APRECIACIONES A LA OBRA DE DOMINGO IBARRA: HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO. (VI).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En párrafos siguientes de su Historia del toreo en México, Ibarra hace un recuento sobre los hechos ocurridos el 16 de marzo de 1887, célebre fecha en la que Luis Mazzantini padeció su “noche triste”, es decir cuando tuvo la mala fortuna de actuar en la plaza de toros “San Rafael”, alternando aquella ocasión al lado de Diego Prieto “Cuatro Dedos”, en la lidia de seis ejemplares de San Antonio la Presa. De este asunto, se recogen los siguientes testimonios:

CARTEL_SAN RAFAEL_16.03.1887

   Casualmente, y después del escándalo que se produjo el día 16 de marzo, El Municipio Libre, en su edición del 17 de marzo, pág. 2, publicaba en su sesión de “Actas de Cabildo” lo ocurrido en la sesión del martes 15 de febrero de 1887, donde se presentó un proyecto de reglamento de toros, el cual incluyo a continuación:

AHTMRF1_217

La tarde del 16 de marzo de 1887 Luis Mazzantini tuvo la desgracia de apechugar con ganado muy manso. El público, airado, agredió al torero en su huida de la plaza “SAN RAFAEL” a la estación del ferrocarril. Allí, molesto declaró: ¡¡¡DE MÉXICO, NI EL POLVO…!!! (“El Monosabio” Nº. 1 del 26 de noviembre de 1887).

Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Hemeroteca.

EL MUNICIPIO LIBRE_15.03.1887_p. 3

Hemeroteca Nacional Digital de México.

LA PRENSA OPINA… EL ESCÁNDALO DEL DÍA. El Diario del Hogar, 18 de marzo de 1887, pág. 3:

   El público que no resistió desembolsar ocho pesos para ver a Mazzantini en la plaza de toros de San Rafael, no soportó el haber sido víctima de un engaño por parte de la empresa con sus promesas y por parte de la cuadrilla española, que estuvo completamente inconocible.

   Ni toreros ni toros merecen el calificativo de medianos; todos a una voz, los ocho mil espectadores, calificaron de pésima la rumbosa corrida. No conformes con reprobarla de palabra, ardiendo en ira, acudieron a hechos en la lidia del último toro. El escándalo empezó con silbidos, seseos, gritos, mueras, vivas a Ponciano y pasó, en seguida, a vías de hechos por los concurrentes en sombra, quienes, cuando Mazzantini y sus compañeros estaban en el redondel, empezaron a arrojar sillas, a lo que secundaron los de sol tirando botellas, rompiendo gradas, despedazando los respaldos de palcos. La ira se hizo general: lluvia de sillas, lluvia de pedazos de madera, arrancados a taconazos de la plaza, lluvia de banderas izadas en las azoteas, mueras enérgicos a la cuadrilla e insultos a gritos a los empresarios, riñas entre algunos mexicanos y españoles, pelotones de gente a las puertas de la plaza y en las calles adyacentes, haciendo un escándalo insoportable y difícil de calmar.

   Hubo un momento en que fue tal la lluvia de toda clase de objetos al redondel, que un español quiso apaciguar al público y saltó la valla, tomó una de las banderas blancas arrojadas de la azotea, abrazó a Mazzantini, dirigióse a la sombra en son de paz y fraternidad, medida que fue muy celebrada y que contuvo algo las manifestaciones enérgicas.

   La policía intentó restablecer el orden haciendo uso de sus garrotes, pero no le fue posible porque casi todos los concurrentes eran los autores. Tanto los de sombrero alto y traje negro, como los charros y gente del pueblo, hacían unánimes e indignados la tal manifestación.

   Varios gendarmes, al ver que algunos muchachos se unieron a la cuadrilla para lidiar el sexto toro, bajaron al redondel y echaron a garrotazos a los intrusos.

   Cuatro oficiales intentaron aprehender a una persona de sombra, perteneciente a la alta sociedad, pero el pueblo se agolpó pidiendo que se le diera inmediatamente su libertad, y los oficiales atendieron la petición.

   Muchos policías y fuerza federal con bayoneta calada se repartieron por toda la plaza, las puertas y en la calle para apaciguar a los amotinados.

   Mazzantini y su cuadrilla tuvieron que salir escoltados por un piquete de caballería; y aun así, al subir a las dos carretelas que estaban paradas a la puerta de salida de sol y que resguardaban soldados bien armados, fueron silbados y seseados, lanzándoles el pueblo algunas imprecaciones, hasta que abandonaron la plaza partiendo a escape los tiros de las carretelas, en que temerosos y acompañados de jefes de la fuerza tomaron asiento.

