GUSTAVO CASTRO CUNA “EL SANTANERO”

RECOMENDACIONES y LITERATURA.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace ya más de diez años en que esta aventura editorial había tomado forma. Pero para que esto sucediera, era necesario enfrentarse al paciente trabajo de transcribir un buen número de KCT´S o cassettes que también, con reposo fue grabando uno a uno este emblemático personaje, cuya recia voz, la de los largos monólogos permitía que un hombre curtido por los años se diera a una de las tareas más encomiables: recuperar la memoria de todos aquellos hechos o sucesos donde de pronto un ser humano se convierte en el protagonista principal. Nacido a las orillas del lago de Cuitzeo, Gustavo Castro nos va contando con su peculiar estilo en el que parece recortar las palabras con una navaja muy especial, por lo que es muy reposao en irlas cantando, a su modo, con fuerte estilo rural, campirano. Eso sí, cargadas de sinceridá que no le cabía en el corazón. Y esos valores fueron los que Juan Antonio de Labra supo encontrar para darle forma a una larga, larguísima conversación de este vaquero, conocedor como pocos de la convivencia que puede haber con los toros bravos en el campo, de todas las labores que, alrededor de tal bovino puede darse en aquel espacio y en las que no falta el inseparable caballo, ni lo diestro que se puede volver uno si tal fuese la oportunidad de arrear, de herrar, de curar a becerros, toros y vacas, así como de estar al pendiente del asedio de coyotes o de más de algún latoso que de pronto era capaz de robar la madera de ciertos árboles recién talados, sin avisar siquiera.

    Recuerdo mi primera lectura, misma que sucedió al azar, en cualquier página. Parecía que sin problema recuperaba el hilo de la conversación, de ahí que el libro tenga la virtud de que donde se le tome para leerlo, allí se encontrará una especie de encanto para seducir de inmediato y meternos en la lectura, como si también recuperáramos la plática, luego de alguna distracción. Pero el volumen cuenta con un agradable equilibrio donde la fotografía juega un papel determinante, pues parece resolvernos ciertos misterios en tanto la imagen se encarga de rematar aquello que apenas nos acaba de decir “El Santanaero”. De eso se encargó Oskar Ruizesparza, el editor, el fotógrafo que de esto conoce un rato y lo ha hecho con la sana intención de homenajear al viejo charro, al célebre jinete que también se animaba en los jaripeos o se bajaba al ruedo ya fuese de luces, ya portando el orgulloso traje de charro para capotear y muletear con arte, gracia y dominio a más de un toro.

   Gustavo Castro nos cuenta cómo ocurrieron diversos hechos en su vida cotidiana, donde lo mismo encontramos el placentero recuento de este, que el incómodo desarrollo en aquel otro. Platica con desenfado las diversas tareas a que se vio obligado mientras se lograba conquistar, en muchas ocasiones a fuerza de palabra y convencimiento a otros tantos personajes con los que luego hizo “migas”. O la forma en que echando mano del lazo o la reata, se daba a la tarea de arrear al ganado más rejego que se distanciaba del hato o que mostraba su rebeldía. En fin, que una tras otra, las historias que nos cuenta, constituyen la vida misma que dio forma a la que ha llevado este incansable ser humano que, constantemente se sincera, y nos habla hasta con cierta “humildad” de su paso por la vida. Sin embargo, no falta el momento en que salta el orgullo y se pavonea, no sin razón para destacar sus hazañas. Sobre su constante presencia en las tientas, y del lugar que le merecen los ganaderos a la hora de opinar es una verdadera delicia llegar hasta ese punto donde parece que nos pone al borde del misterio, sobre lo que significa forjar la bravura del toro.

   La parte más representativa –si cabe-, es aquella experiencia ocurrida en 1986, consistente en un viaje a España, aventura inseparable junto con los 14 toros de San Mateo y 7 de San Marcos enviados para su lidia en Huelva, lo cual sucedió el 11 de octubre de aquel año. Alternaron en aquella ocasión: José Ortega Cano, David Silveti y Tomás Campuzano. Todo lo que nos cuenta, con el toque de “El Santanero” tiene un sabor inigualable.

   Cierra sus recuerdos refiriendo que fue Juez de Plaza, donde unas veces se imponía como la “Autoridá” y en otras le tomaban la medida, hasta que hubo necesidad de cortar por lo sano, para evitar que su nombre y su reputación fueran a botar por ahí, sin oficio ni beneficio.

   Testimonios como los que uno puede conocer en esta peculiar lectura, nos ponen en la afortunada circunstancia de conocer auténticos secretos, de ahí que el valor de un nuevo libro como el que aquí se reseña cobra una dimensión muy especial. Ese rememorar en primera persona, y hacerlo en la mayoría de los casos con lujo de detalle, nos permite entender a un ser humano especial, nos permite acercarnos tanto como sea posible para escucharlo y decirnos, en su personal estilo de qué están hechos los recuerdos. Y si a todo ello debe agregarse el fuerte ingrediente de su convivencia con el toro; cada pasaje suyo nos emociona; nos produce al final idénticas situaciones que él exterioriza. Fundamentalmente por el hecho de haber cabalgado tantos años y decirnos que su vida no fue en balde.

   Enhorabuena “Santanero”.

GUSTAVO CASTRO CUNA_EL SANTANERO

Juan Antonio de Labra y Oskar Ruizesparza (eds.); Coeditor: Juan Pablo Corona Rivera: Gustavo Castro Cuna “El Santanero”. Zapopan, Jalisco (s.a.e.) Editorial “México mío”. 104 p. Ils., fots., retrs.

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