¿QUÉ SE DECÍA EN LA PRENSA SOBRE EL EFECTO DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN MARZO DE 1887?

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   CIUDAD DE MÉXICO. Domingo 6 de marzo de 1887. LA PRENSA OPINA.

    En su tradicional y muy conocida “Charla de los Domingos”, Juvenal, que no es sino el seudónimo de Enrique Chávarri, recordando aquellas otras grandes columnas como las que en su época también legaron Guillermo Prieto, Amado Nervo, “Bocaccio” y otros, no pudo menos que sentarse a escribir sus incómodas reflexiones, las que no necesariamente lo dejan apreciar como un antitaurino declarado (así lo creía el Dr. Carlos Cuesta Baquero). Sin embargo, con la sal y la pimienta que imprime en todas sus apreciaciones, nos deja más que clara su visión, la de un escritor enterado del acontecer cotidiano en aquella ciudad de México, la de 1887 y que hoy, a muchos años vista, parece crearnos un ambiente cargado de nostalgias, de antojadizos intentos por viajar en el tiempo y apostarse ahí, en el sitio o los sitios que refiere en sus sabrosísimas “Charlas…”, como esta que se publicó en El Monitor Republicano del 6 de marzo de 1887, p. 1:

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Enrique Chávarri, Juvenal. INAH. Fototeca INAH. Catálogo, SINAFO_31305

    ¡Pues, señores, estamos lucidos!…

   No se habla más que de toros en México, la taurolatría ha adquirido tal número de adeptos, que ya es cuando menos de mal gusto no pertenecer a la nueva secta.

   Casi estamos a punto de resucitar el culto del toro Apis, y de posternarnos ante el dios cornudo, como hacían los egipcios. La antigua Roma a la que ansiamos por imitar en sus sangrientos espectáculos, llamaba bestiarios a los que combatían contra las fieras, ebrios por la sangre y la matanza, nosotros, como los hijos de la Señora del Mundo, tenemos no nuestros bestiarios, pero sí unos hombres que matan toros y que llamamos sencillamente diestros, pero a lo que tributamos los honores augustos, como sucedió hace ocho días con Ponciano, que fue llevado en triunfo por la multitud que hubiera querido deificarle.

   Hombres serios, formales, circunspectos, encontrareis por ahí que deponen toda su honorabilidad en la plaza de toros, que no os hablan más que de la estocada a volapié, de la verónica o de las banderillas al cuarteo.

   Y esos hombres, que pasan a vuestros lados los días comunes hechos una estatua por lo estirados, los veis volverse locos frente al redondel, alentar apenas cuando el primer espada cita al toro y le hunde su estoque, allí, en el punto mismo en que el sublime arte lo ha preceptuado, allí donde el clasicismo lo ha prescrito.

   Y sostienen reñidas, luminosas discusiones sobre si la estocada a volapié, es más clásica que la estocada recibiendo, y sobre si la banderilla debe ser prendida a tal o cual altura del morrillo.

   No se habla más que de toros en esta buena ciudad, la fiebre taurina se ha apoderado de nosotros, los héroes del día son Mazzantini en primer lugar, después Ponciano, el Habanero, Machío, el Americano, todos los demás, los que no visten chaqueta de majo y calzón corto y birrete con borlas, son hombrecillos, vulgo, populacho.

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El Monosabio (…) T. I, sábado 10 de diciembre de 1887, N° 3, portada.

    Las gentes se quedan lelas en la calle cuando pasa un torero. ¡Ahí va! dicen, pudiendo apenas convencerse de que aquel hombre sea como los demás un simple y mísero mortal.

   Somos muy impresionables los excelentes mexicanos.

   Después de tantos años en que casi olvidadas estaban las peripecias de la lidia, viene la reacción, pero reacción terrible, espantosa. Jamás puede asegurarse que desde que México conoció el sangriento espectáculo jamás ha habido tal fiebre, tal delirio por los toros.

   Los domingos la gente se precipita ávida, loca, a las plazas de toros, y veces hay, casi siempre, que el pueblo se arroja sobre las puertas para abrirse ancho paso, tal es la ansia por llegar a la corrida. Es necesario un batallón para guardar el orden, y aun así, tienen siempre lugar escenas de sangre y de puñal, y aun así, no es raro oír la detonación del revolver entre el toque del clarín del redondel.

   No es caro cualquier precio que pongan los empresarios, no se repara en estas nimiedades, se saca el dinero del empeño, hasta debajo de la tierra, y cuando no le hay se arroja uno sobre la guardia, ciego, loco, atraído al espectáculo como un hipnotizado bajo el peso de repetidas sugestiones.

