Archivo mensual: septiembre 2015

NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. (SEXTA PARTE).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Raro es el siglo que tiene la particularidad de iniciar su marcha temporal junto con otros procesos sociales o políticos. Estos más bien, hallan un puente por donde cruzar y por donde seguir. El siglo XX mexicano aparece en escena con un síntoma de continuidad en el régimen porfirista,[1] lo que por un lado marca cierta estabilidad económica y política; por el otro, la intranquilidad social. Sin embargo, la respuesta de muchos inconformes, merece una atención especial. Por una parte los trabajadores de algunas fábricas despertaron el ánimo rebelde que llegó a oídos de muchos integrante del pueblo[2] que probablemente no imaginaron sumarse a la bola, término que se le dio a las multitudes que participaron en el movimiento armado de 1910. La bola[3] bien a bien no tuvo una idea clara que sí tuvieron sus dirigentes, cabecillas y “caudillos”, los cuales, además de tener bien definido el propósito de eliminar todo rastro de la dictadura sostenida por el General Porfirio Díaz,[4] aprovecharon la coyuntura para encaramarse en puestos estratégicos de la lucha por el nuevo poder, independientemente de que operó un constituyente el cual, para el 5 de febrero de 1917 logra poner en circulación un nuevo documento rector para la nación, desplazando al que estuvo en boga desde 1857.

   Por otro lado, se tenía la idea de que el trabajador en las haciendas mexicanas fue un elemento de explotación indiscriminada. Pero en muchas de ellas se ha encontrado un paternalismo entre el hacendado y los peones. Esos arreglos de conveniencia hacen ver que las relaciones laborales, determinada por ciertas presuposiciones en torno al peonaje, de la transmisión hereditaria de deudas, de la ruindad de la “tienda de raya”,[5] así como de los créditos y adelantos impuestos a los trabajadores, del pago del salario en “vales” o “fichas”, del empleo de deportados a la fuerza pero sobre todo, de la utilización de la violencia física, ha hecho que muchos autores encuentren una relación entre las características del sistema y las acciones de la revolución agraria. Ahí se condensan los atributos del sistema de hacienda supuestamente inaguantables, vistos en conjunto como la variable independiente de una considerable, si es que no decisiva, participación de los trabajadores agrícolas en la revolución de 1910-40.[6]

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (9 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Volviendo con Gaona, su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

   De regreso a la hazaña con el toro Quitasol de San Mateo ocurrida el 23 de marzo de 1924, con ella concibe el prototipo de faena moderna. Si José Alameda da a Manuel Jiménez Chicuelo el atributo de haber logrado con Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel,[7] nosotros se lo damos al leonés con aquella obra de arte que un polémico periodista de su época, Carlos Quiroz “Monosabio” recoge en espléndida reseña que presentamos en su parte esencial. Aquella tarde sucede un hecho memorable: Rodolfo Gaona, en una de las varias vueltas al ruedo que emprendió para agradecer las ovaciones, se acompañó de don Antonio Llaguno. Fue la única ocasión en que Gaona lo hizo con un ganadero, mismo que está proporcionándole a la fiesta un toro nuevo y distinto. El toro moderno para la faena moderna que a partir de esos momentos será una auténtica realidad.

   Además, “Monosabio” logró conseguir un perfil biográfico junto con la obra humana y artística del “petronio de los ruedos” en MIS VEINTE AÑOS DE TORERO,[8] libro llevado a la prensa en dos ediciones con miles de ejemplares vendidos, y que hoy está convertido en verdadera reliquia de bibliotecas.

IMÁGENES.

IMÁGENES SEXTA PARTE

PIES DE FOTO.

1.-El General Porfirio Díaz, quien gobernó México entre 1877 y 1911.

2.-En la despedida de Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, el 8 de marzo de 1925.

3.-Cuadrilla Juvenil Mexicana, enseñada y dirigida por el ex-banderillero de Salvador Sánchez “Frascuelo”, Saturnino Frutos “Ojitos”. Matadores: Rodolfo Gaona y Samuel Solís.

Fuente: colección del autor.

4.-Un elegante remate de Rodolfo Gaona en el “Toreo” de la Condesa.

5.-Cuadrilla juvenil mexicana, dirigida por Saturnino Frutos “Ojitos”. Entre los más destacados alumnos, Rodolfo Gaona sería la pieza más acabada, heredero de las formas técnicas impuestas por Salvador Sánchez “Frascuelo” y las de carácter refinado que legó Rafael Molina “Lagartijo”. Al centro mírase al maestro “Ojitos”, y de izquierda a derecha aparecen Manuel Rodríguez, Blas Hernández, Antonio Conde, Rodolfo Gaona, Eustolio Martínez, Antonio Rivera, Pascual Bueno, Daniel Morán, Prócoro Rodríguez, Rosendo Trejo y Fidel Díaz. Fotografía de la Galería Taurina de don Celerino Velásquez.

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina, Nº 53, del 6 de noviembre de 1943.

6.-Detalle de la anterior.


[1] Me refiero a la que se considera “dictadura” del General Porfirio Díaz, quien, desde 1877, y hasta mayo de 1911 ocupó la presidencia de la república (salvo el período de 1880 a 1884).

[2] Para mí el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX, el XX y el que ya transcurre-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

[3] Término de corte popular el cual define a un grupo social heterogéneo, que se unió a movimientos militares líderes que, bajo las armas o con principios ideológicos concretos, impulsaron aquella revolución.

[4] Los gobiernos del General Porfirio Díaz en plena República Central van del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880; posteriormente del 1º de diciembre de 1884 al 25 de mayo de 1911, con una breve interrupción que recayó en su “compadre” el General Manuel González del 1º de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884.

[5] La expresión “tienda de raya” implica el reproche de que la tienda en las haciendas fue un instrumento de explotación en manos del hacendado o de su administrador, a través de la sustracción directa del salario (rayar = remunerar).

[6] Herbert J. Nickel (ed): Paternalismo y economía moral en las haciendas mexicanas del porfiriato. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1989. 217 p. Ils., grafs., tablas. (V Centenario 1492-1992. Comisión Puebla. Gobierno del Estado).

[7] La faena a Corchaíto, que fue una maravilla en sí misma, tuvo sobre todo el don de la oportunidad. El “milagro” ocurrió en Madrid (el 24 de mayo de 1928) precisamente cuando el público intuía, sentía, “necesitaba” que a los toros ya más afinados se les hiciera otro toreo: el toreo ligado, enlazado, que permita la unidad de la obra y la prolongación de la faena, sacándola del reducido molde belmontino en que venía manteniéndose. Pues si el toro verdaderamente propicio no salía todas las tardes, digamos, con la liberalidad de ahora, salía ya con la relativa frecuencia necesaria para que la evolución del arte pudiera producirse.