   En las calles próximas a San Rafael era casi imposible dar un paso; la multitud era inmensa, aumentada por la fuerza federal y la policía; oleadas de curiosos venían de los cuatro vientos a tomar parte en el motín, y caballazos, culatazos, garrotazos y cintarazos se repartían a diestra y siniestra a la concurrencia sin distinción de categorías sociales; aquello parecía el día del juicio.

   Al partir los vagones, grupos de entusiastas por Ponciano Díaz lo vitoreaban y en los mismos vagones la concurrencia por todo el tránsito fue gritando vivas y mueras y cometiendo mil desórdenes.

   Luego que la plaza de toros fue despejada por la cuadrilla que la abandonó en medio de una silba espantosa, jamás vista en México, no se veía en todo el redondel más que multitud de sillas rotas, pedazos grandes y pequeños de madera, botellas hechas trizas, banderas de colores desgarradas; parecía que allí acababa de celebrarse una gran orgía que tuvo por final un triste desenlace de imperecedera memoria.

   Mazzantini se fue.-El diestro español y varios de sus compañeros se marcharon rumbo a Nueva York pro el tren del Ferrocarril Central salido de la Estación de Buenavista el miércoles 17 del corriente. Se dice que una linda morena de muy buenos bigotes, prendada de las gracias personales del famoso espada, abandonó el hogar y echó a correr tras él; ¿lo alcanzará? ¿él será indiferente a sus hechizos? ¡quién sabe! Lo que hay de cierto, por lo que respecta a Mazzantini es, que altamente contrariado por el fracaso de la corrida de toros, dijo al salir de la plaza de San Rafael:

   “Yo estoy acostumbrado a ganar el sustento sin engañar a nadie; así es que hoy no cobro mi sueldo porque no creo haber trabajado como debo, aunque no por mi culpa”.

   Esta honrosa manifestación del simpático diestro, le otorga la estimación de la sociedad mexicana.

   Daños y perjuicios.-Los dueños de la Plaza de toros van a presentar reclamación contra la Empresa Mazzantini, no sólo por los destrozos que sufrió el edificio, sino porque el fracaso del miércoles les enajena las simpatías disminuyendo la clientela, especialmente la femenina que iba aumentando de día en día.

   Sillas rotas.-Cerca de setecientas sillas rompió el público en la plaza de toros, siendo de estas cuatrocientas de los dueños de la Plaza y trecientas alquiladas.

UN CONCURRENTE.

   Apenas nada, se incluyó un REMITIDO que va como sigue:

Plaza de toros de San Rafael.

México, Marzo 17 de 1887.-Señores Redactores del “Diario del Hogar”.

   Muy Señores míos:

   Suplico a ustedes se sirvan publicar en su ilustrado periódico la presente aclaración, cuyo favor les agradecerá su atento seguro servidor.

Eduardo N. K. Ferrer.

   Aclaración.

   Esta empresa cedió a la de Puebla la plaza para la corrida Mazzantini, que se verificó el miércoles último, sin tener la menor intervención en los precios que se fijaron, elección de ganado y demás, ni la menor parte en sus utilidades, cualesquiera que hayan sido.

   Como se ve, esta empresa no ha tenido participio alguno en dicha corrida y deplora los acontecimientos del miércoles, pues siempre ha procurado llenar sus deberes para con el público que la ha favorecido, obsequiando cuantas indicaciones se le han hecho para que éste quede complacido, y siéndole satisfactorio el completo orden y decencia que han reinado en sus corridas, como ha sido público y notorio. Quedo responsable.-Eduardo N. K. Ferrer.

    y como remate informativo de la fuente hemerográfica ahora consultada, se encuentra esta otra inserción:

¡Más toros, más toros!

    En los momentos del fracaso Mazzantini en la plaza de San Rafael, algunos chuscos echaban a volar unos papelitos impresos con tinta colorada convidando a otra corrida de toros para el domingo 20 del corriente, ofreciendo que las reses serían de la ganadería del Contadero, que vendrían por tierra y no por ferrocarril y que las estoquearán Machío, el Habanero y el Niño.

   El 13° Congreso, a quien se debe la notable mejora de las plazas de toros en el Distrito Federal, se los premie!

