FIESTAS DE CORTE: UN MOTIVO DE CELEBRACIÓN MÁS EN EL VIRREINATO.

DEL ANECDOTARIO TAURINO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

FIESTAS DE CORTE: UN MOTIVO DE CELEBRACIÓN MÁS EN EL VIRREINATO. EN SU CONTEXTO, LAS CORRIDAS DE TOROS FUERON SUSTENTO IMPRESCINDIBLE.

Nota del autor: Este material, ya había sido publicado desde febrero de 2013. Por razones técnicas en la administración del mi blog, perdí los datos que ahora, por fortuna se recuperan.

   En el “Inventario general de los libros, autos y papeles de Cabildo de esta N.C. de México…, 1798”, información que “ejecutó y extendió” el Lic. Juan del Barrio Lorenzot, abogado de la Real Audiencia del Ilustre Real Colegio Contador substituto de propios, y localizada en el Archivo Histórico del Distrito Federal, en el volumen 430ª se reunieron muchas notificaciones como la que ahora se comentan:

 f. 20: Testimonio de Cédula: Sobre reforma de días de fiesta de corte, su fecha 23 de junio de 1746, en 3 f.

–: Testimonio de Real Cédula, por la que se manda se guarde por fiesta de corte y como feriado el día 12 de octubre en que se celebra a Ntra. Sra. Del Pilar de Zaragoza, su fecha 5 de octubre de 1751, en 1 f.

   En ambos documentos, encontramos una referencia concreta al hecho de las fiestas de carácter profano y religioso celebradas durante el virreinato, mismas que quedaron sujetas a un “calendario litúrgico”, pero también a los acontecimientos que se iban presentando conforme surgían de la corte, o de todos aquellos pretextos como los de la llegada de un nuevo virrey o un arzobispo, el fin de una guerra, entre muchos otros motivos.

   Por otro lado, las fiestas de tabla (así también llamadas por estar consideradas en aquel impresionante contexto de celebraciones novohispanas), fueron aquellas que, incrustadas en el ámbito cotidiano y por costumbre, consideraron entre otras, a la fiesta barroca concepcionista como celebración política, religiosa y cultural en Nueva España que dogmatizaban su condición.

   Carla Isadora Zurián de la Fuente en su tesina: “Fiesta barroca mexicana y celebraciones públicas en el siglo XVII: La Inmaculada Concepción de Nuestra Señora”, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 1995, dice:

   “A los vínculos sociales que entretejen el trabajo y la fiesta, se añade el religioso preámbulo solemne; vínculo que re-liga al hombre, en la soledad y precariedad de su vida, con la ecclesia y lo divino. Aunque la fiesta no necesita de exordios políticos o teológicos para justificar su sentido lúdico y libertario, lo sagrado, en buena parte de los casos, estará presente en ella” (pág. 4).

EDIFICIO DEL AYUNTAMIENTO_Ca. 1860

Palacio del Ayuntamiento (Ca. 1860). Disponible en internet, junio 4, 2015 en: http://www.mexicomaxico.org/zocalo/zocaloPM.htm

Es interesante mencionar que durante el barroco surgieron formas artísticas y culturales que utilizaron el “pavor demoníaco” elevando el temor hacia los santos y el temor a Dios, pavor que se manifestó en forma de devoción, devoción reflejada en la grandiosidad de la fiesta pública. De ahí la celebración de obras teatrales con una fuerte carga religiosa pero también profana.

   El carácter religioso elevó templos, santuarios, iglesias y capillas en medio de un sentido celebratorio. Además toda su iconografía fue motivo en diferentes fechas y por diferentes motivos de manifestaciones donde la fiesta fue pretexto, magnificándolo con corridas de toros, peleas de gallos, mascaradas, representaciones de comedias -tanto en Palacio como en el patio del Hospital Real-, juegos como el palo encebado, la cucaña, los danzantes enmascarados, los fuegos de artificio, las carreras de caballos, las obras teatrales y muchas otras diversiones que desde fines del siglo XVI tuvieron espacios permanentes que enmarcaron la intrincada sociedad barroca novohispana.

