LA TAUROMAQUIA EN RE – FLEXIÓN. (ÚLTIMA PARTE CON EPÍLOGO OBLIGADO).

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE 

V. ESTÉTICA

    Constantemente somos bombardeados por un verdadero dogma que entendemos como lo “clásico”; o en otros términos como “clasicismo”.

   Sin valernos de diccionarios, enciclopedias o libros que han hecho tratado de este término, me atrevería a apuntar que lo “clásico”, o el “clasicismo”, independientemente del periodo histórico que lo define, es un entorno que por su consistencia –estética, en este caso-, deja huella perenne, hasta entenderlo no solo en su momento sino en otros posteriores y más alejados.

   Por ejemplo, ya no se sabe muy bien si la música “clásica” es simplemente música de concierto. ¿Por qué Beethoven sí y Penderecki no?

   ¿Por qué Miguel Ángel, ya no tanto renacentista, “clásico”, incluso universal, y no Sebastián, escultor mexicano?

   ¿Por qué Belmonte más que Ordóñez o viceversa?

   Entonces, ¿dónde queda el “clasicismo; qué es entonces lo “clásico”?

   “Clásico” es lo que queda y permanece, “clásico” es lo que perdura por encima de pasajeras circunstancias que por inconsistentes se desvanecen, enfrentando la solidez de una circunstancia que garantiza al individuo el uso de formas y métodos confiables, como instrumentos no solo de interpretación sino de proyección, lográndose de ese modo lo perdurable, independientemente de las expresiones particulares y diferentes de creadores que se amparan en ese modo de creación e interpretación, e incluso, en su maleabilidad, lo modifican, pero sin separarse de los límites establecidos.

   Esos “límites establecidos” no son un cerco. Al contrario, se enriquecen, manteniéndolo plenamente vivo, al grado de que hoy día, entre la modernidad, la postmodernidad y lo iconoclasta en donde se mueven diversas expresiones de la técnica o la estética, convive con ellos lo “clásico” sin posibilidad de conflicto alguno, porque esas expresiones se identifican, respetando su territorio.

   Y en los términos estrictamente taurinos, lo “clásico” y el “clasicismo” permean con una fuerza indescriptible pues de ambos depende –en buena medida- su pervivencia. “Clásicos” son Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa o “Manolo” Martínez, las tres columnas fundamentales del toreo en el siglo XX mexicano. Esto quiere decir que otros no lo fueran, pero ha habido barrocos, postmodernos, nacionalistas, iconoclastas, heterodoxos o hasta minimalistas. Es decir, que al no estar reñidos, fortalecen la expresión conjunta del espectro universal. He aquí que lo omnipresente de lo “clásico” no lo abarca todo, pero sí una gran mayoría. No abarcará todo, pero sí lo comprende todo, como una obra sinfónica. ¿Confusión, juego de palabras o de intereses para ajustarse a la conveniencia más apropiada? Quizá.

   El hecho es contundente. Hay una condición de lo “clásico” y el “clasicismo” que campea orgullosa incluso en estos tiempos que ya rebasaron la barrera del siglo XXI, cuando el espectáculo sigue y seguirá cuestionándose por el fuerte contenido de anacronismos que carga desde hace varios siglos. Esto parece ser un obstáculo para que se considere que entonces lo “clásico” se enfrenta a esa enorme carga secular, y no hay más remedio que presenciar un despliegue minimizado del “clasicismo”, como intento y no como sólida presencia.

   Además, lo “clásico” en su concepto expresivo por parte de los toreros, se empantana en la ociosa declaración venida del reino de los lugares comunes de que son unos “clásicos”, si para ser “clásico” es lo que queda y además permanece. Y si el ejercicio de ciertos matadores corre el riesgo de su efímera declaración, entonces esta debe ser capaz de hacer permanente lo que tiende a desaparecer. En una rebuscada metáfora, intentan salvar lo irremediable, hacerla pervivir durante su recorrido activo y además trascenderla por la vía de los recuerdos que sostienen ese andamiaje viajando en la memoria colectiva, a través de la transmisión oral que, de generación en generación hacen posible y tan vivos a Gaona, “Armillita” y a “Manolo”, a pesar de que ellos ya dejaron este mundo, pero no sus hazañas que son finalmente las que asumen no la eternidad, sí la perpetuidad.

