LA PLAZA MAYOR DE LA CIUDAD DE MÉXICO…

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LA PLAZA MAYOR DE LA CIUDAD DE MÉXICO: ESCENARIO DE OTROS TIEMPOS PARA LAS MAJESTUOSAS FUNCIONES ECUESTRES.

    Una ordenanza real firmada por Felipe II en 1578, y que habría de aplicarse en las nuevas colonias americanas, disponía que: “La Plaza Mayor donde se ha de comenzar la población debe tener forma de cuadra prolongada, que por lo menos tenga de largo una vez y media de su ancho, porque serán a propósito para las fiestas a caballo”.

   Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar y Bernardo de Balbuena, entre otros, nos cuentan cada quien en su estilo y su momento, el uso que se le dio a la Plaza Mayor, en 1538 primero; luego en 1554; y a principios del siglo XVII, después.

   Cuando en 1538 concluyó la guerra entre España y Francia y se firmaron las “Paces de Aguas Muertas”, la Plaza Mayor, ancho cuadro “a propósito para las fiestas a caballo y otras” fue escenario utilizado para conmemorar el acontecimiento. Al dar inicio los festejos, la plaza se improvisó como un verdadero bosque, con ramas y árboles corpulentos. Después la convirtieron en la ciudad de Rodas, con sus torres y palacios, y en aquel escenario soltaron unos toros que armaron gran revuelo entre los espectadores. Otro día hubo torneos y juegos de cañas del que resultó lastimado Juan Cermeño al recibir un bote en la pierna, del que nunca más sanó. En la última jornada también se corrieron toros. El gran acontecimiento terminó en medio de grandes banquetes ofrecidos por el virrey Antonio de Mendoza y el nuevo Marqués del Valle de Oaxaca don Hernando Cortés.

   De esto, Bernal Díaz apuntó en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

 COMO EN MÉXICO SE HICIERON GRANDES FIESTAS Y BANQUETES Y ALEGRÍA DE LAS PACES DEL CRISTIANÍSIMO EMPERADOR NUESTRO SEÑOR, DE GLORIOSA MEMORIA (REFIRIÉNDOSE A CARLOS V), CON EL REY DON FRANCISCO DE GRANCIA, CUANDO LAS VISTAS QUE TUVIERON SOBRE AGUAS MUERTAS.

    En el año de treinta y ocho vino nueva a México que el cristianísimo emperador nuestro señor, de gloriosa memoria, fue a Francia, y el rey de Francia, don Francisco, le hizo gran recibimiento en un puerto que se dice Aguas Muertas, donde se hicieron paces y se abrazaron los reyes con grande amor, estando presente madama Leonor, reina de Francia, mujer del mismo rey don Francisco y hermana del emperador de gloriosa memoria, nuestro señor, donde se hizo gran solemnidad y fiestas en aquellas paces. Y por honra y alegría de ellas, el virrey don Antonio de Mendoza, y el marqués del Valle, y la Real Audiencia, y acordaron de hacer grandes fiestas y regocijos; y fueron tales, que otras como ellas, a lo que a mí me parece, no las he visto hacer en Castilla, así de justas y juegos de cañas, y correr toros, y encontrarse unos caballeros con otros, y otros grandes disfraces que había en todo. Esto que he dicho no es nada para las muchas invenciones de otros juegos, como solían hacer en Roma cuando entraban triunfantes los cónsules y capitanes que habían vencido batallas, y los petafios y carteles que sobre cada cosa había.[1]

NICOLÁS RANGEL_HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO_p. 10

    Por su parte Francisco Cervantes de Salazar nos comenta en su “Diálogo segundo: Interior de la ciudad de México” con sus famosos interlocutores: Zuazo y Zamora, vecinos; Alfaro, forastero la visión que tuvo de la Plaza Mayor:

 ZUAZO

    Estamos ya en la plaza. Examina bien si has visto otra cosa que le iguale en grandeza y majestad.

 ALFARO

    Ciertamente que no recuerdo ninguna, ni creo que en ambos mundos pueda encontrarse igual. ¡Diosmío!, ¿cuán plana y extensa!, ¡qué alegre!, ¡qué adornada de altos y soberbios edificios, por todos cuatro vientos!, ¡qué regularidad”, ¡qué belleza!, ¡qué disposición y asiento! En verdad que si se quitasen de en medio aquellos portales de enfrente, podría caber en ella un ejército entero.

