SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 Y HASTA NUESTROS DÍAS. (SEXTA PARTE).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LOS DIFERENTES CRITERIOS QUE LOS REGLAMENTOS TAURINOS HAN ESTABLECIDO SOBRE EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO: DE 1768 Y HASTA NUESTROS DÍAS. (SEXTA PARTE).

    Antes de que la fiesta alcanzara su etapa correctiva, considerando que 1887 es el año en que ocurre dicha condición, el espectáculo taurino se encontraba invadido de unos patrones que lo ubican en el desorden y el caos, formas naturales de expresión, entendidas como reflejo de la forma de ser y de pensar que los mexicanos despliegan por entonces, resultado del síntoma social y político que someten al país intentando encontrar lo mejor como destino.

   Se ha mencionado ya que en 1851 hubo un proyecto de reglamento que no prosperó. Así que los 65 años que van de 1822 a 1887, se convirtieron en un espacio que permitió la autonomía, pero también la invención y recreación en las manifestaciones taurinas, que por eso alcanzaron niveles de fascinación sin precedentes. Por tanto, el toro que se lidiaba o jugaba en la plaza no estuvo sometido a ciertos requerimientos que la costumbre sí pudo lograr, primero porque hubo diversas temporadas que alcanzaron un promedio de medio centenar de corridas al año, y en alguna ocasión se llegó a dar la centena de festejos en la capital, tomando en cuenta que de manera simultánea abrían sus puertas tanto el PASEO NUEVO como la REAL PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO. Probablemente 1857, fue el año en que se dio ese número importante de corridas, debido al elevado número de festejos que se reportan en diversas fuentes de consulta.

   De hecho, llama la atención el conjunto de adjetivos con que se pronuncian los empresarios, a la hora de anunciar los toros, tal y como puede comprobarse en la cartelería existente. En estos mismos documentos no aparece insinuación reglamentada alguna, pero la costumbre se encargó de mantener el equilibrio ante la ausencia de un discurso jurídico o legal.

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ESCENA TAURINA reproducida en un cartel de mediados del siglo XIX. Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

    Veamos enseguida algunos de esos ejemplos (en algunos carteles de 1857) y tratemos de entender -a siglo y medio de distancia- cómo aquella “afición” se divertía, sin caer, seguramente, en los malestares crónicos de nuestros días.

 SEIS TOROS del cercado de ATENCO, de la misma tan buena calidad como los que se jugaron en la corrida anterior, y de cuya bravura no hay necesidad de hacer ninguna recomendación, por ser tan conocida de los espectadores.

 El ganado que en ellas se lidie, será siempre de la acreditada raza de Atenco, no solo por ser el mejor que se conoce, sino por ser también el que más agrada a la concurrencia.

 SEIS BRAVÍSIMOS TOROS, INCLUSO EL EMBOLADO, de la misma raza y gallarda presencia como los de las corridas anteriores, que tanto han agradado a los dignos espectadores, pues el empresario se ha detenido en gastos por costosos que le han sido, cuando se trata del servicio y diversión del público.

 SEIS SOBERBIOS TOROS, INCLUSO EL EMBOLADO, de los más acreditado en esta plaza por su gallarda presencia y bravura, están escogidos para la lid de esta tarde.

 SEIS FAMOSOS TOROS de la estancia de Cerro-Bravo serán los que se presenten a la lidia de este día; y como no habían visto gente hasta el tiempo que fueron a cogerlos en la estancia expresada, costó infinito trabajo para reunirlos; de manera que han dado mucho quehacer en el camino a sus conductores, y por lo mismo están tan soberbios y arrogantes, que merecerán en sus juegos los aplausos debidos a su valentía.

 SEIS TOROS de la famosísima raza de Atenco, cuyo elogio no puede ser mayor, sino anunciar que son de la misma calidad y del mismo punto del cercado, que se sacaron los de las anteriores corridas.

 Se lidiarán SEIS TOROS DE MUERTE por la cuadrilla del beneficiado, de la acreditada RAZA DEL CAZADERO, que últimamente en esta misma plaza, han sido lidiados con buena aceptación y escogidos para el caso con el mayor esmero por el mismo dueño de la hacienda.

   Suficiente es este muestrario, donde se establece la condición de ritmo que fue propia del espectáculo, que sin leyes parece acéfalo. En todo caso, la frecuencia, el pulso intermitente de tantas corridas, debe haber logrado el perfil de un toro que se adecuó no solo a la corrida, sino al resto de la misma hasta hacerlo suyo la fiesta y la mojiganga; el jaripeo y otras invenciones.

   El aficionado o espectador de entonces acostumbró sus gustos y preferencias a un toro que sí embestía. La autorregulación de que se habla en nuestros días, probablemente funcionó mejor entonces que todo el ruido con que pretenden hacerla operar en nuestros días, cuando entre aquel y este tiempo, las cosas parecen ser diferentes.

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