SOBRE UNA “GLORIA” y UN “MAZZANTINITO “QUE NUNCA VINERON A MÉXICO.

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La profunda preocupación del redactor estrella de los sábados en El Siglo Diez y Nueve, no era para menos. Ante la desmedida actividad taurina que por esos días de marzo de 1887 registraba la ciudad de México, cualquier novedad en el panorama, despertaba no solo interés, sino auténticas demostraciones de exacerbación como nunca antes se habían registrado por estos lares. Y es que ante un notorio “reposo”, apenas el que merecían los sagrados días de la semana santa de aquel año, significaban tomar un poco de aire por todo lo que estaba por venir en materia de cuernos. Sin embargo CERO a la izquierda ya estaba advirtiendo en su amplia crónica sabatina que se tomaran providencias, pues de un momento a otro estarían notándose por aquí las presencia de la torera española Gloria de nombre y Gloria de apellido, junto con un jovencito cuyo seudónimo era, en diminutivo la exaltación del “rey del volapié”. Me refiero a ese Mazzantinito que, junto a la Gloria española ya estaban siendo contratados en la península cubana, para hacerlos traer en atractivo ambiente publicitario a una ciudad que se desgañitaba en asunto de cuernos un día sí y otro también… por lo menos desde el 20 de febrero anterior, cuando se inauguró la plaza de “San Rafael”.

   Considero que nada más puedo agregar si todo lo que sigue, da una precisa idea de aquel ambiente, donde destacan las redondillas de uno de nuestros poetas mayores: Juan de Dios Peza.

   Escribe CERO a la izquierda en su columna Charla de los Sábados, publicada en El Siglo Diez y Nueve del 26 de marzo de 1887, p. 1:

 (…) Y ahora que va a llegar el obligado y forzoso paréntesis de la Semana Santa, los días de reposo taurino que ella impondrá a toreros y a taurómanos, servirán solo para aumentar el apetito de los aficionados a la lidia, y para hacerlos después acudir en mayor número al estreno de las dos nuevas plazas que se abrirán el domingo de Pascua.

   Estamos, pues, en pleno adelanto, en un periodo álgido de derroche de civilización.

   De Pulque y toros llama algún colega a la época actual, y a fe que tiene razón de sobra.

   La pulquería y el redondel son los dos templos de hoy, en los que se rinde culto al embrutecimiento y a la barbarie.

   Baco ebrio y coronado de pámpanos, y el primer espada envuelto en su lujoso capote de paseo, son las dos figuras que están erguidas sobre el pavés de la admiración públicas.

   Un verde maguey cubierto por una roja muleta de torear y atravesado por una blanca espada de matador, son los colores nacionales y el signo heráldico conveniente a un pueblo que abandona el taller por la taberna, y que cambia el instrumento del trabajo por el jarro que repleto de neutle va a consumir en la plaza de toros, al eco estruendoso del civilizador aullido que dice ¡¡¡tooooro!!!

   Y para complemento de bienes, estamos amenazados por otras dos celebridades taurinas.

   Una torera ¡qué horror! y un torerito de trece años, que en la actualidad están trabajando en la vecina Isla de Cuba.

   Llámase aquella Gloria y se apellida lo mismo, es decir, que se titula ¡Gloria-Gloria!

   Pues, ¡ay qué gloria!

   Y cuenta la fama que esa gloria torera, no es una arpía, ni un serpentón, ni siquiera un sargento de coraceros, disfrazado de hembra, como sería de suponer dada la profesión a que se ha dedicado, sino una joven guapa y dulce, de blanca tez y labios de granada, de finas maneras y corazón sensible, aunque yo creo que no lo tendrá muy tiernecito, cuando torea y despacha berrendos como si chupara caramelos.

   Y en cuanto al niño, a quien llaman Mazzantinito, es un jovenzuelo que empieza a vivir, aprendiendo a matar, y que sale al redondel en vez de entrar a la Escuela de Corrección, que lo reclama a gritos.

   ¿Qué no tendrá padres esa criatura, ni marido o hermanos esa mujer mari-macho, espíritu fuerte, deshonra de su sexo, si bien admiración del contrario, que se muere por lo antinatural y extraordinario, como es ver a una hija de Eva, frente a frente de un cuadrúpedo cornudo de Atenco o del Jaral?

