PEQUEÑAS JOYAS DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN 1886. (LA PRIMERA).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En la última entrega de esta serie, compartía con ustedes un avance sobre el más reciente de mis trabajos: ANUARIO TAURINO MEXICANO (1886). En su manufactura, fueron integrándose verdaderas rarezas o “curiosidades” que, por su información, me pareció oportuno integrarlas, luego de una exhaustiva revisión hecha a la prensa de aquel año, donde se analizaron periódicos tales como: La Patria, El Siglo Diez y Nueve, El Tiempo, La Voz de México, El Diario del Hogar, El Partido Liberal, El Monitor Republicano, sin que faltara en esta oportunidad, el ya conocido semanario El Arte de la Lidia. En todos y cada uno hubo oportunidad de encontrar ricas referencias elaboradas por un sector de la prensa que no estaba acostumbrado, precisamente al lenguaje taurino. Todavía imperaba por aquel año un ambiente permeado por ideas políticas liberales que, en armonía con el positivismo sólo encontraban en los toros un fenómeno de rechazo, mismo que quedó desplegado en páginas y más páginas de estos diarios que no se caracterizaron precisamente por su inclinación o aceptación al espectáculo taurino; que por entonces estaba tomando unos niveles de recomposición, y muy pronto habrían de darse las condiciones para que la ciudad de México volviera a contar con plazas de toros; al derogarse el decreto que las tenía prohibidas en este sitio, desde 1867.

   Por ejemplo, encuentro en un texto de Enrique Chávarri “Juvenal”, además un claro y abierto detractor de las corridas de toros, pero que al redactar sus célebres “Charlas dominicales” no lo hizo jamás en forma ofensivamente violenta, puesto que contaba con una buena pluma, y seguramente un sentido común, suficiente como para corroborar que, junto con Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Payno, estos lograban un resultado satisfactorio debido a la finura de su estilo literario.

   Por ejemplo, recién se supo la triste noticia sobre la muerte de Bernardo Gaviño, para el 7 de febrero, “Juvenal” escribía en El Monitor Republicano:

    Ahora sí, los toros comienzan a estar buenos.

   ¡Estos son toros! –dicen los aficionados frotándose las manos:- ¡esto vale la pena!

   El domingo, en la ciudad de Texcoco, se dio una corrida que hará época en los anales de la tauromáquica historia.

   Toreó una mujer, y toreó por lo fino.

   Esa mujer, al contrario de las de su sexo, que torean al toro y no aguantan la embestida, aguardó a la fiera, con un par de banderillas en las manos, serena, tranquila; el público, es decir, una parte de él, los sensibleros, los que estaban fuera de su centro en aquel grandioso espectáculo, gritaban que no dejasen a la émula de Frascuelo en las astas del toro; pero la mayoría de los espectadores decía: -¿Qué entiende vds. por toros? ¡voto a Cúchares! Dejadla, y si el bicho la alcanza, tanto mejor.

   La torera citó al toro varias veces, el animal furioso, entró, las banderillas le quedaron plantadas, pero el hijo de Atenco tuvo el gusto de perseguir a su enemiga, de alcanzarla, de obsequiarla con una cornada en el brazo y levantarla después por la pretina de las enaguas, en medio de los bravos, y aplausos, y silbidos y naranjazos del respetable público.

   Después, por vía de mientras, continuó el toro destripando caballos, destrozando los hijares de los desdichados animales, que morían en un lago de sangre, al sonar, por supuesto, de los aplausos del respetable público.

   ¡Viva Pepe Hillo! ¡Estos son toros!

   Después, otro toro negro, de chino cerviguillo, ligero y bien encorvado, salió brincando del toril, y en el acto, se encaró con un banderillero, le persigue, le alcanza cerca del burladero, y le quiebra un brazo contra la pared de la plaza, en donde el cuerno deja profunda huella.

FOTO Nº 12

   El capitán de la cuadrilla era Bernardo Gaviño, el viejo Bernardo, un hombre que ya cerca de la tumba, aún reta al inminente peligro.

    Bernardo toma la espada y la muleta, llama al toro, y la fiera le regala horrorosa herida, a consecuencia de la que, cae en tierra el valiente diestro, agonizante, casi espirando…

   Bernardo Gaviño es el decano de los toreros, valiente como pocos, arrojado, temerario, acaso pague con la vida ese desprecio al peligro, que tantos aplausos le valió en el redondel.

   Habíase dicho que murió a consecuencia de su dolorosa herida, más vivo aún y se tienen esperanzas de salvarle; pero apenas puede creerse que a los 80 años (sic), el viejo Bernardo se las hubiera con los toros más feroces, que parecían respetar en él su temeraria audacia; sus piernas no lo ayudaban, pero su brazo siempre firme, su mirada de águila, dominaban a la fiera, que inclinaba la cabeza al oír la voz de trueno del valiente capitán.

