DESERTOR DE SAN MATEO_1946El trapío que caracterizó a los toros de San Mateo allá por los años 40 del siglo pasado, no dejaba de despertar sospecha, de ahí que el texto para el pie de foto intentara disuadir la mala idea que se tenía sobre la constante presencia de ejemplares que, por su escaso respeto generaban tales reacciones.

    Hoy en día, con el esfuerzo decidido de todos los ganaderos de toros bravos de México se ha logrado conseguir un toro moderno para la faena moderna. Es probable que frente a la apertura de los mercados, la responsabilidad sea mayor. Aún queda mucho por hacer, y estamos seguros que lo conseguirán.

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