 SOBRE EL REGLAMENTO TAURINO. En El Nacional del 19 de marzo de 1887, p. 3 aparecen estas notas:

El Reglamento de las corridas de toros.-Con motivo de los desórdenes muy justificados de parte del público, que fue, como dijo El Siglo Diez y nueve, robado por la Empresa de la corrida de Mazzantini, muchas personas encuentran insuficiente el reglamento improvisado y reciente de las corridas de toros, que no es más que una recopilación de disposiciones imperfectas del año de 1849.

   Hemos oído decir que persuadido de esa insuficiencia el regidor Núñez, que es dedicado y laborioso en el cumplimiento de sus obligaciones municipales, trajo de España los reglamentos que allí rigen, y tomando de ellos lo que creyó adaptable a México, hizo un proyecto que sometió al cuerpo municipal; pero que no ha podido discutirse porque varios munícipes enemigos de la bárbara diversión de los toros, han evitado que se discuta. Nosotros simpatizantes con estos regidores, porque como ellos consideramos que es un paso atrás y hacia la barbarie el que ha dado el Congreso que permitió los toros; pero toda vez que éstos se lidian en el Distrito, es necesario que exista un buen reglamento que entre otras prevenciones tenga el que cuando una empresa abuse y se burle del público tan descaradamente como la empresa poblana, se le obligue a devolver el dinero que le sacó al público engañándolo y dándole en vez de una corrida de toros algo que nos abstenemos de calificar, porque merece el dictado más duro que se encuentre en el diccionario de la lengua castellana. Por lo mismo, excitamos a los señores regidores a dar pronto un buen reglamento para las corridas de toros.

   El caso sirvió para que Domingo Ibarra recordara el también célebre pasaje que encaró Bernardo Gaviño en 1844, cuando fue contratado para torear hasta la entonces lejanísima Villa de Allende (Chihuahua). En el camino, aquel comboy que había salido ya del territorio duranguense, fue asaltado en el punto llamado Palo Chino

por un crecido número de bárbaros de la tribu Comanche, con quienes se batieron exasperadamente desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, que huyeron los bárbaros, porque vieron el auxilio que de la Hacienda de la Sarca les fue a los asaltados, que casi toros fueron muertos quedando únicamente en pie y herido, el valiente Bernardo Gaviño y dos de los de su cuadrilla, Fernando Hernández, banderillero que aún vive, e Ignacio Cruz, notable picador. Los tres sobrevivieron a los sesenta y cuatro que sucumbieron, continuaron su camino con pérdida de cuanto poseían; llegaron al punto de su destino, Bernardo sana de su herida, completa provisionalmente su cuadrilla con algunos toreros que se le presentaron, y queda lista para cumplir su compromiso lo cual verificó de una manera sorprendente, como se verá por el siguiente lance que ocasionó la muerte repentina de un anciano eclesiástico, que vino desde el Paso del Norte con solo la curiosidad de ver torear a su paisano, el diestro y valiente Bernardo Gaviño: pasemos a narrar lo acontecido en una de las corridas de toros los días de la fiesta mencionada (Ibarra, 14-15).

   Antes de continuar con esta reseña, debo apuntar que el episodio hasta aquí narrado, sirvió como un claro ejemplo de honradez torera frente al fracaso que protagonizó Luis Mazzantini, lo cual habla bastante mal sobre la presencia del diestro guipuzcoano quien luego de la bronca ocasionada al interior del coso en la antigua colonia de los Arquitectos, se desplazó hacia la estación de Ferrocarriles, misma que se encontraba prácticamente a poca distancia de la plaza, como puede apreciarse en el siguiente plano, elaborado ex profeso por Lauro E. Rosell:

PLAZAS DE TOROS_L. E. ROSELL_R de R 1937

Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1394 del 7 de febrero de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

La anécdota, como se habrá podido observar en la primera parte de esta entrega, ilustrada ya en forma de caricatura, expresa de forma más que evidente, la actitud despectiva que tuvo Mazzantini para con los aficionados. Al escucharlo decir: “¡De esta tierra de salvajes, ni el polvo quiero!” llamó a la reflexión por parte de muchos de los de la prensa que encontraron en aquello materia disponible para hacer críticas al por mayor. Una de ellas, por cierto, bastante irónica le respondió así a don Luis:

   “No querrá el polvo, ¿pero qué tal las talegas de dinero?”

