DEL SACRIFICIO, LA “TRAGEDIA” Y LA MUERTE, O EL TOREO ENTENDIDO COMO UN RITO.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Del sacrificio, la “tragedia” y la muerte, o el toreo entendido como un rito, fue dictada en la Dirección de Investigaciones Históricas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el 12 de marzo de 2002, acompañada de la exhibición de la Carpeta de tauromaquia. “el panteón recreado” ó la fascinación tocada de delirio. (Primera versión), trabajo inédito, elaborado en 1999.

ANTOLOGÍA N° 4_PORTADA

José Francisco Coello Ugalde: Carpeta de Tauromaquia (Poemario). México, 1999. (Inédito). 20 ilustraciones, acompañadas de 20 poemas, denominados “Melancolías”. 48 hojas en folio mayor, ils., fots.

    Estoy ante un grupo peculiar. Nunca antes había imaginado que un tema como el de la muerte pudiera tratarlo con quienes estudian este acontecimiento humano desde diversas perspectivas, hasta hacerlo un asunto en sí mismo rico en explicaciones y argumentos. La muerte, aunque estamos conscientes de ella, de pronto rehuimos de ella sea porque la miramos lejos, sea porque se convierta en la causa principal que no solo signifique el fin de un trayecto. También la razón con la que se cancele definitivamente el proyecto de vida que cada uno de nosotros asume en el pequeño espacio temporal que nos corresponde.

   Sin embargo, no vengo a exponer aspectos que pudieran convertirse en lugar común. Mi presencia está motivada por toda aquella circunstancia originada en el discutido escenario taurino.

   Espectáculo, diversión pública, arte, deporte, deporte extremo, son diversas las connotaciones con las que puede calificarse ese milenario enfrentamiento de dos fuerzas: el toro y el torero, el animal y el ser humano. El ente irracional vs. el ente racional ¿o viceversa?

   A todas estas escalas o etiquetas con que puede identificarse dicha manifestación, agrego aquí una más, que no es nueva, pero sí poco estudiada que es la del sacrificio.

   ¿Es el toreo un sacrificio? Déjenme decirles que sí.

   Independientemente de las otras razones que pueden tener cada una un distinto significado, el toreo ingresa también al espacio sacrificial, impregnado de antiguas, muy antiguas creencias donde ciertos elementos de culto enriquecen el fundamento con el que puede tener una valiente defensa esa forma peculiar, que tiene entre sus principales razones la muerte del toro. Pero cuando ocurre la de un torero, entonces suceden otro tipo de manifestaciones que concluyen por verlo o calificarlo no solo como víctima de esa tragedia. Allí está una singular ponderación que lo llevan a convertirse en héroe, y aún más, en mito.

   Vayamos por partes. Intentaré explicar en un primer segmento, los significados del culto y sacrificio, donde el toro se convierte en una figura simbólica, sagrada, incluso diabólica. En el segundo y último nos acercaremos a las imaginarias consideraciones que han sido construidas en tanto un torero caído es depositado en escenarios solo entendidos a la luz de la exaltación y de la memoria.

 EL SACRIFICIO DEL TORO.

    El término “sacrificio” cuenta con una connotación que abre aún más el abanico de nuevas definiciones, proporcionada en nuestros días por el grupo ecologista que atrae un número importante de seguidores, como si se tratara de un “culto” en cierne. En la reciente discusión sobre la Ley de Protección a los Animales, el diputado pevemista Arnold Ricalde de Jager argumenta que las autoridades correspondientes deberán modificar el reglamento taurino y la norma zoológica. “En esta última se debe aclarar cómo hacer sacrificios humanitarios”, pues ni las corridas de toros ni las peleas de gallos se tratan de un sacrificio humanitario, y menos, si es en presencia de menores de edad, concluye el presidente de la Comisión de Preservación del Medio Ambiente de la Asamblea Legislativa.

   Y aquí viene esa nueva consideración que apuntaba: “me opongo a las corridas de toros por considerar que se tortura a los animales. Ese espectáculo “resta humanidad a las personas y crea una sociedad violenta y agresiva”.

   Por lo tanto, entiendo que “sacrificio” es aquella condición que resta humanidad a las personas y crea una sociedad violenta y agresiva. (La Jornada, del 22 y 27 de diciembre de 2001).

   Comprender el “sacrificio” más allá de estas apreciaciones, fruto de la modernidad y la conciencia que en nada cuestiono, al contrario aplaudo y valoro en lo que cabe, por el gran esfuerzo que representa ponernos señales color ámbar e incluso rojo, no es entrar en conflicto con estas valiosas consideraciones, porque si tratara de enfrentar los argumentos que establecen los ecologistas, me sumaría al atentado que representa la alteración violenta que surge de modo irreversible, y que daña y vulnera la naturaleza a extremos donde ya se nos advierte la fatal consecuencia: más depredación de bosques, desaparición de grandes áreas verdes; litorales amenazados por diversas contaminaciones, etcétera, etc.

   Sin embargo, creo que ellos no han entendido el valor profundamente histórico, al que se suma una serie de valores antropológicos, incluso arqueológicos que explican cual es la verdadera posición de la corrida de toros, justificándose en sí mismas con su presencia en nuestros días. No es una casualidad. Hay que remontarse a épocas bastante primitivas para empezar a comprender diversos valores de relación existentes entre el hombre, los animales y la supervivencia de ambos.

   Para ello, nada mejor que apoyarse en el texto de Julián Pitt-Rivers: “El sacrificio del toro” Revista de Occidente. TOROS: ORIGEN, CULTO, FIESTA, Nº 36, mayo de 1984. (pp. 27-47), en el que existen abundantes elementos con los cuales puede justificarse la razón de que la corrida o la fiesta de toros permanezca, aún en nuestros días, como resultado de soterradas conexiones entre el culto, el ritual, la veneración (que incluye valores religiosos); pero sobre todo el tránsito a través de siglos y siglos de adecuación y adaptación de la tauromaquia, producto final y summa de experiencias; summa, entendida como la reunión de datos que recogen el saber de una gran época.

