EL MAYO TAURINO MEXICANO EN 1887.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Deseo compartir con ustedes un avance más, del que ahora viene resultando un abundante y caudaloso anuario taurino mexicano, que corresponde, como se habrá observado, a 1887.

   Ese año fue clave para la renovación y reanudación del espectáculo de los toros, particularmente en la ciudad de México, donde había permanecido bajo una prohibición impuesta desde finales de 1867 con motivo de la aplicación de la Ley de Dotación de Fondos Municipales que demandaba la puesta al día en pago de impuestos y también, según lo afirma Domingo Ibarra, a lo indicado en el art. 1150 fracción XII del Código Penal, que ordena no se atormente a los animales.[1]

   En ese tenor, es el propio Ibarra quien, mostrándose afecto o interesado por el espectáculo, del cual resultó su interesante publicación, por otro lado no dejó de manifestar cierto repudio que puede percibirse a lo largo de la lectura que preparó para la misma publicación. En ese sentido, comenta:

Los enemigos de la civilización, los que conocen, que para que el populacho esté contento no hay más que darle pulque y toros, y los que no se paran en pelillos para especular con las costumbres de las gentes, y no con el trabajo material, levantaron las plazas del Rancho del Hisachal, de Tlalnepantla, Texcoco y Toluca, lugares pertenecientes al Estado de México, y a cuyos redondeles concurre el público de la Capital, sin embargo de la distancia en que se encuentran; en la de Texcoco fue cogido por un toro el renombrado primer espada Bernardo Gaviño, que tantas memorias ha dejado en toda la república, por su maestría, destreza y valor, siendo bastante sentida su muerte, ocasionada por dicha cogida del toro, a los cincuenta y cinco años de haber venido a México, procedente de Ciudad Real, y a los ochenta de edad.[2]

   Luego de la reanudación de las corridas de toros en la propia capital del país, y cuyo primer festejo se celebró la tarde del 20 de febrero de 1887 con la inauguración de la plaza de “San Rafael”, comenzaron a darse una muestra de diversos fenómenos que fueron de publicar diversos periódicos y semanarios taurinos, a la construcción de un buen número de plazas cuya existencia dependió de circunstancias que iban de su bien armado andamiaje, ya que en su mayoría se utilizó la madera, material que con el paso del tiempo y las inclemencias naturales producían efectos irreversibles. Otro factor fue aquel en el cual la afición, engañada por el mal resultado de algún festejo tomaba como blanco de desahogo al mismo coso, desmantelándolo, arrojando maderas al ruedo e incluso incendiándolo. Finalmente, si la autoridad imponía alguna prohibición, la o las plazas terminaban sus días, o esperaban un mejor momento pasado buen número de meses, en el mejor de los casos.

   En ocasiones hubo tremendos escándalos donde además del daño que se producía al inmueble, se presentaron casos donde la gente llegó a salir herida ya sea por los golpes de aquellas tablas que volaban, sea porque la guardia “cortaba cartucho” y disparaba al aire lo que originaba una mayor inquietud y temor entre los asistentes; ora porque algunos asistentes  tomaban tan en serio la ofensa, misma que podía convertirse en efecto destructor. Tal es el caso de un grabado que José Guadalupe Posada incluyó sobre la “Inusitada bronca del domingo 1° de diciembre de 1889” en la plaza de toros “Paseo”. La imagen se reprodujo en La Patria Ilustrada N° 49, año VII, del 9 de diciembre de 1889.

PLAZA EL PASEO_J. G. POSADA

Grabado de José Guadalupe Posada. Colección del autor.

   Ante cierta permisividad por parte de las autoridades durante los hechos mismos, obligó a que otras, de mayor rango, impusieran varias prohibiciones, una de las cuales se dio con motivo de que   el día 2 de noviembre de 1890 se armó tremenda bronca en la plaza de toros Colón donde se jugaron astados de Guanamé por Carlos Borrego Zocato y Vicente Ferrer. Fue tan malo el ganado y causó tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años, por lo que no fue sino hasta el mes de abril de 1894 en que se volvieron a autorizar festejos taurinos en la ciudad de México.

   Un perfecto retrato de esos y otros acontecimientos se debe a la constante publicación de crónicas no sólo taurinas en una prensa que, en lo general se mantiene resistente a incluir en sus páginas un tema “incómodo”. También lo hicieron otros tantos personajes cuyas célebres plumas y comentarios, seguramente despertaron profundo interés de los lectores. Nos referimos a los apuntes de Enrique Chávarri Juvenal, Manuel Gutiérrez Nájera, Guillermo Prieto y Amado Nervo entre otros muchos. Sin embargo, la prensa eminentemente taurina también pudo alcanzar buenos niveles de opinión, la cual se distinguió por dos líneas fundamentales: la de los prohispanistas y la de los pronacionalistas, con lo que las batallas campales entre unos y otros eran constantes, pero en el fondo también hubo articulistas que aportaron interesantes reflexiones que permitieron consolidar la visión de este espectáculo, hasta colocarlo en sitio que fue suficiente plataforma desde donde podían apreciarse las gestas de los toreros, la calidad que iba tomando el ganado mexicano gracias a la labor de cruzamiento de sementales y vacas españolas con ganado criollo en las propias haciendas ganaderas del país que destinaron su mercado, entre otras cosas, para comercializar el ganado de lidia. En una primera etapa, los resultados no fueron tan favorables. Sin embargo, al comenzar el siglo XX el escenario cambio en forma bastante positiva.

   Pues bien, parte de esta historia, y a detalle, es la que pretendo mostrar en el archivo adjunto (PDF). Que sea de su agrado.

ANUARIO TAURINO 1887_AVANCE ANUARIO TAURINO 1887


[1] Domingo Ibarra: Historia del toreo en México que contiene: El primitivo origen de las lides de toros, reminiscencias desde que en México se levantó el primer redondel, fiasco que hizo el torero español Luis Mazzantini, recuerdos de Bernardo Gaviño y reseña de las corridas habidas en las nuevas plazas de San Rafael, del Paseo y de Colón, en el mes de abril de 1887. México, 1888. Imprenta de J. Reyes Velasco. 128 p. Retrs., p. 10.

[2] Op. Cit.,  p. 10-11.  De hecho, Gaviño murió de 73 años, víctima como se indica, de la herida que le produjo el toro “Chicharrón” de Ayala el 31 de enero de 1886, y cuyo desenlace ocurrió el 11 de febrero siguiente.

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