FERMÍN ESPINOSA y LORENZO GARZA, IN MEMORIAM.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

A don Rafael Romero Sánchez, por recordarme el paso de estos dos grandes del toreo en México.

   Antes que pase inadvertida una doble efeméride, misma que amerita las notas de la presente colaboración, deseo recordar la vigencia de dos grandes matadores de toros mexicanos: Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza, quienes murieron el 6 y el 20 de septiembre de 1978 respectivamente. Por tanto, presento a continuación dos sencillos perfiles para dos grandes figuras que dieron sentido a la tauromaquia mexicana del siglo XX.

FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA”: FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO Y LORENZO GARZA, “SISMO Y ESTATUA” UN VERSO HUMANO HECHO TORERO.

   Hace treinta y siete años que Fermín Espinosa “Armillita” dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense cubre un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que propiamente perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez “Calesero”, Alfredo Leal, Jorge Aguilar “El Ranchero” o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, seguramente está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de “Armillita” a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de “El Lobo”. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama, aparentemente pesimista, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez “Cagancho”, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro y José González “Carnicerito” protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana en este siglo que culmina.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

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Anuario Taurino. 1945-46. Que resume los hechos más salientes de la última temporada. José Alameda asume la dirección técnica.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa “Armillita” con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo; es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde es ya solo un acontecimiento memorable que termina colocado perfectamente en los anaqueles de nuestra memoria.

   “Armillita” nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el favor de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   “Armillita” surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

ARMILLITA2Anuario Taurino. 1945-46. Que resume los hechos más salientes de la última temporada. José Alameda asume la dirección técnica.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser propiamente un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega “Joselito” aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio “Joselito” o “Gallito” quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   “Armillita” ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Solo cuatro cornadas, una de ellas en san Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó absolutamente del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro ”El Soldado”, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez “Calesero”, Fermín Rivera y Jorge Aguilar “El Ranchero”.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa “Armilla” constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los “Litri”, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los “Caleseros”, los Vázquez de san Bernardo.

ORLAS

 LORENZO GARZA, “SISMO Y ESTATUA” UN VERSO HUMANO HECHO TORERO.

   Apenas comenzábamos a asimilar la muerte de Fermín, cuando otro grande dejó de ser “ave de las tempestades” para convertirse en “ave fénix” y remontar el vuelo que como privilegiado tuvo también hacia la inmortalidad taurina. Lorenzo Garza fue llamado el 20 de septiembre de 1978. Había nacido en Monterrey el 14 de noviembre de 1908.

   Garza se convirtió, gracias a su peculiar personalidad en un torero del que no solo bastaba el ejercicio como lidiador. La afición en las épocas de su dominio, solía comentar que por el solo hecho de verle hacer el paseíllo, se daban por bien servidos: “el boleto quedaba pagado”. Otros esperaban una buena tarde para dejarse llevar por la emoción y quizá la mayoría, apenas en un suspiro podía volverle la espalda, abroncarlo -¡y de qué manera!- e incluso con la consecuencia de la cárcel, lugar que visitó algunas ocasiones.


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Lorenzo Garza altivo y orgulloso, recibiendo una condecoración. INAH-SINAFO, Cat. N° 16638.

   ¡Ese era Garza! Un diestro de pasta y solera pura, de los que ya no suele haber, porque desaparecieron aquellos toreros venidos desde el olvido, movidos por el hambre -corporal y espiritual- y además, porque se forjaron una personalidad propia, espontánea. Por ejemplo, Juan Silveti usaba un sombrero de ala ancha, bordado de fémures y calaveras que le asentaba muy bien en un medio que así como lo veía, así lo respetaba. Lorenzo se hizo de una personalidad arrolladora, despótica si cabe, pero personalidad que vestida de civil y por la calle arrancaba la admiración de todos. En la plaza, no podía ser la excepción.

   Entre su afortunada actuación del 3 de febrero de 1935 en el Toreo de la Condesa, plaza de sus mayores triunfos, alternando con Alberto Balderas que se fue a la enfermería luego de recibir una cornada en el primero de la tarde, y hasta su despedida, la tarde en que concede la alternativa a Manolo Martínez, sucesor en buena medida de esa “personalidad” que me he ocupado en comentar; Lorenzo Garza llenó un espacio nutrido de faenas memorables y escándalos salpicados de esa picaresca, que como todo buen actor supo representar.

   De la mencionada tarde del 3 de febrero de 1935 comenzó también un vínculo con Antonio Llaguno, ganadero de san Mateo quien encontró en Lorenzo al torero afín a sus toros, por lo que fue el favorito en la casa de los Llaguno, junto con Luis Castro “El Soldado” otro caso típico y semejante también al que ostentó Garza como torero.

   No es casualidad que los triunfos garcistas más destacados hayan ocurrido con toros de san Mateo, ganadería que se encontró felizmente con el avance técnico y estético, así como se dio cuando Rodolfo Gaona obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio en la recordada fecha del 23 de marzo de 1924. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

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Lorenzo, en actitud gallarda, listo para una gesta… o para un “mitin”. INAH-SINAFO, Cat. N° 517989.

