AGNÓSTICO y ESCÉPTICO.

A TORO PASADO. 

AL DECLARARME AGNÓSTICO ES PORQUE CREO EN EL MISTERIO. PERO CUANDO MANIFIESTO MI ESCEPTICISMO, ES PORQUE LO PONGO EN DUDA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El siguiente, es un texto escrito en enero de 2003.

   Al declararme agnóstico es porque creo en el misterio. Pero cuando manifiesto mi escepticismo, es porque lo pongo en duda. Por cierto, Antonio Caballero ha dicho de esto último que “Nuestro santo patrón es Santo Tomás Apóstol, aquel escéptico que se negaba a creer en la Resurrección del Señor mientras él mismo en persona no metiera su puño en la llaga del lanzazo de su costado” (6TOROS6, Nº 443, del 24 de diciembre de 2002, p. 40). A esta circunstancia se agrega la sentencia de Santo Tomás de Aquino que dijo “Hasta no ver, no creer”.

   Lo anterior viene al caso como el método de asepsia mental que pongo en práctica no solo en mi vida común y corriente, sino como aficionado a los toros, luego de haber superado ese estadio de contemplación gozosa pero falsa que produce una fascinación de todo aquello que se nos impone pero que no podemos cuestionar (como la religión, por ejemplo), o de hacernos creer que la excelsa tauromaquia de fulano o sutano diestro es o ha sido como tocar el cielo con una mano.

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Sentida interpretación de la chicuelina. Es Juan Estrada. Col. del autor.

    Cuando una institución como la iglesia está detentada por una serie de individuos que imponen no el espíritu inicial concebido bajo postulados tan diferentes a los que hoy pretenden que se pongan en práctica, con el agregado de ciertos condicionantes, me parece que lo único que se está creando es dogma y fanatismo. De igual forma, cuando cierto sector de la prensa taurina nos habla de los portentos de tal torero, primero es o porque están convencidos de su ejercicio o están comprometidos por razones tristemente lucrativas.

   Por todo lo anterior, es que he aprendido a usar el escudo del agnosticismo y el escepticismo al mismo tiempo.

   Habría que decir que conforme el aficionado a los toros va madurando –los hay que nunca maduran, quedándose bajo la figura de villamelones-, entiende el trasfondo, el intríngulis o, como lo dijo José Bergamín: El arte del birlibirloque que flota en un mar revuelto, huraño, difícil, donde navegan embarcaciones cuyas tripulaciones se someten a esos vaivenes tempestuosos, pero también a una fauna acuática peligrosa, semejante a las orcas, tiburones y pirañas (cualquier semejanza con alicatas o víboras, es mera coincidencia).

   Todo ello deriva en infinidad de intereses, oscuros intereses que nos marginan, pero porque entienden que esa marginación es posible, debido a la poca solidez que mostramos los aficionados, ya sea por nuestro aislamiento o por la limitada consistencia de los pocos grupos de combate que quedan en el tendido, mismos que se han conformado solo a lanzar además de su grito de batalla, alguno que otro reclamo el cual no encuentra eco, a menos que la falta cuestionada tenga todos los elementos de inconsistencia y de desfachatez.

   Pero hay más. El protagonismo de quienes detentan el poder o de quienes se empeñan en darnos gato por liebre y luego hasta nos reprochan, o acusan a aquella prensa honesta de intolerante, producen un desaliento mayor, porque su doctrina simplemente no es hacer su trabajo con vistas a conseguir calidad. Y no dudo de sus quehaceres y sacrificios cotidianos. Dudo de sus resultados que, deliberadamente se proponen conseguir, pues lo que se nos muestra es francamente desalentador.

   Por todo esto, y por muchas otras razones es por lo que al declararme agnóstico y escéptico al mismo tiempo, lleva en el fondo un velo de desconfianza, y si la desconfianza tiene que ver con la pérdida de la fe, del amor o de la pasión, ¿en qué creer entonces?

   Y por si no lo saben esas personas, ya estamos en el año 2003, bajo la era de infinidad de conceptos donde la sociedad en su conjunto, se mueve en medio de factores como el de la calidad total y su certificación.

   Nuestro actual empresario taurino tiene para con el instrumento legal que rige los destinos de la fiesta un verdadero rechazo, acusando a diestra y siniestra al o a los “estúpidos” que lo redactaron, olvidándose que este documento ha sido consecuencia histórica de las necesidades que la autoridad ha tenido para lograr controlar el desorden, evitando no solo los desmanes públicos. También los excesos de asentistas del pasado y empresarios del presente. Yo quisiera saber o escuchar de nuestros gobernantes cualquier reproche sobre la “Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos”, cuando de tal instancia emanan sus privilegios de elección popular que los obliga a cumplir principios y compromisos con la sociedad. Claro, la “Constitución”, desde 1917 y hasta la fecha ha sufrido innumerables modificaciones o cambios conforme la época o los criterios que prevalecen. Bajo esa misma circunstancia, el reglamento para las corridas de toros ha sufrido, a lo largo de 238 años diversas alteraciones, las que seguirán presentándose en aras de hacerlo cada vez más perfectible.

   Si el reglamento taurino que viene ordenando el espectáculo en nuestro país –a través del tiempo-, por lo menos desde 1765 -y hasta nuestros días- ya no es viable. Y si a eso pretenden desregular dicha diversión, pues nada mejor que someterse a los principios de la calidad total y a una rigurosa vigilancia, determinada por certificaciones permanentes (cada temporada, por ejemplo), conscientes de que si no cumplen sean sancionadas las partes infractoras hasta no lograr el orden de nueva cuenta, recuperándose las condiciones normales por donde tiene que transitar un espectáculo cuyas bondades lo hacen ver merecedor de otros tratos, y no bajo la deleznable presencia del imperio de la soberbia, del despotismo y de la falta de escrúpulos y vergüenza profesional que respiramos hasta la náusea.

   El criterio de la certificación viene imponiéndose cada vez con mayor relevancia al interior de las empresas, públicas y privadas, en aras de mejorar el servicio o producto que ofrecen directamente al usuario, quien es su certificador más exigente, pues con un sencillo “lo toma o lo deja” decide escoger el mejor producto conforme a sus conveniencias. Probablemente sea un término al que tendremos que irnos acostumbrando para encontrar la fiesta deseada.

  Dicho lo anterior: ¿Qué les parecen estas propuestas? Así, hasta nuestra creencia sería terrenable y no utópica.

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