NUEVAS REVISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA DESDE EL SIGLO XXI. QUINTA PARTE.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

INTEGRACIÓN DE UN MOVIMIENTO INTELECTUAL UBICADO EN DIFERENTES TRIBUNAS PERIODÍSTICAS.

   No puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el “Sánchez de Neira”, o la de Leopoldo Vázquez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Se cuestiona Roque Solares Tacubac sobre la manera en por qué llegaron a las librerías todas aquellas publicaciones hispanas que fueron mencionadas párrafos atrás, y su respuesta la afirma en el hecho de que

En esa época hubo una floración en la literatura tauromáquica hispana y esa floración se esparció hasta la Hispanoamérica y por ende a la República Mexicana. La realidad consistió en que esas publicaciones llegaron a los anaqueles de las librerías y de allí a las manos de personas cultas y por consiguientes curiosas por leer. Así pasaron a los domicilios de estudiantes, profesionistas y periodistas, que las leyeron por curiosidad primeramente, pero luego ya con el interés de aleccionados en lo que habían ignorado las releyeron, las comentaron, y al hacerlo quedaron convertidos en verdaderos aficionados no en simples concurrentes a las corridas de toros.

   A esa pléyade cada día mayor porque lo aprendido lo enseñaba por la conversación, ya no fue posible hacerla integrante incondicional de nuestro nacionalismo taurino fundamentado en el odio ancestral al gachupín y en la hipotética superioridad del estilo de torear mexicano. Esa pléyade fueron los artilleros que manejaron los cañones constituidos por las publicaciones tauromáquicas y esos cañones estuvieron formando baterías emplazadas las posiciones campales de los toreros hispanos que después fueron arribando. Esos toreros ya tuvieron metralla con qué responder a los cacharrazos y botellazos que les lanzaban los todavía incondicionales nacionalistas taurinos, ya tuvieron razonamientos técnicos que oponer a los insultos, a las injurias, a las vejaciones. Ya no estuvieron aislados, solitarios, sino que tuvieron valerosos acompañantes, que de la conversación pasaron a la mayor publicidad y difusión sirviéndose del periodismo. Pocos meses después surgió en México el primer periódico taurino mexicano El Arte de la Lidia, hijo en cuanto al encabezado de aquel editado en España. Meses después de la aparición de ese periódico taurino hubo ya en la prensa política y noticiera las reseñas de las corridas de toros y apareció el segundo periódico taurino titulado El Correo de los Toros, escrito y editado por el Señor Don Pedro González Morua, tipógrafo en la imprenta del periódico Diario del Hogar, propiedad del conocido periodista señor Don Filomeno Mata.

   En seguida ya se generalizó la literatura taurina mexicana, recurriendo también a ella para defenderse los paladines de nuestro nacionalismo taurino, editando un periódico titulado La Sombra de Gaviño porque el célebre don Bernardo ya había fallecido trágicamente, a consecuencia de una cornada. El Pontífice entonces de nuestro nacionalismo taurino era Ponciano Díaz. Y también en la prensa política y noticiera hubo adalides defensores de aquel nuestro nacionalismo taurino y la contienda se entabló entre los mexicanos netos, según se calificaron los nacionalistas y los agachupinados, los chaquetas, según calificaron a los que aleccionados por los periódicos y libros tauromáquicos habían evolucionado hacia otro estilo de torear.

   Esa contienda plena de incidentes, de apasionamientos, de actividad, de vitalidad, igualmente por ambos bandos, duró cinco años, desde 1885 hasta 1890. Entonces, ya quedó completamente derrotado nuestro nacionalismo taurino fundamentado en el odio al gachupín y en la superioridad hipotética del estilo mexicano de torear.[1]

   Un referente de valor es el compendio denominado LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX,[2] antología preparada por Bibliófilos Taurinos de México en 1987, con motivo de los cien años de corridas de toros en la ciudad de México.

EL CENTRO TAURINO “ESPADA PEDRO ROMERO”, LAS OBRAS DE RAFAEL MEDINA.

   Este centro fue una institución que sesionaba en algún lugar de Tacubaya, hacia la última década del siglo XIX. Allí, se reunieron diversos personajes como Eduardo Noriega, Rafael Medina, Carlos Cuesta Baquero, Eduardo Hoffmann, entre otros, quienes en medio de acaloradas discusiones alrededor de la tauromaquia, entregaron también sus propias conclusiones, cuya memoria fue divulgada en periódicos y revistas de la época. De hecho, “Taurinas” se convirtió en un divertimento literario y no en el comunicado perfecto sobre la declaración de principios de este cenáculo. Sin embargo, las disecciones teóricas trascendieron gracias a su consistencia, gracias al espíritu de convencimiento que impusieron y se impusieron para aleccionar a una afición –“no en simple concurrencia a las corridas de toros”- como calificó en su momento Cuesta Baquero a esos grupos de asistentes a festejos taurinos que estuvieron privados durante mucho tiempo de la auténtica idea y formación que luego cuajó en el “aficionado” en cuanto tal. Dicha evolución pudo lograrse tras intensa labor comenzada desde 1887, y culminada años después con la presencia de estos encauzadores –refiriéndonos a los integrantes en pleno del Centro Taurino “Espada Pedro Romero”-, mismos que dejaron preparado el terreno para recibir de forma madura y consciente el siglo XX.