   Tenemos en México una plaza de toros que se llena de bote en bote; pero esto es muy poco, esto es nada, se construyen cuatro más y a toda prisa, se forman nuevas cuadrillas; por todas partes vemos los grandes rojos anuncios llamando al pueblo a su pasatiempo favorito.

   Ahora, al sentir esta reacción que se opera en nuestra sociedad, comprendemos mejor al pueblo romano, olvidándolo todo, su poderío., su futuro, hasta sus libertades delante del anfiteatro.

   Los domingos se desprende de la plaza de toros un inmenso aullido, un grito que se represente en toda la ciudad como el imponente rebramar del huracán; es el pueblo que se divierte, es el eco del rugido taurino, es que allá a lo lejos, el toro herido de muerte, los caballos arrastrando por el suelo sus intestinos palpitantes, la arena manchada de sangre, acaso un torero herido dolorosamente, todo esto ha llevado al delirio a nuestros apreciables conciudadanos, que parodiando a los héroes de la antigua Roma solo piden:

   ¡Pan y toros!…

   Es una catarata que se ha desbordado sobre nosotros arrollando el arte y a la cultura. Los toros han triunfado, la garrocha, el estoque y la muleta se ostentan enlazados por doquier, como el laurel de la victoria.

   Como es natural, dada la locura taurina que nos ha invadido, las corridas en que ha tomado parte la cuadrilla del famoso diestro Mazzantini, en Puebla, son el asunto del día, el objeto de todas las conversaciones y de todos los comentarios.

   Los infelices pasajeros que fueron de México a la Ciudad Angélica el último domingo para ver al astro del arte taurino, tuvieron que sufrir todo lo que se sufre en los viajes de recreo, todo lo que se sufre siempre que hay rebaja de precios; “lo barato cuesta caro”, dice un refrán sapientísimo, ahí está una prueba entre muchas; esos viajes al purgatorio, en que los desdichados pasajeros hacinados como fardos, y salen y llegan a la hora que lo dispone el capricho de una alta y poderosa empresa.

   Dicen que en Puebla, al regresar los excelentes mexicanos a su ciudad natal, hubo empellones, pescozones y machetazos, que en Apam, el depósito de petróleo de los wagones se reventó y casi todos los pasajeros quedaron impregnados del oloroso líquido… en fin, las delicias de los viajes de recreo…

   Pero todo vale la pena, aseguran los taurófilos, Mazzantini es un astro en ese arte que inmortalizó a C´chares y a Pepe Hillo, ha hecho fanatismo en Puebla; mata, dicen, los toros con una delicadeza, que el mismo berrendo debe sentirse feliz al ser despachado al otro barrio con tanto comedimiento, con tan buena educación; sobre todo tiene lo que los grandes artistas, lo que sólo da el genio, esa difícil facilidad para hacer las cosas; da una estocada con tal tino, con tal desembarazo, pone unas banderillas con tal limpieza, que, al verlo, parece que aquello no cuesta trabajo alguno y que el toro es una mansa oveja que permite que le hagan añicos con toda amabilidad.

   El Diario del Hogar nos ha contado que en la última corrida de toros en que tomó parte Mazzantini pasó lo que ustedes van a oir.

   Habla el colega aludido:

   “El quinto y último toro negro listón, llamado El Rayo, dio gran juego, y Mazzantini hizo gala de su serenidad y maestria manejando la capa. Antes de proceder a la suerte de estocada, Mazzantini, que parece tener facultades oratorias, arengó al público de sombra brindándole la suerte que iba a ejecutar, agradecido al recibimiento que se le había hecho; puso manos a la obra; dio algunos pases en redondo muy buenos, luego otros de costado y al contrario, apuntando una estocada de volapié con media espada, que decidió a varios de los concurrentes a decirle: “no dejes la espada, aquí no se acostumbra eso”. Entonces Mazzantini, accionando con marcada vehemencia, dijo:

   -“Yo toreo para mí y no para el pueblo; me ajusto a las reglas del arte, y si esto no gusta, me iré… a otra parte.

   Esta manifestación del diestro español fue escuchada sólo por los espectadores del lado derecho de la sombra, en donde tuvo lugar esta escena”.

   La verdad sea dicha; yo quiero creer que mi colega no oyó bien lo que dijo el famoso diestro, porque no es verdad que él toreo para sí mismo, lo hace para el público que es quien le aplaude y le retribuye.

   Seguramente entre la gran batahola no se oyeron bien las palabras del Mazzantini y casi estoy seguro que las rectificará, pues se avendrían muy mal con sus manera elegantes y cultas, que según es fama, le dan ese tinte simpático que le distingue en su terrible arte.

   Cuentan también que el galante torero brindó un toro, es decir, la muerte de un toro, por las lindas muchachas, y por la unión de México y España.

   Suponemos que las lindas muchachas fueron las señoritas que asistieron al redondel.

   Hoy se presenta de nuevo Mazzantini en el redondel, es el héroe del día, no cabe duda; irá mucha gente a Puebla, hará ese viaje lleno de penalidades; gastarán nuestros compatriotas quince duros, que es lo que por término medio cuesta por persona ir y venir y presenciar el espectáculo, y volverán encantados, proclamando que los toros son la diversión del siglo.

   Y gente, y de sobra irá a la plaza que tenemos aquí en la calzada de San Rafael, en donde es fama que las corridas no pueden ser más ratoneras, y Texcoco, Toluca y Tlalnepantla serán visitados por los taurómanos.

   La fiebre taurina cunde, es contagiosa, el pobre arte está de duelo, los espectáculos en México están de capa caída, ¿quién gasta en el teatro?… Cuánto mejor no es reservar sus fondos para ir a los toros!…

   Figúrense vdes. que ya gentes emprendedoras, gentes que de negocios entienden, andan por ahí pensando en la manera de hacer una plaza con techo de cristal, y dar allí corridas en la noche, a la luz de innumerables focos eléctricos y esto por abono, como la ópera o la zarzuela.

   Decididamente estamos perdiendo la chaveta, como dicen en mi tierra.

    Y poco más adelante remata:

    ¡A propósito de toros!…

   Es tanto el furor por las lides taurinas, que en medio del fragor de las máscaras, se recuerda al redondel de una manera ruidosa. Está ahora de moda una danza algo subversiva que se llama ¡Maten al toro! la música es una habanera, interrumpida a tiempo, por el clarín, que en los toros parece decir ¡maten al toro, maten al toro!…

   Pues bien, cuando ese clarín se deja oír, toda la concurrencia interrumpe el baile, y hombres y mujeres gritan entusiasmados, ¡maten al toro!

   A las dos de la mañana ya nadie tenía careta, ni se necesitaba por cierto en medio de la batahola, andaba por ahí alguno que otro máscara circunspecto, llevando misteriosas compañeras, estos desaparecieron en el momento en que la locura pareció galvanizar a sus soñolientos sectarios.

   Y el baile continuó (esto ocurría en el teatro Nacional) ordenado; allá, entre el ruido de las patadas sobre el piso de tablas, se oía alguna vez la ronca carcajada de la bacante, o alguna de sus exclamaciones poco puleras. Los hombres, aún los pertenecientes a lo que llaman la jeunesse dorée se disputaban el alto honor de bailar con alguna hija de la noche, y arrostraban y sufrían pacientemente sus groserías, con tal de dar una vuelta por el salón, del brazo de esas señoras, las que en cambio los trataban como a sus cocheros.

CARTEL_TEATRO NACIONAL_01.03.1857

Cartel reproducido en el libro de Armando de María y Campos: El programa en cien años de teatro en México. México, Ediciones Mexicanas, S.A., 1950. 62 p. + 57 ilustraciones. (Enciclopedia mexicana de arte, 3).

    La concurrencia era bastante abundante, más, mucho más de lo que era natural esperar, casi todo el inmenso salón estaba lleno.

   A las dos de la mañana que llegaron a México los viajeros que fueron a Puebla a aplaudir a Mazzantini, la concurrencia aumentó de una manera notable, la gente alegre, del tren, se trasladaba al teatro Nacional. La hora era propicia, era la hora del delirio, como decía Offenbach, y además la transición no era brusca; del redondel al baile de máscaras.

   El baile de Piñata es el último que se dio en el teatro Nacional, pero sigue ahora el mundo del trueno haciendo locuras en Arbeu (…)

   Pues vaya ambiente el que se vivía, en aquellos tiempos prácticamente a todas horas del día. El jaleo de los toros, lo delirante de acudir al baile y entremezclarse en aquel conjunto de personas que tenían oportunidad de gastar su dinero, y disfrutar la vida, se registró una buena parte en ese ambiente que también es motivo para verlo y estudiarlo, desde la composición de la vida cotidiana, hasta entender todos sus entresijos, sus más oscuros rincones y lo que significaba relajamiento en unos; distensión en otros. 

CARTEL_TEATRO NACIONAL_15.02.1880

Cartel reproducido en el libro de Armando de María y Campos: El programa en cien años de teatro en México. México, Ediciones Mexicanas, S.A., 1950. 62 p. + 57 ilustraciones. (Enciclopedia mexicana de arte, 3).

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