SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 y HASTA NUESTROS DÍAS. (PRIMERA PARTE).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LOS DIFERENTES CRITERIOS QUE LOS REGLAMENTOS TAURINOS HAN ESTABLECIDO SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 y HASTA NUESTROS DÍAS. (PRIMERA PARTE)

    En virtud de que los tiempos cambian y de que “todo es igual, pero todo es diferente”, haré un exhaustivo recorrido por los diversos reglamentos taurinos que, desde el último tercio del siglo XVIII en que ya tenemos evidencia de ellos, y hasta nuestros días han regido su criterio para marcar los requisitos necesarios respecto al toro, en la ciudad de México y algunos sitios de provincia.

   Al ocuparnos de un mismo asunto en diferentes épocas nos hará entender las diferencias, grandes o pequeñas que han influido en el ámbito tan cuestionado de la presencia del toro en la plaza, con el consiguiente debate en el ambiguo concepto del trapío, y el no menos sospechoso análisis sobre la cornamenta, sin faltar el ya de por sí difícil asunto de la edad.

   Y va de historia.

   El documento más antiguo del que tenemos conocimiento en cuanto a los propósitos de reglamentar las corridas de toros data de 1768. En él, no encontramos más que una firme intención por dejar establecidas ciertas condiciones para el buen desarrollo en las corridas que se efectuaron durante aquella temporada. Fueron los Regidores perpetuos de la Nobilísima Ciudad de México, señores Luis María Moreno y Luyando y Joseph Gonzáles de Castañeda quienes firmaron el mencionado documento. En su parte medular dice:

 Por cuanto en las fiestas de toros, suelen acontecer varias desgracias, ocasionadas del peligroso abuso de acozarlos y picarlos con espadas, rejones, y otras armas, y de entrar y saltar a la Plaza mucha Gente, a mas de los toreros señalados, estorbando a estos la pronta defensa de tomar seguro en las barreras, y exponiéndose los demás a manifiesto peligro por su inhabilidad para la fuga; prohibimos que durante la corrida, ninguna persona de cualquier calidad, y condición que sea, o use de las expresadas armas, picando los toros a el probar, por las barreras, o en otras cualesquiera situación: y que asimismo nadie sea osado de entrar, ni salir al recinto de la plaza mientras dure la corrida, desde que se despeje hasta estar muerto, y arrastrado fuera el último toro,  ni con el pretexto de vender bebidas, configuras, barquillos, ni otras cosas, ni con él de ir a tomar los dulces que de los balcones se tiran a los toreros, bajo la irremisible pena de dos años de presidio, a disposición del el Exmo. Señor Virrey que inmediatamente se impondrá al que contraviniere si fuere español, y cien azotes si fuere de color (…)

    En efecto, se trata de otros tiempos, en los que, sin embargo, la presencia del toro es esencial, en la medida en que se cuida de que el desorden ocasionado por la “mucha gente, a más de los toreros señalados” tome un carácter diferente conforme el espectáculo taurino en la Nueva España va adquiriendo nuevo escenografía. Por ahora, no encontramos la alusión necesaria a nuestro propósito. Veremos a continuación, algunos otros documentos en el mismo tenor.

   En 1770, don Carlos Francisco de Croix, virrey, Gobernador y Capitán General del Reyno de Nueva España, expidió el 5 de noviembre de 1770 un mandato similar al anterior. Lo mismo hizo el también virrey don Manuel Antonio Florez, en 1787, con la salvedad de que allí se maneja un dato, si se quiere insignificante, pero decisivo en el sentido del carácter que ya adquirieron las fiestas de la época. Apunta de que “Con el justo deseo de que en las próximas Corridas de Toros que celebra esta N.C. en obsequio mío…” Allí está referida pues, la circunstancia del nuevo entorno acerca de una fiesta que gana a pasos acelerados su necesaria organización.

   Durante el mes de agosto de 1790 hubo otra disposición la cual estableció que

 Para estas funciones se ha procurado para una completa diversión del público, el que los toros que se han de lidiar sean de los mejores, como lo son los de las haciendas de La Goleta, San Nicolás y San Pablo: que para distinción de cada uno de ellos, los primeros saquen su divisa encarnada, los segundos, blanca y los terceros, amarilla.

