LECTURA Y FORMACIÓN DE AFICIONADOS TAURINOS EN MÉXICO. SIGLO XIX. (I)

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

LAS LECTURAS QUE FORMARON A LOS AFICIONADOS TAURINOS MEXICANOS EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX. (PRIMERA PARTE)

ADVERTENCIA DEL AUTOR: Estas son apenas unas notas que provienen de un trabajo que aspira tener otros tantos elementos y argumentos, los suficientes para justificar su razón de ser: la que pretende explicar cómo se fueron moldeando los criterios que se afirmaron en la idea de buen número de asistentes a las corridas de toros durante la segunda mitad del siglo XIX. Al terminar esta centuria, encontramos consolidado ya, gracias a los oficios de un buen número de periodistas ese andamiaje resultado de aspiraciones que en ese punto temporal se materializaron. 

   Antes de plantear todo este asunto, deben hacerse varias consideraciones propias del entorno, con objeto de entender entre aquellos habitantes quienes, cuántos y qué leían, sabiendo que este fenómeno estaba sujeto a muy pocos lectores, en medio de un analfabetismo terrible. Prensa y libros tuvieron en aquel entonces un acceso restringido a un pequeño segmento de la sociedad Cuando comienza la segunda mitad del siglo XIX, la población de la ciudad de México, centro de atención para este análisis, se calcula en más de 200,000 habitantes.

MEGABIBLIOTECA VASCONCELOS

Biblioteca “José Vasconcelos”. Disponible en internet, junio 17, 2015 en:

http://mmspress.com.mx/noticias/taller-sobre-los-10-dias-que-conmovieron-a-mexico-en-la-biblioteca-vasconcelos/

   Ir hasta la intimidad de una biblioteca, del pequeño bufete, de la habitación a donde se pueden observar algunos libros, o la sala donde se leía habitual y hebdomadariamente algún periódico, nos habla de lectores potenciales, ubicados en diversas esferas sociales, señal muy clara de que existen individuos –aunque fueran pocos- que apostaron por la lectura.

   En estudio reciente logrado por la historiadora Cristina Gómez sobre las bibliotecas particulares durante el periodo novohispano, descubre en el acopio que hicieron de libros muchas lecturas prohibidas por la Inquisición, reto y riesgo ante tamaña censura, superada entre ciertas fugas no delatadas. Así que quien fue dueño de una biblioteca respetable y considerable ya en el siglo XIX, debe haber poseído verdaderas joyas. Sabemos que al ser aplicadas las leyes de desamortización de los bienes eclesiásticos, de iglesias y conventos, así como se destruyeron valiosos documentos, así también esos pocos interesados, adquirieron ejemplares de suyo importantes. Entre aquellas grandes colecciones consideradas como “valiosas”, se encuentran las que formaron en su momento el Conde de la Cortina, Manuel Payno, José María de Agreda y Sánchez, Alfredo Chavero, Vicente de P. Andrade, Mariano Beristain de Souza, José Toribio Medina, Juan Jacobo Sánchez de la Barquera, Joaquín García Icazbalceta o la de Luis González Obregón, entre otros.

   Álvaro Matute ha dicho que “la palabra escrita fue aumentando sus espacios frente a la palabra dicha en los púlpitos. No implica esta manifestación del proceso de secularización una sustitución tajante de una cosa por la otra. La gente siguió yendo a misa, pero al mismo tiempo comenzó a leer periódicos. Ahí empezó el cambio cultural que caracterizaría al siglo XIX”.[1]

   Sin embargo, fue a través de la prensa como buena parte de aquellos lectores se enteraron de acontecimientos de la vida cotidiana, gracias a plumas brillantes como Manuel Payno, Ignacio Cumplido, Juan Bautista Morales, Francisco Zarco, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez. No podemos olvidar a Luis G. Inclán, a quien deberemos tener muy presente dado que es quien firma las primeras crónicas taurinas de que se tiene evidencia, no olvidando que fue en El Orden del año 1852[2] cuando aparece la primera de ellas con todo el carácter propio de una reseña, pero que queda en el anonimato a falta de la rúbrica respectiva.

   En los alrededores de la plaza de la Constitución, centro neurálgico y de actividades de todo tipo en la ciudad de México

Era común ver a las personas paseando, curioseando entre los diversos puestos y recorriendo los distintos establecimientos, visitando las alacenas, cajones y librerías para allegarse las novelas francesas, los libros de texto, los manuales técnicos, los periódicos y las novedades recién salidas de las prensas nacionales y de otras partes, así como de una amplia gama de escritos religiosos. Desde la época colonial esto había sido una costumbre que se intensificó con la vida independiente.[3]

   Buena parte de la lectura estaba sujeta a legislación, novelas francesas e inglesas, arengas cívicas, historias de México, recuerdos, memorias, revistas y folletos, así como oraciones, romances, novenas y vidas de santos.