 I

    De entrada, nuestro autor apunta su primer justificación:

    El culto al toro parece haber existido desde siempre en los países mediterráneos; su forma actual más depurada es la corrida española, que ha dado lugar a una abundante literatura.

    Hoy día, la forma más depurada de todo ese proceso histórico es la corrida española, misma condición compartida por otros pueblos como el francés, el portugués y otros tantos del continente americano, donde particularmente se encuentra México. Y cada uno la practica, tratando de respetar una estructura que persigue –entre otros elementos- el discutido aspecto del “sacrificio” del toro, traducido con su muerte misma, en la plaza, a la vista de miles de asistentes que se convierten en cómplices o en admiradores de una profunda esencia.

   El arranque del siglo XXI, tiene los ojos puestos en la modernidad, una modernidad que de tan acelerada pierde de vista lo sustancioso de la vida. Y al perderla, la daña, por eso, lo cotidiano que pudiera ser la modernidad consume y agota –sin que lo apreciemos-, muchas de las condiciones sustentables de la vida misma, que parten de la generosa pero agredida naturaleza. En este mismo siglo XXI, la tauromaquia pervive, es decir, se afirma, independientemente de sus constantes conflictos y crisis a que la tienen sometida muchos de quienes detentan poder y control al interior de sus estructuras. Los muchos siglos de andar, que a veces se pierden en la noche de los tiempos, nos complican la existencia ya que ingresamos en el misterio por entender desde cuando se dan las primeras condiciones que integran la razón del espectáculo como tal, que parte desde la relación misma del hombre y el animal en su estado primitivo. Y nada más evidente que la pervivencia de diversas pinturas rupestres.

 II

    Precisamente entramos a otro de los grandes argumentos que van dando peso y razón para justificar el significado no sólo de la corrida, sino el “sacrificio” implícito que tanto altera, que tanto provoca vaivenes entre diversas sociedades y culturas. Unas para cuestionar, otras para probar la permanencia justificable o no de las corridas de toros, incluso como argumento formativo o deformativo de los pueblos que la han hecho suya.

   Dice Julián Pitt-Rivers:

 Entre las muchas teorías que se han propuesto, una de las fuentes que se han barajado en el “espectáculo más nacional” es la necesidad de los primeros habitantes de la Península y sus rebaños de defenderse contra las agresiones de los toros salvajes. En realidad, los bovinos en el campo son apacibles herbívoros que no buscan pelea con nadie, y que sólo atacan cuando tienen miedo. En el Paleolítico, el toro es un animal de caza más que un antagonista, como lo demuestran claramente las pinturas de Lascaux; por otro lado, no se hace en ellas ostentación de sus atributos sexuales, que tendrán tanta importancia para la interpretación de su valor simbólico moderno. Su función reproductora sólo interesó a los hombres una vez domesticado, convirtiéndose el toro en emblema de la virilidad agresiva. Fue entonces cuando pudo verse en él a un enemigo, digno adversario de un combate glorioso. Aparece como el heredero del dragón representado por Ingres que, para permanecer alejado de las murallas de la ciudad, exigía la ofrenda diaria de una bella joven doncella hasta que el héroe se enfrentó con él para liberar a la población. El dragón es, a su vez, vencido, atravesado por la lanza de un San Jorge erguido sobre los estribos, en la misma postura del picador. Ya están aquí contenidos todos los detalles de la corrida moderna en estado embrionario: el caballero a caballo y armado con una lanza, el dragón atravesado por ella, y, como veremos, la bella joven atacada por el monstruo.

    Para bien o para mal, pero el hecho es que a la fiesta, además de que se le ha catalogado como “la más nacional”, sentido este que la identifica como cosa peculiar y única del pueblo español, es una razón por la cual buena parte de los segmentos intelectuales aprovechan para desacreditar semejante etiqueta. Este asunto se extiende a aquellos países que adoptaron o que fueron permeados por semejante circunstancia. Lo específico de este argumento es su largo andar de siglos, lo que origina el conjunto de diversas polémicas, encontradas todas ellas, y dirigidas por sus defensores –a favor o en contra-, que también son un buen número, de ahí que las justificaciones tienen que ser cada vez más sustentadas por quienes dan su aprobación al espectáculo, y no por ello de los que lo cuestionan. De ahí que opiniones de carácter antropológico como las de Julián Pitt-Rivers, nos permitan encontrar otros matices de peso tan representativo como el de su apreciación.

   Sostiene una importante tesis que en su momento arrancó diversas reacciones. Se trata del planteamiento que Cesáreo Sanz Egaña dijo del toro, en cuanto que este es cobarde (Pitt-Rivers lo llama “apacible herbívoro”). El hecho es que los secretos del comportamiento del toro –gregario por naturaleza- siguen siendo todavía un misterio, aunque una buena parte de su condición ha sido traducida para entender que –por otro lado- se trata de un animal que se defiende (no puede ser la excepción), y por eso su fuerza, combinada con una cornamenta defensiva-ofensiva, responden a las diversas provocaciones de que son motivo. Sin embargo, es impredecible en otros casos, como aquellos en los que su mansedumbre es reflejo de que o no está dispuesto a la contienda, o es otra condición natural más profunda que simplemente lo pone al margen de cualquier enfrentamiento. Fuera de estos razonamientos, también el toro ha sido un espejo de la virilidad y en eso existe una clara noción de anhelos y deseos soterrados por una sociedad masculina que, en buena medida, puebla las plazas. No es un argumento falto de peso, ni hecho a la ligera. Allí está explicada una buena parte de lo que significa el “tótem” antiguo y moderno. No es equivocada la consecuencia que apunta el antropólogo en cuanto que “su función reproductora sólo interesó a los hombres una vez domesticado, convirtiéndose el toro en emblema de la virilidad agresiva. Fue entonces cuando pudo verse en él a un enemigo, digno adversario de un combate glorioso”.

   Unido a esto puede ir la leyenda, como la de Ingres, ese dragón tan similar en su comportamiento al propio minotauro, la doncella –Ariadna- que no podía ser otra cosa que el fruto del deseo que también manifestaba el personaje mitológico y San Jorge, Teseo medieval que sirviéndose ya no de un hilo, sino de una lanza, destruye al dragón. Y la composición de la corrida moderna se transforma en nuevos personajes pues, “el héroe ha perdido su santidad, e incluso su carácter heroico para convertirse en el malo; el dragón se ha transformado en toro, animal peligroso, pero noble, que adquiere un aspecto casi humano; la joven ahora es un travestí. El mito se ha convertido en rito, el enfrentamiento en sacrificio. La amenaza externa, en gloria íntima”.

 III

    El solo término de “toreo” lleva implícito el sacrificio del toro. El sacrificio posee varias connotaciones. Sin embargo, el diccionario de la Real Academia Española, instrumento cuya autoridad resuelve situaciones difíciles, nos proporciona las siguientes explicaciones:

 SACRIFICAR (Del lat. sacrificare) tr. Hacer sacrificios; ofrecer o dar una cosa en reconocimiento de la divinidad. //2. Matar, degollar las reses para el consumo. //3. fig. Poner a una persona o cosa en algún riesgo o trabajo, abandonarla a muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés que se estima de mayor importancia. //4. prnl. Dedicarse; ofrecerse particularmente a Dios. //5. fig. Sujetarse con resignación a una cosa violenta o repugnante.

 SACRIFICIO (Del lat. Sacrificium) m. Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación //2. Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino en honor de su Eterno Padre. //3. fig. Peligro o trabajo graves a que4 se somete una persona. //4. fig. Acción a que uno se sujeta con gran repugnancia por consideraciones que a ello le mueven. //5. fig. Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño. //6. fig. y fam. Operación quirúrgica muy cruenta y peligrosa. // del altar, El de la misa.

 Diccionario de la lengua española. 20ª edición. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1984, T. III, p. 1208-1209.

    Al continuar la marcha, nos encontramos ahora en un ámbito estrictamente natural, que le incumbe al toro, por cuanto que al pasar un determinado tiempo, es motivo de selección para formar parte de un encierro, el más digno que en ese momento considera su criador, mismo que será conducido a la plaza, último sitio en el que, antes de su muerte, deberá cumplir con una serie de requisitos, considerados en el contexto del sacrificio mismo. Forzarlo a que los satisfaga, quizá sea una de las condicionantes a que está sujeto, y es ahí donde los malestares de quienes desprecian el espectáculo, se hagan más notorios. Puede que tengan razón, pero también la propia razón de su crianza y envío posterior a la plaza, sea otra forma de explicar y justificar el papel al que están sometidos. Su propia indefensión en el campo, como animales gregarios, libres de cualquier atropello humano (considerando que el destete sea forzoso, o que el herradero es una práctica dolorosa), permite que pasen un buen número de años antes de ser seleccionados, ya para una novillada, ya para una corrida; ora para el matadero –si no cumplen los rangos que exige el ganadero-, que es donde termina su auténtica libertad. Luego entonces, inicia el proceso que los pone, como quedó ya dicho, camino de la plaza o al alcance del matarife. Nuestro autor da un mejor panorama en el siguiente párrafo:

    El toro bravo, cuyo cometido es simbolizar la naturaleza salvaje, es un animal doméstico que sólo consigue cumplir correctamente su papel en la corrida moderna después de haber sido sometido a una selección tan rigurosa y larga como la de un caballo de pura sangre. Y hasta es preciso que este animal gregario sea aislado del rebaño y atemorizado para que se enfurezca. Además, en el momento de salir de la oscuridad para entrar en el ruedo, se le clava la divisa de su ganadero en la carne.

   Para que asuma mejor la figura del terrible dragón, los hombres atribuyen al toro un carácter que no tiene. Se supone que el rojo ha de excitarle, pero, realmente, es daltónico; se le imagina permanentemente feroz, y, sin embargo, se le puede acostumbrar a comer en la mano del mayoral; incluso se ha dicho que le gustaba la lidia. Se le toma por un monstruo, cuando suelto por el campo es un tranquilo rumiante. En definitiva, la cultura humana es la que ha fabricado la apariencia que presenta al entrar en el ruedo, la del enemigo de toda la Humanidad. Verdadero minotauro, mitad fiera, mitad producción humana, pertenece al mundo de los sueños más que al de la economía política.

 cargo de la fabricación de una “apariencia” transformada en el “enemigo de toda la Humanidad” que ciertamente no lo es, precisamente por su fabricación, es entonces cuando entendemos el trasvase del sueño histórico, del sueño mitológico al que se ha adherido la presencia de esa economía política que la cultura humana se empeña en seguir fabricando, sin importar el precio que representa la destrucción del elemento original, para convertirla en un bien de producción altamente costeable.

   El encuentro con interpretaciones como la que ahora es motivo de análisis, permite acercarnos a sitios todavía inaccesibles por la enorme dificultad que ofrecen, aunque basta un poco más de atención para hacerlas terrenables. Su sola presencia es punto más que suficiente para enriquecer el bagaje de argumentos que permitan respaldar la justificación de la corrida de toros, pero por encima de ello, el sacrificio del animal, como parte integral que la constituye. Por eso:

    La técnica de la tauromaquia es complicada y cada detalle cumple una función práctica, al mismo tiempo que contribuye, con su valor simbólico, a la significación de la totalidad del rito. El hecho de que se trate de un sacrificio es algo que al antropólogo le parece demasiado evidente para que se vea en la necesidad de justificarlo; pero, normalmente, un sacrificio es un acto religioso. ¿De qué religión se trata en este caso? Todo sacrificio implica un intercambio con una fuerza divina –intercambio de un bien material por un estado de gracia-, pero aquí, ¿qué es lo que se intercambia y entre quién?

    El asunto cada vez va complicándose, pues ingresan elementos como el citado hace un momento, al referirse nuestro autor al hecho de que “un sacrificio es un acto religioso”, y si así hay que entenderlo desde su personal interpretación como antropólogo, la pregunta inmediata que se hace y que nos hacemos es, entonces: ¿qué tipo de religión confluye; qué religión es en esencia la más inmediata para explicarnos el rito taurino?

   El sacrificio no se da por el vano principio de una matanza sin más. Posiblemente esto ocurrió en los tiempos más primitivos, en donde el hombre tenía que hacerlo para sobrevivir. Pero quedan también una serie de evidencias que nos demuestran que su contacto en un medio absolutamente natural, nos presenta hoy un testimonio plasmado en las pinturas rupestres, lo que señala las primeras insinuaciones no necesariamente creadas con una fuerza divina, puesto que el origen de las religiones se daría en un mundo distinto, evolucionado, separado por la creación de diversos estados los que, a su vez, crearon y asumieron como suyos unos principios de convivencia, de la que surgió después una estructura de ideas y creencias, tanto políticas como religiosas que, o terminaba enfrentándolos por un lado o aceptando aquellos elementos de interrelación, por el otro. La religión en cuanto tal, en sus diversas modalidades apareció en escena y para proclamarla, venerarla, pero sobre todo para sostenerla tuvo que surgir una patrón de comportamiento que entenderíamos en un principio como el rito, sin más. El rito lleva y conlleva propósitos muy concretos de exaltación, pero también, y como dice Pitt-Rivers, el intercambio de un bien material por un estado de gracia que hizo entonces más contundente la presencia de aquel elemento ligado a fuerzas que se separaban de lo terrenal, para ingresar a un espacio desconocido, donde lo mortal encuentra una barrera con lo inmortal. En ese sentido, por ejemplo, la religión católica nos habla en su más absoluto extremo de dioses. Por ello, la muerte representa uno de los factores más representativos en todas las culturas humanas, la que, al paso de los siglos se convirtió en un poderoso instrumento de explicación a la luz de todos esos argumentos que las religiones –en todas sus modalidades- han planteado en una multiplicidad de alternativas.

   De todo ello, se desprende, en un primer término la necesidad que tuvo el hombre de las primeras civilizaciones organizadas de iniciar la tarea de fomentar los diversos cultos que fueron construyendo, hasta lograr su perfecta consolidación.

   ¿Qué es lo que se intercambia y entre quién?, pregunta por demás compleja y de muy sencilla respuesta a la vez, porque son los hombres quienes, al organizarse y concretar una idea de lo que buscan y quieren como sociedad, integran a ella elementos como el religioso, afirmándolo con diversas representaciones, entre las que destaca su convivencia permanente con el mundo animal. Si el toreo es, en principio el encuentro entre dos fuerzas, la racional y la irracional, es porque así lo han indicado algunas circunstancias que buscan separar el encuentro, como resultado de condicionantes establecidas por culturas que así lo entienden. Pero habrá otras, y además otras ideologías que digan lo contrario, o afirmen: este es un encuentro entre fuerzas irracionales, en medio de un encuentro donde el hombre sabe perfecta, aunque irracionalmente que debe liquidar a un enemigo al cual va venciendo irracional e irremediablemente.

   El toreo, desde el surgimiento más primitivo del que se tiene evidencia, incluso hasta nuestros días, ha estado ligado con una cultura eminentemente católica, la que ha creado arquetipos de una peculiar riqueza, de ahí que el ritual milenario lo entendamos, independientemente de explicaciones jurídicas o en poder de sociedades protectoras de animales, como la expresión ritual, de la que Edward Tylor, experto en el manejo de la teoría antropológica del ritual y fundador de la disciplina en el siglo XIX, materia de estudio en la comunidad de antropólogos. Para Tylor, el ritual constituía una magia encaminada a alcanzar fines prácticos o a obtener de los dioses las ventajas, que, se suponía, eran capaces de distribuir entre sus fieles.

    Por su parte Víctor Turner, que ha analizado genialmente los rituales en Zambia, explica que el significado de los símbolos nunca es evidente para quienes los emplean y sólo aparece ante el que los observa desde fuera. Por otro lado, los símbolos son siempre polisémicos. Por ello, esta interpretación de la corrida no excluye otras diferentes, y, con seguridad, sería partidario de modificarla si se tratase de la corrida en otro país o en otra época. Las reacciones del público lo demuestran; su comportamiento en la plaza de Pamplona no se parece en nada al de la Maestranza.

    Aclarar entonces que el ritual o culto al sacrificio llamado corrida de toros es privativo de algunas sociedades que hicieron suyo el catolicismo (y probablemente no sea esta religión la única en donde se inserta esa aceptación), y que de él se derivó esta expresión, distingue perfectamente en el escenario lo que acontezca con los rituales en Zambia, por ejemplo. Es más, y lo apunta Julián Pitt-Rivers, en un mismo país, la interpretación de la corrida en cuanto a su comportamiento, no se parece en nada lo que ocurra en la Maestranza de Sevilla con lo sucedido en Pamplona. Una misma fiesta, muchas manifestaciones distintas. El contraste con otras culturas se advierte con toda aquella simbología polisémica, la cual polariza y además siempre va a encontrar diferencias muy marcadas, desde el punto de vista de donde partan. No me imagino qué podrían opinar quienes practican los rituales en Zambia del ritual taurino o viceversa. Siempre se van a enfrentar, porque sus orígenes provienen de circunstancias ajenas entre sí, aunque similares en sus raíces más profundas, las cuales apuntan a aquel intercambio de un bien material por un estado de gracia, propósito más o menos parecido entre todas las culturas universales.

 IV

    En el seguimiento de estas apreciaciones, Julián Pitt-Rivers afirma que “un rito ha de conservar su propia coherencia a través de sus transformaciones de sentido, de otro modo correría el riesgo de ser abandonado”. Y nada mejor que todo un compás hebdomadario, sujeto también –aunque cada vez en menor número a los motivos religiosos, por lo menos en nuestro país. Afortunadamente es en la provincia donde se sigue llevando de manera rigurosa-. La separación que se observa entre lo ocurrido en el pasado y nuestro tiempo, se debe fundamentalmente a los cambios de mentalidad generacional, a la penetración galopante de nuevos ámbitos políticos, a la expansión social y demográfica, incluso al desmesurado ritmo de acontecimientos, vigilados por una galopante condición mediática pero sobre todo, a ciertos índices de credibilidad apostados en el terreno espiritual. El comportamiento de este último factor es posible apreciarlo en la enorme cantidad de religiones que separan los diferentes tipos de creencia en los grupos sociales. Esa gama de manifestaciones, por lógica se desvía del espacio anteriormente dedicado y concentrado a diversas actividades muy concretas de la religión católica. Ese cambio es sintomático en aquellos países donde las corridas de toros se han afirmado por siglos, por lo que hoy se tienen poblaciones muy bien localizadas que conservan entre sus costumbres diversas actividades sagradas combinadas con las profanas, demostrando que se niegan a desaparecer. De ahí que

    La corrida de toros forma parte de una fiesta y, por esta razón, suele celebrarse sólo en domingo, o en el día o la semana festiva. Normalmente, en las ciudades pequeñas, el día del santo patrón es la ocasión de celebrar una corrida, que quizá sea la única del año. Antiguamente, la realeza conmemoraba con una corrida una boda, la visita de un huésped distinguido o una victoria militar. Los municipios ofrecían una corrida al santo que había atendido sus ruegos; personas ilustres podían festejar también de esa manera la boda de un hijo, y a veces, por una cláusula explícita en el testamento, su propia muerte. En la época en que yo iba a los toros en Andalucía un señorito nunca se quitaba la chaqueta, signo de su condición social. El atuendo del ruedo estaba tan reglamentado como el de la misa. Se ve por todo esto, que la corrida no es una diversión sino una celebración de índole más bien religiosa.

    Tal significado, aunque eminentemente españoles, son una condición adecuada y adaptada al modo de ser y de vivir americano, mismo que encontró y ha encontrado la forma de ser practicada como perfecta continuidad de esa “celebración” que no ha perdido su esencia religiosa que allí sigue, acaso trastocada por otras circunstancias explicadas por razones que cada época proporciona, primero para que no se pierda en la noche de los tiempos. Segundo, por causas lucrativas o crematísticas que apuntan al desarrollo de una temporada que cumple ritmos establecidos. Dos casos son perfectamente evidentes: la feria de San Isidro en Madrid (durante todo el mes de mayo) que se ve, a las claras, es un ciclo alrededor del santo patrono madrileño, o la temporada invernal celebrada en la plaza “México”, donde se concentran toreros hispanos y nacionales en una convivencia de esfuerzos entre aquellos que concluyeron la larga temporada española y de los que les esperan de este lado del mar para “combatir” y elevar en consecuencia lo mejor de su bagaje.

ORLAS

    Ahora, la contemplación nos obliga poner los ojos en la contraparte, el torero, para lo cual será necesario dar primero algunos razonamientos de su papel protagónico, y comprender después las diversas elevaciones que pasan de la tragedia en cuanto tal a los extremos mitológicos donde su tragedia se convierte en esa otra tragedia que trasciende horizontes temporales, hasta entenderlos como auténticos “héroes” solo planteados por Sófocles o Aristófanes, recordando que el pueblo griego, amante de la luz y de la vida, hizo de la tragedia primero; de la comedia, más tarde, la expresión de la opinión, la censura o la alabanza pública, el comentario de los hechos y la memoria viviente, social y tradicional, de progreso y de amor al pasado, y el relicario mismo de mitos vetustos y de tradiciones que iban muriendo. Por esto el teatro helénico es fundamental para las raíces de nuestra cultura, según lo apunta Ángel María Garibay.

   Dice Antonio Caballero que en una vieja idea de la literatura lírica –el Montherlant en El caos y la noche (quien cuenta cómo su personaje el viejo anarquista don Celestino Marcilla murió de veras un amanecer como consecuencia de los varios bajonazos terribles –y un descabello- recibidos la tarde de la víspera por un toro en un pueblo de la sierra de Madrid:

   “Fue entonces cuando recibió un tercer choque, en lo alto de la nuca, y todo en él fue barrido, como un huracán barre una nube”.

   Y la del tosco Hemingway que se llama Sin remedio, la de que una muerte de toro es una muerte de hombre, y una muerte de hombre, para ser digna de un hombre, debe ser como la de un toro en el ruedo. Una muerte de bravo. Las corrida de toros se inventaron (entre otras muchas razones) para mostrarles a los hombres cómo hay que morir. El modelo es la muerte de Sócrates: no buscada, pero sí precipitada por su orgullo ante el tribunal ateniense que lo condenó a beber la cicuta; y entendida como una culminación de la filosofía, que es una preparación para la muerte. Una muerte ejemplar. “En religioso silencio”, como, cuando sus amigos prorrumpen en lamentos, les recuerda el maestro que se debe morir. En el “Fedón”, su más hermoso “Diálogo”, cuenta Platón cómo Sócrates la copa de veneno:

   “La tomó, muy serenamente, sin temblar ni alterársele ni el color ni el rostro, sino, según solía, mirando de reojo como un toro”.