   Los toros de san Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro y a esos niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura perfectamente diseñada y levantada al cabo de los años.

   Lorenzo Garza por su cuenta, al formar parte de esa generación emergente, luego trascendida en la “época de oro del toreo mexicano” pudo jugar un papel protagónico, fincado -con la capa-, en las manos bajas, muy bajas al ejecutar la “verónica” que “Gitanillo de Triana” supo descender a condición de imprimirle el sentimiento que su gitanería mandaba. El de Monterrey no fue ajeno a ese lema fundamental y lo realizó con gran maestría, superada por Jesús Solórzano o por Luis Castro, hasta ser rebasados nuevamente por el capote garcista, siempre en franca y leal, pero también desatada competencia a muerte entre ellos. Asimismo se cobijó a la sombra de la “gaonera”, lance que del mismo modo dominó a la perfección.

   Y cuando el clamor apenas se recupera para tomar respiro, Lorenzo se dispone ir al toro, para con su magistral estilo “pegarle” pases naturales, echando la pata pa´lante, marcando con ello una salida del toro por demás evidente. Palmas y olés encienden los tendidos pronto a convertirse en un santuario de locura.

   Ahora, paso a paso se va al toro, la muleta en la diestra y señores, mucha atención: el arte de la tauromaquia va a tener cante grande gracias al poderío de esa mano gobernada por el corazón y una inspiración que unidos mandaban plasmar pases a pies juntos, de costado, afarolados… En fin, el repertorio del garcismo estratégicamente atrapó a la afición entregada una vez más al gozo de compartir el triunfo, tras las estocadas fulminantes. En fin, la apoteosis.

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Garza, ¡inconfundible! INAH-SINAFO, Cat. N° 16464

   Pero Garza, el indescifrable Garza, si no quería estar de vena, a placer, por capricho o por miedo podía alterar todo el ambiente y en un santiamén dar un vuelco del triunfo a la tribulación, a la tempestad fuera de sí, con rumbo al precipicio, como aquella tarde del 19 de enero de 1947, apenas unos días después del triunfo con BUEN MOZO y AMAPOLO de Pastejé. Aquella tarde en que “Manolete” y Arturo Álvarez alternaban con “Lorenzo el magnífico”, veían entre sorprendidos y asustados como la plaza “México” virtualmente se venía abajo. La lluvia de cojines y otros proyectiles fue memorable. Anuncios que arrancados volaban sin orden ni concierto, luminarias de reclamo por aquí y por allá. Todos los gritos, todos los insultos eran para Garza, quien antes de la batalla, y empuñando el estoque se fue contra un aficionado que casi en su cara le lanzó el certero golpe de ofensa mayor. Lorenzo tuvo que ser escoltado por la guardia hasta la cárcel del Carmen, donde tras el pago de diez mil del águila de aquellos, salió rodeado por aficionados que lo acompañaron para perderse por las calles nocturnas de la ciudad.

   Como un personaje público, asistió a eventos sociales de altos vuelos, pero también cumplió con quien lo forjó: con el pueblo.

   También en España supo ser grande, quizás no como él mismo aspiraba (el “boicot del miedo”, la guerra civil y la cruda de este conflicto devenida en lenta recuperación no se lo permitieron). Sin embargo, sus hazañas novilleriles se consumaron en ruedos hispanos, al lado de su más acérrimo enemigo, Luis Castro. El anecdótico pasaje de las estocadas en la plaza de Madrid el año de 1934: una con pañuelo como engaño de por medio, por Luis “El Soldado”; la otra, con el corazón y nada más que el corazón de Garza dejaron un velo que las historias nos recuerdan en medio de las miradas amenazantes de uno y otro, hasta el límite de “mentarse la madre” mutuamente por lo que hicieron de esto una reñida competencia que con mucho, no volverá a darse. Al menos, en esa proporción.

   Y Garza se hizo viejo, arrastrando consigo los recuerdos de juventud y de la madurez adulta que todavía lo alcanzó peinando canas. Lorenzo, “sismo y estatua” verso humano que Alfonso Junco le prodigó en el CORRIDO A LORENZO GARZA del año 1943 con aquel: “Abran paso al vendaval…” como introducción, dejó para la tauromaquia mexicana y la universal también un estilo que no ha vuelto a repetirse (difícilmente los estilos entre los toreros, como entre los grandes artistas vuelven a darse, a menos que se trate de una mala copia).

   Esta contemplación nos permite entender en apenas un pequeño espacio, el imperio que forjaron dos grandes figuras del toreo mexicano: Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza a quienes rememoramos con gratitud. Desafortunadamente nunca les vimos torear, pero todos los testimonios que los comprenden: la prensa, el cine, la fotografía o la memoria de los viejos aficionados los conciben en un espacio solo reservado a seres humanos que trascienden y escalan el común de los mortales.

   Vaya pues nuestro reconocimiento a dos grandes hombres, dos grandes toreros:

 FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA”

Y

LORENZO GARZA

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