NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. SEGUNDA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

 POR; JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Como recordarán, en la entrega anterior se hizo la observación sobre el dato que contrasta con lo dicho por Nicolás Rangel, mismo que apareció en uno de los números de El Arte de la Lidia, de 1887:

 LAS GANADERÍAS: ATENCO.

   La muy acreditada ganadería de Atenco, existente en el estado de México, se debe al conde de Santiago, desde el siglo pasado, que por su cuenta se trajeron de España, procedentes de la provincia de Navarra, los primeros doce pares de machos y hembras, siendo la segunda remesa de cincuenta pares. (…)

SERVOLINI

   Para sorpresa de algunos y asombro de otros, debo apuntar que a partir de 1884, comenzó a circular en la capital de la república mexicana un periódico taurino, el primero que hubo en la ciudad, y cuyo director fue Julio Bonilla “Recortes”. Su nombre es reflejo y espejo de otro que circuló en los mentideros taurinos españoles durante los últimos quince años del siglo XIX, por lo que las coincidencias son evidentes. Sólo que con este último, la diferencia estriba en la riqueza iconográfica de las múltiples cromolitografías que enriquecieron sus páginas, muchas de ellas surgidas de la mano prodigiosa de Daniel Perea, en tanto que la publicación mexicana se concretaba a dar noticias sin ir más allá del simple registro pero sin contar en sus páginas con opiniones de fondo. Desapareció a comienzos del siglo XX.

   Pues bien, la sorpresa invadió mi quehacer, y en el afán de confirmar el dicho, fui a consultar diversos documentos que ahora pongo a la disposición, pero que también someto a discusión. Entre esas fuentes se encuentran las obras de F. G. de Bedoya,[1] la de Vicente Pérez de Laborda Villanueva[2] y finalmente la de Alejandro Villaseñor y Villaseñor.[3]

   ¿A cuál de los condes que manejaron o administraron la hacienda de Atenco durante el siglo XVIII se refiere Servolini?

   Debe tratarse del sexto conde de Santiago, Juan Javier Joaquín Altamirano Y Gorráez Luna, Marqués de Salinas VII; Adelantado de Filipinas.

   Ahora bien, aunque la ganadería de Pérez Laborda surge hasta finales del siglo XVIII, y comienza a tener una intensa actividad al comenzar el XIX, sí en cambio existía la de don Antonio Ibarnavarro, mismo que en 1768 declaró poseer 120 vacas y 50 toros (con la que después seleccionó Felipe Pérez Laborda el pie de simiente para su propia ganadería).

   Casualmente, Antonio Ibarnavarro ya está vendiendo toros para las fiestas que se efectuaron en Pamplona hacia el año 1789, pagándosele 50 duros por toro y 30 por novillo. Ya en 1818, al formarse la sociedad Juan Antonio Lizaso-Felipe Pérez de Laborda, declara este último “que las Bacas [seleccionadas para formar aquella ganadería] son de las más antiguas y mejor casta que se encuentran en el país”. También debe apuntarse que Juan Antonio Lizaso formó sociedad con don Francisco Guendulain en los últimos años del décimo octavo siglo, que terminó disolviéndose al comenzar el siglo XIX. En las postrimerías del XVIII, Guendulain compra a su vez un lote de ganado a don Antonio Lecumberri que formó con bastante buena suerte una ganadería con toros de la región, trayéndole muy buenos resultados, tal y como lo hizo también Zalduendo de Caparroso y Arnedo, toros que se corrían en todas las fiestas de Pamplona y Zaragoza.

CARTEL_07-14.02.1869_AMECAMECA_ATENCO

Cartel de festejos celebrados en Amecameca, México en febrero de 1869.

   Así que tanto Antonio Ibarnavarro, como Antonio Lecumberri, antes que Lizaso-Pérez Laborda, Guendulain y Zalduendo, son los dueños que tienen establecida una ganadería en la región vasca, y con aquellos toros y vacas las formaron entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, como también pudo ocurrir con el sexto conde de Santiago de Calimaya, que, probablemente entró en negociaciones no tanto con Sánchez Laborda, sino con Ibarnavarro o con Lecumberri.

   No se sabe si cuando Felipe Pérez Laborda, al finalizar la guerra de independencia en España, al evitar cierto inconveniente en la afinidad de sangre, fue eliminando hasta 38 vacas y entre 7 y 8 sementales de la ganadería de Ibarnavarro, hasta dar con lo que después fue su pie de simiente fundacional. La guerra de independencia concluyó en 1814. No perdamos de vista ese “desecho”, si lo podemos considerar también como parte de la “segunda remesa”, formada por otros cincuenta pares, pero que no se menciona si llegaron a la hacienda atenqueña. Desde luego, todo desecho es condenado al matadero.

   Otro asunto que destaca aquí, es que en cuanto Servolini refiere las características del ganado de Atenco, tan afín al de Pérez Laborda, no lo hace tomando en cuenta la propia experiencia de dicho ganado en las plazas mexicanas de mediados del siglo XIX. Se apoya en lo anotado por Bedoya, libro que ya circulaba en México hacia 1882, según afirma el periodista Carlos Cuesta Baquero.[4]

 TOROS DE LA SEÑORA VIUDA DE PÉREZ LABORDA (TUDELA NAVARRA)

     A propósito hemos dejado esta ganadería para semblazarla después que a las demás de Navarra [refiriéndose, desde luego a los toros de Guindulain y de Zalduendo], porque los toros que de ella proceden, tienen además de las cualidades comunes a los toros bravos, otra tan especial, que merece se haga de ella particular mención. Parece excusado analizar la condición de estas reses cuando desde luego confesamos que son las mejores de todas las castas conocidas hoy en aquel país: bravura, dureza, juego, ligereza y todas las demás dotes que constituyen el verdadero mérito de un ganado, todas las poseen estos toros, y además la particular de vérseles llorar cuando se consienten muertos de la estocada, y no pueden coger al lidiador. Ciertamente que esto acredita su bravura, pero no es esta la última prueba que dan de sus bríos; en los momentos de expirar no buscan terreno para echarse, al contrario, se engarrotan, digámoslo así, y en pie exhalen el último aliento. Es todo cuanto en honor de la verdad podemos decir en obsequio de la primer ganadería de España, cuyo título no creemos se lo dispute nadie, tratándose de toros puramente bravos.[5]

   Si el colaborador de El Arte de la Lidia al describir a los toros atenqueños lo hace con conocimiento de causa, y si encuentra semejanzas entre estos y los de Pérez Laborda, no se trata más que de una mera coincidencia que reúne condiciones de juego que entre unos y otros terminan siendo iguales.

   Destaca por otro lado características de pelaje y juego, así como el apunte anecdótico que da a la nota un interés particular.

   Sin embargo, ¿se gana algo al pretender desviar la afirmación rangeliana?

   Podría decir que cambia el espacio temporal y se agrega un nuevo valor con relación a la segunda remesa. También de que su semejanza con los toros de Pérez Laborda es tan cercana, que de alguna manera termina haciéndolos “hermanos” de raza y casta.

   Ante todo lo anterior se puede concluir que se trata de un novedoso argumento, débil en su solidez, si no olvidamos que en 1884 y 1898, Un corresponsal del propio semanario El Arte de la Lidia y José Julio Barbabosa, ganadero de Santín decían de Atenco respectivamente lo que sigue:

   Cierta tarde, allá por noviembre de 1884, los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina andaban haciendo ruido por Toluca, quien reseña la corrida lo hace en estos términos:

Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre en la República (…)

“Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

   Como se ve, este párrafo es una réplica casi exacta de la apreciación hecha por F. G. de Bedoya, lo que indica primero, que era una lectura recién conocida por algunos periodistas de aquella época, cuyo quehacer comenzaba a cimentarse a partir de la llegada de diversos libros provenientes de España, justo en momentos en los que la tauromaquia comienza a tomar rumbos más definidos. Por otro lado, existía la necesidad de mostrar panoramas diferentes que enfrentaran y cuestionaran el predominio de un espectáculo detentado por diestros “aborígenes” que hicieron de su quehacer una auténtica demostración de control regional, misma que no evolucionaba. Antes al contrario. Se reducía a un círculo vicioso que, aunque seguía siendo del gusto de muchos espectadores, pronto hubo necesidad de modificar esa condición consiguiendo la escala de aficionados mismos que se separan de los públicos asistentes a las plazas de toros. Con la consolidación e integración de este espectáculo público –sobre todo en la ciudad de México, y a partir de 1887-, maduraron plenamente aquellos propósitos establecidos por la prensa que también se profesionalizó acudiendo a lecturas como la de Bedoya y otras más, las cuales se constituyeron en obras fundamentales.[6]

   Por su parte José Julio Barbabosa, anota en sus Memorias:

(era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).[7]

CONTINUARÁ


[1] F. G. de Bedoya: Historia del Toreo, y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850.

[2] Vicente Pérez de Laborda: Historia de una Ganadería Navarra de Toros bravos en el siglo XIX de Tudela (Navarra)., p. 158 y 192.

[3] Alejandro Villaseñor y Villaseñor: Los condes de Santiago. Monografía histórica y genealógica.

[4] Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac): Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal desde 1885 hasta 1905.

[5] Bedoya: Historia del toreo…, op. cit., p. 339-340.

[6] Más adelante me ocuparé en otras entregas sobre temas como el siguiente: Las primeras lecturas taurinas llegadas a México desde España.

[7] Apuntes manuscritos de José Julio Barbabosa.

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