[8] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

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NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. QUINTA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

INTEGRACIÓN DE UN MOVIMIENTO INTELECTUAL UBICADO EN DIFERENTES TRIBUNAS PERIODÍSTICAS.

   No puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el “Sánchez de Neira”, o la de Leopoldo Vázquez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Se cuestiona Roque Solares Tacubac sobre la manera en por qué llegaron a las librerías todas aquellas publicaciones hispanas que fueron mencionadas párrafos atrás, y su respuesta la afirma en el hecho de que

En esa época hubo una floración en la literatura tauromáquica hispana y esa floración se esparció hasta la Hispanoamérica y por ende a la República Mexicana. La realidad consistió en que esas publicaciones llegaron a los anaqueles de las librerías y de allí a las manos de personas cultas y por consiguientes curiosas por leer. Así pasaron a los domicilios de estudiantes, profesionistas y periodistas, que las leyeron por curiosidad primeramente, pero luego ya con el interés de aleccionados en lo que habían ignorado las releyeron, las comentaron, y al hacerlo quedaron convertidos en verdaderos aficionados no en simples concurrentes a las corridas de toros.

   A esa pléyade cada día mayor porque lo aprendido lo enseñaba por la conversación, ya no fue posible hacerla integrante incondicional de nuestro nacionalismo taurino fundamentado en el odio ancestral al gachupín y en la hipotética superioridad del estilo de torear mexicano. Esa pléyade fueron los artilleros que manejaron los cañones constituidos por las publicaciones tauromáquicas y esos cañones estuvieron formando baterías emplazadas las posiciones campales de los toreros hispanos que después fueron arribando. Esos toreros ya tuvieron metralla con qué responder a los cacharrazos y botellazos que les lanzaban los todavía incondicionales nacionalistas taurinos, ya tuvieron razonamientos técnicos que oponer a los insultos, a las injurias, a las vejaciones. Ya no estuvieron aislados, solitarios, sino que tuvieron valerosos acompañantes, que de la conversación pasaron a la mayor publicidad y difusión sirviéndose del periodismo. Pocos meses después surgió en México el primer periódico taurino mexicano El Arte de la Lidia, hijo en cuanto al encabezado de aquel editado en España. Meses después de la aparición de ese periódico taurino hubo ya en la prensa política y noticiera las reseñas de las corridas de toros y apareció el segundo periódico taurino titulado El Correo de los Toros, escrito y editado por el Señor Don Pedro González Morua, tipógrafo en la imprenta del periódico Diario del Hogar, propiedad del conocido periodista señor Don Filomeno Mata.

   En seguida ya se generalizó la literatura taurina mexicana, recurriendo también a ella para defenderse los paladines de nuestro nacionalismo taurino, editando un periódico titulado La Sombra de Gaviño porque el célebre don Bernardo ya había fallecido trágicamente, a consecuencia de una cornada. El Pontífice entonces de nuestro nacionalismo taurino era Ponciano Díaz. Y también en la prensa política y noticiera hubo adalides defensores de aquel nuestro nacionalismo taurino y la contienda se entabló entre los mexicanos netos, según se calificaron los nacionalistas y los agachupinados, los chaquetas, según calificaron a los que aleccionados por los periódicos y libros tauromáquicos habían evolucionado hacia otro estilo de torear.

   Esa contienda plena de incidentes, de apasionamientos, de actividad, de vitalidad, igualmente por ambos bandos, duró cinco años, desde 1885 hasta 1890. Entonces, ya quedó completamente derrotado nuestro nacionalismo taurino fundamentado en el odio al gachupín y en la superioridad hipotética del estilo mexicano de torear.[1]

   Un referente de valor es el compendio denominado LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX,[2] antología preparada por Bibliófilos Taurinos de México en 1987, con motivo de los cien años de corridas de toros en la ciudad de México.

EL CENTRO TAURINO “ESPADA PEDRO ROMERO”, LAS OBRAS DE RAFAEL MEDINA.

   Este centro fue una institución que sesionaba en algún lugar de Tacubaya, hacia la última década del siglo XIX. Allí, se reunieron diversos personajes como Eduardo Noriega, Rafael Medina, Carlos Cuesta Baquero, Eduardo Hoffmann, entre otros, quienes en medio de acaloradas discusiones alrededor de la tauromaquia, entregaron también sus propias conclusiones, cuya memoria fue divulgada en periódicos y revistas de la época. De hecho, “Taurinas” se convirtió en un divertimento literario y no en el comunicado perfecto sobre la declaración de principios de este cenáculo. Sin embargo, las disecciones teóricas trascendieron gracias a su consistencia, gracias al espíritu de convencimiento que impusieron y se impusieron para aleccionar a una afición –“no en simple concurrencia a las corridas de toros”- como calificó en su momento Cuesta Baquero a esos grupos de asistentes a festejos taurinos que estuvieron privados durante mucho tiempo de la auténtica idea y formación que luego cuajó en el “aficionado” en cuanto tal. Dicha evolución pudo lograrse tras intensa labor comenzada desde 1887, y culminada años después con la presencia de estos encauzadores –refiriéndonos a los integrantes en pleno del Centro Taurino “Espada Pedro Romero”-, mismos que dejaron preparado el terreno para recibir de forma madura y consciente el siglo XX.

   No se trata de un grupo numeroso, pero sí selecto, cuya capacidad se reflejó en el amplio conocimiento, en una cultura ejemplar y una formación movida por su espíritu inquieto, todo ello en conjunto, razón suficiente para sacudir el viejo esquema que imperó durante cerca de 60 o 70 años, tiempo en el cual se intensificó el “nacionalismo taurino”, detentado en lo fundamental por Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz. Tal periodo –independientemente de su brillantez-, ocasionó estancamiento, un estancamiento de conveniencia favorable a estos dos diestros y a la “afición” o concurrencia, convencida de aquella forma de operar, la cual parecía estar segura de no encontrar obstáculos no tanto en su progreso, objetivo éste el menos prioritario. Sino a la manera en que debía mantenerse estable, sin motivos aparentes de alteración. Es sabida la intensidad, riqueza, invención y reinvención que operaron durante esos años hegemónicos en el toreo nacional, bajo la tutela tanto del gaditano como del atenqueño, aunque en su mayoría, al margen de los postulados teóricos, de los que México estuvo privado, no por desconocimiento (ya hemos visto la cantidad de Tauromaquias de José Delgado o de Francisco Montes que circularon en varias ediciones por aquel entonces) sino por conveniencia, vuelvo a reiterar. No era posible desentenderse o desvincularse de una estructura cuasi corporativa que dejaba buenos dividendos, quedándose eso sí, en un segundo término, la posibilidad laissez faire, de permitir la natural y urgente evolución y actualización de la tauromaquia, conforme a los últimos patrones de comportamiento experimentados en España, país del cual llegaron los dictados y fundamentos del toreo a pie a la usanza española en versión moderna, todo ello a partir de 1882, pero que se dejaron notar contundentes cinco años después, ocasionando, por consecuencia, el derrumbe de aquella anacrónica estructura levantada y defendida por Bernardo y por Ponciano, incluso hasta su muerte misma, ocurridas, la de aquél en 1886; la de este, en 1899.

