EL DÍA QUE SE INDULTARON DOS TOROS EN UNA MISMA TARDE.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hoy, que está de moda el indulto, esa concesión que consiste en perdonar la vida a toros que parecieran cumplir con el perfil más riguroso de un parámetro que sigue siendo en la realidad inalcanzable, resulta poca cosa a una costumbre inveterada, la que al parecer comenzó a ser práctica y ahora una especie de condición que por sistema debe cumplirse partiendo de caprichos, más que de principios. Debo referirme al curioso caso del “Rey de los toros”, antes de abordar otro acontecimiento ocurrido en 1887, motivo de la presente colaboración.

   Fue en este mismo blog, allá por enero de 2012 cuando en la categoría “Ilustrador taurino mexicano”, publiqué “De toros indultados (su origen en México y una coincidencia)”. Vale la pena recordarlo.

 ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. PARTE XIX.

 DE TOROS INDULTADOS (SU ORIGEN EN MEXICO Y UNA COINCIDENCIA)

   El 12 de noviembre de 1994 fue lidiado en el “Toreo de Cuatro Caminos” un bravísimo toro de Garfias, que se llamó “El Rey”. Su matador: Enrique Garza. Aunque no tuve el privilegio de presenciar dicho acontecimiento, si quisiera exponer aquí un hecho histórico que nos remonta hasta el año de 1852, con el objeto de encontrar ciertas semejanzas y también, dejar sentados algunos criterios respecto a la transformación de la fiesta en cuanto tal.

   El hecho a que me refiero, ocurrió en la plaza de San Pablo, el 11 de enero de 1852. En la valiosa obra de Heriberto Lanfranchi, y decir Lanfranchi -en México- es como hablar del Cossío -en España- encuentro el siguiente pasaje:

   “Gran función de toros en obsequio del público.

   “¡Por la mitad de los precios de costumbre!

   “Se lidiarán seis toros de muerte, cinco de ellos de la segunda partida de la acreditadísima ganadería de SAJAY, a los cuales capitaneará: ¡El rey de los Toros!, cuyo valiente animal fue indultado de morir en la corrida del día 1o. [ojo con este dato] del presente, a petición del público, por su incomparable bravura, y el cual fue el que inutilizó en pocos momentos a todos los picadores de la plaza y a uno de los chulillos, en dicho día.

CARTEL_P. de T. SAN PABLO_01.01.1852Cartel del 1º de enero de 1852, aparecido en El Monitor Republicano del mismo día.

   “Dos para el coleadero y uno embolado para los aficionados, el cual servirá antes para el ¡Monte Parnaso!

   “Se presentarán a picar uno de los toros de la lid los célebres personajes: Abdul el-Kader y el Gran Sultán, perfectamente representados con trajes de sus países por los valientes picadores de la plaza: Caralampio Acosta y Vicente Guzmán.

   “También se presentará el muy divertido entremés: ¡El Hombre más feo de Francia…!”

   El Siglo XIX, Nº 1110, del sábado 10 de enero de 1852.[1]

   Tiempo más tarde, justo el domingo 25 de julio y en el mismo escenario volvió a lidiarse el bravísimo toro indultado, “que tantos daños causó a la empresa por los caballos que mató e hirió y por las contusiones que hizo a los picadores. Este hermoso y arrogante toro, que será distinguido con una flor blanca, saldrá en tercer lugar al combate, en donde lo esperan los lidiadores para triunfar de su belleza”. Solo un dato más para no caer en confusiones de interpretación: la tarde del 25 de julio se corrieron ocho toros de Queréndaro que lidió la cuadrilla de Pablo Mendoza, en función extraordinaria en celebridad del cumpleaños del Exmo. Sr. Presidente de la República, don Mariano Arista.

CARTEL_P. de T. SAN PABLO_11.01.1852

Cartel del 11 de enero siguiente, publicado también, como el anterior, en El Monitor Republicano del mismo día en que se celebró la función.

   ¡Tres veces salió al ruedo de San Pablo el “Rey de los Toros” y dos para ser indultado. ¡¡Caso increíble!! Pues bien, imaginemos que aquella tarde del 11 de enero, fría pero soleada, la cual auguraba una corrida tan sobresaliente y entretenida como las muchas que se efectuaron por entonces, estructuradas a partir de un esquema deliberadamente festivo y el cual prometía ofrecer alguna mojiganga, monte parnaso o jamaica. Actuación de saltimbanquis o el obsequio de “un toro embolado” para los aficionados en fin de fiesta que ya habían presenciado alguna ascensión aerostática. Así se las gastaban los antepasados de este nuevo concepto de empresarios tan ligados a su presente, a una publicidad de fin de siglo, con el apoyo de la potencia informativa de prensa, radio y televisión en dimensiones por demás impresionantes.

   Tras el regocijo, otra oleada de nuevas sorpresas permitió el comienzo de la lidia. Saltó a la arena “El Rey de los toros” causando constantes sobresaltos que terminaron por provocar en la concurrencia el lanzamiento de un grito unánime: ¡indulto! condescendiendo la autoridad a consumarlo.

