UN INSPIRADO… MANUEL M. PONCE. A PROPÓSITO DE ENRIQUE PONCE EN MÉXICO.

A TORO PASADO. 

UN INSPIRADO… MANUEL M. PONCE. A PROPÓSITO DE ENRIQUE PONCE EN MÉXICO. Apuntes y reflexiones a la primer corrida de toros de la temporada por los 60 años de la plaza “México” (1946-2006). Domingo 6 de noviembre de 2005. Eulalio López “El Zotoluco”, Enrique Ponce y la alternativa de Fermín Rivera. 6 toros de Fernando de la Mora.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   La musicalidad, el arte y otras circunstancias han hecho que ocurra, por lo menos en mi pensamiento, el encuentro de dos personajes que, llamándose uno Manuel María y el otro Enrique, los dos llevan el apellido Ponce. Aquel es mexicano, nacido en Fresnillo, Zacatecas en 1882. Este es de la población valenciana de Chiva, en España y quien vino al mundo en 1971. Ambos, por circunstancias de la casualidad nacieron el mismo día, un 8 de diciembre, en que se celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima.

    Debo confesar que al menos ayer, y ya escribo con el prudente espacio de tiempo y el reposo que suponen haber dejado atrás las pasiones encontradas contra pocas razones equilibradas, que nunca conocí el estado de conmoción. Las dos faenas de Enrique Ponce tuvieron el divino encanto de que el toreo ha llegado a la cima de unas aspiraciones donde Enrique como intérprete encontró para la tauromaquia el camino de la perfección. Y más aún, el límite o tope de su capacidad, o lo que es lo mismo, poner un alto en el camino para reflexionar cuan indispensable es, a partir de estos momentos, seguir en el toreo.

   Pero Enrique con todo el esfuerzo que se impone para trascender, y durante la jornada de ayer así lo declaró en sus dos versiones sobre un mismo esquema, dice o nos dijo desde sus adentros que ya no puede dar más. Es tal su perfección que ya nada es posible. Y sin embargo, cuando vuelvo a escuchar el Intermezzo de Manuel María como ocurrió la primera vez, me sigue conmoviendo.

   Su “declaración de principios” estuvo sustentada en un exquisito sentimiento que reveló nada más abrirse de capa en sus características y minimalistas verónicas, otros tantos lances a pies juntos y luego aquellos sorprendentes remates a la media verónica que, hasta en tres ocasiones plantó cara a Protagonista, el toro que se convirtió para él en la anhelada espera de conseguir los máximos trofeos, luego de varios años de pretenderlo.

   ¿De qué estado de ánimo depende para sentirse conmovido, alterado, fuera de sí cuando asistimos a la plaza de toros?

   Recuerdo las célebres jornadas con MANCHADITO, por cierto un toro del recientemente fallecido Javier Garfias, faena mayor del gran maestro Pedro Gutiérrez Moya “El niño de la capea”, como elevada fue aquella con SAMURAI de Begoña. Esas dos tardes, quienes vimos tal prodigio, no dábamos crédito a lo ahí visto. La intensidad de aquellos ejercicios espirituales rebasó lo previsible para irse a un imprevisible sin límite y espacio. La locura se había apoderado de todos, sin excepción. Sin embargo, ayer, me di cuenta de que no todos los presentes estaban enajenados. Sí, había un estado de conmoción pero no era en el colectivo. El toreo de Enrique parece haber desquiciado a quienes no lo han visto, pero en sus 15 años de alternativa, seis de ellos traducidos en puntuales comparecencias de Ponce en la “México”, el valenciano, para cualquier aficionado congruente ya no resulta novedoso ni emotivo.

   ¿Por qué Manolete, habiendo estado en México entre el 2 de diciembre de 1945 y el 2 de febrero de 1947, fue capaz de dejar una huella indeleble que aún hoy, a 60 años vista, sigue siendo el monstruo para muchos que incluso no lo vimos, más que en algunas imágenes cinematográficas y otro tanto por fotografía?

   ¿Por qué Eloy Cavazos, hoy día con casi 40 años de actividad 7 alrededor de 1850 festejos sigue generando acaloradas discusiones por su toreo?

   Y, ¿por qué Enrique Ponce, a pesar de su triunfal conquista, aderezada por cuatro orejas y un rabo, con la consiguiente salida a hombros no deja de ser –por lo menos para mí- una estrella de mediano brillo en el horizonte?