(“La muerte de Sócrates” en 6Toros6, Nº 298, del martes 12 de febrero de 2002, p. 50).

   Estamos a unos momentos para que de inicio el espectáculo. La tarde, soleada y bella ya es, en sí, un aliento erótico que sugiere condiciones especiales para que la corrida de toros transcurra dentro de ambientes propicios. Aquí vemos ya una serie de situaciones tan inmediatas como alejadas de lo que es el espíritu erótico que trascienden el ambiente que todos miran y gozan pero que también es soterrado; espuma de mar que nunca llega a la playa, sino que mantiene su intimidad más absoluta, allá muy lejos.

   Faltando breves instantes solamente se puede contemplar la plaza totalmente iluminada por un sol ardiente, que no solo nos quema, “desea”, y desea a un ruedo virgen, vaciado de impurezas con dos círculos que parecen representar castidad y por ende, virginidad. Se ve que el erotismo no solo son dos, en la oscuridad lícita del amor, ungidos de emociones ahogadas en el beso y la caricia que culminan en el deseo más puro.

   La plaza abierta, la plaza pública, en la que hombres, mujeres y niños asisten a este acto ceremonial se van a dejar maravillar con un gozo inexplicable, combinación de la vida y de la muerte. Erotismo en otras palabras.

   Son las cuatro de la tarde, los grados de temperatura se elevan intempestivamente. Con el sol iluminando ese recinto maravilloso ha iniciado junto con la corrida misma el acto perentorio, absoluto, bello y absurdo a la vez de la corrida.

   Los toreros van portando en sus delgadas figuras trajes afeminados, provocando alardes, propios más de un escarceo erótico que de un ballet ensayado. El hilo de Ariadna en el ruedo y las contradicciones. Es ahora el toro quien busca la salida en este laberinto abierto y circular. Torero y cuadrillas le tienden un hilo perfecto, adornado con arte efímero exaltado por un público que de verdad siente y se identifica con lo que ve en la plaza.

   Ahora con picadores y banderilleros ocurre el acto de sadismo. ¿Acaso el erotismo no se asoma a estos oscuros territorios?

   Y en cuanto el torero no solo domina sino que se va prodigando en pases confeccionados con un arte solo entendido por los asistentes al tributo y sacrificio hoy, 6 veces celebrado, comienzan a brotar del silencio los más emotivos gritos que pueden escucharse en medio de la complicidad gozosa. El ¡Olé!, ¡Óle! o también ¡Ooole! y quizás el característico ¡Oleee! todos, a un mismo tiempo invocan a un solo dios: ¡Por Dios! ¡Ualá!, que así se decía en árabe.

   Es este un acto erótico en el que, el sudor producido por un sol intenso nos provoca. Es este un acto erótico lleno de insinuaciones en el que, una mala caricia (de los picadores) provoca enojo. Y en el que cada lance arranca los aplausos del respetable, multitud etérea y casi inexistente para el torero a la hora en que se reúne y se funda en una sola pieza con el toro.

   Y en la reunión se entregan al placer más desbordante en donde solo su juventud es capaz de mantenerse en permanente reto ante la muerte, último nivel por donde los amantes van a navegar, en medio de la tempestad más agitada. En ese ir y venir desquiciado surgen las emociones celebrada por un público a veces fuera de sí, fugándose de sus cuerpos esa ira intensa y pasional que no es suya.

   Un momento por favor. Silencio: va a consumar el diestro la suerte suprema. El acero ha penetrado hasta las entrañas mismas del toro y este cae fulminado, rueda muerto, sin puntilla a los pies de su matador. El diestro eleva en muestra de victoria y de triunfo, el estoque ensangrentado.

   El torero pues, va erotizando -como encantado- el laberinto-ruedo.

   Torero-dios-hombre, bisexual, heterosexual, híbrido, señales y sugerencias de un simbolismo ancestral en su más amplio sentido, menos el peyorativo, porque van mujer y hombre dentro del traje de luces. Y es: una sensual y el otro arrojado enfrentándose sin tasa ni medida al toro como representación viva de la muerte (cuanta contradicción hay en esto).

   En tanto transcurre la tarde y con ella el placer ha desembocado en el cansancio y la sed. En los tendidos que miran al laberinto, Baco, uno más de los dioses invitados reparte en líquidos placeres su néctar amargo y dulce, causante de las discusiones más sordas y los delirios que pierden los estribos.

   El ritual del principio se ha ido convirtiendo en lenta orgía donde la compostura y los buenos modales ya no existen. La concupiscencia en los tendidos se ha desbordado, la fiesta ya no tiene control, ha perdido la mesura del rito inicial. El bacanal se apodera de las circunstancias, cuando la borrachera de ver torear tanto y tan bien, produce un conjunto de reacciones en los tendidos donde los asistentes ya dejaron de sentir el misterio para introducirse al vértigo, a la locura. Sin saberlo, están totalmente erotizados.

   La fiesta de los toros, en medio de todos sus significados abarca también el juego de la angustia en la que toro y torero amasan con su enfrentamiento la decisión de sus vidas: quien vive y quien muere “muero porque no muero” diría San Juan de la Cruz. Aunque la muerte del “Yiyo” y “Burlero” allá por 1985, por ejemplo significaran un acto culminante para ambos, en el mismo instante:

 Muertos tu y yo

no quedará ni Dios.

                                                                                                           Elías Nandino.

