NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. CUARTA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, se estableció en México a partir de 1887. En efecto, es muy atrevida tal afirmación, pero una serie de hechos ya revisados con mucho cuidado, me permiten afirmarlo sin asomo de duda.

   Buena parte del siglo XIX estuvo dominado por dos frentes de lucha: el que emprendió en forma solitaria el diestro gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, y luego ese otro fenómeno de independencia taurina, encabezado por un nutrido grupo de toreros quienes al poner en práctica el ejercicio tauromáquico, lo hicieron de forma por demás intuitiva y espontánea. Pero también ajena y no a los principios técnicos y estéticos que desplegó para bien o para mal el “patriarca” Gaviño.

   La prensa de la época, tanto los periódicos taurinos como los de noticias generales nos hablan de aquellos pasajes en donde la bandera de la patriotería ondeaba en medio del desconcierto más absoluto. Parece que el ardiente fervor estaba herido en el fondo por la presencia española, aquella que produjo el capítulo que he denominado “reconquista vestida de luces” que con sus métodos positivos y negativos también impuso sus reales para extirpar de una vez por todas las formas del quehacer nacionalista, encabezado por Ponciano Díaz y sus huestes, que defendieron a ultranza una posición amenazada. A propósito, dicha “reconquista” debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar en lo espiritual al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España. Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no sólo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados entre los últimos quince años del siglo XIX –tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz-, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento del primer y gran torero no solo mexicano, también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

   En los últimos años del siglo XIX, una serie de síntomas extraños comenzó a operar con tal velocidad, siendo el propio Ponciano el primero en resentirlos de manera violenta. Sucede que siendo un auténtico ídolo antes de su viaje a España, donde asumió el doctorado en tauromaquia (acontecimiento que ocurrió el 17 de octubre de 1889 en la plaza de toros de Madrid, alternando con Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”, en la lidia de toros del Duque de Veragua y Orozco), esto representaba una bofetada a las pasiones encendidas, lo que en otras palabras se entendía como una “traición al toreo nacional”. A su regreso –finales de 1889-, las cosas ya no fueron como antes. Empezó su rápido declive, y también la pérdida de popularidad que, para recuperarla tuvo que meterse a empresario. Los resultados no fueron nada agradables, pues presentando ganado de procedencia desconocida, ofreciendo un mal juego en lo general, le generaba severas reprimendas de la prensa, o ridiculizándole en caricaturas y feroces editoriales, donde lo que no se le dijo en su momento por devoción, se le dijo en otro por convicción, instándole a retractarse, cosa que no se consiguió.

   Algunos otros toreros mexicanos entendieron que ya no podía hacerse más, por lo que desaparecieron del panorama, o tuvieron que aliarse a la nueva situación. Pero también los españoles tenían lo suyo. Así como los hubo entregados a su oficio, los hubo deshonestos y abusivos. Del incidente del 16 de marzo de 1887, donde Luis Mazzantini protagonizó un escándalo mayor, debido en buena medida a los “pésimos toros” de Santa Ana la Presa. Terminada la corrida tuvo que salir de la plaza bajo el resguardo de la policía, evitando así más agresiones. Al llegar a la estación del ferrocarril, apresurando su salida del país, todavía vestido de luces, se quitó una zapatilla y sacudiéndola con desaire expresó: “¡De este país de salvajes, ni el polvo quiero…!” Sin embargo la prensa –quisquillosa que era-, respondió: “¡pero qué tal las bolsas de dinero!” Allí está el caso de Diego Prieto quien timó a más de un ganadero deseoso de mejorar su raza bovina…, con toros de desecho ofrecidos por “Cuatro dedos”.

   Este es, en parte, el estado que guarda la fiesta taurina en 1888, dejando de poner la debida atención a aspectos de la técnica y la estética que empiezan a tomar auge. Imposible dejar de mencionar el papel que jugaron los hacendados que se volvieron ganaderos y en fin, otro conjunto de cauces registrados en un año que reporta una de las actividades taurinas más intensas que se recuerden.

   El toreo habría de salvar muchas irregularidades entre las cuales, una desmedida pasión, como reflejo fanático de patrioterismo fue de los primeros aspectos atendidos para evitar su proliferación, con lo cual se atenuaría la desbocada atención de quienes siendo severos espectadores, se convirtieron en más o menos sensatos aficionados.

   Apuntaba párrafos atrás el papel que en la interpretación del toreo mexicano tuvo la prensa a lo largo del siglo XIX, por lo que dedico enseguida unos apuntes al respecto, sobre todo en lo referente a los últimos 15 años del siglo XIX, y que determinaron la serie de decisiones tomadas para definir nuevos criterios que hicieron suyos los aficionados taurinos en su totalidad, tan necesitados entonces de una guía específica y doctrinaria.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El arte de la lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla es nada menos que el representante de Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando los toreros ya citados en el primer punto.

   La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros más.

CONTINUARÁ.

GAVIÑO_LA MULETA_MAZZANTINI_P. DÍAZ

PIES DE FOTO:

1.-Vieja estampa del espada gaditano quien llegó a México en 1835, muriendo en 1886, víctima de una cornada. Aquí estableció órdenes técnicos puramente españoles los cuales a poco se eclipsaron con los mexicanos, en un mestizaje muy claro.

Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”. México, D.F., 29 de enero de 1943. Año I, N° 10.

2.-El otro Díaz, Ponciano también era elevado y considerado como un símbolo de la patria.

Fuente: Colección del autor.

3.-Luis Mazzantini y Eguía. (ca. 1897-1898).

Fuente: Colección Diego Carmona Ortega.

4.-Cabecera de la revista LA MULETA, Año I, Nº 13 del 27 de noviembre de 1887.

Fuente: Colección del autor.

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