LA IMPORTANCIA Y LA ESENCIA DE CIERTAS “MINUCIAS” TAURINAS (XXVII). 

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

    Por las siguientes notas, va a ser posible enterarnos de que la plaza de toros en Cuautitlán, célebre por haber dado una serie de festejos desde aquel diciembre de 1880 y hasta 1887 aproximadamente, lo que significa el fuerte arraigo que significó un coso en el que, seguramente la frase de Amado Nervo tuvo su verdadera dimensión. El gran poeta afirmaba que “después de México… todo era Cuautitlán”. Del mismo modo, los versos de la “calavera” presentada a continuación, y dedicados a José María Velasco, recuerdan su oficio como el gran pintor y paisajista quien, dedicado en labores escolásticas, no pudo con semejante responsabilidad (la de mantener una escuela), comparando aquella digna labor si se hubiese dado a la tarea de “torear toros de Atenco”. En cuanto a la “charada” o acertijo en que se trata de adivinar cierta o ciertas palabras, queda, en dedicación “A la niña María de la Luz Huerta”, encerrado un enigma taurino que seguramente identificarán. Si los desórdenes son más causa de la desaseada actitud del empresario que por aquel año de 1834 produjo verdaderos levantamientos populares que reclamaban mejores funciones taurinas, sabremos si la nota de La Lima del Vulcano le da razón a uno o a los otros. Finalmente, y para no quedar mal luego de haber citado al coso de Cuautitlán, veremos cómo en 1881, junto con este el del Huisachal daban unas funciones capaces de despertar el asombro, la admiración, o quizá las reacciones más encendidas por parte de la prensa, como la nota que se recoge de El Monitor Republicano, en cuanto a la forma en que se desarrollaron en ambos sitios diversas funciones, al amparo de las cuadrillas que encabezaba fundamentalmente Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz. Lo demás, lo dejo a su imaginación.

EL HIJO DEL TRABAJO, D.F., del 28 de noviembre de 1880, p. 3:

Culto a la barbarie.

    En Cuautitlán trabajan actualmente más de cien hombres, en la construcción de una plaza de toros que deberá inaugurarse en la feria que tendrá lugar del 5 al 13 del entrante.

   Más meritorios serían sus trabajos en el ferrocarril.

EL HIJO DEL TRABAJO, D.F., del 2 de noviembre de 1883, p. 3:

JOSÉ MARÍA VELASCO.

 

Lidiando con los muchachos

Murió fastidiado y seco,

Que es peor tener escuela

Que torear toros de Atenco.

 LA IDEA DEL SIGLO, D.F., del 11 de junio de 1903, p. 4:

 CHARADAS. 

I 

A la niña María de la Luz Huerta. 

El sonido de un tambor

Mi primera te dará,

Y la tres es una nota

De la escala musical.

Dos y tres es la oración

Más divina, más sublime,

Que tú, como buena niña,

Con fervor has de rezar;

Y la suerte peligrosa

Que ejecuta mi total,

Si fueres a ver los toros

Muy gustosa aplaudirás. 

DOLORES ACEVES.

 LA LIMA DEL VULCANO, D.F., del 20 de diciembre de 1834, p. 4:

    Se ha publicado un bando por el gobierno del distrito, para impedir las faltas de decoro, de urbanidad y policía, con que unos pocos inciviles desacatan al público y a las autoridades que preside en las fiestas de toros. Nada más justo que esta providencia, nada más oportuno, para evitar desórdenes que ceden en mengua de la moderación de los mexicanos; pero es preciso, que a ella siga la vigorosa necesidad contra el empresario de la plaza, siempre que falte a sus contratos con el público. Así lo esperamos de la notoria integridad del sr. gobernador.

 EL MONITOR REPUBLICANO, D.F., del 4 de diciembre de 1881, p. 1:

CHARLAS DE LOS DOMINGOS.

(…..)

   ¡Qué entusiasmo tan bélico hay en nuestra bella capital, por el espectáculo grandioso y civilizador de las corridas de toros!

   Parece que hemos vuelto a los tiempos aquellos de la juventud de Bernardo Gaviño y de Mariano la Monja, en que el Presidente de la República, con todo y banda tricolor, asistía a la corrida, en que la tropa partía la plaza, y en que llovían pesos sobre los toreros cuando habían hecho alguna hazaña digna de Cúchares o de Chiclanero.

