APRECIACIONES A LA OBRA DE DOMINGO IBARRA: HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO. (V).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Retomo la lectura en las páginas…

Pág. 8-9

Aquí, el autor menciona un detalle que llama la atención. Refiere que al levantarse otra plaza en la ciudad de México en el barrio de Necatitlán, fue en tal escenario (donde) “hizo su debut Bernardo Gaviño”, aunque no nos dice cuándo.[1] En ese sentido, sólo encuentro una vaga posibilidad, de la que nos da razón Carlos María de Bustamante. Señores editores: Habiendo pasado la estación de las aguas, ha vuelto a comenzar la diversión de toros en Necatitlán. En los dos días últimos se ha lidiado excelente ganado que entiendo es de la hacienda de la Cañada, cuya raza según he visto no excede en belleza, agilidad y bravura a la de Atenco. Sería bueno que los empresarios anunciaran siempre al público de donde son los toros que le van a presentar, y consultando a sus intereses se les recomienda que no den ganado más que de Atenco o la Cañada y no compren por una economía mal entendida de aquellos partideños que solían echar a la plaza el año pasado. Es de ustedes afectísimo servidor. L. M.[2] Por otro lado, El Sol, del 11 de octubre de 1827, publicaba en su pág. 3 la siguiente inserción, enviada por L.M.: “quien hacía una amable petición, al respecto del ganado que se estaba lidiando en la plaza de Necatitlán” tal cual lo hemos visto líneas atrás.

   Aquí otro dato más sobre la de Necatitlán:

Domingo de Pascua, 7 de abril de 1833

(Mucho calor)

Esta tarde se ha estrenado una magnífica plaza de toros en el barrio de San Pablo, construida de cuenta del coronel Barrera en el mismo lugar donde estaba la que se quemó el día que por desgracia llegó a Veracruz Mr. Poinsett. La concurrencia ha sido numerosísima y brillante con asistencia del vicepresidente Gómez Farías y el Ayuntamiento, pues dizque se hizo la función en celebridad de la instalación del Congreso y no en aumento y utilidad del bolsillo de Barrera. Excelentes caballos de los picadores, buenos arneses, pero mal ganado, sin embargo fueron despanzurrados dos caballos. También hubo toros en la plaza de Necatitlán y en la Alameda, he aquí una ciudad torera, que retrograda a la barbarie en vez de marchar a la ilustración gótica en el siglo XIX. El gobierno cree que así aleja las conspiraciones, como creen todos los tiranos cuando le hacen ruido al pueblo para que no piensen sobre su posición.[3]

   También son interesantes aquellos apuntes sobre la plaza de la Alameda, a cuyo frente estaban los arcos del acueducto que llegaba hasta la esquina de la Mariscala (…). Allí se vio actuar los mismo a Dionisio Caballero (a) Pajitas que el picador (Miguel) Morado. Del mismo modo, cuando Ibarra cita al “picador Magdaleno, que cuando se tardaba el toro en embestirlo, le tiraba el sombrero y le gritaba: éntrale palechito” es porque se refiere a Magdaleno Vera, cuyo retrato –y del que aseguro es de él-, fue hecho por Désiré de Charnay e incluido en el Album Fotográfico Mexicano cuya venta y distribución se dio entre 1858 y 1861.

PLAZA DE TOROS ALAMEDA

Ubicación de la antigua plaza de toros de la Alameda, en un plano de la ciudad de México. 1858. Se encontraba en el predio que marcan las calles de la Mariscala, la del Puente de los Gallos y la calle del Puente de la Mariscala.

MAGDALENO VERA

Es casi un hecho de que el personaje aquí retratado sea ni más ni menos que el famoso picador Magdaleno Vera. Alquimia. México. Sistema Nacional de Fototecas. N° 51, año 14, mayo-agosto de 2014, p. 63.

   Todo parece indicar que en la plaza de La Alameda hubo tan buenos resultados, que los llenos eran frecuentes, de ahí que para el 7 de abril de 1833 se reinauguró la plaza de toros de San Pablo, en cuyo ruedo se presentaron a torear Basilio Quijón, Legorreta, Gumersindo y otros; también aunque comprometiéndolo el público, un viejecito, decano de los toreros de aquella época, que le decían El Compadrito…, sin faltar los hermanos Luis, Sóstenes, Mariano y José Ávila. Allí también se presentó a torear Pablo Mendoza, lo mismo que Vicente Guzmán, Victoriano Guevara, Andrés Chávez y hasta Juan Corona. Para el 28 de noviembre de 1851 se estrenaba la plaza de toros del Paseo Nuevo, en la que además del monopolio que mantuvo Bernardo Gaviño, desde 1852 y hasta 1867, también fue posible apreciar las hazañas, como dice Ibarra: “en la del Paseo Nuevo hicieron raya de inteligentes, Campó, Delgado, Joaquín González (a) el Calderetero y sobre todo Ignacio Gadea, que se lucía poniéndole banderillas al toro, a caballo en pelo; pero todo desapareció con la justa, humanitaria y benéfica resolución del Presidente Benito Juárez, que prohibió las lides de toros, como también el art. 1150 fracción XII del Código Penal, que ordena no se atormente a los animales. (p. 10).