   Con estos cuestionamientos no estoy minimizando su ya larga y consolidada trayectoria, de la que durante la presente temporada española, nada más en territorio hispano supera las 60 actuaciones. En todo caso, es el cuestionamiento que planteo como resultado de que la tauromaquia en sus manos ya tocó techo, es la perfección y por lo menos en él, la tauromaquia ha alcanzado el rango de absoluta. Por lo tanto, ¿qué otro imperio puede conquistar el rey Enrique si ya todos han pasado a sus dominios?

   Me parece que el más inmediato, si quiere ser cuidadoso en conseguirlo, es el de la inmortalidad. Además, creo que en todos los toreros que se precien, pesa la enorme sentencia que algún día lanzara Rafael Guerra: “¡No me voy. Me echan!”

ENRIQUE-PONCE1

Disponible en internet, abril 15, 2015 en: http://www.toroartemichoacan.com/wp/efemerides-taurinas-del-9-de-marzo/

    Pero tampoco estoy redactando la crónica de una despedida anunciada cuando sabemos perfectamente que Enrique aún se encuentra en toda la plenitud de sus facultades. Con 34 años de edad es ya una figura cumbre. Rodolfo Gaona se retiró a los 37 siendo quien fue y Enrique tiene en Rodolfo al modelo perfecto.

   Ahora bien, ¿de qué obra efímera, de qué arquitectura estamos hablando para sostener este discurso, más fruto de la inconformidad que de la simple aceptación de hechos como los consumados ayer domingo?

   Su planteamiento en las faenas de muleta fue similar, adaptándose en primera instancia a las condiciones de sus dos “enemigos”, que, como el resto del encierro, mantuvieron una notable semejanza de comportamientos, perfectamente traducida por José Cueli: “…los de Fernando de la Mora en la tarde de ayer (fueron) noblotes, suaves, débiles, rodando por el suelo a los que el torero (refiriéndose al valenciano) hizo lucir con el ondular de las olas de su cuerpo derramador de sal marinera. Cachondeo con los toros a los que acunaba en su muleta de lujuria en son de palmas y a los que estoqueó entregándose a la perfección”.[1] Tanto con Embrujo como con Protagonista, entendió que sin humillar ni entregarse a la muleta, era necesario meterlos en el trapo rojo con enjundia. Gracias a su poder y su sapiencia, lo logró con creces. Y los dos ejemplares respondieron perfectamente a sus llamados, hasta hacerse de ellos, pasárselos por la faja, logrando desmayar el temple, ese tiempo de la dimensión tridimensional ya superada por el nuevo tiempo denominado “ligar”. Así que: citar, templar, mandar y luego ligar se convirtieron en aliados perfectos de su expresión, una expresión que fue constante en el ir y venir de ese oleaje, mismo que crecía en tsunamis imperiosos al rematar garbosamente cada una de las series con los de pecho, arrancados desde aquí hasta allá por uno y otro lado. En algunos momentos, y dadas las condiciones –mas de Protagonista que de Embrujo-, tuvo que reponer terreno, realizando labor sobre piernas, aunque con tal sutileza que los entusiastas aficionados no repararon en tal defecto. Un loor, eso sí, a los momentos culminantes en que toreó por la cara, andándole con delicada armonía, yendo por varios terrenos del ruedo pero sin romper la armonía. No faltaron los cambios de muleta de una mano a otra, ni los pases en redondo; tampoco los desdenes ni el de la firma precisa con que se rubricaba alguna de las prodigiosas series en este recuento que consigna las dos obras. Sin embargo, lo que vimos fue toreo ballet, voluptuoso, como sigue diciendo Cueli y quien remata su apunte diciendo que “al torero valenciano acaba faltándole la hondura del clasicismo torero en la mayor parte de sus faenas”.

MANUEL M. PONCE

Retrato de Manuel M. Ponce. La imagen procede de la edición del disco compacto: PONCE. Cameristas de México. luis Humberto Ramos, Director. México, UNAM, Difusión Cultural UNAM, Ayuntamiento de Zacatecas 1998-2001. Quindecim recording.

