HOY, 28 DE ENERO RECORDAMOS LA “CORTESÍA” DE RODOLFO GAONA AL PRESIDENTE MADERO EN 1912.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Y es que con un cartel como el que anunciaba a Rodolfo Gaona, imposible dudar en no acudir a semejante acontecimiento…

EL CORREO ESPAÑOL_27.01.1912_p. 3

El Correo Español, 27 de enero de 1912, p. 3.

    Guillermo Ernesto Padilla, en su imprescindible Historia de la plaza El Toreo,[1] nos permite conocer, casi a detalle las incidencias de tarde tal especial.

    El Califa de León celebró su beneficio el 28 de enero, encerrándose con seis toros, de los cuales tres procedieron de San Diego de los Padres y tres de Piedras Negras.

   El festejo fue de tronío, por lo que la plaza presentó el aspecto de los grandes sucesos, máxime cuando se supo que el Presidente de la República, don Francisco I. Madero, asistiría a la corrida de gala del gran torero mexicano.

   Aquella tarde se cubrió de gloria el esteta de León de los Aldamas, quien reservó para tan significada ocasión lo mejor de su repertorio. Desde el instante del paseíllo, hasta que rodó el quinto toro, pues el sexto lo pasaportó (Francisco Bonal) “Bonarillo” por encontrarse lastimado Rodolfo, una ovación ininterrumpida fue el marco brillantísimo que tuvo en todo momento aquella corrida inolvidable.

   Si maravilloso y variado estuvo el Indio con el capotillo y enorme en el tercio de banderillas, genial e inspirado se mostró en sus faenas de muleta, así como decidido y certero con la espada. Sobra decir que el público que asistió a tan memorable corrida, salió ebrio de arte de la plaza y con la satisfacción de haber colmado un deseo que hacía tiempo venía alimentando, que era el de ver al Indio Grande encerrarse con seis toros.

   Después de la lidia del primer toro, que el Califa de León había brindado al Presidente, Sr. Madero, éste llamó al diestro a su palco para abrazarlo y felicitarlo por su triunfo. Fue un momento histórico.

    Hasta aquí lo evocado por Padilla.

SINAFO_68250

INAH. Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO). N° de Catálogo: 68250

    Con la natural descomposición del soporte en vidrio, se puede apreciar el desprendimiento de la emulsión del lado izquierdo. Virada la fotografía, pareciera mostrarnos una presencia de la pátina del tiempo que se reafirma con el peso de aquel momento, en que el fotógrafo en turno (de quien no se tiene una idea exacta de quién pudo tratarse),[2] recogió tras instalar su parafernalia, el momento preciso en que Rodolfo, toda majestad, apostura y continente, fue a saludar a D. Francisco I. Madero, vestido con elegancia, como para la ocasión, y destocándose del sombrero de copa no desaprovechó la ocasión para voltear a la cámara. No hubo tiempo para que sus acompañantes, seguramente miembros del gabinete y tres soldados que contemplan la escena con cierta indiferencia, se acomodaran en forma más armónica para obtener un nuevo testimonio fotográfico que ya no pudo ser; quizá por lo reducido de aquel receso; quizá porque técnicamente el fotógrafo tuvo ante sí lo incómodo de la contraluz. En fin, que Rodolfo tenía que regresar al ruedo, en olor de santidad, luego de haber cortado apéndices en ese primero de la tarde, sabedor de que la gesta prometía irse cuesta arriba, lo que así ocurrió en los siguientes cuatro toros.

   El reconocido encuentro de dos “figuras” nos deja entender aquellos tiempos heroicos, en los que el torero, además de ser la figura celebrada por el pueblo, puede llegar a tal cercanía, hasta con el propio presidente de la república en turno, lo que así ocurrió en tiempos pasados con Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz. E incluso con Luis Mazzantini y Antonio Fuentes, por mencionar los casos más notorios, que los hay a lo largo de muchas otras épocas.

   Enterados ya de lo que sucedió en aquella célebre jornada, bien vale la pena incluir a continuación una caricatura que, meses previos a tan notable acontecimiento venía siendo tema de pasiones encontradas, dignas incluso de motivos para que trascendiera en las publicaciones periódicas. Tal es el caso de Los Toros, cuyo primer número, de la tercera época salía el 18 de octubre de 1911. En la portada aparecen, gracias a la genial inspiración de “Garrido”, esas dos figuras que agradecen “al alimón” una cerrada ovación. El público lanza habanos, sombreros, y los toreros, desmonterados no dejan de mostrar su emotiva actitud, la cual se ve empañada, en el caso de “Don Panchito I. Madero” a quien, por alguna circunstancia llega hasta su calva cabeza un cigarro que lo golpea. “Tuc” habrá escuchado y desde luego, habrá sentido aquel pequeño objeto, convertido quizá más que en ese propósito, en un dardo lanzado desde las graderías, donde se apostaba el pueblo, demandando con detalle tan peculiar, alguna inconformidad por su forma de gobernar, lo que no venía bien, sobre todo por el hecho de que hasta la misma caricatura lo reduce más en el tamaño en el que normalmente solían hacerlo aparecer en otros tantos dibujos, como aquellos del El Ahuizote en que, Madero, por ejemplo, al lado de Porfirio Díaz quedaba convertido en una figura insignificante.

GAONA Y MADERO

Col. del autor.

    Es más, aquí Gaona adquiere el primer plano, la figura que ostenta es mayor en estatura a la del propio Presidente Madero (no sólo en la realidad; también en la ficción caricaturesca) y Gaona, que lleva incluso el capote, como para reafirmar su perfil, gana en espacio. Tiempos difíciles aquellos en que la Revolución, que iba a llegar a su primer año de haber estallado, siguiera reflejando estos comportamientos, los de unos momentos de profunda tensión social, donde cada personaje que ocupara un cargo público se convertía en blanco de veneración y esperanza… pero también de odio y desolación.


[1] Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. I., p. 79.

[2] Muchas imágenes de la época, por facilidad o economía de identificación, pasan a ser etiquetadas como material registrado por los hermanos Casasola. Es un hecho que se ganaron el reconocimiento a lo largo del tiempo, pero un mal trabajo de identificación o cierto anonimato en que quedaban luego de ser obtenidas, no pudo evitar que se perdieran el nombre de importantes fotoperiodistas de la época.

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