REGLAMENTOS TAURINOS A TRAVÉS DEL TIEMPO. (MÉXICO, UN CASO ESPECIAL).

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Para Heriberto Lanfranchi, con afecto.

    A raíz de que aparece la última versión del reglamento taurino para el Distrito Federal (publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el 20 de mayo de 1997) todos, quienes de alguna manera participan en el espectáculo ya lo comentan, lo analizan, los desmenuzan. En sus comentarios surge el antagonismo y el desacuerdo, pero muy pocos valoran el contenido de la ley que rige las corridas de toros. ¿Por qué?

   En principio una de las razones que proponemos es la histórica. ¿Desde cuando surge el intento por normar un espectáculo que por sus condiciones exige moldearse según cada nueva época?

   Desde tiempos tan remotos como los de Alfonso X el Sabio y en su obra “Las siete partidas”, descubrimos un claro antecedente que pretende el orden para un espectáculo que así lo va exigiendo. Redactada hacia el año 1256, la primera de ellas define la naturaleza de la ley y en resumen los principales postulados de la doctrina cristiana. Refiere del omme que recibiesse precio por lidiar con algunas bestia y que son enfamados los que lidian con bestias brauas por dineros que les dan aludiendo a ello una profesión, a un medio de ganarse la vida, “infame” a los ojos de aquellos que enjuiciaron así estas condiciones. Porque no es el hecho de lidiar toros, sino el de lidiarles por precio, es decir, profesionalmente, lo que lo condena. Prueba terminante de esta posición es que no considera infame al que lo hace por probar su fuerza que, antes ganaría prez de hombre valiente e esforzado.

   Evidentemente se busca poner control antes de caer en el caos, y esta ha sido una impronta de todos los tiempos desde que el hombre ha tenido un enfrentamiento directo y público con el toro.

   España en los siglos XVI, XVII y XVIII. La escena está controlada por una nobleza, cuyos elementos son los favoritos de la corte, misma que conjuga en los torneos caballerescos el mejor momento para los estamentos que buscan darle esplendor a un espectáculo cada vez más perfeccionado no tanto en leyes o disposiciones sino en tratados de caballería a la jineta o a la brida, haciendo de los juegos de cañas, sortijas, estafermos, bohordos y otros; así como el alancear y correr toros la mejor expresión torera de esos tiempos. La Nueva España hizo réplica de lo acontecido en la España vieja con sus propios caracteres, tan americanos que lograron conseguir un desarrollo paralelo, pero nunca ajeno de lo que para ambas Españas significaba esa diversión.

   Al remontar el siglo XVIII se dieron las condiciones para que el toreo de a pie apareciera con todo su vigor y fuerza. Un rey como Felipe V de origen y formación francesa, comenzó a gobernar España, apenas despierto el también llamado “siglo de las luces”. El borbón fue contrario al espectáculo que detentaba la nobleza española y se extendía en la novohispana. En la transición, el pueblo salió beneficiado directamente, incorporándose al espectáculo desde un punto de vista primitivo, el cual, con todo y su arcaísmo, ya estaba presente en el toreo de a pie, a la vera de los caballeros, como pajes o lacayos que, atentos a cualquier seña de peligro, se aprestaban a cuidar la vida de sus señores, ostentosa y ricamente vestidos.

   La irrupción del pueblo a una fiesta que hace suya penetra en el espíritu del español y del americano casi al mismo tiempo. Ahora, manifestarán necesidades por darle a este espectáculo giros distintos. Evolución en consecuencia. Dentro de dicha evolución se van a dar condiciones de orden y de desorden a la vez. En ese contexto: ¿qué gana el espectáculo? Fundamentalmente la presencia e influencia de tauromaquias así como de documentos rectores denominados reglamentos. Para el año de 1768 existe uno que, como antecedente es el primer intento de disposición para el buen orden de las corridas de toros en la Nueva España.

   Fechadas las fojas a 21 de noviembre de 1768 se advierte que:

 debido a las desgracias y al desorden de la supuesta lidia, se prohibía enérgicamente que todo aquel público ajeno que acosaba y fastidiaba a los toros, e interrumpía la labor de los toreros se abstuviera de hacerlo so pena en caso extremo, de dos años de presidio a cualquier español, o cien azotes si fuere de color.