 ZUAZO

    Hízose así tan amplia para que no sea preciso llevar a vender nada a otra parte; pues lo que para Roma eran los mercados de cerdos, legumbres y bueyes, y las plazas Livia, Julia, Aurelia y Cupedinia, esta sola lo es para México. Aquí se celebran las ferias o mercados, se hacen las almonedas, y se encuentra toda clase de mercancías; aquí acuden los mercaderes de toda esta tierra con las suyas, y en fin, a esta plaza viene cuanto hay de mejor en España.[2]

    Por lo que respecta a Bernardo de Balbuena, este relataba a la señora doña Isabel de Tovar y Guzmán la descripción de la famosa ciudad de México y sus grandezas. En su capítulo III y V encontramos los argumentos que dan consistencia a nuestra contemplación:

Caballos, calles, trato, cumplimiento

Del monte Osa los centauros fieros,

Que en confuso escuadrón rompen sus llanos,

De carrera veloz y pies ligeros;

 

(…) podrán contrahacer la gallardía,

brío, ferocidad, coraje y gala

de México y su gran caballería.

 

Que así en estas grandezas se señala:

Casas, calles, caballos, caballeros,

Que el mundo junto en ellas no le iguala.

 

Los caballos lozanos, bravos, fieros;

Soberbias casas, calles suntuosas;

Jinetes mil en mano y pies ligeros.

 

Ricos jaces de libreas costosas

De aljófar, perlas, oro y pedrería,

Son en sus plazas ordinarias cosas.

 

(…) en México al primer lugar subiera,

aunque para alcanzarlo le ayudaran

las espuelas del tiempo y su carrera:

 

que los que dellos más gallardearan,

al huello de su plaza en brío y arte

el cuello altivo y la cerviz bajaran.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .)

 

Regalos, ocasiones de contento.

(…) Recreaciones de gusto en que ocuparse,

de fiestas y regalos mil maneras

para engañar cuidados y engañarse;

 

conversaciones, juegos, burlas, veras,

convites, golosinas infinitas,

huertas, jardines, cazas, bosques, fieras;

 

aparatos, grandezas exquisitas,

juntas, saraos, conciertos agradables,

músicas, pasatiempos y visitas;

 

regocijos, holguras saludables,

carreras, rúas, bizarrías, paseos,

amigos, en el gusto y trato afable;

 

galas, libreas, boches, camafeos,

jaces, telas, sedas y brocados,

`pinte el antojo, pidan sus deseos.

 

(…) fiestas, regalos, pasatiempos, gustos,

contento, recreación, gozo, alegría,

sosiego, paz, quietud de ánimos justos,

 

hermosura, altiveces, gallardía,

nobleza, discreción, primor, aseo,

virtud, lealtad, riquezas, hidalguía,

 

y cuanto la codicia y el deseo

añadir pueden y alcanzar el arte,

aquí se hallará, y aquí lo veo,

y aquí como en su esfera tiene parte.[3]

    Más tarde, el viajero inglés Leonel Waffer dejó testimonio de su paso por la gran capital de la Nueva España en 1678, anotando:

   “La Plaza Mayor es de tan vasta extensión, que en los días destinados para las corridas de toros y para los juegos de cañas, apenas ocupa la gente la tercera parte de ella”.

   Entre 1821 y 1825 este escenario volvió a sentir la intensidad del espectáculo taurino al darse varias temporadas en la Plaza Principal de Toros, de la que existen apenas dos vagos testimonios: un cartel de 1824 y alguna reseña del Lic. Carlos María de Bustamante.

   Conozco la Plaza Mayor de Madrid y resulta poco más pequeña que la nuestra. Quizá en una tercera parte, además de que la madrileña es cerrada por sus cuatro costados, la de nuestra capital abierta y con bocacalles. Ambas son majestuosas y soberbias, aunque el equilibrio arquitectónico de la nuestra se haya modificado al paso de los años, manteniendo eso sí, su proporción.

   Dichos sitios fueron teatro de grandiosos espectáculos ecuestres, torneos, juegos de cañas, escaramuzas, estafermos, bohordos, alcancías y desde luego –no podía faltar-, la emocionante suerte de correr toros. Dichas jornadas a veces, de sol a sol, celebraban motivos reales, políticos y religiosos, pretextos que fueron permanentes en el periodo que comprende la etapa colonial.