   Por último, debo apuntar que el paso del Centro Taurino “Espada Pedro Romero” fue efímero, pero dejó escuela en el “Centro Taurino Potosino” que desde el centro del país, siguió impulsando la teoría durante buen número de décadas del siglo pasado.

 IMÁGENES

PERIODISMO

1.-El Dr. Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac, es parte central de operación en una época que sufre las más radicales sacudidas en pos de una mejor expresión del toreo en México. Ello sucede a partir de 1887.

Fuente: Colección del autor.

2.-Eduardo Noriega Trespicos, periodista y director del semanario La Muleta (publicada entre 1887 y 1889 en la ciudad de México).

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 18 de diciembre de 1942, Año I., Nº 4.

3.-Don Pedro González y Morúa, fundador, propietario, director y tipógrafo del periódico taurómaco “El Correo de los Toros”, segunda publicación taurina que hubo en la República Mexicana y apareció el domingo de Pascua de Resurrección del año 1887, cuando se inauguraron las plazas de toros “El Paseo” y “Colón”. González Morúa fue primeramente poncianista y después partidario de los toreros españoles, y este cambio de simpatías y gustos le ocasionó muchos disgustos y la destrucción de su imprenta.

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 15 de enero de 1943, Año I., Nº 8.

4.-¡VA POR USTEDES! BRINDIS DE PONCIANO DÍAZ.

Fuente: Lauro E. Rosell. Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la capital desde 1521 hasta 1936. Por (…) de la Sociedad Mexicana y Estadística, y del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935. 192 pp., fots., retrs. ils.

5.-GRAN COMPETENCIA EN LA PLAZA DE COLÓN, ENTRE REBUGINA Y EL MESTIZO, CON APUESTA DE DOS MIL DEL ÁGUILA. (Incluye un grabado de Manuel Manilla).

ORTA VELÁZQUEZ, Guillermo: Breve historia de la música en México. Prólogo de Juan Manuel Ortiz de Zárate. México, Librería de Manuel Porrúa, S.A., 1970. 495 PP. Ils., retrs., facs., p. 481.


[1] Cuesta Baquero: “Nuestro nacionalismo…”, op. Cit., p. 10-11.

[2] LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX (Antología). México, Socicultur-Instituto Nacional de Bellas Artes, Plaza & Valdés, Bibliófilos Taurinos de México, 1987. 222 p. facs., ils.

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FERMÍN ESPINOSA y LORENZO GARZA, IN MEMORIAM.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

A don Rafael Romero Sánchez, por recordarme el paso de estos dos grandes del toreo en México.

   Antes que pase inadvertida una doble efeméride, misma que amerita las notas de la presente colaboración, deseo recordar la vigencia de dos grandes matadores de toros mexicanos: Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza, quienes murieron el 6 y el 20 de septiembre de 1978 respectivamente. Por tanto, presento a continuación dos sencillos perfiles para dos grandes figuras que dieron sentido a la tauromaquia mexicana del siglo XX.

FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA”: FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO Y LORENZO GARZA, “SISMO Y ESTATUA” UN VERSO HUMANO HECHO TORERO.

   Hace treinta y siete años que Fermín Espinosa “Armillita” dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense cubre un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que propiamente perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez “Calesero”, Alfredo Leal, Jorge Aguilar “El Ranchero” o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, seguramente está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de “Armillita” a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de “El Lobo”. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama, aparentemente pesimista, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez “Cagancho”, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro y José González “Carnicerito” protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana en este siglo que culmina.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

ARMILLITA1

Anuario Taurino. 1945-46. Que resume los hechos más salientes de la última temporada. José Alameda asume la dirección técnica.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa “Armillita” con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo; es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde es ya solo un acontecimiento memorable que termina colocado perfectamente en los anaqueles de nuestra memoria.

   “Armillita” nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el favor de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   “Armillita” surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

ARMILLITA2Anuario Taurino. 1945-46. Que resume los hechos más salientes de la última temporada. José Alameda asume la dirección técnica.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser propiamente un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega “Joselito” aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio “Joselito” o “Gallito” quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   “Armillita” ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Solo cuatro cornadas, una de ellas en san Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó absolutamente del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro ”El Soldado”, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez “Calesero”, Fermín Rivera y Jorge Aguilar “El Ranchero”.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa “Armilla” constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los “Litri”, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los “Caleseros”, los Vázquez de san Bernardo.

ORLAS

 LORENZO GARZA, “SISMO Y ESTATUA” UN VERSO HUMANO HECHO TORERO.

   Apenas comenzábamos a asimilar la muerte de Fermín, cuando otro grande dejó de ser “ave de las tempestades” para convertirse en “ave fénix” y remontar el vuelo que como privilegiado tuvo también hacia la inmortalidad taurina. Lorenzo Garza fue llamado el 20 de septiembre de 1978. Había nacido en Monterrey el 14 de noviembre de 1908.

   Garza se convirtió, gracias a su peculiar personalidad en un torero del que no solo bastaba el ejercicio como lidiador. La afición en las épocas de su dominio, solía comentar que por el solo hecho de verle hacer el paseíllo, se daban por bien servidos: “el boleto quedaba pagado”. Otros esperaban una buena tarde para dejarse llevar por la emoción y quizá la mayoría, apenas en un suspiro podía volverle la espalda, abroncarlo -¡y de qué manera!- e incluso con la consecuencia de la cárcel, lugar que visitó algunas ocasiones.


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Lorenzo Garza altivo y orgulloso, recibiendo una condecoración. INAH-SINAFO, Cat. N° 16638.

   ¡Ese era Garza! Un diestro de pasta y solera pura, de los que ya no suele haber, porque desaparecieron aquellos toreros venidos desde el olvido, movidos por el hambre -corporal y espiritual- y además, porque se forjaron una personalidad propia, espontánea. Por ejemplo, Juan Silveti usaba un sombrero de ala ancha, bordado de fémures y calaveras que le asentaba muy bien en un medio que así como lo veía, así lo respetaba. Lorenzo se hizo de una personalidad arrolladora, despótica si cabe, pero personalidad que vestida de civil y por la calle arrancaba la admiración de todos. En la plaza, no podía ser la excepción.

   Entre su afortunada actuación del 3 de febrero de 1935 en el Toreo de la Condesa, plaza de sus mayores triunfos, alternando con Alberto Balderas que se fue a la enfermería luego de recibir una cornada en el primero de la tarde, y hasta su despedida, la tarde en que concede la alternativa a Manolo Martínez, sucesor en buena medida de esa “personalidad” que me he ocupado en comentar; Lorenzo Garza llenó un espacio nutrido de faenas memorables y escándalos salpicados de esa picaresca, que como todo buen actor supo representar.

