NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. TERCERA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hasta aquí tenemos idea más clara y general del origen y desarrollo que tuvo la ganadería en México durante los primeros años de colonización como durante el período virreinal hasta alcanzar el siglo XIX, mismo que considero como el de la profesionalización, misma que logra en el año de 1887. Es de sobra conocido entre aficionados y lectores a los toros, el planteamiento expuesto por Nicolás Rangel acerca del pie de simiente con el que se formó la hacienda de Atenco desde la segunda mitad del siglo XVI. Argumentaba la incorporación de doce pares de hembras y machos que habían sido adquiridos en la provincia española de Navarra.

   Personalmente era difícil creer tesis tan arriesgada si entonces no estaba constituida ninguna hacienda ganadera, de modo profesional, tanto en la península como en la Nueva España. Tal cual ocurrió hasta fines del siglo XVIII con la de Aleas en España, y un siglo después en México con las de Atenco, Cazadero o Tepeyahualco, donde se estableció un esquema de actividades ganaderas muy concretas que afirmaron el concepto.

   Durante todo el virreinato ocurrieron infinidad de celebraciones cuyos registros son ricos en noticias, descripciones y relaciones de fiestas. Allí nos damos cuenta del alto valor que tuvo la presencia de algunas de las unidades de producción agrícola y ganadera destinadas ex profeso a la lidia. Incluyo a continuación dos cuadros, uno que refiere el comportamiento de los ganados durante buena parte del siglo XVIII y otra en que apreciaremos lo ocurrido con otras tantas durante el XIX.

CUADRO N° 1

    Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante el siglo XVIII o el XIX un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

 CUADRO N° 2

   Durante la segunda mitad del siglo XIX en México, junto a los nombres -clásicos- de Atenco, Santín, San Diego de los Padres, Parangueo, El Cazadero, Guanamé, Guatimapé, se unieron infinidad de ganaderías de extraña procedencia que lidiaron no solo en las cercanías del Distrito Federal (cuando seguía vigente el decreto de prohibición que, de 1867 a 1886 se impuso a las corridas de toros luego de que el Lic. Benito Juárez firmara la Ley de Dotación de Fondos Municipales, en 28 de noviembre de 1867) y en el interior del país. Hoy, muchos de esos nombres son absolutamente extraños, pues se desconoce si la procedencia de dichos ganados garantizaba el buen desarrollo de aquellas corridas efectuadas. Vienen a continuación los nombres de esas extrañas y curiosas

Ganaderías mexicanas.-San Simón, Mezquite Gordo, Salitre, Buenavista, Meztepec, Bramino de Arandas, Santa Cruz, Cercado de Bayas, Cuatro, Nopalapam, Jaral, San Francisco, Guaracha, Sauceda, Rosario, San Antonio, Calera, San Diego Xuchil, Ayala, Plan de la Barca, Bringas, Noria de Charcas, Hacienda de la H, San Isidro, San Gerónimo, San Cristóbal, Santa Rosa, San Clemente, Bachimba, Piedras Negras (del estado de Hidalgo), Comalco, Cila, Hacienda del Pastor, Palmarejo, Ramos, El Cabezón, Ocotengo, El Plan, Cruces, Jalpa, Atotonilco, El Refugio, Astillero, Coecillos, Ocotengo, Calderón, Santa Cruz del Valle, Santa Ana la Presa, Santa María todo el mundo, Pazurco, Trujillo, Enllejé, S. José Pala, San Antonio, Tlascolpam, Pedrera, del Pastor, Torreón de Cañas, El Canario, Huaracha, Tlahuililpa, La Goleta, Tascolpa, Molinos de Caballero (Fracc. de Atenco), Xajay o Zajay, El Cazadero, Queréndaro, San José del Carmen, San Cristóbal, Atongo, Tejustepec, La Cañada, San Jerónimo, El Salitre, Santín, Piedras Negras (¿Tlaxcala?), San Diego de los Padres, Santa Rita del Fuerte, Estancia de la Florida, Puruoagua, Hacienda de la Sierrita. Santín, Altonga, Guatimapé, La Sauceda, Palmarejo, Ocotengo, San Isidro, El Plan, Hacienda del Cabezón, Parangueo, Copal, Mezquite Gordo, Cazadero, Tenguedó, Cruces, Lobar de Guadalupe, Hacienda de Ramos, La Concepción, Uluapam, El Tulipan, Jalpa, El Águila, El Copal, Santa Lucía, Estancia Grande, Maravillas, San Pedro Piedra Gorda, Jalapilla, Monte Negro, El Cubo, Soledad, Arandas, Ortega, Cieneguilla, Guanamé, Venadero, San Tadeo, Naycha, Fortín, Espíritu Santo, El Fresno, Paramuén, La Huerta, Del Rincón, Atapaneo, Irapeo, Coapa, Zempoala, Andocutín, Santa Ana Chichicuautla, Mesa De Cartujanos, Zalduendo, Concha y Sierra, La Noria, Corral de Piedras, Casco de la Concepción, El Espejo, La Barranca…

   No nos queda la menor duda de que el impacto de la fiesta de toros en nuestro país llevó a muchos ganaderos, que de seguro tenían en sus potreros más ganado criollo que el apropiado para la lidia, prestarse a vender “encierros” a los toreros o empresarios que montaban espectáculos, sobre todo en el resto de la república. Si la intención de estos últimos no era muy saludable, y si los resultados tampoco se emparejaban con lo que generalmente ha sido el “logro de toda visión empresarial”: dar al público lo mejor, pues entonces nos encontramos ante un panorama nada favorable.

CONTINUARÁ.

 

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