   Este indulto debe recordarse quizá como el primero concedido en nuestro país. No vamos a hacer recuento del retiro de la condena de muerte de que han sido motivo cientos, cientos de toros, quizás con sobrada razón, o faltando mucho de ésta. Para los toreros, el indulto puede ser un baldón, porque se demostraba que el toro estuvo por encima de su presunto matador; para otros una salvación el que ocurra; justicia de la que no se encarga el torero, sino que esta va revelándose en los tendidos, en medio de una carga de sentimientos y que avala el juez de plaza.

   También, durante el año 1853 y en la Gran Plaza de San Pablo, justo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fue la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fue paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida. (Juan Corona)

   Nuestra historia de “reyes” nos ha permitido ingresar al incómodo terreno de las discusiones, sustentadas en el juicio de valor que debe dominar para perdonar la vida a un toro. Por cierto, ¿qué dice el actual reglamento taurino en vigor?

ARTÍCULO 73.-Cuando una res se haya distinguido por su bravura, fuerza y nobleza a lo largo de la lidia, a criterio del Juez de Plaza podrá recibir cualquier de estos tres homenajes:

I.-Arrastre lento por el tiro de mulas;

II.-Vuelta al ruedo a sus restos, y

III.-Indulto.

   El Juez de plaza manifestará su decisión por medio de un toque de clarín, dos toques de clarín o un pañuelo blanco, respectivamente. Asimismo, podrá exhibirse una pizarra desde el palco de la autoridad indicando por escrito la decisión.

   En el pasado, un indulto era algo insólito y además, tenía que pasar mucho tiempo para que sucediera otro. Hoy es común habiendo de por medio muchos intereses que a veces pueden ser positivos; pero que también pueden ser negativos en la medida en que todo pudiera confundirse, aunque no necesariamente, con lucro. No estamos contra el indulto, sí del exceso en que ha caido. Probablemente una estadística del caso podría aclararnos el panorama.

   La fiesta de toros es mutante, cambian sus conceptos y las ideas que de ella emanan y sin embargo, sigue formando parte de la vida cotidiana en un mundo cada vez más próximo al tránsito de siglos, ostentando su anacrónico encanto como fenómeno multitudinario en el cual todos sus protagonistas, al cabo de muchos siglos, se han encargado de modificar, corregir, alterar o hasta de desaparecer situaciones de su propio contexto. Sin embargo, nos sigue pareciendo un espectáculo estacionario (que no estático), el cual arrastra siglos de constante movimiento y parece no pertenecer a nuestro momento, pero que se integra a él permeándose de las cosas que como aportaciones van dejando todos quienes intervenimos en ella.

   La barbarie de la muerte de un toro -previo sacrificio- es la perfecta razón de exponer a la fiesta como reaccionaria o conservadora en su estricto sentido. Sigue sorprendiendo, fascinando, alucinando y hoy, al paso de nuevas generaciones, estas se acercan para ser “víctimas” del encanto o del desencanto también.

   De aquel rey a este otro rey las diferencias son, diríamos que diametralmente opuestas en muchos conceptos, aunque de una sorprendente historia paralela en la que solo ha cambiado la forma pero no el fondo de las cosas.

   México capital, ha dejado de ser la ciudad con 200,000 habitantes (estimación para 1852) para convertirse en una megaciudad de más de 20 millones de pobladores. En aquellas fechas un periódico era centro de discusión de muchos lectores reunidos en algún café de moda. Hoy, multitud de publicaciones que están a nuestro alcance en cualquier estanquillo, y noticias que se conocen casi al instante de ocurrir los hechos, nos dan idea del crecimiento de los medios de comunicación (todos en general), con pretensiones de dominar el panorama sin ningún miramiento.

   Pues bien, entre estos “dos reyes” quise dar apenas una escasa idea en los cambios y en las formas bajo las cuales se ha sujetado el maleable espectáculo de los toros que no por lo expuesto líneas atrás, ha perdido su esencia. Antes al contrario, permanece y contra ciertos adelantados pronósticos pesimistas, me parece que continuará. La enorme infraestructura montada en torno al espectáculo tiene ya la solidez suficientemente capaz de no permitir su derrumbe.

   Estas notas las escribí en 1994 y a 18 años vista, el panorama en nuestro espectáculo, el que se desarrolla en este 2012 subsiste, aunque todavía con la misma precariedad, y con fuerte ausencia de profesionalismo, lo que mueve a tener más precaución entre los responsables y todos aquellos que participan en su puesta en escena, para que hagan las cosas “como Dios manda”.

   Ahora bien, las notas que siguen, registran el caso de un doble indulto, ocurrido en la plaza de toros de “San Rafael”, a finales del siglo XIX y que viene a ser el tema central de esta nueva entrega. Veamos.