   Para el XVII, la fiesta fue instrumento y símbolo de poder. A través de su desenfreno y su vértigo, que momentáneamente alteraba el orden, se recuperaba una cierta estabilidad tanto en los estratos sociales como en el misterioso origen de la moral y de la religión. La fiesta con su mágico poder, con su hacer visible lo maravilloso e inenarrable, dejaba en suspenso la monotonía y creaba un espacio y un tiempo utópicos, aminoraba el peso de las obligaciones y los problemas de jerarquía social. Frente a estos divertimentos, la gente podía olvidarse de la enfermedad, del hambre, de las pasiones reprimidas y se abría a ese deseo lúdico e irrefrenable de diversión que se abriga en el fondo de toda colectividad humana.

   La mayoría de las fiestas cuyo motivo y contenido se constreñían al espectro religioso, fueron una mezcla de devoción y diversión popular, que al cabo de los años mostraban variantes, aunque de seguro la ostentación era otro de los elementos que marcaban la dimensión entre la multitud de imágenes que entonces se veneraban.

   En el estudio de Carla Isadora Zurián de la Fuente, aunque referido a un solo motivo: la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, fiesta del 8 de diciembre, parece encontrarse la organización que atañe al resto de las otras fiestas, sustentadas por “fiestas de precepto u ordinarias”, “extraordinarias o excepcionales” y “universitarias”, por lo que considero necesario tomar algunos elementos de su larga y completa descripción, para explicar lo que quedó sentado en las dos citas que acompañan el presente análisis.

   En principio debe valorarse si estos tres conceptos regían no solo en las fiestas concepcionistas, sino en el grueso de las otras de carácter religioso, sobre todo, en aquellas donde la magnitud de su importancia así lo ameritaba.

   La fiesta de precepto u ordinaria se desarrollaba en medio de intensos y detallados trabajos que vestirían la procesión, con la que iniciaban las celebraciones religiosas en la iglesia, capilla o convento elegido para llevar la imagen o donde ocurría asimismo por motivo de otros pretextos. Terminadas estas celebraciones se pasaba a las fiestas profanas, donde se realizaban corridas de toros, fuegos artificiales, luminarias, juegos de cañas, mascaras, torneos y certámenes poéticos en medio de los excesos permitidos.

   De ese modo, Antonio de Robles ya registra en su “Diario de Sucesos Notables” las celebradas en diciembre de 1676, fecha muy temprana, pero que ya revela un bien organizado espectáculo, donde participan lo mismo las instituciones religiosas que las del gobierno en una muy bien articulada estructura. Allí estaban los múltiples gremios, destacando el de los plateros.

   Las fiestas extraordinarias o excepcionales respondían de inmediato a la sola llegada de los influjos del mandato monárquico, haciendo de la fiesta un festejo solemne y suntuoso, pues tanto el virrey como el arzobispo comenzaban un despliegue organizativo en mancomunión con todas las autoridades políticas y religiosas. De aquella jerarquía se pasaba a la meramente administrativa, haciendo suyos los compromisos tanto el Cabildo Eclesiástico como el Ayuntamiento, mismos que iniciaban también el ensanchamiento respectivo.

   La causa mariana, que aquí nos apoya, manejó hasta cinco motivos que obligaron a la celebración de este tipo de “fiestas extraordinarias”, por lo menos durante el siglo XVII:

1.-La decretal Sanctissimus Dominus Noster, promulgada el 12 de agosto de 1617 por Paulo V.

2.-El “Voto de Sangre”, acuerdo tomado por las Cortes de España el 6 de septiembre de 1621 durante la jura de Felipe IV, por el cual “todos los diputados de los reinos se obligaron a observar el misterio de la Inmaculada Concepción…”

3.-La decisión de celebrar perpetuamente, a partir de 1653, la fiesta de la Concepción de Nuestra Señora en la Real Universidad de México, motu propri.

