NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. PRIMERA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Uno no debe conformarse con el hecho de que al haber escrito o indagado sobre tal o cual acontecimiento, se dan por hecho en forma sentenciosa las últimas apreciaciones sobre el sentido que adquiere el hecho histórico en cuanto tal. Para quienes profesamos la afición a los toros, y la apreciamos desde una perspectiva analítica que pasa por los diversos elementos de la interpretación histórica, estética o filosófica, descartamos la historia absoluta. Por tanto, debemos hacernos de los guiños necesarios de esa otra historia relativa, que nos permite entrar en un territorio de flexibilidades que además de todo, son mucho más congruentes con la realidad.

   Esta introducción a modo de preludio me permite entrar al generoso territorio que me han cedido los responsables de la apreciada publicación “Los sabios del toreo”, con objeto de manifestarles en forma orgullosa el hecho de venir a ofrecerles algunos de los pasajes históricos de mayor relevancia que han consolidado el devenir de la fiesta de toros en México, cercana ya, a los quinientos años, que habrán de cumplirse en el no ya tan lejano año de 2026.

   Un hecho por demás significativo es no sólo reflexionar, sino re-pensar la historia a partir de la posibilidad de también re-plantearnos nuevos escenarios, no siempre los que por muchos años han sido tomados como referencia y vistos, no podía ser de otra forma, como auténticos dogmas, los cuales han empañado el horizonte de la creencia sobre lo que fue o significó aquel período por demás rico en matices y circunstancias.

   Sabemos ya, a fuerza de tanto decirlo y escribirlo, que el 24 de junio de 1526 es la fecha que queda establecida como la génesis del toreo en México tras la llegada del infructuoso viaje que llevó a cabo por meses el capitán general Hernán Cortés a las Hibueras. El extremeño refiere al Rey Carlos V en su “quinta carta-relación” el hecho de que en aquella ocasión se “corrieron ciertos toros…”

   Y en aquellas circunstancias ¿a los ojos de Cortés que eran esos “ciertos toros”?

   Entre la multitud de elementos que los hispanos dispusieron en su viaje de conquista, pensando en el hecho de no volver más a su patria, debieron estimar diversos elementos para dar continuidad a los procesos de vida cotidiana que fortalecieran por tanto usos y costumbres en plena convivencia con las culturas indígenas que en conjunto, se asimilaron y amalgamaron.

   Fue en el segundo viaje del almirante genovés, el de 1493 y en noviembre cuando llegó a la isla de la Dominica “todo género de ganado para casta” como lo apunta Enrico Martínez en su Repertorio de los tiempos e historia de Nueva España (1606). Y el término “para casta” fue manejado con el sentido de explicar que aquel género de ganado” serviría simple y llanamente para la reproducción. Para esos ganados hubo controles muy rigurosos y se trataba de establecer formas y medios con que utilizarlos debidamente en tanto no se dieran procesos de colonización que se concretaron en las primeras encomiendas.

   Hacia 1512, al fundarse en la isla de Cuba la ciudad de Baracoa, Hernán Cortés sigue, con mayor éxito que en la Española (Santo Domingo), sus pacíficas tareas de escribano y granjero. Emprende paralelamente el cultivo de la vid, cría vacas[1] y toros, ovejas y yeguas; explota minas de oro y se entrega al comercio.