PLAZA DE TOROS “SAN RAFAEL”, CIUDAD DE MÉXICO. Julio 10 de 1887. 5 toros a muerte, cuadrilla de Ponciano Díaz.

   De este festejo, recogemos las notas que Pompeyo dejó plasmadas en El Diario del Hogar del 12 de julio de 1887, p. 2:

EN LOS TOROS.

PLAZA DE SAN RAFAEL.

JULIO 10 DE 1887.

    Las tres y media de la tarde.

   Presidente: C. Pedro Ordóñez.

   Limpio el cielo, serena la tarde, el público numeroso en los departamentos de sombra y sol, se prometía presenciar la corrida.

   A la hora dicha salió el primero, prieto, bragado, de libras y poder.[2]

   Arcadio y García, bien en la suerte de varas.

   El Manchado dejó dos pares y medio, sufriendo una enganchada, sin consecuencias por fortuna.

   Ponciano, con un rico traje de terciopelo rojo y adornos de oro, previo el respectivo permiso, se fue al toro y después de doce pases elegantes, le dio una magnífica estocada alta, bastante para dejar sin quehacer al puntillero.

   Gran ovación, sobre todo en el departamento de sombra.

   Las dianas y los aplausos duraron más de diez minutos.

   El segundo y el tercero, enchilados, y también de libras y pies, se portaron como buenos.

   Los muchachos de Ponciano, disputándose los aplausos.

   El Tanganito y Atenógenes, bien en banderillas.

   Ponciano estoqueó a ambos toros bien, no necesitando, como de costumbre, más que una estocada para cada animal.

   Hasta hoy es el único matador que ejecuta la suerte suprema RECIBIENDO y no da más que UNA SOLA ESTOCADA.

   El cuarto, no obstante su buen porte y haber recibido varias varas y un par de banderillas, el público pidió con insistencia que volviera al chiquero, y el Juez accedió. ¿Estuvo bien hecho?…

   El sustituto… oh! qué toro! Su entrada al redondel arrancó un grito unánime de admiración.

   Josco, bragado, de hermosísima estampa, de gran alzada, con un peso como de cuarenta arrobas, y a nuestro humilde juicio, de siete años.

   Recordando los toros que pueden igualarse al que nos está ocupando, y que fueron: uno de Parangueo que lidió la cuadrilla de Ponciano, otro de Santín que temió matarlo el famoso Cuatrodedos y uno de los españoles, diremos con franqueza que los tres eran becerros junto al hermoso Elefante de que hablamos.

   Ponciano, conocedor de la bravura del toro, dispuso que entraran al redondel los cuatro picadores.

   Y el toro sobró para todos ellos, cada entrada era un caballo muerto.

   Mota se luxó una mano.

   Oropeza, entusiasmado hasta el delirio, fue el héroe de los picadores.

   El animal soportó sobre CUARENTA piquetes.

   Tocóle a Emeterio poner banderillas… así, así.

   Cuando el público gozaba, admirando a aquel toro, Neptuno, imprudente, grosero, y quien sabe cuántos adjetivos más, condensó sobre la Plaza todas sus iras… y ¡agua va!…

   ¡Qué lástima!… ¡qué maldición!

   El toro de la tarde volvió al chiquero; que vuelva a la estancia y que dentro de cuatro años, si Dios la vida nos presta (estilo del Tiempo) veamos algunos descendientes del Elefante.

   En resumen: los cuatro toros, buenos; pero el cuarto, sin rival, en estampa, en bravura, en todo.

   Ponciano: cuidadoso, entendido, trabajador y siendo objeto de justas ovaciones.

   Su capeo, elegante; sus pases de muleta, ceñidos; sus estocadas, sobre todas la primera, suprema.

   Todos los peones, pero en primera fila Atenógenes y el Manchado infatigables.

   Los picadores luciéndose a porfía.

   Público numeroso.

   Presidencia acertada.

   Otra corrida, Ponciano. 

CARTEL_P. de T. SAN RAFAEL_10.07.1887

   A lo que se ve, este asunto parece ya no tener remedio, y si no lo tuvo en el pasado, salvo honrosas, honrosísimas excepciones que siempre caben, en nuestros días tal circunstancia definitivamente ya perdió la dimensión de sus propósitos originales.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., Vol. I., p. 142.

[2] Al parecer, los toros pertenecieron a la ganadería de “El Tulipán”, aunque por tratarse de un hecho en el que se lidió el famoso ejemplar de nombre “ELEFANTE”, tal toro volvió a salir al ruedo pero de la plaza de Bucareli, en esta ocasión la tarde del 10 de marzo de 1889. En aquella ocasión, junto con Ponciano Díaz, alternaron Francisco Moncayo, “Bienvenida” y “El Americano”. Los toros pertenecieron a Cieneguilla y Arandas. Por tanto, surge la sospecha de cuál era la procedencia correcta del mencionado ELEFANTE que fue a convertirse en un famoso toro indultado.

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