   Excepto en 1546 ó 1551, cuando los regocijos se celebraron en la “plaza menor”, que era la plazuela del Marqués (en los que hoy día son terrenos anexos de la Catedral). Las fiestas no dejaron de darse en dicho sitio, hasta bien entrado el siglo XVIII. Es curioso, además que en ese 1551 se estaba edificando el “corral de los toros” en los mismos terrenos de la plaza menor, lo que da idea de lo majestuoso que habría sido aquel escenario, sabiendo que durante varios días se celebraban aquellos fastos en la Plaza Mayor, antes de que llegara el año de 1586 en que se levantó la plazuela del Volador, como el recinto que pervivió hasta 1815, año de su desmantelamiento definitivo, porque la plaza año con año, temporada con temporada; ocasión tras ocasión y pretexto tras pretexto; se erigía el coso, luego de lanzarse la convocatoria a los posibles asentistas que pujaron y ofrecieron sus mejores propuestas, contratando entre otros, a connotados arquitectos para que presentaran los proyectos conducentes a la obra efímera de la plaza construida para cada ocasión que fuera presentándose.

NICOLÁS RANGEL_HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO_p. 27

    Y si Felipe II giró la instrucción aquella para que las colonias americanas tuviesen un magnífico sitio de concentración localizado en la Plaza Mayor de las principales capitales de aquellos reinos, Felipe III –anota José Alameda-, “crea el gran marco desnudo de la Plaza Mayor” que se erigió también en la capital del imperio, para luego, con “el cuarto Felipe (este llegara) a sentar allí sus reales y a convertirlo en centro y espejo del “mentidero de Madrid”, donde las fiestas de rejoneo dan el tono de la época”.

   A propósito del marco impresionante en que se convirtieron simultáneamente aquellas “plazas mayores”, es el mismo José Alameda quien escribiendo el soneto “La Plaza de los Felipes”, parece obsequiarnos con el toque de la alucinación producida gracias a un ambiente que ocasionaba condiciones emotivas muy fuertes:

 La España que lidiaba en esta plaza

Remedo fue de la que fue guerrera,

Encerrada en su mundo se dijera

Que de sus piedras hizo su coraza.

 

Este Madrid, España que se abraza

A sí misma, ensimismado espera

Que sea de su prez lo que Dios quiera

Y a Dios deja el destino de su raza.

 

El Madrid cortesano y prisionero

Se olvida de Toledo y de su gesta

Y de la del soldado marinero

Que América sello, cresta por cresta.

Sólo hay un mundo ya y es el postrero,

Fácil Madrid de cuernos y de fiesta.[4]

    Y es que en relación de “cuernos y de fiesta”, uno de los más célebres personajes que participaron constantemente en aquellos fastos, fue el famoso conde de Villamediana, don Juan de Tasis, famoso por sus andanzas como por los poemas satíricos, y por habérsele atribuido alardear de amores con la reina Isabel. Por eso, José Alameda dice que “Villamediana gustaba también de otro deporte, el de cortejar a la reina, con lo que no dejaba limpia de sombra la frente del monarca.

   “Lo que antaño era lanzada contra el moro, es ahora quebrar de rejoncillos contra el moro. Y estocada a los galanes audaces”, hasta aquí el recordado maestro Alameda.

   Lo anterior nos mete de lleno en el ambiente propio de la plaza en día de fiesta, con todo su colorido de caballeros vistiendo con lo más y mejor de sus libreas;  ricamente enjaezadas sus cabalgaduras y con los ojos puestos en los balcones, buscando nerviosa y constantemente a la mujer a quien han de dedicar su mejor lanzada, y ellas, su mejor mirada.


[1] DIAZ DEL CASTILLO, Bernal: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Escrita por el capitán (…), uno de sus conquistadores; ahora añadida con las estampas de José Bardasano y noticias bibilográficas. México, Fernando Editores, S.A., 1961.XXIV-730 pp. Ils. Maps. (p. 621).

[2] CERVANTES DE SALAZAR, Francisco: México en 1554. Tres diálogos latinos traducidos: Joaquín García Icazbalceta. Notas preliminares: Julio Jiménez Rueda. México, 3ª edición, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 1964. VIII-129 pp. Ils. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 3). (p. 35-38).

[3] BALBUENA, Bernardo de: Grandeza mexicana y fragmentos del siglo de oro y El Bernardo. Introducción: Francisco Monterde. 3ª. Ed. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1963. XLIV-121 pp. Ils. (Biblioteca del estudiante universitario, 23). (p. 21-46).

[4] FERNÁNDEZ BALDEMORO, Antonio (seud. José Alameda): SEGURO AZAR DEL TOREO. México, Salamanca ediciones, 1983. 92 pp. Ils., rets., fots. (p. 51-52).

NOTA: Las dos imágenes proceden del libro de Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. Ils., facs., fots., p. 10 y 27 respectivamente.

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