 Archivo Histórico de la Ciudad de México (AHCM). Ramo: Diversiones Públicas. Toros. Leg. 855 exp. No. 20. Bando de los Sres. Regidores Comisionados para las Corridas de Toros, sobre el buen orden en la Plaza. 4f.

FOTO Nº 194

He aquí un primer ejemplo donde dejan notarse los propósitos de establecer control a los desórdenes presentes en las plazas de toros de la ciudad de México. Col. del autor.

    El  toreo en España más que en México durante el siglo XIX adquiere una apariencia moderna, evolucionada en arte y técnica y sin embargo el orden y desorden siguen tan ligados que ya no pueden separarse. En nuestro país, los síntomas de independencia y liberación abarcaron espacios como el taurino, el cual mostró una autonomía que hizo del espectáculo algo único. Sin embargo, los principios de la tauromaquia no eran ajenos y se buscaba “lidiar”, germen básico que establecieron “Pepe Hillo”· y Francisco Montes “Paquiro” cada quien en su época, pero manifestando cada uno su preocupación por darle a las corridas de toros una utilidad funcional.

   Al reglamento como razón de la normatividad se le ha alterado de tal forma que parece satisfacer la vieja sentencia de las cédulas reales que fueron dictadas durante la administración novohispana: “Hágase, pero no se cumpla”. De modo que siempre ha tenido el “san benito” encima porque busca corregir todo lo que los protagonistas pretenden bajo una aparente ley personal, la cual solo terminan agrediendo, alterando la fiesta, convirtiéndola a veces en desenfreno de bajas pasiones y en víctima de sus propios caprichos.

   Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1815, otro en 1822, y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador. Todo ello ocurre bajo una despreocupación que es lo que va a darle al espectáculo un sello de identificación muy especial, pues la fiesta cae en un estado de anarquía, de desorden, pero como tales, muy legítimos, puesto que anarquía y desorden que pueden conducir al caos, no encaminaron a la diversión pública por esos senderos. De pronto el espectáculo empezó a saturarse de modalidades poco comunes que, al cabo del tiempo se aceptaron en perfecta combinación con el bagaje español. No resultó todo esto un antagonismo. Al contrario, se constituyó un mestizaje que se consolidó aún más con la llegada de Bernardo Gaviño en 1835, conjugándose así una cadena de la que fue último eslabón Ponciano Díaz, diestro cuyo quehacer del toreo “a la mexicana” (a pie y a caballo, con una fuerte presencia de lo campirano), enfrentará la llegada de los toreros hispanos en 1887.

   A partir de la incorporación del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna, comienza una época que busca, con los correctivos, ordenar el espectáculo. De ese modo con el reglamento de 1895, y luego el de 1923, 1940, 1950, 1983, 1987 y ahora 1997 se presentan distintos cambios que buscan adaptarse a cada momento histórico aquí  mencionado.

    ¿Si el toro en cuanto tal debe llegar a la plaza con una edad reglamentaria, porque no la cumple? He ahí fuertes contradicciones en las que caemos todo el mundo. Ganadero y empresa adquieren el encierro con una edad determinada. Al ser lidiado en la plaza, la afición observa una apariencia distinta que pone en entredicho. Por otro lado resulta que los estudios “post morten” arrojan resultados radicalmente opuestos a la realidad. ¿Quién tiene la razón? Considero finalmente que el aficionado es víctima de tanta contradicción y es el que exige la aplicación, y es el que reclama que el reglamento no se cumple. En esencia: estamos una vez más frente al círculo vicioso que nos hace repetir con cierta incrédula nostalgia: “Todo tiempo pasado, fue mejor”. Y si volvemos la vista atrás, encontramos que lo que reprochamos hoy, hace 50 o 100 años era prácticamente igual. Así el regreso nostálgico e intermitente hacia el pasado, ponen de pronto al hombre y al toro de vuelta en las cuevas mismas.

   Y uno se pregunta: ¿de veras sirve un reglamento? Podrá resultar objetivo y racional a la vez. Lo podremos confundir con un corsé apretadísimo, pero controla y evita en medio del desorden, el que un espectáculo secular como el de los toros pase de la fiesta al bacanal.

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