   De la mencionada tarde del 3 de febrero de 1935 comenzó también un vínculo con Antonio Llaguno, ganadero de san Mateo quien encontró en Lorenzo al torero afín a sus toros, por lo que fue el favorito en la casa de los Llaguno, junto con Luis Castro “El Soldado” otro caso típico y semejante también al que ostentó Garza como torero.

   No es casualidad que los triunfos garcistas más destacados hayan ocurrido con toros de san Mateo, ganadería que se encontró felizmente con el avance técnico y estético, así como se dio cuando Rodolfo Gaona obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio en la recordada fecha del 23 de marzo de 1924. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

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Lorenzo, en actitud gallarda, listo para una gesta… o para un “mitin”. INAH-SINAFO, Cat. N° 517989.

   Los toros de san Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro y a esos niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura perfectamente diseñada y levantada al cabo de los años.

   Lorenzo Garza por su cuenta, al formar parte de esa generación emergente, luego trascendida en la “época de oro del toreo mexicano” pudo jugar un papel protagónico, fincado -con la capa-, en las manos bajas, muy bajas al ejecutar la “verónica” que “Gitanillo de Triana” supo descender a condición de imprimirle el sentimiento que su gitanería mandaba. El de Monterrey no fue ajeno a ese lema fundamental y lo realizó con gran maestría, superada por Jesús Solórzano o por Luis Castro, hasta ser rebasados nuevamente por el capote garcista, siempre en franca y leal, pero también desatada competencia a muerte entre ellos. Asimismo se cobijó a la sombra de la “gaonera”, lance que del mismo modo dominó a la perfección.

   Y cuando el clamor apenas se recupera para tomar respiro, Lorenzo se dispone ir al toro, para con su magistral estilo “pegarle” pases naturales, echando la pata pa´lante, marcando con ello una salida del toro por demás evidente. Palmas y olés encienden los tendidos pronto a convertirse en un santuario de locura.

   Ahora, paso a paso se va al toro, la muleta en la diestra y señores, mucha atención: el arte de la tauromaquia va a tener cante grande gracias al poderío de esa mano gobernada por el corazón y una inspiración que unidos mandaban plasmar pases a pies juntos, de costado, afarolados… En fin, el repertorio del garcismo estratégicamente atrapó a la afición entregada una vez más al gozo de compartir el triunfo, tras las estocadas fulminantes. En fin, la apoteosis.

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Garza, ¡inconfundible! INAH-SINAFO, Cat. N° 16464

   Pero Garza, el indescifrable Garza, si no quería estar de vena, a placer, por capricho o por miedo podía alterar todo el ambiente y en un santiamén dar un vuelco del triunfo a la tribulación, a la tempestad fuera de sí, con rumbo al precipicio, como aquella tarde del 19 de enero de 1947, apenas unos días después del triunfo con BUEN MOZO y AMAPOLO de Pastejé. Aquella tarde en que “Manolete” y Arturo Álvarez alternaban con “Lorenzo el magnífico”, veían entre sorprendidos y asustados como la plaza “México” virtualmente se venía abajo. La lluvia de cojines y otros proyectiles fue memorable. Anuncios que arrancados volaban sin orden ni concierto, luminarias de reclamo por aquí y por allá. Todos los gritos, todos los insultos eran para Garza, quien antes de la batalla, y empuñando el estoque se fue contra un aficionado que casi en su cara le lanzó el certero golpe de ofensa mayor. Lorenzo tuvo que ser escoltado por la guardia hasta la cárcel del Carmen, donde tras el pago de diez mil del águila de aquellos, salió rodeado por aficionados que lo acompañaron para perderse por las calles nocturnas de la ciudad.

   Como un personaje público, asistió a eventos sociales de altos vuelos, pero también cumplió con quien lo forjó: con el pueblo.

   También en España supo ser grande, quizás no como él mismo aspiraba (el “boicot del miedo”, la guerra civil y la cruda de este conflicto devenida en lenta recuperación no se lo permitieron). Sin embargo, sus hazañas novilleriles se consumaron en ruedos hispanos, al lado de su más acérrimo enemigo, Luis Castro. El anecdótico pasaje de las estocadas en la plaza de Madrid el año de 1934: una con pañuelo como engaño de por medio, por Luis “El Soldado”; la otra, con el corazón y nada más que el corazón de Garza dejaron un velo que las historias nos recuerdan en medio de las miradas amenazantes de uno y otro, hasta el límite de “mentarse la madre” mutuamente por lo que hicieron de esto una reñida competencia que con mucho, no volverá a darse. Al menos, en esa proporción.

   Y Garza se hizo viejo, arrastrando consigo los recuerdos de juventud y de la madurez adulta que todavía lo alcanzó peinando canas. Lorenzo, “sismo y estatua” verso humano que Alfonso Junco le prodigó en el CORRIDO A LORENZO GARZA del año 1943 con aquel: “Abran paso al vendaval…” como introducción, dejó para la tauromaquia mexicana y la universal también un estilo que no ha vuelto a repetirse (difícilmente los estilos entre los toreros, como entre los grandes artistas vuelven a darse, a menos que se trate de una mala copia).

   Esta contemplación nos permite entender en apenas un pequeño espacio, el imperio que forjaron dos grandes figuras del toreo mexicano: Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza a quienes rememoramos con gratitud. Desafortunadamente nunca les vimos torear, pero todos los testimonios que los comprenden: la prensa, el cine, la fotografía o la memoria de los viejos aficionados los conciben en un espacio solo reservado a seres humanos que trascienden y escalan el común de los mortales.

   Vaya pues nuestro reconocimiento a dos grandes hombres, dos grandes toreros:

 FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA”

Y

LORENZO GARZA

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NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. CUARTA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, se estableció en México a partir de 1887. En efecto, es muy atrevida tal afirmación, pero una serie de hechos ya revisados con mucho cuidado, me permiten afirmarlo sin asomo de duda.

   Buena parte del siglo XIX estuvo dominado por dos frentes de lucha: el que emprendió en forma solitaria el diestro gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, y luego ese otro fenómeno de independencia taurina, encabezado por un nutrido grupo de toreros quienes al poner en práctica el ejercicio tauromáquico, lo hicieron de forma por demás intuitiva y espontánea. Pero también ajena y no a los principios técnicos y estéticos que desplegó para bien o para mal el “patriarca” Gaviño.