   Fue Bernardo, el primer torero que trajo a México las banderillas al partir y distinguíase, porque cuidaba a su cuadrilla como un padre, acudiendo presuroso al lugar del peligro para apartar al toro que iba a exterminar a cualesquiera de sus muchachos, como decía el simpático diestro.

   A los picadores, los atendía con gran solicitud y era el primero que se encargaba a la cola del toro, cuando este se pegaba demasiado a la garrocha. Jugaba con la fiera como con un perro, capoteándole con tal destreza que el animal quedaba como perplejo, sin atreverse a embestir; muchas veces se le veía tirar la capa y arrodillarse delante del toro, mofándose de la fuerza del bruto dominado por la inteligencia.

   La generación presente recordará siempre a Bernardo Gaviño, niños, muy niños le hemos visto dirigiendo animoso su cuadrilla, incontables son sus hazañas sobre la arena escarbada de aquel circo sangriento.

   Por esto decíamos que la corrida en Texcoco, hará época en los anales de la tauromáquica historia.

    Otro dato, curioso de suyo es el que nos reporta El Tiempo, 7 de marzo de 1886, p. 1:

 EL ECLIPSE.

    Una nube entrometida cubrió la tarde del viernes pasado (5 de marzo de 1886) el globo del sol, en los momentos en que principiaba a verse el fenómeno de su conjunción con la luna.

   Un momento pudo verse el eclipse, cuando ya llegaba a su maximun; pero fue de poca duración ocultándolo de nuevo la nube.

   En cambio, se veían agitarse en las azoteas y observatorios de esta capital, y por todos los rumbos, hasta en las más lejanas perspectivas, multitud de gentes armadas con anteojos y vidrios de colores.

   Un eclipse total de sol tuvo lugar a principio de este siglo, siendo visible en esta capital. La oscuridad fue total en los momentos mismos en que se lidiaban toros en la plaza de San Pablo. Las gentes estaban atemorizadas.

   Viéronse lucir las estrellas como si fuera de noche y los gallos entonaron un coro general en toda la capital, secundados por los ladridos de incontables perros.

   Debo decir al respecto, de que a partir de la localización de esta nota, he buscado afanosamente (sin encontrarla) más información relacionada con la fecha del acontecimiento astronómico, para con ello ajustarla al momento en que se desarrollaba el espectáculo, y de ahí ubicar otro tipo de apuntes o descripciones hechas particularmente por autores que hubiesen tenido por aquel fenómeno interés particular en difundir sus ideas, impresiones o experiencias, según fuera el caso de inclinación temática que tuviesen los mismos.

   Finalmente, en esta ocasión, incluyo una más que, por su contenido, no tiene desperdicio. La encontré en El amigo de la verdad, publicado el 3 de abril de 1886, pág. 4, donde se publicó esta curiosa nota:

 El dos de Abril

    En los momentos de escribir estas líneas, nos atruenas los repiques, dianas y cohetes con que los liberales celebran la hazaña de sus bárbaros asesinatos el 2 de Abril de 1867.

   Si a los conservadores nos ocurriera solemnizar el 11 de Abril en que D. Leonardo Márquez fusiló a cinco o seis prisioneros, después de una victoria mucho más leal que la del 2 de Abril, ¡cómo nos apodarían de bárbaros! Los liberales fusilaron ciento y tantos prisioneros, ancianos unos y niños otros ¡y lo celebran!

   En la plaza de toros, hay necesidad de arrancar de la tierra la sangre del toro muerto, para que el que va a lidiarse en seguida no la huela y se ponga a gemir por la muerte de su semejante. ¡Estaba reservado a los liberales al oler la sangre de sus víctimas, entregarse a una salvaje y feroz alegría!

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 El Arte de la Lidia, año II, Segunda época, N° 11, del 14 de marzo de 1886, p. 4.

   Duro ataque a quienes como Leonardo Márquez, jugaron un papel verdaderamente controvertible en los anales de la historia nacional. “Ventilarlo” en la forma que lo hicieron, deja ver el alto grado de inconformidad que persistía entre los grupos del poder político, representados por “liberales” y “conservadores” que vistos, desde la posición de quien escribió estos apuntes, se antoja un personaje moderado, recordando que en la política como en muchos otros actos de la vida, la inteligencia y la profundidad… no siempre van juntas. El motivo que provocó tales reacciones “periodísticas” no es ajeno al tema taurino mismo, del que se toma como referente en términos de su natural circunstancia como ritual, expresión que para aquellas épocas, seguía siendo un asunto complejo, reducido en estos casos a una apreciación hecha por alguien que no necesariamente estaba de acuerdo con los toros. De ahí que sus comentarios fuesen mezclados entre lo sangriento de aquellos sucesos militares y estos otros, que son eminentemente “rituales”.

CONTINUARÁ.

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