   En 1526 Hernán Cortés revela un quehacer que lo coloca como uno de los primeros ganaderos de la Nueva España, actividad que se desarrolló en el valle de Toluca. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Por lo tanto, los “ciertos toros” pudieron ser resultado de una elección rigurosa de algunas cabezas de ganado con apariencia semejante a la de los toros que se corrían y alanceaban con frecuencia en las plazas públicas a donde de seguro Cortés y sus huestes acostumbraron su afición antes de emprender el viaje de navegación que los trajo por primera vez a estas tierras en 1519. Lo anterior, permite advertir que por 1521, Gregorio de Villalobos, otro de los integrantes de aquel grupo de conquistadores, realizaba actividades de introducción de ganados mayores por los rumbos del actual estado de Tabasco. La movilización de aquellas primeras puntas de vacas o toros pudieron ser el detonante de una pretendida reproducción que bien pudo solventar las necesidades de consumo entre los españoles mismos, con el consiguiente control que habría en su manutención y matanza respectivas. Lo anterior, debido expresamente a la limitación que por esos primeros años representaba el hecho de que el ganado se dispersara o no se contase con el control que luego, los hacendados aplicarían sujetos a la legislación del caso.

   Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidas en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco.

   Es a Gutiérrez Altamirano a quien se le atribuye, haber traído las primeras reses con las que se formó Atenco, la más añeja de todas las ganaderías “de toros bravos” en México, cuyo origen se remonta al 19 de noviembre de 1528, la cual se conserva en el mismo sitio  hasta nuestros días y ostenta de igual forma, con algún cambio en el diseño el fierro quemador de la peculiar.[2]

FIERRO QUEMADOR ORIGINAL DE ATENCO

Primer fierro quemador utilizado en Atenco.

   Sin embargo, la creencia de que Gutiérrez Altamirano trajo “doce pares de toros y de vacas” con pie simiente navarro para establecer el origen mismo de la casta española en tierras del valle de Toluca es uno de esos dogmas que han perjudicado el curso de la historia taurina de México. En mi tesis doctoral denominada: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”[3] pretendo aclarar lo siguiente:

   Al adentrarse en la historia de una ganadería tan importante como Atenco, el misterio de los “doce pares de toros y de vacas”[4] con procedencia de la provincia española de Navarra y que Nicolás Rangel lo asentó en su obra Historia del toreo en México,[5] es imposible aceptarla como real. El mucho ganado que llegó a la Nueva España debe haber sido reunido en la propia península luego de diversas operaciones en que se concentraban cientos, quizás miles de cabezas de ganado llegados de más de alguna provincia donde el ciclo de reproducción permitió que se efectuara el proceso de movilización al continente recién descubierto. Claro que una buena cantidad de cabezas de ganado murieron en el trayecto, lo cual debe haber originado un constante tráfico marítimo que lograra satisfacer las necesidades de principio en la América recién conquistada y posteriormente colonizada.

   De siempre ha existido la creencia de que Atenco es la ganadería más antigua. Efectivamente lo es puesto que se fundó el 19 de noviembre de 1528 pero no como hacienda de toros bravos.

   Seguramente la crianza del toro per se tiene su origen en el crecimiento desmesurado de las ganaderías que hubo en la Nueva España al inicio de la colonia.

   Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652,[6] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo habitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

   Lo que sí es un hecho, luego de diversos análisis es que fue hasta el siglo XVIII en que se asentó con toda posibilidad un hato de procedencia navarra, como veremos en nuestra siguiente entrega.

COLECCIÓN JFCU

CONTINUARÁ


[1] Antiguamente, referirse a las vacas era generalizar -en cierto sentido- al ganado vacuno, ya que sólo se hablaba de la posesión de los vientres. Por añadidura estaban los machos que, como elemento de reproducción no podía faltar en una ganadería.

[2] Existen trabajos donde se muestran los fierros quemadores de ganaderías del Valle de Toluca, registrados ante escribano real a fin del siglo XVII.

[3] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. 251 p. + 927 de anexos.

[4] Acaso habría que plantear si dentro de la intensa labor de evangelización, fue necesario establecer una figura en el grupo no de “doce pares de toros y de vacas”, sino de los “doce apóstoles” aspecto del que me ocupo en mi tesis doctoral.

[5] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México, 1521-1821. México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots., p. 10.

[6] 3 de septiembre de 1652, por motivo del cumpleaños del virrey Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste, y con toros, que “se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada”, provincial de la orden de la Merced.

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