   Ahora bien, no sé en qué medida la censura –que siguió aplicándose por parte de la Iglesia, no tanto desde la figura de la Inquisición, pero sí bajo el peso de su enorme influencia detentada en sus ministros-, determinó que los lectores se viesen privados de hacerlo, o hacerlo en privado, en la clandestinidad, puesto que se condicionaba al hecho de que “existía el convencimiento de que las malas lecturas deformarían la sensibilidad y destruirían la moral y finalmente la fe del hombre más creyente”.[4]

   Por su parte Laura Suárez de la Torre observa

Que si bien –el interés por alcanzar con la letra impresa a las mayorías- no llegó a impregnarlas, como se hubiera deseado, dejó una huella permanente en la sociedad y permeó cambios paulatinos en la mentalidad del pueblo mexicano. De una sociedad dependiente culturalmente de los intereses de la Iglesia, se fue abriendo hacia nuevas realidades, hacia distintos planteamientos ideológicos y permitió la apertura hacia los diversos campos del conocimiento, decantando en una cultura más universal que aceptó, paulatinamente, la idea de “modernidad” en las mentes todavía acostumbradas a la cotidianidad colonial.[5]

   Debido a los altos costos que implicaba la edición de alguna obra, esta lograba salir gracias al financiamiento que hacían de ello los suscriptores, que pagaban por adelantado, aunque no siempre sucedía así, puesto que de no cubrirse los gastos, el editor se veía en la penosa necesidad de devolver el dinero, cancelando así la posibilidad de edición de la obra prometida.

   Sitios como el Portal de Mercaderes y Portal del Águila de Oro (hoy 16 de septiembre) o el de Agustinos (ubicado en la antigua calle de las Canoas) eran los que concentraban el mayor número de librerías, alacenas o cajones donde se expendían las obras del momento. Respecto a la situación de las mujeres, ésta no era muy halagüeña. Madame Calderón de la Barca observaba que “ninguna leía un libro completo al año, con excepción del de misa”.

   Si bien el reducido número de lectores revela una realidad del país, Mariano Otero expresó en 1842 una visión esperanzadora del panorama nacional, al decir que veía que durante los 20 años de independencia la clase acomodada e instruida de la sociedad había aumentado considerablemente.[6]

   Al mediar el siglo XIX, gran parte de las publicaciones periódicas giraron en torno a una posición conservadora debido a ciertas restricciones mientras estuvo en el gobierno S.A.S. Antonio López de Santa Anna. De no sumarse a esa situación, estaban condenados a desaparecer o a sufrir la represión consiguiente. Sin embargo, es admirable saber que, entre el periodo de 1821 a 1910 pudieron contabilizarse 23,800 registros de diversas publicaciones y folletos editados en México o sobre México.[7]

   Por supuesto, la labor de editores como Ignacio Cumplido no pueden pasar por alto.

   La propia coordinadora de este proyecto –de suyo ambicioso, y que por lo visto, continuará en una segunda etapa-, advierte que

Si nos asomamos al mundo editorial de la ciudad de México, a través de la ventana que constituye la producción de folletos, objeto secundario en la actividad de los empresarios culturales mexicanos, a quienes daba mucho mayor visibilidad social la publicación regular de un periódico –instrumento destinado a conformar la opinión pública y a generar influencia política-, veremos que durante el periodo de estudio, 1830-1855, el editor más importante de folletos es Ignacio Cumplido, a quien, de acuerdo con nuestra base de datos, podemos adjudicar un total de 543 publicaciones.[8]

   Los demás eran personajes tales como: José Mariano Fernández de Lara, Vicente García Torres, Mariano Galván Rivera, Rafael de Rafael, Luis Abadiano y Valdés, Alejandro Valdés, Manuel Murguía o Juan Ramón Navarro, hasta llegar a 143, que operaron en aquel periodo específico, convirtiéndose en una cifra por demás notable.

CONTINUARÁ.


[1] Álvaro Matute: “De la prensa a la historia”. Participación en el coloquio: Tipos y caracteres. La prensa mexicana (1822-1855), coordinado por el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, del 23 al 25 de septiembre de 1998. En Tipos y caracteres: la prensa mexicana (1822-1855). Memoria del Coloquio celebrado los días 23, 24 y 25 de septiembre de 1998. Miguel Ángel Castro, coordinación. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2001. 391 pp. Ils., fots., facs. (Seminario de Bibliografía Mexicana del siglo XIX)., p. 11.

[2] Véase: José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: la ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia, presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2003.— Capítulo II., p. 100-105.

[3] Lilia Guiot de la Garza: “Las librerías de la ciudad de México. Primera mitad del siglo XIX”. Tipos y caracteres…, op. Cit., p. 36.

[4] Ibídem., p. 37.

[5] Empresa y cultura en tinta y papel (1800-1860). Coordinación general Laura Beatriz Suárez de la Torre. Edición Miguel Ángel Castro. México, Instituto “Dr. José María Luis Mora” y Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2001. 662 pp. Ils. (Seminario de Bibliografía Mexicana del siglo XIX)., p. 11.

[6] Tipos y caracteres…, Ibid., p. 46.

[7] Nicole Girón Barthe, et. Al.: Folletería mexicana del siglo XIX (Etapa 1). México, SEP-CONACYT, Instituto MORA, 2001. Disco compacto (CD-ROM).

[8] Nicole Girón Barthe: “El entorno editorial de los grandes empresarios culturales: impresores chicos y no tan chicos en la ciudad de México”. En: Empresa y cultura…, op. Cit., p. 53.

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