   Qué entusiasmo! Las ruinas del solar del Paseo Nuevo, las ruinas del gran circo de San Pablo, se estremecen de gozo cuando hasta a la arena aquella, rociada con sangre, y en donde tantas veces los pobres caballos han arrastrado sus intestinos palpitantes, llegan los gritos que desde los wagones lanzan los concurrentes a los toros.

   También el arte del toreo ha progresado; hoy se ponen banderillas con la boca, se ponen banderillas a caballo, se hacen mil dibujos, mil delicadas filigranas, para provocar el coraje del terrible bicho.

   Tenemos actualmente a las puertas de México dos plazas, la del Huisachal y la de Cuautitlán; ambas se disputan el favor del público, ambas en los límites del Estado de México, que no ha tenido a bien escribir en sus códigos la prohibición que consignan los nuestros sobre bárbaros y repugnantes espectáculos.

   En el Huisachal dirige la cuadrilla Ponciano Díaz; un joven atrevido, audaz, de simpática y viva fisonomía; siempre, aún en los momentos de mayor peligro, se le ve sonreír; tendrá veinticuatro años a lo sumo, y ya domina al toro con su voz y le detiene con su increíble audacia.

   Ponciano Díaz no conoce quizá los secretos todos del arte del toreo, porque dicen que también, ese es un arte; pero su temerario valor parece que impone a la fiera que le respeta y le teme.

   Moreno, bajo de cuerpo, ágil incansable, sabe proteger a sus compañeros en el momento de mayor peligro.

   En la plaza de Cuautitlán está el viejo Bernardo Gaviño, el oráculo de los toreros, el hombre que ha pasado su vida desafiando al más bravo ganado de Atenco y el Cazadero; el mismo que cien veces, cuando el toro más feroz iba a embestirle, se ha parado de frente, ha cruzado los brazos y con su grito gutural, imperativo, ha detenido a la fiera, bramando de coraje, y le ha hecho inclinar la cabeza rascando el suelo con las patas; el mismo que en la escarbada arena del redondel ha probado cuan por encima está la chispa de la inteligencia humana, sobre el indomable furor del hijo de las llanuras de Atenco.

   Bernardo está viejo, y sin embargo, hace pocos días llamaba al toro, esperábale, como es su costumbre, de pie firme, y cuando el bicho embestía más feroz, él le tiraba su capa, le envolvía con ella la cabeza y obligaba al animal ciego, a detenerse como desconcertado.

   Bernardo no tiene ya fe en el ganado de Atenco, ahora ha puesto de moda el de la Hacienda de Santín; unos toros grandes como elefantes, de una pujanza extraordinaria, y que matan un caballo como matar pudiérase a una mosca.

   Se nos ha referido un episodio que tuvo lugar durante una de las últimas corridas en Cuautitlán.

   Había el toro matado todos los caballos, y era preciso continuar; entonces no quedaba más que una pobre yegua flaca, que montada por su picador, fue puesta al alcance del gran toro, que de una cornada abrió el vientre del escuálido animal, el que salió vacilando, agonizante y arrastrando por el suelo el feto del potrillo que estaba en días de nacer!

   Oh bárbaro! Cien veces bárbaro espectáculo. ¡Oh, público más bárbaro, que brama de alegría al contemplar esas escenas!

   Nosotros concebimos algo de la belleza del arte del toreo, cuando el hombre por medio del ingenio, de la destreza, jue3ga con el toro, le engaña, le provoca, se burla de su ira, muestra al público la lucha de la inteligencia y de la fuerza bruta, y cuando, por último, por medio de certera estocada mata al toro sin dolor, sin hacerle padecer, como si un rayo, el rayo partido del cerebro humano, hubiera sido fulminado sobre la robusta fiera.

   Pero llevar a los caballos flacos, escuálidos, viejos, algunas veces ciegos, llevarlos así al matadero, entregarlos al toro para que los haga pedazos y los mate en lenta agonía y con atroces padecimientos, esto es el refinamiento de la crueldad.

   Y no obstante, eso es lo que el público aplaude, doloroso es confesarlo, es lo que le gusta; cuando no hay muchos caballos hechos pedazos, cuando el redondel no se ve rociado por la sangre, cuando los intestinos de los pobres animales no quedan esparcidos por el suelo, entonces los toros no sirven.

   Todavía la civilización no asciende a su zenit, al menos entre nosotros, al menos en la tierra de las tandas, de los toros y de las lides de gallos.

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