LA GESTA DE ALFREDO RÍOS NO SE CONCRETÓ DEL TODO.

LA CRÓNICA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Diversos pasajes pondrían a los héroes o a todos aquellos caídos en el cumplimiento de su deber en situación de privilegio siempre y cuando su acción haya ocurrido ante la mirada de muchos testigos, capaces luego de dar testimonio de semejante hazaña, hasta convertirla en una página gloriosa de la historia nacional, por ejemplo. Varias de estas acciones ocurrieron en diversos campos de batalla o en otros sitios de confrontación. En uno y otro, la presencia de personas o multitudes sería suficiente para no hacer olvidar la gesta apenas ocurrida.

   El domingo pasado, la plaza de toros “México”, y algunos miles de espectadores en los tendidos, pasaron del asombro al sopor; de la indiferencia al grito de horror nada más presenciar, ya en plena culminación del festejo la caída de un héroe el cual sufrió seria cornada y que luego libró dura e intensa pelea, la de unos breves instantes para liberarse del enemigo que mantuvo en alto su bandera en la batalla hasta que la espada del “matador” fue el arma para liquidarlo.

   Es bueno recordar que el propósito del “matador” tiene en estos casos una finalidad de duelo y enfrentamiento, en oposición al “cazador” que normalmente realiza sus labores en grupo con fines de consumo o de “diversión”, según así lo califica José Ortega y Gasset en su imprescindible libro La caza y los toros.[1] de cuya obra haré algunos comentarios en su oportunidad. Solos así los dos contendientes sería de esperase, al concluir la contienda, forjada con sus propias fuerzas o las armas que lleve cada quien consigo, tendría como resultado que uno de los dos resulte victorioso. En ocasiones, el acto podría contar con efectos contundentes si los dos “enemigos” cayesen en el ya mencionado campo de batalla. Esto, excepcional de suyo ha llegado a suceder en casos que sólo podrían exaltar los himnos cargados de memoriosas alabanzas destinadas a recordar los héroes. Un caso como el que aquí se indica ocurrió aquella ocasión en que José Cubero “Yiyo” y “Avispado” de Marcos Núñez caían simultáneamente, luego de que aquel dejaba una estocada en buen sitio y de efectos contundentes, y este otro le asestaba tremenda cornada que penetrando la espalda, alcanzó el corazón del diestro provocando su muerte en forma instantánea. Tal hecho ocurrió en la plaza de toros de Colmenar Viejo (Madrid) la tarde del 30 de agosto de 1985, alternando el diestro madrileño, aunque nacido en Francia en 1964 con Antonio Chenel “Antoñete” y José Luis Palomar.

   Para descubrir a ese nuevo héroe caído debo agregar que me refiero a Alfredo Ríos “El Conde” que, vestido de nazareno y oro parecía, en todo caso que oficiaría una misa y no para terminar “roto” en la enfermería como así sucedió. Incluso, cuando ya casi nadie quedaba en los tendidos de la plaza, todavía fue capaz de tomar camino al quirófano, sin apoyo de las asistencias y ponerse así, en manos de los médicos que le atendieron puntual y profesionalmente.

   Los toros, huesos duros de roer pertenecientes a La Estancia, integraron un encierro bien presentado, de juego incierto, con tendencia a la mansedumbre en unos casos, de cegada casta en otros, lo que puso a sus matadores en más de un predicamento. Parecía de pronto una escena del pasado traída al presente, donde el abierto combate desplazaba en forma natural las florituras a que estamos acostumbrados, por lo que el festejo no estuvo exento de pasajes interesantes gracias a la técnica o la estética que estuvieron ahí, pero sin que ello significara consolidar las aspiraciones de los tres espadas.

   Si Jorge Sotelo se aleja de los patrones establecidos o estandarizados de la faena que muchos de los actuales toreros realizan. Y si además pule sus deficiencias, es probable que en adelante no se pierda de vista; de otra forma estará condenado a ser uno más de los del montón.

   En Pedro Gutiérrez Lorenzo “El Capea” pesa el nombre, el largo abolengo de un su padre que en esta misma plaza fue capaz de armar auténticas escandaleras, lo que hace imposible que lo supere. Por eso, no ha terminado de convencer. Tiene capacidad, pero no ha aprendido todas las lecciones que, en forma directa habrá dedicado su padre, el maestro Pedro Gutiérrez Moya en forma de cátedra. Beberse de un trago todo el conocimiento es imposible. Toma tiempo, y además hay que saber proyectarlo no como lección “aprendida”, sin más, sino “aprehendida”, externándola desde una muy personal interpretación.

   La gesta de Alfredo Ríos no se concretó del todo, cuando a pesar de notarse solvencia en sus deberes, los dos ejemplares en suerte no permitieron mayores aspiraciones, por eso tuvo que buscar en la opción del “regalo” ese “toma y daca” que proporciona la suerte. Por Toriles no salía CONSENTIDO sino un auténtico “Barrabás”, el que había aguardado un mes en los corrales con todo lo que supone una malicia acumulada. Y así fue. El punteño, cargaba antiguos lauros de pretéritas jornadas que rememoraban aquella célebre dehesa. Allí estaba, más que repuesto, entero, vigoroso y retador. A todo eso le salió “El Conde” quien respondió al duelo. Un primer pase para fijar al morlaco aquel, en el terreno de las tablas y cerca de la querencia natural. Pasó. Vino el segundo y al pasar también fue para volverse en un palmo de terreno y enganchar a Alfredo a quien lo mantuvo prendido en su ofensiva cornamenta soltando gañafonazos al aire de los que se libró milagrosamente el diestro jalisciense. Flaqueando endureció su dignidad permaneciendo en el ruedo hasta vencer al enemigo.

ALFREDO RIOS_EL CONDE_FOTOGRAFÍA_SERGIO HIDALGO

Disponible enero 14, 2015 en: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=galprod&id=3891

Fotografía: Sergio Hidalgo.

   Pocas ocasiones como de la que se hace recuento, dan la oportunidad para detenerse a reflexionar, procurando con ello afirmar el conjunto de significados del que es poseedora la tauromaquia, recuperando con ello su misterio como auténtico ritual.

 14 de enero de 2015.


[1] José Ortega y Gasset: La caza y los toros. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1962. 170 p. (Colección Austral, 1328)

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