   Habiendo mencionado párrafos atrás el capítulo con el capote, y ahora con la muleta, parece musicalmente hablando no una pieza delicada y romántica o posromántica de Manuel María Ponce, pero sí de los minimalistas contemporáneos Steve Reich o Philip Glass. En “18” o “Tehillim” de Reich siempre se da una melodía como telón de fondo, y son armonías o variaciones las que van apareciendo a lo largo de esas largas composiciones. Así entendí el toreo de Ponce. Ahora bien, no se si el minimalismo concentre también la síntesis de todas las músicas. Bach y Haendel, Vivaldi o Albinoni cautivan por toda su expresión barroca. Mozart y Schubert hacen lo mismo en su clasicismo declarado. Chopin, Liszt o Chaminade son únicos en el romanticismo que expresan. Stravinsky y Penderecki, hacen ya la música iconoclasta. Con Arvo Pärt regresamos de pronto a un gregoriano moderno, pero con Reich y Glass, en pleno ingreso al siglo XXI, aunque compositores nacidos en el XX, están conduciendo dicha expresión por senderos que recogen la síntesis de todas las músicas y nos las dan en composiciones compactadas, de las que parecen surgir ésta o aquella nota; el compás o todos esos elementos, fruto de la herencia universal reunida en apenas algunos nombres emblemáticos, como los ya mencionados.

   Al margen de incluir como mero registro estadístico el número de lances o de pases, labor que corresponde a las varias decenas de cronistas que ya han publicado sus reseñas en los medios de comunicación, impresos o virtuales, este análisis pertenece a otra dimensión: la del reposo, la de meterse al laboratorio para separar, como ya varias veces lo he apuntado, la pasión de la razón. Una y otra defienden sus argumentos, y nada que no sea un juicio sumario podría terminar dando la sentencia más apropiada al respecto. ¡Qué agradable experiencia es la de gozar in situ de todo lo que se ha venido anotando. Me siento un privilegiado! Sin embargo, si no queremos caer en el delirio o el vértigo de la fogosa pasión, es necesario reflexionar, y la reflexión viene siendo sustentada por los diversos argumentos que plantean los 15 años de alternativa de Enrique Ponce.

   Por lo demás, Eulalio López “El Zotoluco” no se encontró así mismo, pues aunque estuvo voluntarioso, no hiló faena alguna digna de la plaza de toros “México”, y mucho menos de su jerarquía como “figura”, más no de “mandón” de que ya goza en nuestro país. Eso sí, le falta remontar esa pequeña distancia que lo tiene entre la “figura” y el “mandón”, pero lo de ayer lo pone en la frontera del riesgo, porque luego de los últimos acontecimientos suscitados en torno a su declarada incondicionalidad con el empresario y el juego tendencioso o la interpretación acomodaticia que tiene del reciente convenio taurino, cuyo texto incluyo al final de estas líneas, es el motivo por el cual ha sido desplazado Rafael Ortega. Pues bien, todo esto se lo puede guardar la afición para echárselo en cara si prevalecen irregularidades como las de ayer domingo en su toreo.

   ¿Qué pasó con Fermín Rivera, a quien se le otorgó la alternativa?

   Fermín, podría tener la disculpa de que era la tarde de su doctorado, de que fue quien en esencia cortó el simbólico listón inaugural de la temporada 2005-2006 y de que, tan poco acostumbrado a una presencia masiva, haya terminado siendo víctima del pavor escénico. Si en el de la ceremonia estuvo decoroso y hasta salió al tercio luego de mostrar sus virtudes, sobre todo con la muleta, al correr la mano en pases de larga dimensión, en su segundo, sexto y último de la tarde, tuvo el infortunio de ver regresar a los corrales a dicho enemigo con el que no hubo demasiado que hacer. A esas alturas de la tarde-noche, ya nos esperaban a las afueras de la plaza un compacto grupo de rijosos antitaurinos, custodiados por escudos, toletes y granaderos, evitando así cualquier confrontación quienes no dejaban de gritar consignas, siendo la nota más alta la de ¡Asesinos!, ¡Asesinos!

   Este tema, que parece tener solución, también debe discutirse, pero no al calor de la consigna, sino en una mesa redonda, con razones, fundamentos y todos los más argumentos posibles para saber, en todo caso, quien de los dos: el taurino o el antitaurino tiene razón, y fundada en qué. Nosotros, también contamos con suficiente información para explicar, sin rasgarse las vestiduras, por qué, a estas alturas de la vida, en pleno 2005, sigue estando vigente un concepto que eso sí, es bastante anacrónico, pero que sigue cautivando a propios y extraños.


[1] José Cueli: “Apareció la luna valenciana”, en La Jornada, Nº 7617, del 7 de noviembre de 2005, p. 54.

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