TAUROMAQUIA: ENTRE EL PASADO y LA MODERNIDAD.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Entre los afanes que los historiadores deben procurarse, hay uno que es fundamental de suyo: seguir buscando razones que definan la razón de ser del hombre. Ya lo dijo Edmundo O´Gorman: “El pasado nos constituye”. En ese sentido, en reciente entrevista a Roger Bartra, que se publicó en El País, edición del 13 de septiembre de 2015, p. 8-9, el reconocido antropólogo nos confirma –al preguntársele directamente su definición sobre México- que: “Yo diría que es indefinible. Es un país lleno de contradicciones, de estratos antiguos que coexisten con formas modernas y hasta posmodernas, un conglomerado caótico de distintas épocas”. Esta es apenas, una pequeñísima porción de tan interesante entrevista, formulada por el periodista Pablo de Llano.

   Por estos días, en que rememoramos un aniversario más de nuestra independencia, ese telón de fondo ha servido para exacerbar los desacuerdos manifestados por una sociedad cada vez más cohesionada, por ejemplo en redes sociales (destaca aquí la presencia mayoritaria de jóvenes), y todo ello para cuestionar al estado con motivo de sus pésimas actuaciones o decisiones, por lo menos las que corresponden al sexenio que transcurre (el que inició en 2012 y concluirá en 2018).

   De un tiempo a esta fecha, ya no somos los mismos. Como sociedad quizá ya hemos alcanzado otro nivel de madurez, o quizá se ha dado un paso atrás, eso no lo sabemos bien a bien, sobre todo por el hecho de que buena parte de nuestras sociedades están sometidas al imperio del mundo globalizado. Bartra nos ayuda a entender esto cuando plantea, desde la abierta visión latinoamericana que en ese sentido “El capitalismo tardío está sufriendo importantes mutaciones. La modernidad está mutando y no sabemos hacia dónde. La globalización es una globalización llena de grietas, y eso se padece especialmente en América Latina, donde partes de la sociedad viven inmersas en la posmodernidad y otras continúan en otro siglo”.

   Es quizá, por estas razones que nos encontremos en riesgo de que se consolide una “generación perdida”, a pesar de que pueda mantenerse tan vigente como lo considere, por el solo hecho de su adhesión a estos nuevos y galopantes mecanismos virtuales que día a día no solo se producen. También se asimilan con sorprendente facilidad. Pero el hecho es que “condenados por el imperio de la modernidad o la postmodernidad”, por otro lado se estén perdiendo valores esenciales de todo tipo, mismos que le confieren al ser humano identidad, sin más.

   Si el telón de fondo –es decir, la formación del nuevo estado-nación que es México desde comienzos del siglo XIX- representó la emancipación respecto de España, la cual impuso su predominio por tres siglos, esto indica que desde aquellos momentos pretendimos seguir una ruta que permitiera alcanzar la madurez. Incluso, nos dejamos llevar por un modelo extralógico: la independencia norteamericana, pero dicha nación, formada bajo otro concepto, se adelantó a nuestros propósitos poco más de 30 años, de ahí que se idealizaran muchas aspiraciones libertarias. Retomando el asunto, se creería que al independizarse México, ya no existirían evidencias de un pasado colonial, sino que se reivindicaba el pretérito indígena, lo cual sucedió en muchos casos, pero no en todos. A partir de consumada la independencia, la impronta del mestizaje hizo acto de presencia, con lo que fue inevitable no reconocer el maridaje que resultó de la convivencia entre el padre español y la madre indígena. En medio de todos aquellos componentes, se encuentra la tauromaquia, misma que se ha conservado hasta nuestros días, enfrentando, como es natural, un fuerte cuestionamiento que ponderan ideologías y sociedades modernas, unidades inmensas que ignoran o pretenden ignorar el pasado, espacio temporal donde distintas culturas en medio de su más absoluta heterogeneidad, intentaron concentrarse con vistas a homogeneizar, en la medida de lo posible una nueva representación social conferida en los novohispanos, que luego pasaron a ser, desde principios del siglo XIX y hasta este aquí y ahora los mexicanos en cuanto tal.

   Teorizar, o intentar teorizar ese fenómeno de cohesión para luego explicar o justificar la puesta en escena de la corrida de toros, precisa acercarse a la identificación más plena y sencilla de nuestras raíces, de ese criollismo contestatario que luego maduró en nacionalismo sediento de libertad pero que no se concretó en el XIX, y que puede apreciarse en el maravilloso estudio –hoy debería ser lectura obligadísima-: México. El trauma de su historia de nuestro bien recordado Edmundo O´Gorman.

MÉXICO EL TRAUMA DE SU HISTORIA

Edmundo O´Gorman: México. El trauma de su historia. México, Universidad Nacional Autónoma de México (Coordinación de humanidades), 1977. XII-119 p.

   Por todo lo anterior, me remito, en este caso, a evocar un dato que le da consistencia como dirían algunos calificando al toreo como “vestigio” o “malformación heredada” luego de que “fuimos sometidos” por los españoles. Por tanto, he encontrado en el Boletín Bibliográfico, de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en una de sus ediciones del ya lejano mes de septiembre de 1955, la reproducción en varios fragmentos, del reconocido libro de D. Luis Castillo Ledón: “HIDALGO”. Avanzada su lectura, se cruza uno con lo siguiente:

   Para 1810, y ya consolidada la acción que detonaría en el Curato de la Congregación de los Dolores (hoy estado de Guanajuato), se sabe que, para esos días de septiembre de 1810, se encontraba entre aquel grupo de conjurados tanto Ignacio Allende como Juan Aldama.

   [El viernes 7]… a las once del día, salieron Allende y Aldama [con objeto de apremia a Hidalgo a que se diese cuanto antes el grito de independencia, puesto que todo había presumir que ya no tendrían reposo ni seguridad…], a los ojos de todo el mundo, dirigiéndose al rastro de la población, con el pretexto de colear unos toros, cosa que efectivamente hicieron, y entrada la noche continuaron para San Miguel.

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Platón de cerámica vidriada, siglo XIX. Museo Nacional de Historia. Tal pieza, pero sobre todo su producción podría quedar remontada a mitad del siglo XIX, con lo que la escena allí plasmada se convertiría en fiel reflejo de lo que sucedía en el ámbito rural, no solo en esos momentos, sino más atrás. El toro que monta este intrépido caballero nos permite entender que no se trata de un toro criollo. Su fenotipo define ya ciertas características del que seguramente se lidiaba con frecuencia en las plazas.

   Hasta aquí Castillo Ledón.

BOLETÍN BIBLIOGRÁFICO43_15.09.1955_p. 1 y 7

   A lo que se ve, es que, entre lance y lance con vistas a obtener la anhelada libertad estos dos personajes se dieron tiempo para demostrar y afirmar sus capacidades, las que dominarían en el entorno rural, y que en esos momentos se tornó urbano. Meses más adelante, es posible que siguieran dejando muestra de sus muy cabales demostraciones que se constituyeron en una más de esas formas identitarias entre aquellos que vivieron en forma contundente la transición del ser novohispanos, para convertirse en mexicanos.

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