   Qué bien podrían aplicarse a esa notabilidad femenina, que sueña con toros y los mata de veras, en lugar de soñar con flores y con castos cariños, las siguientes primorosas redondillas de nuestro popular poeta Juan de Dios Peza y escritas a una taurófila madrileña:

 EN LA PLAZA

 Hija del pueblo, morena,

Vestido de medio raso

Azul celeste, de razo

Que al andar cruge y resuena.

 

Negros caireles, mantilla

Blanca, y dos flores sembradas

En el cabello, arrancadas

De los huertos de Sevilla.

 

Peineta de teja, brío,

Terso cutis, labios rojos

Y sobre todo unos ojos

De ¡perdónalos, Dios mío!

 

Así, juro por el Cid,

La ví en un palco escogido,

Estando yo en un tendido

De la Plaza de Madrid.

 

Ha de ser tierna, pensé,

Dulce, candorosa, pura,

Su pecho toda dulzura,

su corazón toda fe.

 

Si es tan dulce su mirar

Será su voz como arrullo…

Mas, ¿qué pasa?… ¡Gran murmullo!

¡Lagartijo va a matar!

 

Calla la gente más tosca

Y el más pulido doncel;

Se puede en el redondel

Oir volar una mosca.

 

Pues todos saben de fijo

Los transportes que arrebatan

Al pueblo, siempre que matan

O Frascuelo o Lagartijo.

 

El bicho, rasca el terruño,

Embiste y queda sin vida

Por una buena metida

Por todo lo alto hasta el puño.

 

¡Qué entusiasmo! ¡Qué ovación!

La plaza entera temblaba

Y la dómina gritaba

Reventándose el pulmón.

 

“¡Y qué bien lo has matao!

Sin confesión, pobrecito!

¡Recibo un beso, mardito!

¡Qué bien matas, condenao!”

 

¡Y ésta –dije- es la paloma

De hermoso y níveo plumaje;

¡Vaya que alienta coraje

Y tiene dulce el idioma!

 

Y decepcionado ya

de mi tremenda vecina,

volvíme en una berlina

a la calle de Alcalá.

 JUAN DE DIOS PEZA

Retrato de Juan de Dios Peza. Col. del autor.

    Y lo peor es que la Gloria por partida doble, y el Mazzantinito, recién nacido es casi seguro nos visitarán pronto, pues se dice que les han sido hechas ya proposiciones de ajuste por empresarios de esta ciudad.

   ¡Prepárese nuestro público a pagar diez pesos por una grada de sombra y doscientos por una lumbrera!

   ¡Claro! Pues qué, ¿vale menos ver matar toros a una mujer que se llama Gloria, y a un imberbe primer espada que se llama Mazzantinito?

   ¿No es la sublimidad del arte una cosa y otra? ¿No se eclipsan las glorias de la Patti y las de Sarah Bernhardt ante las de la muleta y el estoque?

   ¿Qué son las reinas del canto y de la tragedia, comparadas con la gloriosa Gloria, la reina y hasta la Emperatriz de todos los toros nacidos y por nacer?

   Y además, ¿no ha descubierto ya el falso Mayer, y tras él Mr. Abbey Mr. Grau, y luego la empresa de Puebla que trajo a Mazzantini; no han descubierto, todos ellos, digo, la veta en bonanza, el gran filón, la riquísima mina, el positivo El dorado, el camino seguro de la explotación pública, por el cual se llega a la opulencia en pocos días, aprovechándose de la imbecilidad de cuantos pagan gustosos y voluntarios altísimos precios, solo por la vanidad de que no pueda decirse que dejaron de ver, a peso de oro, lo que pudieron ver mucho más barato, con un remedio sencillísimo y consistente en no apresurarse a ir a llenar las cajas de las Empresas?

   Los mexicanos somos así, muy echaos pa elante, muy rumbosos, muy pródigos, y muy desprendidos, cuando se trata de quemar incienso a la novedad, rindiendo culto a nuestros vanidosos sentimientos, y dejándonos esquilmar por los que han sabido descubrir nuestro lado flaco, nuesta debilidad, nuestra cuerda sensible, la negra honrilla, que creemos consiste en pagar lo que ningún otro país del mundo ha pagado nunca por divertirse, pues como ya más de una vez lo he demostrado en Charlas anteriores, ninguna opulentísima capital europea ni americana se ha permitido jamás el lujo inaudito que nosotros, rellenando los ávidos sacos de avarientas empresas, que hacen muy bien en sentarnos la mano, toda vez que se los permitimos.

   El falso Mayer y los empresarios posteriores, los Carteristas y los Carterotas han de haberse dicho para su coleto y para nuestro desplume: “El que quiera azul celeste, que le cueste”, y como Infinitus stullorum in numerum, o traducido al romance libremente, son muchos los llamados y pocos los escogidos, de ahí resulta que México se ha convertido de poco tiempo a esta parte en la Jauja moderna, y que los empresarios que han hallado la verdadera piedra filosofal, en forma de una celebridad, están en su derecho para poner su maíz a veinte pesos, siempre que encuentren compradores, de esos que tal vez niegan una limosna a un hospital o a una escuela, y llevan tesoros a un teatro o a un circo taurino.

   Buen provecho les haga a quienes no quieren aplicar el único correctivo posible a esas desconsideradas especulaciones, correctivo que no está al alcance de autoridad alguna, sino del mismo público, que con su sola abstención, con no concurrir, mataría en el nido la gallina de los huevos de oro, recientemente descubierta por el falso Mayer, y que con su cacareo de triunfo se burla de los que, aun a costa de grandes sacrificios, han comprado bien caro el vanidoso derecho de que se les llame el público más generoso del orbe.

   Y dicho esto, que me parece bastante claro, siga haciendo cada cual de su capa un sayo, echando la casa por la ventana, y venga la Gloria-Gloria y el Mazzantinito a llevarse lo muy poco que resta de dinero en esta bendita tierra de las minas de oro, y de los diez millones de ciudadanos descalzos, como llamó Paco Bulnes a nuestros dadivosos compatriotas.

   De todos ellos el que menos vale, será por lo mismo el que menos gaste, que por algo se llama

CERO a la izquierda.

La presencia de tres cuartetas más son importantes, pues estas son un agregado, o un cambio a lo que el propio autor logró publicar en Madrid, un año después, justo en la versión que, a su vez, reprodujo El Eco Taurino en 1937. Podría tratarse de pequeñas diferencias. Sin embargo, ante lo notorio en 12 versos, ya no lo es tanto, si lo comparamos con el texto de 1888, como sigue, distinguiéndolas por estar en negritas: 

EN LA PLAZA

 Hija del pueblo, morena,

vestido de medio raso

azul celeste, de razo

que al andar cruge y resuena,

negros cáireles, mantilla

blanca, y dos flores sembradas

en el cabello, arrancadas

de los huertos de Sevilla.

Peinete de teja, brío,

terso cutis, labios rojos

y sobre todo unos ojos

de ¡perdónalos, Dios mío!

Así –juro por el Cid-

la ví en un palco escogido,

estando yo en un tendido

de la Plaza de Madrid.

ha de ser tierna, pensé,

casta, encantadora, pura;

su boca, toda dulzura,

su corazón toda fe…

Airosa, gentil y bella,

mi admiración la acompaña,

¡No ha de haber en toda España!

Mujer tan linda cual ella!

si es tan dulce su mirar

será su voz como arrullo…

Mas, ¿qué pasa?… ¡Gran murmullo!

¡Lagartijo va a matar!

Calla la gente más tosca

y ve al más pulido doncel.

Se puede en el redondel

oír volar una mosca.

Que todos saben, de fijo,

los asombros que arrebatan

al pueblo siempre que matan

o Frascuelo o Lagartijo.

¿Quién tal acto no respeta?

A otro enumerar la toque

todos los pases de estoque

y los pases de muleta.

El bicho, rasca el terruño

embiste y queda sin vida

por una buena metida

por todo lo alto hasta el puño.

¡Qué entusiasmo! ¡Qué ovación!

La plaza entera temblaba

y la dómina gritaba

reventándose el pulmón.

-¡Qué bien lo has matao

sin confesión, pobrecito!

¡Qué bien matas, condenao!

¡Y ésta –dije- es la paloma

de hermoso y níveo plumaje;

¡Vamos, que aliente coraje

y tiene dulce el idioma!

Y decepcionado ya

de mi tremenda vecina,

volvíme en una berlina

a la calle de Alcalá.[1]

 

Madrid, 1888.

Juan de Dios Peza.

 


 

[1] El Eco Taurino. Nº 429, del 14 de enero de 1937.

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