   La prensa de la época, tanto los periódicos taurinos como los de noticias generales nos hablan de aquellos pasajes en donde la bandera de la patriotería ondeaba en medio del desconcierto más absoluto. Parece que el ardiente fervor estaba herido en el fondo por la presencia española, aquella que produjo el capítulo que he denominado “reconquista vestida de luces” que con sus métodos positivos y negativos también impuso sus reales para extirpar de una vez por todas las formas del quehacer nacionalista, encabezado por Ponciano Díaz y sus huestes, que defendieron a ultranza una posición amenazada. A propósito, dicha “reconquista” debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar en lo espiritual al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España. Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no sólo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados entre los últimos quince años del siglo XIX –tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz-, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento del primer y gran torero no solo mexicano, también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

   En los últimos años del siglo XIX, una serie de síntomas extraños comenzó a operar con tal velocidad, siendo el propio Ponciano el primero en resentirlos de manera violenta. Sucede que siendo un auténtico ídolo antes de su viaje a España, donde asumió el doctorado en tauromaquia (acontecimiento que ocurrió el 17 de octubre de 1889 en la plaza de toros de Madrid, alternando con Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”, en la lidia de toros del Duque de Veragua y Orozco), esto representaba una bofetada a las pasiones encendidas, lo que en otras palabras se entendía como una “traición al toreo nacional”. A su regreso –finales de 1889-, las cosas ya no fueron como antes. Empezó su rápido declive, y también la pérdida de popularidad que, para recuperarla tuvo que meterse a empresario. Los resultados no fueron nada agradables, pues presentando ganado de procedencia desconocida, ofreciendo un mal juego en lo general, le generaba severas reprimendas de la prensa, o ridiculizándole en caricaturas y feroces editoriales, donde lo que no se le dijo en su momento por devoción, se le dijo en otro por convicción, instándole a retractarse, cosa que no se consiguió.

   Algunos otros toreros mexicanos entendieron que ya no podía hacerse más, por lo que desaparecieron del panorama, o tuvieron que aliarse a la nueva situación. Pero también los españoles tenían lo suyo. Así como los hubo entregados a su oficio, los hubo deshonestos y abusivos. Del incidente del 16 de marzo de 1887, donde Luis Mazzantini protagonizó un escándalo mayor, debido en buena medida a los “pésimos toros” de Santa Ana la Presa. Terminada la corrida tuvo que salir de la plaza bajo el resguardo de la policía, evitando así más agresiones. Al llegar a la estación del ferrocarril, apresurando su salida del país, todavía vestido de luces, se quitó una zapatilla y sacudiéndola con desaire expresó: “¡De este país de salvajes, ni el polvo quiero…!” Sin embargo la prensa –quisquillosa que era-, respondió: “¡pero qué tal las bolsas de dinero!” Allí está el caso de Diego Prieto quien timó a más de un ganadero deseoso de mejorar su raza bovina…, con toros de desecho ofrecidos por “Cuatro dedos”.

   Este es, en parte, el estado que guarda la fiesta taurina en 1888, dejando de poner la debida atención a aspectos de la técnica y la estética que empiezan a tomar auge. Imposible dejar de mencionar el papel que jugaron los hacendados que se volvieron ganaderos y en fin, otro conjunto de cauces registrados en un año que reporta una de las actividades taurinas más intensas que se recuerden.

   El toreo habría de salvar muchas irregularidades entre las cuales, una desmedida pasión, como reflejo fanático de patrioterismo fue de los primeros aspectos atendidos para evitar su proliferación, con lo cual se atenuaría la desbocada atención de quienes siendo severos espectadores, se convirtieron en más o menos sensatos aficionados.

   Apuntaba párrafos atrás el papel que en la interpretación del toreo mexicano tuvo la prensa a lo largo del siglo XIX, por lo que dedico enseguida unos apuntes al respecto, sobre todo en lo referente a los últimos 15 años del siglo XIX, y que determinaron la serie de decisiones tomadas para definir nuevos criterios que hicieron suyos los aficionados taurinos en su totalidad, tan necesitados entonces de una guía específica y doctrinaria.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El arte de la lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla es nada menos que el representante de Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando los toreros ya citados en el primer punto.

   La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros más.

CONTINUARÁ.

GAVIÑO_LA MULETA_MAZZANTINI_P. DÍAZ

PIES DE FOTO:

1.-Vieja estampa del espada gaditano quien llegó a México en 1835, muriendo en 1886, víctima de una cornada. Aquí estableció órdenes técnicos puramente españoles los cuales a poco se eclipsaron con los mexicanos, en un mestizaje muy claro.

Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”. México, D.F., 29 de enero de 1943. Año I, N° 10.

2.-El otro Díaz, Ponciano también era elevado y considerado como un símbolo de la patria.

Fuente: Colección del autor.

3.-Luis Mazzantini y Eguía. (ca. 1897-1898).

Fuente: Colección Diego Carmona Ortega.

4.-Cabecera de la revista LA MULETA, Año I, Nº 13 del 27 de noviembre de 1887.

Fuente: Colección del autor.

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NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. TERCERA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hasta aquí tenemos idea más clara y general del origen y desarrollo que tuvo la ganadería en México durante los primeros años de colonización como durante el período virreinal hasta alcanzar el siglo XIX, mismo que considero como el de la profesionalización, misma que logra en el año de 1887. Es de sobra conocido entre aficionados y lectores a los toros, el planteamiento expuesto por Nicolás Rangel acerca del pie de simiente con el que se formó la hacienda de Atenco desde la segunda mitad del siglo XVI. Argumentaba la incorporación de doce pares de hembras y machos que habían sido adquiridos en la provincia española de Navarra.

   Personalmente era difícil creer tesis tan arriesgada si entonces no estaba constituida ninguna hacienda ganadera, de modo profesional, tanto en la península como en la Nueva España. Tal cual ocurrió hasta fines del siglo XVIII con la de Aleas en España, y un siglo después en México con las de Atenco, Cazadero o Tepeyahualco, donde se estableció un esquema de actividades ganaderas muy concretas que afirmaron el concepto.

   Durante todo el virreinato ocurrieron infinidad de celebraciones cuyos registros son ricos en noticias, descripciones y relaciones de fiestas. Allí nos damos cuenta del alto valor que tuvo la presencia de algunas de las unidades de producción agrícola y ganadera destinadas ex profeso a la lidia. Incluyo a continuación dos cuadros, uno que refiere el comportamiento de los ganados durante buena parte del siglo XVIII y otra en que apreciaremos lo ocurrido con otras tantas durante el XIX.