Entre tanto Georges Bataille dice que

 El juego de la angustia es siempre el mismo: la angustia mayor, la angustia hasta la muerte, es lo que los grandes hombres desean, para encontrar al fin, más allá de la muerte, y de la ruina, la superación de la angustia. Pero la superación de la angustia es posible con una condición: que la angustia esté a la altura de la sensibilidad que la convoca.

   En ese giro incesante hay cambios muy significativos, de una tremenda oscilación que se dirige a las fronteras del espacio llamado bacanal. Y del bacanal a la orgía se está a un paso, nada más. Obviamente, la relación que se hace entre la fiesta, estrictamente taurina, con todas sus dispersiones y relajamientos ocasionados por la emoción que el arte y la belleza representan como lo efímero en el toreo, deben poseer unos ingredientes tales que se acerquen al argumento expresado en el párrafo anterior, donde “esos desbordamientos adquirieron su razón de ser más profunda en el acuerdo arcaico de la voluptuosidad sexual y del arrebato religioso”.

 Levántame, Señor, que estoy caído,

sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;

quiérome levantar, y estoyme quedo;

yo propio lo deseo y yo lo impido.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .) 

                                                                                                          Fray Miguel de Guevara, O.S.A.

    Voluptuosidad sexual y arrebato religioso, son dos elementos que constituyen una permanencia histórica, pero también estética de la fiesta de toros. En este sentido, el Dr. Enrique Guarner ha dicho que

 El toro es el elemento masculino agresivo con atributos fálicos y el torero el femenino, puesto que su vestido (colores, bordados, medias, zapatillas de bailarina) y sus poses, son más propias de la mujer que del hombre. Cabría agregar aquí las ideas de Ernest Jones, según el cual los sacerdotes utilizan vestidos afeminados que son equivalentes a la castración simbólica. Al rendir ciertos elementos de virilidad, el clero gana prerrogativas femeninas adquiriendo la ventaja de pertenecer a ambos sexos.

    Dentro de los extremos del erotismo se encuentra otro factor que se asocia directamente con la circunstancia de la muerte con violencia que sufre el toro, después de un lento proceso que empezó a darse desde el momento en que pierde su libertad en el campo y llega a la plaza para morir al domingo siguiente. Bajo esa sentencia, el toro es la víctima. A lo largo de los siglos la presencia del toro posee significados de culto donde adquiere elementos de lo sagrado, porque ha nacido para vivir hasta su desarrollo como adulto, un periodo de libertad, llena de concesiones. No se le molesta y cuando esto ocurre es en los momentos de su privación, pierde toda prerrogativa, ha sido elegido para morir, como cuando los esclavos romanos pasaban por un proceso de preparación física, pero sabían que su fin estaba marcado para un día específico. Lo mismo se da en el sacrificio humano practicado por culturas indígenas de Mesoamérica. Al llevar a la cúspide de los templos del sacrificio a los elegidos, o a algún guerrero del bando contrario, esto cumplía con el rito sagrado de entregar a los dioses el corazón y la sangre del sacrificado para fortalecerlos.

   Sobre el sacrificio G. Bataille comenta:

 La acción erótica disuelve a los seres que se comprometen en ella y revela su continuidad, recordando la de las aguas tumultuosas. En el sacrificio, no solamente se desnuda, se mata a la víctima (o si el objeto del sacrificio no es un ser viviente, hay, de alguna manera, destrucción de este objeto).

    En este caso especial, el toro se vuelve el “interdicto” o sujeto que nos dice Bataille. Desde tiempos inmemoriales el sacrificio del toro se ha convertido en parte esencial del espectáculo, y por ende no se trata de un espectáculo, sin más. Conlleva un viejo y discutido principio relacionado con la cultura occidental acerca de la “muerte y el sacrificio”. Recordamos el sacrificio de los niños que cometió Herodes después de enterarse que en Jerusalén había nacido un niño al que muchos de los pobladores del lugar dotaban de unos poderes que, con el tiempo se revelarían como el cristianismo.

   Cuando el toreo sentó sus reales en la Nueva España ocurrió un hecho importante. Los torneos caballerescos que incluían el alanceamiento de toros se desarrollaban en medio de un ambiente en el que los bovinos eran atravesados por lanzas y por donde brotaba sangre a borbotones. Todo este cuadro, nuevo para una cultura como la indígena no debe haber resultado ofensivo. Una cultura acostumbrada al sacrificio, al culto heliolátrico, comparte y convive perfectamente con este nuevo espectáculo al que se integran y al que aceptan como parte de su ser. El mexicano en cuanto tal hace suyo el toreo, lo asimila, encuentra en el toro un elemento con el que puede lograr expresión efímera de un arte que es del gusto de muchos aficionados y lo consagra al llevar hasta el sacrificio y muerte al toro bravo. De hecho, muchos acusan con el sacrificio y muerte la parte dolorosa, retrógrada y salvaje de un espectáculo que debería desaparecer. Siendo parte de nuestra cultura, al integrarlo como parte de la misma después de casi cinco siglos, no creo que se trate de una casualidad. Así como “prendió” en el carácter del mexicano una razón espiritual y religiosa tan significativa como el afecto y veneración a la virgen de Guadalupe, así también pervive hasta nuestros días esta demostración taurina. Y ambas, hispanas de origen, una extendida como parte y sustento cultural de siglos; la otra como resultado -entre otros factores- de una guerra sostenida entre moros y cristianos, pero ambas, resultado de la fortaleza del mundo cristiano que fue el que definitivamente quedó marcado en la raza española, para bien o para mal, nunca como sentido maniqueo que lo único que provoca es el enfrentamiento, el caos de las ideas.

   Que el toreo se significa como un acto violento, evidentemente lo es. Con violencia se llega a la muerte del toro. Pero no es una violencia estúpida, absurda. Y si llevamos esto a la reflexión erótica, que es, la que al fin y al cabo interesa, encontramos entonces esta otra apreciación del autor francés:

 De todas maneras,  (la violencia) ya desde el principio, su conexión exterior es revelada en el universo sádico, que se propone a la meditación de cualquiera que reflexione sobre el erotismo. Sade -lo que quiso decir- suele horrorizar a esos mismos que afectan admirarlo y que no han reconocido por ellos mismos este hecho angustioso: que el movimiento del amor, llevado al extremo, es un movimiento de muerte. Ese vínculo no debería parecer paradójico: el exceso del que procede la reproducción y el que es la muerte no pueden ser comprendidos más que uno con ayuda del otro. Pero aparece, ya desde el principio, que los dos interdictos iniciales afectan, el primero, a la muerte, el otro, a la función sexual (…) En el duelo y en la vendetta -y en la guerra-, se trata de la muerte del hombre. Pero la ley que veda matar es previa a esa oposición en la que el hombre se distinguió de los animales de gran tamaño. En efecto, esa distinción es tardía. En primer lugar, el hombre se tuvo por el semejante del animal; esa manera de ver es aún la de los “pueblos cazadores”, cuyas costumbres son arcaicas. En esas condiciones, la caza arcaica o primitiva no era menos que el duelo, la vendetta o la guerra una forma de transgresión.

    Es cierto, antes que todo, el sacrificio es tenido por una ofrenda. La eterna discusión de que el espectáculo de los toros es cruel, salvaje, antihumano, es un argumento válido y respetable. Sin embargo, en México, la fiesta de los toros arraigó desde 1526, permanece y llega hasta nuestros días sin que esto signifique una casualidad histórica. El pueblo lo ha hecho suyo y como ya quedó asentado, la combinación cultural del viejo y el nuevo mundo han considerado en sus esquemas de valores el sacrificio humano y el animal como necesidad de satisfacer un culto. Ese culto se ha alterado y aunque permea el sacrificio, son el arte efímero y la técnica dos nuevos ingredientes que se unen al panorama de esta ofrenda. Además, se mantiene la idea de que los dioses más antiguos son los animales “ajenos a interdictos que limitan en la base la soberanía de un hombre (…)”

   Pero el rito sangriento tiene relación con el erotismo porque se involucra la muerte como consecución del objetivo: “La víctima muere, y entonces los asistentes (el público en la plaza) participan de un elemento que revela su muerte“ (todo ese conjunto, unión del arte y la técnica en un tiempo que es corto, efímero pero que consagra el sacrificio por vía de la ofrenda). Además “lo sagrado es precisamente la continuidad del ser revelada a los que fijan su atención, en un rito solemne (la corrida como ceremonia trascendental), en la muerte de un ser discontinuo” (el toro como elemento que fue preparado durante un determinado tiempo para llevarlo al templo donde se le consagra al sacrificio, en medio de los factores de agresión a los que se le somete).

   Muerte y sacrificio, arte y erotismo son cuatro grandes columnas que sostienen y mantienen al espectáculo de toros, matizado con elementos de lo sagrado, lo divino, la magia. El erotismo, en estos casos comparte la muerte misma. En otra obra de nuestro autor, HISTORIA DEL OJO encontramos más evidencias, estas sí, llevadas al extremo, a la perversidad.

   Si el erotismo es, en sí un aspecto que se define por el secreto, en la tauromaquia se revela natural, todos los asistentes captan ese sentido que lógicamente tiende a pasar por una interpretación que rebasa a la estética y a la técnica. Allí, el aficionado capaz de acercarse a esta frontera podrá gozar los momentos de consagración donde se lleva a alturas insospechadas el arte y la técnica en compañía del estricto y profundo sentido del sacrificio para que la experiencia erótica se sitúe fuera de la vida ordinaria. Por lo tanto, el erotismo al ser la emoción más intensa, se presenta ante nosotros en forma de lenguaje (concretamente el discurso de la tauromaquia en cuanto tal). El erotismo es ante todo el placer de lo que se aposenta en el aire, y luego desaparece.

   La muerte de un torero es un episodio dramático. En tanto tragedia, suele interpretarse de diversos modos. Uno de ellos, el más extendido es el sentir popular el que luego canta los primeros versos –casi siempre anónimos- de una larga serie de interpretaciones que hacen suyo también diversos creadores hasta darle forma estética a la tragedia.

   Adquiere mayor resonancia en el ambiente, el hecho de que un torero muera víctima de una cornada o percance trágico pues de ese modo, la dimensión de su tragedia gana, no solo en magnitud. También, y desgraciadamente en morbo. Las mejores evidencias podemos encontrarlas en la poesía donde fundamentalmente existe un caso que se ha convertido en prototipo o paradigma de la exaltación a la muerte de un torero: El “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” de Federico García Lorca

   Épica y tragedia provienen desde tiempos en que se hicieron célebres las muertes de José Delgado, José Rodríguez, José Gómez Ortega o Manuel Rodríguez, que se intensificaron gracias a los cantos que hoy recogen antologías de diverso y distinto calibre.

   Termino con una frase rotunda, manufacturada por uno de los mejores exponentes de la literatura taurina que tuvo México: el español de origen y mexicano por convencimiento, José Alameda quien apuntó: “Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte”. Es decir, puso en evidencia la necesidad de un justo equilibrio, que de otra forma ocurre o puede ocurrir cualquiera de estos dos riesgos, como lo manifiesto, también en los siguientes versos de mi “Carpeta de Tauromaquia” que ahora mismo se expone aquí:

MELANCOLÍA N° 18

 ¡Qué ausente vas!

tu pérdida parece irreparable,

el paso andado:

y “puede morir el hombre”

el paso que diste atrás

y “puede morir el arte”

No dejes alucinarte por la derrota

sabes que te espero

pero quizás no sea hoy.

Anda pues tu camino…

Muchas gracias.

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