   No se trata de un grupo numeroso, pero sí selecto, cuya capacidad se reflejó en el amplio conocimiento, en una cultura ejemplar y una formación movida por su espíritu inquieto, todo ello en conjunto, razón suficiente para sacudir el viejo esquema que imperó durante cerca de 60 o 70 años, tiempo en el cual se intensificó el “nacionalismo taurino”, detentado en lo fundamental por Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz. Tal periodo –independientemente de su brillantez-, ocasionó estancamiento, un estancamiento de conveniencia favorable a estos dos diestros y a la “afición” o concurrencia, convencida de aquella forma de operar, la cual parecía estar segura de no encontrar obstáculos no tanto en su progreso, objetivo éste el menos prioritario. Sino a la manera en que debía mantenerse estable, sin motivos aparentes de alteración. Es sabida la intensidad, riqueza, invención y reinvención que operaron durante esos años hegemónicos en el toreo nacional, bajo la tutela tanto del gaditano como del atenqueño, aunque en su mayoría, al margen de los postulados teóricos, de los que México estuvo privado, no por desconocimiento (ya hemos visto la cantidad de Tauromaquias de José Delgado o de Francisco Montes que circularon en varias ediciones por aquel entonces) sino por conveniencia, vuelvo a reiterar. No era posible desentenderse o desvincularse de una estructura cuasi corporativa que dejaba buenos dividendos, quedándose eso sí, en un segundo término, la posibilidad laissez faire, de permitir la natural y urgente evolución y actualización de la tauromaquia, conforme a los últimos patrones de comportamiento experimentados en España, país del cual llegaron los dictados y fundamentos del toreo a pie a la usanza española en versión moderna, todo ello a partir de 1882, pero que se dejaron notar contundentes cinco años después, ocasionando, por consecuencia, el derrumbe de aquella anacrónica estructura levantada y defendida por Bernardo y por Ponciano, incluso hasta su muerte misma, ocurridas, la de aquél en 1886; la de este, en 1899.

   Por último, debo apuntar que el paso del Centro Taurino “Espada Pedro Romero” fue efímero, pero dejó escuela en el “Centro Taurino Potosino” que desde el centro del país, siguió impulsando la teoría durante buen número de décadas del siglo pasado.

 IMÁGENES

PERIODISMO

1.-El Dr. Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac, es parte central de operación en una época que sufre las más radicales sacudidas en pos de una mejor expresión del toreo en México. Ello sucede a partir de 1887.

Fuente: Colección del autor.

2.-Eduardo Noriega Trespicos, periodista y director del semanario La Muleta (publicada entre 1887 y 1889 en la ciudad de México).

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 18 de diciembre de 1942, Año I., Nº 4.

3.-Don Pedro González y Morúa, fundador, propietario, director y tipógrafo del periódico taurómaco “El Correo de los Toros”, segunda publicación taurina que hubo en la República Mexicana y apareció el domingo de Pascua de Resurrección del año 1887, cuando se inauguraron las plazas de toros “El Paseo” y “Colón”. González Morúa fue primeramente poncianista y después partidario de los toreros españoles, y este cambio de simpatías y gustos le ocasionó muchos disgustos y la destrucción de su imprenta.

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 15 de enero de 1943, Año I., Nº 8.

4.-¡VA POR USTEDES! BRINDIS DE PONCIANO DÍAZ.

Fuente: Lauro E. Rosell. Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la capital desde 1521 hasta 1936. Por (…) de la Sociedad Mexicana y Estadística, y del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935. 192 pp., fots., retrs. ils.

5.-GRAN COMPETENCIA EN LA PLAZA DE COLÓN, ENTRE REBUGINA Y EL MESTIZO, CON APUESTA DE DOS MIL DEL ÁGUILA. (Incluye un grabado de Manuel Manilla).

ORTA VELÁZQUEZ, Guillermo: Breve historia de la música en México. Prólogo de Juan Manuel Ortiz de Zárate. México, Librería de Manuel Porrúa, S.A., 1970. 495 PP. Ils., retrs., facs., p. 481.


[1] