SOBRE FESTEJOS TAURINOS CON FINES DE BENEFICENCIA EN MÉXICO. (CAPÍTULO SEGUNDO).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En efecto, al tratarse de las consecuencias de una guerra que se sostenía por entonces, ni más ni menos que la guerra de independencia, ciertos ejércitos se vieron mermados no solo en bajas humanas, también en armamentos. El colmo quedó indicado en la indicación señalada en el Aviso, cuando la “desnudez de la Tropa del Ejército de este Reino, (y) las escaseces del Erario” se convirtieron en el verdadero motivo para lanzar tan desesperada convocatoria, misma que sería aprobada por la Real Hacienda, instancia oficial que al intervenir directamente, no estaría impedida de aprobar ni apurar una temporada de festejos taurinos, con objeto de destinar los beneficios en “construcción de vestuario, y hospitalidades de dicha Tropa”.

   Visto el espectáculo taurino como “la diversión más genial y honesta a los habitantes de esta Capital”, lo que evidentemente hace notar que los constantes beneficios económicos que producían otros tantos festejos, haría reflexionar de esta manera a quien intencional o deliberadamente redactó tal documento, pero el hecho es que habida cuenta de su próxima y segura autorización, esto permitiría que se garantizaran celebraciones “bajo el método y reglas semejantes a las que se observan en Europa” lo que es indicio de que aquel era el referente técnico que dominaba el panorama taurino mexicano, finalmente todavía bajo la férula hispana en términos de dominio y predominio político, social, económico y demás factores de control. Inmediatamente después, llama la atención el hecho de que “para quitar toda arbitrariedad a los Contratistas, “asentistas” o Tablajeros[1] en la alteración de los precios de los asientos con perjuicio del Público”, esto se entiende como el término de impunidad de que gozaban “Contratistas” o empresarios, lo mismo que “Tablajeros” que no eran otros que los miembros de aquel gremio que vigilaban y podían manejar a sus anchas cualquier negocio que les produjese pingues beneficios, los que de ser perjudicados por terceras instancias, haría que entraran en operación conjunta hasta el grado de afirmar su monopolio y que al articular tales mecanismos, no habría autoridad capaz de frenar su desmesura. Y es que lo anterior no fue más que seña de un antecedente registrado en otros tantos festejos ya celebrados meses o semanas atrás, lo que trajo consigo aquel posible “abuso” que molestaba o interfería resolver los auténticos intereses de por medio, regidos por aquella imperiosa necesidad. Esto se veía reflejado en el reparto de los cuartones cuya asignación estaba ya arreglada o condicionada entre ciertas autoridades o particulares que quedaba sometidas al pago irrestricto impuesto por aquellas instancias “incómodas”.

   Sabemos, gracias al documento consultado que hubo un conjunto importante de corridas, unas celebradas por las tardes, y que comenzaban a las tres y media de la tarde en invierno, y a las cuatro en primavera (con motivo de que era indispensable su desarrollo aprovechando la luz natural), aunque sin descuidar toda aquella motivación producida entre los “artesanos”, e incluso entre los estudiantes lo que creaba un ambiente de relajamiento, al grado de que aquellos y estos descuidaban sus actividades por concentrarse en la diversión, de ahí que se evitara “desatender los talleres, con cuyo objeto igualmente está dispuesto que sean los días de fiesta…” indicados en un registro que llegó a conocerse como “Fiestas de tabla”. En ese sentido, y al celebrarse las fiestas, en unas se lidiaron “toros despuntados” como en “Jamaica, Plaza de D. Toribio y Palenque de Gallos” sitios que por entonces estaban dispuestos para efectuar lo que se conocía como “ensayos”, con objeto de que su desarrollo o preparación sirviese para que todas las compañías actuantes llegasen en óptima calidad y condición para presentarse en la plaza de toros de San Pablo y allí mostrar sus adelantos y pulimiento en el arte de torear. Por eso en el caso de las plazas ya indicadas era conveniente el hecho de que no estuviesen “permitidos los (toros) puntales, y (que) las tardes de días de trabajo (aquellos toros a lidiarse) serán puntales”.

   “Al intento se ha formado una Plaza amplia, lucida y bien reforzada a espaldas de la Parroquia de San Pablo, por la extensión que presta su terreno, sin haberse hallado otra igual más inmediato al centro de la Ciudad, teniéndose presente que otra ocasión se situó la Plaza en el paraje en que ahora se halla la Parroquia, y no sirvió la distancia de retrahente (sic) al concurso”.

   Entre abril y noviembre de aquel año hubo de desmantelarse definitivamente la plaza del Volador, por lo que su maderamen pasó a integrarse a aquella “plaza amplia, lucida y bien reforzada” con objeto de abatir los gastos que suponía erigir dicho coso, del que sabemos cómo fue habilitado, de conformidad a ciertas nuevas disposiciones técnicas, no sólo las constructivas, sino de aquellas que permitiesen el desarrollo del espectáculo en cuanto tal, puesto que fue posible por primera vez instalar un ruedo, es decir con una disposición circular, a cuyos alrededores, quedaron armónicamente dispuestos cuartones, lumbreras, balconcillos y gradas, mismos elementos que guardaron un equilibrio evitando con ello un riesgo “indecente” y expuesto (a su vez) por el contrapeso desigual que hacia”.

   Y es que aquella razón “indecente” fue posible evitarla en función de los excesos ocasionados por el gremio de Tablajeros quienes impusieron colocar nueve y no ocho personas en las gradas, lo que supone, además de la sobreventa, un fin lucrativo cuya ventaja, ya lo sabemos, iba a dar al bolsillo de aquellos intermediarios, bajo la benevolencia de los Contratistas; y aún más de una autoridad seguramente maniatada.

   Puede entenderse además que era obligado entrar a la plaza con boleto en mano, lo cual indicaría que antes habría descontrol al respecto, de ahí el sobrecupo. Cada persona con esa identificación podría moverse en los tendidos, y esto evitaba también el hecho de que los “Tablajeros o concurrentes (mismos) lo tiren (el boleto o boletín) de la parte a fuera como podía suceder, desde que entrara de balde alguna persona, manifestando en la puerta el Boletín que ya había servido para otra”, trampa habilidosa con la que más de uno habría tenido oportunidad de aprovechar no solo el descuido de los “sujetos a quien se presenten para que corte una de las puntas que van señaladas” o por falta de control. Así, dicha “malicia” quedaba restringida al hecho de que la persona encargada de los boletos “cuidara de recogerlos todos al segundo toro para ver si cada uno ocupa su asiento, y no antes, a precaución de que por olvido o malicia pase al superior, quien lo pagó inferior”. Usos y costumbres que hoy siguen en práctica.

   Eso sí: “Nadie podrá salir de la Plaza para volver a entrar a ello con pretexto alguno…” lo que obligaba a aquellos mal intencionados y maliciosos a hacer de las suyas. Todo lo anterior no fue sino con objeto del “buen orden y comodidad del Público”, asegurando el “interés de la Real Hacienda” y más aún, “tratándose de quitar la arbitrariedad de los Tablajeros y Contratistas en el precio de los asientos”. Para ello aparecen claramente los precios, tanto en sombra como en sol de los diferentes espacios o lugares que se ofrecían para su compra y que pueden verse en la transcripción completa del documento aparecida en el primer capítulo de esta pequeña serie.

   Como puede entenderse hasta aquí, el principal conflicto de intereses estaba en la suma asegurada por la venta de todos aquellas gradas, balconcillos y lumbreras, lo que supondría ingresos elevados, dinero constante y sonante al fin y al cabo que se habría prestado a cualquier tentación, por más honradez que hubiese de por medio. Pero sabiendo el actuar de Tablajeros y Contratistas, esto obligó intervenir a la autoridad en forma más rigurosa, sobre todo por el hecho de que los fines de aquella “temporada” estaban supeditados a propósitos muy claros.

   Todas estas disposiciones, plasmadas en el “Aviso al Público” que ahora analizo, y que sirvió como convocante para festejos benéficos, sacudiéndose de la presencia incómoda de contratistas y Tablajeros, son ya lo decía, disposiciones con vistas a ser entendidas como antecedentes a imponer el control en las plazas de toros, lo cual con los años se convertiría en reglamentos, sin más. El caso más notorio es el de aquel otro “Aviso al público” que autorizó en su momento D. Luis Quintanar, quien para 1822 ocupaba el cargo de Capitán general y Jefe superior político interino de esta Provincia. En su lectura encontramos otros tantos adelantos “legislativos” que fueron encauzando el buen orden en las plazas de toros. Veamos.

AVISO_06.04.1822

Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 124.

   Finalmente y habida cuenta del riguroso control que se impuso para administrar los “Boletines” y con ello cada uno de los sitios como gradas, cuartones, lumbreras y balconcillos la autoridad encargada de realizar aquellos festejos “benéficos” buscaba comprometerse recuperar los ingresos de manera transparente para que los mismos fueran a parar al ente afectado por las ya conocidas “escaseces del Erario”, así como por la “desnudez de la Tropa del Ejército de este Reino”.

   Interesante visión que nos deja entender la forma en cómo se fueron configurando los espectáculos taurinos en el México independiente.

CONTINUARÁ.


[1] El gremio de los tablajeros se apoderó materialmente del control de cierto porcentajes de las fiestas, por lo que en ocasiones se encuentra mención del mismo, afectado por los pocos o nulos ingresos a su favor, lo que les obligó en muchas ocasiones generar solicitudes para celebrar nuevas temporadas taurinas para recuperar las ganancias previstas. Dicho monopolio encontró luego, en la figura del asentista o empresario la forma natural de su continuidad, como hasta nuestros días, aunque con diferentes mecanismos de funcionamiento. Además, por ejemplo Manuel Carrera Stampa establece que “La corporación gremial en la España del siglo XVI” al extenderse por sus colonias fijó un modo de vista entre los artesanos españoles, más tarde novohispanos que, para hacer frente a la competencia de los advenedizos nacionales y extranjeros se unieron en gremios. En estas organizaciones se prohibió la entrada a judíos y marranos y también a los esclavos negros, así como a los indios.

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