SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 y HASTA NUESTROS DÍAS. (SEGUNDA PARTE).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LOS DIFERENTES CRITERIOS QUE LOS REGLAMENTOS TAURINOS HAN ESTABLECIDO SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 y HASTA NUESTROS DÍAS. (SEGUNDA PARTE).

    En la primera parte comenzamos a ver las diferentes insinuaciones que existieron en torno a la presencia del toro en la plaza. Desafortunadamente, ninguno de esos primeros bandos o reglamentos taurinos no se ocupan en darnos demasiada información al respecto, por lo que apenas podemos imaginar el tipo de ganado que apareció en las plazas.

   El tiempo siguió su marcha, nuevas transiciones hicieron acto de presencia en el panorama mexicano que está arribando a los inicios del siglo XIX. El maestro Horacio Labastida dice al respecto: “Con una iluminante transición hacia la democracia, la nación mexicana emergente intentaría ingresar a la historia universal como un pueblo soberano, cuando Hidalgo izó la bandera libertaria de una sociedad que había decidido romper sus ataduras con el imperio castellano, bandera libertaria asumida como conciencia política en el momento en que fueron escuchados los Sentimientos de la Nación, redactados por el caudillo José María Morelos y Pavón”.

   En 1801, el párroco de Jalapa Marcelo Álvarez daba su opinión al virrey antitaurino D. Félix Berenguer de Marquina luego de haber presenciado algunas corridas en aquel lugar:

 Llamo corridas de toros con impropiedad, porque formalmente no merecen este nombre. Allí no se construye plaza, sino que de la destinada a este fin, se cierran las bocacalles con trancas: cada cual, entre ellos el Cura y su familia, lleva las suyas; no hay toreros asalariados: a las fieras les quitan las puntas de las astas para que no perjudiquen a los aficionados, que son los que entran a jugar, mientras las van sacando por su pie al Rastro, donde se matan para el abasto del vecindario; y no hay desórdenes, a causa de que la vigilancia y celo de los magistrados procuran la mayor moderación.

   El dicho párroco, don Marcelo Álvarez parece haber estimulado más el antitaurinismo declarado de don Félix Berenguer de Marquina, virrey al que se le ocurrió emitir un bando donde se declaraba improcedente una corrida, luego de que ésta ya se había celebrado. Ocurrencias del señor virrey…

   Lorenzo de Zavala, conocido miembro de la masonería del ala escocesa, tuvo a bien rubricar un decreto con fecha del 25 de mayo de 1833, que derogaba la prohibición impuesta a las corridas de toros en el Estado libre y soberano de México. En el artículo 2° del mismo se establece que:

 Los toros que se lidien en lo sucesivo no serán puntales, pena de una multa que no pase de cien pesos ni baje de cincuenta, al contratista o dueño del local en que se haga la corrida.

 Ello, es muestra del interés por erradicar un vicio común, que no pudo eliminarse del todo, ya que, en otro reglamento, expedido en Aguascalientes el 12 de abril de 1879, aún puede encontrarse que se permite lo contrario. Además, en el mismo reglamento se consideran algunos otros aspectos que anotamos.

 Art. 10. Los toros que se lidien, deberán serlo despuntados y los que se mataren serán por el capitán de la cuadrilla ó por el torero que este designe, permitiéndose dar dos estocadas a cada toro, y la autoridad que presida puede permitir que se den hasta tres, si las circunstancias lo exigen.

Art. 11. El empresario traerá en cada corrida el número suficiente de toros de refacción para cubrir los que fueren desechados en la lid, quedando a juicio de la autoridad multar a la empresa por la falta de cumplimiento a este artículo.

Art. 12. Una vez picado el toro tres veces, seguirá jugándose.

Art. 13. Queda a la prudencia de la autoridad marcar el tiempo que debe picarse, banderillarse, etc., el toro, según su bravura y calidad.

Art. 14. Una vez dada la señal para banderillar un toro, no podrá ser picado; incurriendo en la pena de multa de dos a cinco pesos el picador que lo hiciere, a menos que la autoridad lo permita.

    Toros despuntados, y no por propiciar vicios y fraudes, sino por evitar percances y cornadas de riesgos que entonces no podían enfrentarse debido al primitivo estado en que se encontraba la participación de los médicos de plaza. “Capitán de cuadrilla” era, por lo general, el torero de alternativa o de mayor jerarquía como se le conoce hoy en día. Así se diferenciaban entonces los toreros del pasado, mismos que para esa época sólo se les permitía para entrar a matar dos o tres estocadas según el juicio de quien presidía el festejo.

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Platón de cerámica vidriada, siglo XIX. Museo Nacional de Historia. Tal pieza, pero sobre todo su producción podría quedar remontada a mitad del siglo XIX, con lo que la escena allí plasmada se convertiría en fiel reflejo de lo que sucedía en el ámbito rural, no solo en esos momentos, sino más atrás. El toro que monta este intrépido caballero nos permite entender que no se trata de un toro criollo. Su fenotipo define ya ciertas características del que seguramente se lidiaba con frecuencia en las plazas.

    Bajo el criterio de tres puyazos -ni uno más ni uno menos- el toro “seguirá jugándose”. Esto parece determinar el parámetro por el que tenían que pasar todos los astados para “calar” su bravura y calidad.

   Como podemos apreciar, van siendo todos estos argumentos los que conforman el siempre discutido tema del reglamento taurino, tan subjetivo para unos, absurdo para otros, pero necesario para el buen desarrollo de un espectáculo el cual, desde que ha gozado de cierto orden, también se privilegia de contar con los usos y costumbres que le han dado sello y carácter propios a través del largo recorrido que cada vez se acerca al medio milenio de convivir entre nosotros.

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