   Allí están –por ejemplo- las ruinas de diversos imperios: como el romano, el egipcio, el teotihuacano o maya que, con su sola majestad demuestran cuán grandes se manifestaron como aglutinamiento en tanto sociedad, cultura, economía, religión, conflictos bélicos y otras circunstancias que los integró como un todo en su tiempo. Y hoy, reconocemos esas capacidades, y nos admira, nos sorprende.

   Allí están, y vuelvo a reiterar los ejemplos “clásicos” de Gaona, Espinosa y Martínez como ese concepto mayor donde se concentra la summa de aquellas experiencias vivas, tangibles, que se han transmitido generacional, profesional y temporalmente y cada quien se ha convertido en modelo (la asimilación dependerá de nuevos actores, quienes establecerán su estilo propio, al cual sumarán –si así lo deciden-, matices de lo que ya es “clasicismo”).

   En este complejo de la realidad puede seguirse navegando sin llegar a ninguna conclusión concreta, porque la etiqueta de “clásico” no está permitida para todos, a pesar de que todos por obligación profesional tienen que matizar su ejercicio de esta condición para no distanciarse de ese ámbito y no entrar en la condición espacial de la utopía. He allí lo notable que puede ser el complicado pero a la vez sencillo concepto que es en sí mismo lo “clásico”, como condición y realidad que queda y permanece. 

EPÍLOGO OBLIGADO: LA TRAGEDIA DE LOS CIRCOS.

   Recientemente los circos se convirtieron en blanco de una ley que suprime el uso y presencia de animales. Con esto, dichos espacios quedaron imposibilitados de seguir ofreciendo un espectáculo que durante muchos años se vio “engalanado” por diversas especies de las que luego se acusó a empresarios y empleados de dichas compañías de cometer maltrato. Pues bien, y en forma irremediable, todos y cada una de estas emblemáticas organizaciones desplazó a esos animales en el entendido de que serían concentrados en espacios idóneos para una preservación apropiada. Pero la “ley” al parecer, nunca previno que tales concentraciones se convertirían en un gran problema, por lo que en el mejor de los casos, algunos zoológicos lograron proteger y recuperar en forma selectiva a ciertas razas que quizá se encontraban en pésimas condiciones de salud, o en riesgo de extinción. El asunto es que habiendo pasado algunos meses después de aplicada la ley en forma contundente, las autoridades no fueron capaces de tomar medidas precautorias y de solución para mantener en buenas condiciones a las especies animales que hoy requieren un cuidado muy especial.

   Con lo anterior me es preciso apuntar sobre el hecho de que si bien, los circos no contaban más que con una infraestructura sostenida por la tradición de ciertas familias dedicadas por generaciones a montar un espectáculo que fabricó ilusiones y se convirtió en el espacio digno para el tributo de la diversión compartida lo mismo entre niños y adultos; hoy queda vulnerada y a punto de perderse; cuando precisamente perdieron parte fundamental de su razón de ser.

   Si esa tragedia, la de una ley empeñada en proteger a los animales, aspecto que respeto pero que no comparto. Por otro lado, no fue capaz de sopesar a posteriori los efectos de su aplicación. De todo lo anterior, era deseable proteger primero que todo una mano de obra o una fuente de trabajo en riesgo, pero también garantizar un trato digno a todos los animales que fueron reuniéndose en lo que ya apuntaba, verdaderos campos de concentración, donde para muchos de ellos fue imposible resistir un nuevo hábitat. Si las leyes en este país no están hechas con un propósito que no solo sea el de eliminar o corregir un mal, sino también de encauzarlo o revertirlo por los nuevos senderos y bajo distintas perspectivas, colmadas de la consiguiente reparación, nada garantiza que aquello convertido en el propósito de eliminar un “mal” solo sea la aplicación irrestricta o a “rajatabla” de la ley, sin más.

   De todo lo anterior me queda expresar que, ante la mutilación de un espectáculo como el circo en México, ese ejemplo pone en predicamento a la tauromaquia. La infraestructura levantada en torno a ella es descomunal. No se diga todo lo que significa la crianza y los medios en que el toro de lidia se convierte en un propósito sustentable. Es decir, que estamos ante un complejo andamiaje en riesgo. La erosión que viene produciéndose está siendo causada por varios agentes. Mucho dependerá la labor de defensa y resistencia que tenga que seguirse realizando para garantizar la preservación del que consideramos un auténtico patrimonio cultural inmaterial, pues de lo contrario podría ocurrir un dramático desenlace como el que ya enfrentaron los circos. He ahí el dilema.

2 de mayo de 2015.

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