   Siguiendo con la narración de la gesta de Gaviño en el norte del país, Ibarra nos sigue contando:

   Tercer día, por la tarde, sexta corrida en el redondel levantado para las fiestas. Comienza la lidia con toros de la Hacienda del Torreón: primer toro, grande alzada, achampurrado, fogoso, bien cornado, fue picado, tomó seis varas, dio muerte a tres jamelgos, recibió tres pares de banderillas y le dio fin Bernardo con un mete y saca después de dos pases de muleta; segundo toro, del mismo color y condiciones que el anterior y además matrero y buscador, tomó seis varas, tres pares de banderillas y una flor en la frente que después se la quitó el loco que se la había puesto; le dio muerte con dos estocadas, una alta y otra baja a volapié, Fernando Hernández, tercer toro, ceniciento ahumado, soberbio bicho, cargado, revoltoso y barrendero tomó seis varas, pero se llevó igual número de bucéfalos por lo que se paralizó la escena, la fiera se enseñoreaba con sus víctimas, el público gritaba frenéticamente ¡picadores, picadores! y no se presentaban porque ya no había caballos; por fin sale el intrépido Ignacio Cruz en un rocinante pedido a un particular, y favorecido por Bernardo con la capa, se le presenta al bicho feroz, le hace tomar dos varas con la pica a la puente del freno; pero a la tercera fue tan terrible la embestida de la fiera, que a la cabalgadura y al jinete los levantó y hechó fuera de la barrera, quedando otra vez paralizada la lid; pero el ágil Bernardo le parte con la capa al terrible animal que le recibe muy bien, juega con ella, lo emborracha, lo persigna, y le da una fuerte palmada en el hocico, gritándole ¡Quite uté de aquí! y el soberbio bicho obedeció con la mayor humildad; tomó después tres pares de banderillas que le puso de frente Bernardo, con aquel salero y gracia propia de Andalucía, siguió el lance o suerte de la muerte por el mismo gladiador, la ejecutó de la manera más sorprendente, pues no hizo más que un pase de muleta, estocó en la trasnuca a la fiera y esta cayó a sus pies con la cabeza levantada, a donde inmediatamente le puso Bernardo la planta de su pie derecho y saludó al público; cuarto y último toro de muerte, grande, capirote, de juego a plomo y rascador, tomó cuatro varas sin matar ni herir a ningún caballo, recibió tres pares de banderillas, e Ignacio Cruz le dio fin a caballo con el auxilio de la capa de Bernardo, le entró bien el toro, y recibió éste un limpio mete y saca con lo que cayó muerto.

   ¿Podrán los mexicanos ver otra cosa mejor? Puede ser que sí, pero es muy difícil.

   Para recuerdo del simpático y querido en toda la República Bernardo Gaviño, que tantos años hizo palpitar los corazones de los que lo vieron trabajar en el redondel, insertamos la poesía que le fue dedicada en su función de gracia el día 15 de Febrero de 1852, en la plaza del Paseo Nuevo. Héla aquí:

A BERNARDO GAVIÑO

en su función de Beneficio.

 

Bernardo insigne, la parlera fama,

tu nombre lleva por el ancho mundo,

y en tu arte fuerte, sin rival te llama;

y México en su afán noble y profundo

rey en la lid y sin igual te aclama.

 

Del toro altivo la feroz bravura

sereno burlas con ligera planta,

y ruge viendo tu destreza tanta,

y vengar no pudiendo su tortura

la arena al viento con furor levanta.

 

Y crece más y su furor se enciende

cuando tú más sobre la plaza brillas

y cuando herirte sin cesar pretende,

tu clavas audaz dos banderillas

y el público a aplaudirte solo atiende.

 

Y ese valor que en tí, Bernardo se halla,

y que te ha dado plácido renombre,

no tan solo se ve junto a la valla,

sino al frente también de fieros hombres,

y en medio de horrísima batalla.

 

De Durango lo diga el rico Estado,

donde unido tan sólo a tus toreros,

contra ciento y aun más comanches fieros,

siete horas combatiste denodado,

muertos quedando allí tus compañeros.

 

Y aunque te hallabas, tú del brazo herido

combatiendo seguiste siempre fuerte,

y el estar a la muerte decidido

te libertó, Gaviño de la muerte

y de que fueras por tu bien vencido.

 

Gloria a tí, pues con empeño tomas

cuanto te puede dar lustre en el suelo,

Gloria claman también bajo del cielo,

estas que echamos cándidas palomas,

que el aire cortan con su raudo vuelo.

Bernardo, acoge, como siempre humano,

de nuestras almas el afecto ardiente,

y del pueblo español y el mexicano,

que forman uno solo el mundo vano

los vivas oye con serena frente. 

La verdad Neta[1]

   La cita recogida hasta aquí tiene una infinidad de aristas, las que me gustaría comentar en la siguiente entrega, si ustedes lo permiten.

CONTINUARÁ.


[1] Ibarra: Historia del.., op. Cit., p. 15-18.

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