CUADRO N° 1

    Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante el siglo XVIII o el XIX un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

 CUADRO N° 2

   Durante la segunda mitad del siglo XIX en México, junto a los nombres -clásicos- de Atenco, Santín, San Diego de los Padres, Parangueo, El Cazadero, Guanamé, Guatimapé, se unieron infinidad de ganaderías de extraña procedencia que lidiaron no solo en las cercanías del Distrito Federal (cuando seguía vigente el decreto de prohibición que, de 1867 a 1886 se impuso a las corridas de toros luego de que el Lic. Benito Juárez firmara la Ley de Dotación de Fondos Municipales, en 28 de noviembre de 1867) y en el interior del país. Hoy, muchos de esos nombres son absolutamente extraños, pues se desconoce si la procedencia de dichos ganados garantizaba el buen desarrollo de aquellas corridas efectuadas. Vienen a continuación los nombres de esas extrañas y curiosas

Ganaderías mexicanas.-San Simón, Mezquite Gordo, Salitre, Buenavista, Meztepec, Bramino de Arandas, Santa Cruz, Cercado de Bayas, Cuatro, Nopalapam, Jaral, San Francisco, Guaracha, Sauceda, Rosario, San Antonio, Calera, San Diego Xuchil, Ayala, Plan de la Barca, Bringas, Noria de Charcas, Hacienda de la H, San Isidro, San Gerónimo, San Cristóbal, Santa Rosa, San Clemente, Bachimba, Piedras Negras (del estado de Hidalgo), Comalco, Cila, Hacienda del Pastor, Palmarejo, Ramos, El Cabezón, Ocotengo, El Plan, Cruces, Jalpa, Atotonilco, El Refugio, Astillero, Coecillos, Ocotengo, Calderón, Santa Cruz del Valle, Santa Ana la Presa, Santa María todo el mundo, Pazurco, Trujillo, Enllejé, S. José Pala, San Antonio, Tlascolpam, Pedrera, del Pastor, Torreón de Cañas, El Canario, Huaracha, Tlahuililpa, La Goleta, Tascolpa, Molinos de Caballero (Fracc. de Atenco), Xajay o Zajay, El Cazadero, Queréndaro, San José del Carmen, San Cristóbal, Atongo, Tejustepec, La Cañada, San Jerónimo, El Salitre, Santín, Piedras Negras (¿Tlaxcala?), San Diego de los Padres, Santa Rita del Fuerte, Estancia de la Florida, Puruoagua, Hacienda de la Sierrita. Santín, Altonga, Guatimapé, La Sauceda, Palmarejo, Ocotengo, San Isidro, El Plan, Hacienda del Cabezón, Parangueo, Copal, Mezquite Gordo, Cazadero, Tenguedó, Cruces, Lobar de Guadalupe, Hacienda de Ramos, La Concepción, Uluapam, El Tulipan, Jalpa, El Águila, El Copal, Santa Lucía, Estancia Grande, Maravillas, San Pedro Piedra Gorda, Jalapilla, Monte Negro, El Cubo, Soledad, Arandas, Ortega, Cieneguilla, Guanamé, Venadero, San Tadeo, Naycha, Fortín, Espíritu Santo, El Fresno, Paramuén, La Huerta, Del Rincón, Atapaneo, Irapeo, Coapa, Zempoala, Andocutín, Santa Ana Chichicuautla, Mesa De Cartujanos, Zalduendo, Concha y Sierra, La Noria, Corral de Piedras, Casco de la Concepción, El Espejo, La Barranca…

   No nos queda la menor duda de que el impacto de la fiesta de toros en nuestro país llevó a muchos ganaderos, que de seguro tenían en sus potreros más ganado criollo que el apropiado para la lidia, prestarse a vender “encierros” a los toreros o empresarios que montaban espectáculos, sobre todo en el resto de la república. Si la intención de estos últimos no era muy saludable, y si los resultados tampoco se emparejaban con lo que generalmente ha sido el “logro de toda visión empresarial”: dar al público lo mejor, pues entonces nos encontramos ante un panorama nada favorable.

CONTINUARÁ.

 

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NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. SEGUNDA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

 POR; JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Como recordarán, en la entrega anterior se hizo la observación sobre el dato que contrasta con lo dicho por Nicolás Rangel, mismo que apareció en uno de los números de El Arte de la Lidia, de 1887:

 LAS GANADERÍAS: ATENCO.

   La muy acreditada ganadería de Atenco, existente en el estado de México, se debe al conde de Santiago, desde el siglo pasado, que por su cuenta se trajeron de España, procedentes de la provincia de Navarra, los primeros doce pares de machos y hembras, siendo la segunda remesa de cincuenta pares. (…)

SERVOLINI

   Para sorpresa de algunos y asombro de otros, debo apuntar que a partir de 1884, comenzó a circular en la capital de la república mexicana un periódico taurino, el primero que hubo en la ciudad, y cuyo director fue Julio Bonilla “Recortes”. Su nombre es reflejo y espejo de otro que circuló en los mentideros taurinos españoles durante los últimos quince años del siglo XIX, por lo que las coincidencias son evidentes. Sólo que con este último, la diferencia estriba en la riqueza iconográfica de las múltiples cromolitografías que enriquecieron sus páginas, muchas de ellas surgidas de la mano prodigiosa de Daniel Perea, en tanto que la publicación mexicana se concretaba a dar noticias sin ir más allá del simple registro pero sin contar en sus páginas con opiniones de fondo. Desapareció a comienzos del siglo XX.

   Pues bien, la sorpresa invadió mi quehacer, y en el afán de confirmar el dicho, fui a consultar diversos documentos que ahora pongo a la disposición, pero que también someto a discusión. Entre esas fuentes se encuentran las obras de F. G. de Bedoya,[1] la de Vicente Pérez de Laborda Villanueva[2] y finalmente la de Alejandro Villaseñor y Villaseñor.[3]

   ¿A cuál de los condes que manejaron o administraron la hacienda de Atenco durante el siglo XVIII se refiere Servolini?

   Debe tratarse del sexto conde de Santiago, Juan Javier Joaquín Altamirano Y Gorráez Luna, Marqués de Salinas VII; Adelantado de Filipinas.

   Ahora bien, aunque la ganadería de Pérez Laborda surge hasta finales del siglo XVIII, y comienza a tener una intensa actividad al comenzar el XIX, sí en cambio existía la de don Antonio Ibarnavarro, mismo que en 1768 declaró poseer 120 vacas y 50 toros (con la que después seleccionó Felipe Pérez Laborda el pie de simiente para su propia ganadería).

   Casualmente, Antonio Ibarnavarro ya está vendiendo toros para las fiestas que se efectuaron en Pamplona hacia el año 1789, pagándosele 50 duros por toro y 30 por novillo. Ya en 1818, al formarse la sociedad Juan Antonio Lizaso-Felipe Pérez de Laborda, declara este último “que las Bacas [seleccionadas para formar aquella ganadería] son de las más antiguas y mejor casta que se encuentran en el país”. También debe apuntarse que Juan Antonio Lizaso formó sociedad con don Francisco Guendulain en los últimos años del décimo octavo siglo, que terminó disolviéndose al comenzar el siglo XIX. En las postrimerías del XVIII, Guendulain compra a su vez un lote de ganado a don Antonio Lecumberri que formó con bastante buena suerte una ganadería con toros de la región, trayéndole muy buenos resultados, tal y como lo hizo también Zalduendo de Caparroso y Arnedo, toros que se corrían en todas las fiestas de Pamplona y Zaragoza.