4.-El “Juramento de defender la Concepción de Nuestra Señora”, a través de la Cédula Real que trajo el duque de Alburquerque el 15 de agosto de 1653.

5.-La bula Sollicitudo Omnium Ecclesiarum, emitida por Alejandro VII el 8 de diciembre de 1661, que condenaba, bajo acto inquisitorial o excomunión, cualquier opinión donde se pusiera en entredicho la pureza de la Concepción, y se favorecía el culto y festividad a toda costa.

   Cumplidos estos requisitos, que de seguro privaron de manera similar en el resto de las festividades con carácter religioso, más que profrano, iniciaban los actos públicos, levantándose en la Plaza Mayor o en la del Volador un coso apropiado para las justas, escaramuzas, torneos, juegos de cañas y, evidentemente las corridas de toros.

Se nombraba un Alférez, quien “sacaría a remate” y montaba los tablados en las plazas, repartiendo a las autoridades los asientos que comúnmente se les daban en fiestas reales. También hacía las invitaciones de los señores virreyes, Real Audiencia, arzobispo, Cabildo Eclesiástico, Inquisidores, nobleza, marqueses y corregidor, y por último, paseaba a las autoridades por las calles principales, para que observaran los aderezos de las casas y los arcos y altares dispuestos. A estas personalidades se les ofrecía una colación, de la que fue encargado el Regidor. Mientras tanto, al Obrero Mayor se le ordenaba la confección de un ruedo “de manera que se corriera bien, … echándole la cantidad de arena que fuera conveniente. Al obligado de las carnicerías se le mandaba comprar los sementales (sic), que generalmente ascendían a cien cabezas, y el Mayordomo del Ayuntamiento, prevenía las garrochas y varas que fuesen necesarias para la corrida. El Alguacil Mayor, Alcalde Ordinario y Tesorero debían seleccionar las cuadrillas de toreros, jugadores y contrincantes… recomendando el Cabildo a estos caballeros (funcionarios), que mandaran confeccionar las libreas muy lucidas y curiosas y con tanta liberalidad como pudieran, atento al mucho honor que se les hacía poniendo en sus manos este cuidado tan extraordinario, siendo en servicio de Nuestra Señora la Virgen María, suplicándoles que se alargaran muy mucho, pues la Ciudad, en cuanto podía, estaba dispuesta a hacerlo. (op. cit., p. 86-87).

   Finalmente, lo que se refiere a las fiestas en la Real Universidad, estas quedaban comprometidas por las propias instituciones universitarias para su suntuosa celebración. Entre las primeras ocurridas en el virreinato, se encuentra la que Carlos de Sigüenza y Góngora anota en su Triunfo Parténico, ocurridas en enero de 1653, que ocurrieron en medio de “excesos grandes, … altares, sermones panegíricos, declamaciones, certámenes, poesías, jeroglíficos, comedias, máscaras y torneos. Aunque la fiesta más representativa hecha por la Universidad fue la de 1653, y aunque a lo largo de esta segunda mitad del SVII están descritas alrededor de seis más, la de 1653 estuvo mejor documentada, reiterando que fue Sigüenza y Góngora quien dejó el más rico testimonio.

   Finalmente se puede comprobar que dos poderes: el político y el eclesiástico se involucraron para organizar cada cual, en medio de recursos impresionantes, el despliegue de tan significativas fiestas, sustentadas en el pretexto del fervor, fuese este mariano, fuese guadalupano, fuese el dedicado a la señora de los Remedios; de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y al otro conjunto importante de figuras religiosas, o debido al pretexto de índole profana, convocada por las diversas noticias llegadas allende el mar, surgidas desde la fuente de la corona, o porque llegaron a esta Nueva España más de medio centenar de virreyes y otra multitud de pretextos, que siempre encontraron en la fiesta la mejor manera de celebrar aquella multitud de asuntos, incluidos en dicho concepto las llamadas fiestas de corte que hasta aquí revisamos.

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