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 Es esta una fiel representación del sabor barroco mexicano de fines del siglo XVIII, cuando el virrey Conde de Gálvez, uno de los más entusiastas taurinos de aquella época pudo admirar esta estampa, reproducida en un biombo.

”Corrida de toros”. Siglo XVIII. Col. Pedro Aspe Armella.

Además, en esta imagen, destacan las formas y el movimiento que el artista anónimo supo darle a este toro que embiste directamente a la cabalgadura, por lo tal registro corresponde perfectamente a las épocas comprendidas en el presente texto.

Fuente: ARTES DE MÉXICO. La ciudad de México I. Enero 1964/49-50.

    A fines del siglo XVIII se celebraron fiestas en el puerto de Veracruz para proclamar al nuevo soberano Carlos IV. Ajustándose a la costumbre entonces en boga, se efectuó el remate de la plaza de toros, subasta celebrada públicamente por medio de pregones. En dicha ocasión fue el alarife o maestro albañil José Rodríguez Conde quien obtuvo la autorización del ayuntamiento, previo ofrecimiento de cien pesos por cada corrida, presentando el plano de la plaza, misma que debía ser como las de España indicando, además: el número de corridas, selección de los toros y caballos, algunas disposiciones para los ganaderos y picadores, el costo de las entradas ya fuera en sol o en sombra, variando el precio en los diferentes estratos sociales. En dicha ocasión se sometieron las fiestas a ciertas medidas que se tomaban en caso de “nortes”, disponiéndose que las celebraran por las tardes, evitando así el intenso calor, y el molesto viento. Además, el último toro de cada una de las veintiún corridas era el “embolado” que con el tiempo y sobre todo, durante el siglo XIX sería un complemento en las corridas de toros efectuadas en diferentes rincones del país.

   De entre las 32 condiciones establecidas por José Rodríguez Conde sobresalen las siguientes:

 4.-Que los encierros han de ser al abrir las puertas, para que el ganado, como que estará más descansado pueda lucir, y no como anteriormente, que estaba a las diez del día, por cuya causa para la tarde estaban estropeados; (…)

 6.-Que las veinte y una corridas de toros no han de ser seguidas sino tres en cada semana en los días lunes, jueves y sábado, por razón, de que están en ellos más francos los vecinos de esta ciudad; (…)

 22.-Que todos los toros han de ser puntuales (¿puntales?), de los mejores que hayan en estas inmediaciones; (…)

 23.-Que en tales cuales corridas el último toro saldrá en volado (sic) para los aficionados;

 Veracruz 26 de agosto de 1789. (…)

    De todos estos datos se desprenden situaciones de suyo importantes. Como por ejemplo:

   En el punto Nº 4 encontramos detalles que nos dicen que las corridas comenzaban muy temprano, por la mañana, motivo por el cual los toros llegaban muy estropeados, por lo que se decide hacer las fiestas por las tardes, además de aprovechar que los fuertes vientos ocasionados por los “nortes”, seguramente más fuertes por las mañanas que por las tardes, afectaban el buen desarrollo de las corridas. Seguido a esto, el punto Nº 6 dice que los días lunes, jueves y sábados eran los mejores, por estar francos los vecinos de la ciudad, señal de que no eran dos, sino tres los días de asueto que se permitían tener por aquel entonces. ¿Toros “puntuales” o “puntales”? (Nº 22) de lo mejor de estas tierras, sugiere que por “puntualidad” en cuanto tal existen condiciones inmejorables de juego, o porque salían a la plaza en puntas. La duda nos asalta. En cuanto al asunto del “toro embolado” (Nº 23), parte novedosa del espectáculo que aparece consolidada desde aquel entonces era toda una garantía como culminación jocosa en la que participaba el frente popular, extasiado ya de tanto ver torear, luego de 10 toros (y si hacemos cuentas, resulta que en 21 días de toros, se corrieron 252 toros. ¡Una barbaridad! no igualada ni siquiera en temporadas de nuestros tiempos, que con todo y toros de regalo o de aquellos que sustituyen a otros por alguna razón se llega a dar tal cifra.

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