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Cartel de festejos celebrados en Amecameca, México en febrero de 1869.

   Así que tanto Antonio Ibarnavarro, como Antonio Lecumberri, antes que Lizaso-Pérez Laborda, Guendulain y Zalduendo, son los dueños que tienen establecida una ganadería en la región vasca, y con aquellos toros y vacas las formaron entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, como también pudo ocurrir con el sexto conde de Santiago de Calimaya, que, probablemente entró en negociaciones no tanto con Sánchez Laborda, sino con Ibarnavarro o con Lecumberri.

   No se sabe si cuando Felipe Pérez Laborda, al finalizar la guerra de independencia en España, al evitar cierto inconveniente en la afinidad de sangre, fue eliminando hasta 38 vacas y entre 7 y 8 sementales de la ganadería de Ibarnavarro, hasta dar con lo que después fue su pie de simiente fundacional. La guerra de independencia concluyó en 1814. No perdamos de vista ese “desecho”, si lo podemos considerar también como parte de la “segunda remesa”, formada por otros cincuenta pares, pero que no se menciona si llegaron a la hacienda atenqueña. Desde luego, todo desecho es condenado al matadero.

   Otro asunto que destaca aquí, es que en cuanto Servolini refiere las características del ganado de Atenco, tan afín al de Pérez Laborda, no lo hace tomando en cuenta la propia experiencia de dicho ganado en las plazas mexicanas de mediados del siglo XIX. Se apoya en lo anotado por Bedoya, libro que ya circulaba en México hacia 1882, según afirma el periodista Carlos Cuesta Baquero.[4]

 TOROS DE LA SEÑORA VIUDA DE PÉREZ LABORDA (TUDELA NAVARRA)

     A propósito hemos dejado esta ganadería para semblazarla después que a las demás de Navarra [refiriéndose, desde luego a los toros de Guindulain y de Zalduendo], porque los toros que de ella proceden, tienen además de las cualidades comunes a los toros bravos, otra tan especial, que merece se haga de ella particular mención. Parece excusado analizar la condición de estas reses cuando desde luego confesamos que son las mejores de todas las castas conocidas hoy en aquel país: bravura, dureza, juego, ligereza y todas las demás dotes que constituyen el verdadero mérito de un ganado, todas las poseen estos toros, y además la particular de vérseles llorar cuando se consienten muertos de la estocada, y no pueden coger al lidiador. Ciertamente que esto acredita su bravura, pero no es esta la última prueba que dan de sus bríos; en los momentos de expirar no buscan terreno para echarse, al contrario, se engarrotan, digámoslo así, y en pie exhalen el último aliento. Es todo cuanto en honor de la verdad podemos decir en obsequio de la primer ganadería de España, cuyo título no creemos se lo dispute nadie, tratándose de toros puramente bravos.[5]

   Si el colaborador de El Arte de la Lidia al describir a los toros atenqueños lo hace con conocimiento de causa, y si encuentra semejanzas entre estos y los de Pérez Laborda, no se trata más que de una mera coincidencia que reúne condiciones de juego que entre unos y otros terminan siendo iguales.

   Destaca por otro lado características de pelaje y juego, así como el apunte anecdótico que da a la nota un interés particular.

   Sin embargo, ¿se gana algo al pretender desviar la afirmación rangeliana?

   Podría decir que cambia el espacio temporal y se agrega un nuevo valor con relación a la segunda remesa. También de que su semejanza con los toros de Pérez Laborda es tan cercana, que de alguna manera termina haciéndolos “hermanos” de raza y casta.

   Ante todo lo anterior se puede concluir que se trata de un novedoso argumento, débil en su solidez, si no olvidamos que en 1884 y 1898, Un corresponsal del propio semanario El Arte de la Lidia y José Julio Barbabosa, ganadero de Santín decían de Atenco respectivamente lo que sigue:

   Cierta tarde, allá por noviembre de 1884, los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina andaban haciendo ruido por Toluca, quien reseña la corrida lo hace en estos términos:

Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre en la República (…)

“Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

   Como se ve, este párrafo es una réplica casi exacta de la apreciación hecha por F. G. de Bedoya, lo que indica primero, que era una lectura recién conocida por algunos periodistas de aquella época, cuyo quehacer comenzaba a cimentarse a partir de la llegada de diversos libros provenientes de España, justo en momentos en los que la tauromaquia comienza a tomar rumbos más definidos. Por otro lado, existía la necesidad de mostrar panoramas diferentes que enfrentaran y cuestionaran el predominio de un espectáculo detentado por diestros “aborígenes” que hicieron de su quehacer una auténtica demostración de control regional, misma que no evolucionaba. Antes al contrario. Se reducía a un círculo vicioso que, aunque seguía siendo del gusto de muchos espectadores, pronto hubo necesidad de modificar esa condición consiguiendo la escala de aficionados mismos que se separan de los públicos asistentes a las plazas de toros. Con la consolidación e integración de este espectáculo público –sobre todo en la ciudad de México, y a partir de 1887-, maduraron plenamente aquellos propósitos establecidos por la prensa que también se profesionalizó acudiendo a lecturas como la de Bedoya y otras más, las cuales se constituyeron en obras fundamentales.[6]

   Por su parte José Julio Barbabosa, anota en sus Memorias:

(era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).[7]

CONTINUARÁ


[1] F. G. de Bedoya: Historia del Toreo, y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850.

[2] Vicente Pérez de Laborda: Historia de una Ganadería Navarra de Toros bravos en el siglo XIX de Tudela (Navarra)., p. 158 y 192.

[3] Alejandro Villaseñor y Villaseñor: Los condes de Santiago. Monografía histórica y genealógica.

[4] Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac): Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal desde 1885 hasta 1905.

[5] Bedoya: Historia del toreo…, op. cit., p. 339-340.

[6] Más adelante me ocuparé en otras entregas sobre temas como el siguiente: Las primeras lecturas taurinas llegadas a México desde España.

[7] Apuntes manuscritos de José Julio Barbabosa.

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NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. PRIMERA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Uno no debe conformarse con el hecho de que al haber escrito o indagado sobre tal o cual acontecimiento, se dan por hecho en forma sentenciosa las últimas apreciaciones sobre el sentido que adquiere el hecho histórico en cuanto tal. Para quienes profesamos la afición a los toros, y la apreciamos desde una perspectiva analítica que pasa por los diversos elementos de la interpretación histórica, estética o filosófica, descartamos la historia absoluta. Por tanto, debemos hacernos de los guiños necesarios de esa otra historia relativa, que nos permite entrar en un territorio de flexibilidades que además de todo, son mucho más congruentes con la realidad.