   Hasta aquí se ha podido comprobar que la información de que dispone Domingo Ibarra, aunque falta de sustento en aparato crítico, levanta por otro lado una serie de confrontaciones pues si bien algunas de ellas se confirman gracias al entrecruzamiento que este trabajo pretende lograr para su verificación, por otro surgen algunas dudas en cuanto al tipo de fuente o información que pudo haber reunido para integrar su “discurso”. En 1887, año de la publicación de su Historia del Toreo… ya circulaba una importante cantidad de periódicos y semanarios taurinos, lo que deja entender la posibilidad de que esas fueran sus referencias. Para 1884 y a partir del domingo 8 de noviembre apareció el primer ejemplar de El Arte de la Lidia, siendo su primer director Catarino Chávez. Meses más tarde, el responsable sería el militar y periodista Julio Bonilla. Este semanario tuvo una presencia intermitente desde esa fecha y hasta 1909. Fueron asuntos en su contenido temas tan variados como:

EL ARTE DE LA LIDIA_CABECERA

   Otro dato interesante es que, entre 1887 y 1888 aparecieron las siguientes publicaciones taurinas:

1887

 El arte de Ponciano (México, D.F.)

El Correo de los Toros (México, D.F.)

El Mono Sabio (México, D.F.)

El Toro (México, D.F.)

El Toro de Once (México, D.F.)

El Volapié (Puebla, Pue.)

El Volapié (México, D.F.)

La Banderilla (México, D.F.)

La Banderilla (Orizaba, Ver.)

La Divisa (México, D.F.)

La Divisa (Puebla, Pue.)

La Lidia (San Luis Potosí, S.L.P.)

La Lidia (México, D.F.)

La Muleta (México, D.F.)

La Verdad del Toreo (México, D.F.)

La voz del toreo (México, D.F.)

Toros en Puebla (Puebla, Pue.)

La sombra de Gaviño (México, D.F.)

La sombra de Pepe-Hillo (México, D.F.)

1888

 El Cencerro (México, D.F.)

El Eco Taurino (México, D.F.)

El Estoque (Puebla, Pue.)

El valedor taurino (México, D.F.)

El Estoque (Puebla, Pue.)

   Regresemos con Domingo Ibarra. Nuestro personaje, sigue proporcionando nombres de otros tantos personajes, así como de diversos capítulos o pasajes, como este en el que resuma un alto grado de crítica, muy al estilo de las que impusieron Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno, Enrique Chávarri, Francisco Sosa y todo un grupo de avanzada que seguía oponiéndose firmemente a la celebración de espectáculos taurinos, sobre todo en la ciudad de México, a donde se habían restaurado luego de la prohibición impuesta desde diciembre de 1867. He aquí sus opiniones:

Los enemigos de la civilización, los que conocen, que para que el populacho esté contento no hay más que darle pulque y toros, y los que no se paran en pelillos para especular con las costumbres de las gentes, y no con el trabajo material, levantaron las plazas del Rancho de Huisachal, de Tlalnepantla, Texcoco y Toluca, lugares pertenecientes al Estado de México, y a cuyos redondeles concurre el público de la Capital, sin embargo de la distancia en que se encuentran; en la de Texcoco fue cogido por un toro el renombrado primer espada Bernardo Gaviño, que tantas memorias ha dejado en toda la república, por su maestría, destreza y valor, siendo bastante sentida su muerte, ocasionada por dicha cogida del toro, a los cincuenta y cinco años de haber venido a México (es decir en 1831), procedente de Ciudad Real, y a los ochenta de edad (sic).[4]

   Líneas más adelante, Ibarra hace un recuento del número de plazas que se inauguraron a lo largo de aquella temporada peculiar durante 1887, misma que comenzó el 20 de febrero y concluyó el 25 de diciembre siguiente. Entre otros espacios cita los de San Rafael, Paseo, Colón y la que llevaba el nombre de “Bernardo Gaviño”, en el barrio de Jamaica.

Jamás se había visto en México, que casi a un tiempo se levantaran cuatro circos donde se juega la vida del hombre, se atormenta y se da muerte cruel a los animales que son útiles al hombre desde que comienza a vivir. ¡El tiempo dirá las desgracias lamentables que pueden ocurrir en esos lugares de desorden, de inmoralidad y de barbarie! Porque tanto va el cátaro al pozo…

   Durante aquel año, sólo en la ciudad de México, tengo registrados en mi “Anuario Taurino Mexicano. 1887”[5] la celebración de 133 festejos en seis plazas, a saber: Bernardo Gaviño (5), Coliseo (2), Colón (44), Paseo (35), San Rafael (46) y una más que se montó en San Ángel (1).

CONTINUARÁ.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 131.

[2] CD Diario Histórico de México, 1822-1848. Anexos, octubre de 1827, p. 49-50.

[3] CD Diario Histórico de México, 1822-1848 Diario Histórico de México, 1822-1848 Abril de 1833, p.7.

[4] Bernardo Gaviño murió de 73 años, según lo expresa copia certificada del acta de defunción que consta en mi poder. (N. del A.)

[5] José Francisco Coello Ugalde: “Anuario Taurino Mexicano, 1887”. México, 2015. 351 p. Ils., fots., grabs., tablas, facs. (Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas N° 109. Anuario de avisos, carteles y noticias taurinos mexicanos. Siglos XVI-XXI. Siglo XIX, 1887).

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