   Esta introducción a modo de preludio me permite entrar al generoso territorio que me han cedido los responsables de la apreciada publicación “Los sabios del toreo”, con objeto de manifestarles en forma orgullosa el hecho de venir a ofrecerles algunos de los pasajes históricos de mayor relevancia que han consolidado el devenir de la fiesta de toros en México, cercana ya, a los quinientos años, que habrán de cumplirse en el no ya tan lejano año de 2026.

   Un hecho por demás significativo es no sólo reflexionar, sino re-pensar la historia a partir de la posibilidad de también re-plantearnos nuevos escenarios, no siempre los que por muchos años han sido tomados como referencia y vistos, no podía ser de otra forma, como auténticos dogmas, los cuales han empañado el horizonte de la creencia sobre lo que fue o significó aquel período por demás rico en matices y circunstancias.

   Sabemos ya, a fuerza de tanto decirlo y escribirlo, que el 24 de junio de 1526 es la fecha que queda establecida como la génesis del toreo en México tras la llegada del infructuoso viaje que llevó a cabo por meses el capitán general Hernán Cortés a las Hibueras. El extremeño refiere al Rey Carlos V en su “quinta carta-relación” el hecho de que en aquella ocasión se “corrieron ciertos toros…”

   Y en aquellas circunstancias ¿a los ojos de Cortés que eran esos “ciertos toros”?

   Entre la multitud de elementos que los hispanos dispusieron en su viaje de conquista, pensando en el hecho de no volver más a su patria, debieron estimar diversos elementos para dar continuidad a los procesos de vida cotidiana que fortalecieran por tanto usos y costumbres en plena convivencia con las culturas indígenas que en conjunto, se asimilaron y amalgamaron.

   Fue en el segundo viaje del almirante genovés, el de 1493 y en noviembre cuando llegó a la isla de la Dominica “todo género de ganado para casta” como lo apunta Enrico Martínez en su Repertorio de los tiempos e historia de Nueva España (1606). Y el término “para casta” fue manejado con el sentido de explicar que aquel género de ganado” serviría simple y llanamente para la reproducción. Para esos ganados hubo controles muy rigurosos y se trataba de establecer formas y medios con que utilizarlos debidamente en tanto no se dieran procesos de colonización que se concretaron en las primeras encomiendas.

   Hacia 1512, al fundarse en la isla de Cuba la ciudad de Baracoa, Hernán Cortés sigue, con mayor éxito que en la Española (Santo Domingo), sus pacíficas tareas de escribano y granjero. Emprende paralelamente el cultivo de la vid, cría vacas[1] y toros, ovejas y yeguas; explota minas de oro y se entrega al comercio.

   En 1526 Hernán Cortés revela un quehacer que lo coloca como uno de los primeros ganaderos de la Nueva España, actividad que se desarrolló en el valle de Toluca. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Por lo tanto, los “ciertos toros” pudieron ser resultado de una elección rigurosa de algunas cabezas de ganado con apariencia semejante a la de los toros que se corrían y alanceaban con frecuencia en las plazas públicas a donde de seguro Cortés y sus huestes acostumbraron su afición antes de emprender el viaje de navegación que los trajo por primera vez a estas tierras en 1519. Lo anterior, permite advertir que por 1521, Gregorio de Villalobos, otro de los integrantes de aquel grupo de conquistadores, realizaba actividades de introducción de ganados mayores por los rumbos del actual estado de Tabasco. La movilización de aquellas primeras puntas de vacas o toros pudieron ser el detonante de una pretendida reproducción que bien pudo solventar las necesidades de consumo entre los españoles mismos, con el consiguiente control que habría en su manutención y matanza respectivas. Lo anterior, debido expresamente a la limitación que por esos primeros años representaba el hecho de que el ganado se dispersara o no se contase con el control que luego, los hacendados aplicarían sujetos a la legislación del caso.

   Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidas en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco.

   Es a Gutiérrez Altamirano a quien se le atribuye, haber traído las primeras reses con las que se formó Atenco, la más añeja de todas las ganaderías “de toros bravos” en México, cuyo origen se remonta al 19 de noviembre de 1528, la cual se conserva en el mismo sitio  hasta nuestros días y ostenta de igual forma, con algún cambio en el diseño el fierro quemador de la peculiar.[2]

FIERRO QUEMADOR ORIGINAL DE ATENCO

Primer fierro quemador utilizado en Atenco.

   Sin embargo, la creencia de que Gutiérrez Altamirano trajo “doce pares de toros y de vacas” con pie simiente navarro para establecer el origen mismo de la casta española en tierras del valle de Toluca es uno de esos dogmas que han perjudicado el curso de la historia taurina de México. En mi tesis doctoral denominada: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”[3] pretendo aclarar lo siguiente:

   Al adentrarse en la historia de una ganadería tan importante como Atenco, el misterio de los “doce pares de toros y de vacas”[4] con procedencia de la provincia española de Navarra y que Nicolás Rangel lo asentó en su obra Historia del toreo en México,[5] es imposible aceptarla como real. El mucho ganado que llegó a la Nueva España debe haber sido reunido en la propia península luego de diversas operaciones en que se concentraban cientos, quizás miles de cabezas de ganado llegados de más de alguna provincia donde el ciclo de reproducción permitió que se efectuara el proceso de movilización al continente recién descubierto. Claro que una buena cantidad de cabezas de ganado murieron en el trayecto, lo cual debe haber originado un constante tráfico marítimo que lograra satisfacer las necesidades de principio en la América recién conquistada y posteriormente colonizada.

   De siempre ha existido la creencia de que Atenco es la ganadería más antigua. Efectivamente lo es puesto que se fundó el 19 de noviembre de 1528 pero no como hacienda de toros bravos.

   Seguramente la crianza del toro per se tiene su origen en el crecimiento desmesurado de las ganaderías que hubo en la Nueva España al inicio de la colonia.

   Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652,[6] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo habitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

   Lo que sí es un hecho, luego de diversos análisis es que fue hasta el siglo XVIII en que se asentó con toda posibilidad un hato de procedencia navarra, como veremos en nuestra siguiente entrega.

COLECCIÓN JFCU

CONTINUARÁ


[1] Antiguamente, referirse a las vacas era generalizar -en cierto sentido- al ganado vacuno, ya que sólo se hablaba de la posesión de los vientres. Por añadidura estaban los machos que, como elemento de reproducción no podía faltar en una ganadería.

[2] Existen trabajos donde se muestran los fierros quemadores de ganaderías del Valle de Toluca, registrados ante escribano real a fin del siglo XVII.

[3] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. 251 p. + 927 de anexos.

[4] Acaso habría que plantear si dentro de la intensa labor de evangelización, fue necesario establecer una figura en el grupo no de “doce pares de toros y de vacas”, sino de los “doce apóstoles” aspecto del que me ocupo en mi tesis doctoral.

[5] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México, 1521-1821. México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots., p. 10.

[6] 3 de septiembre de 1652, por motivo del cumpleaños del virrey Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste, y con toros, que “se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada”, provincial de la orden de la Merced.

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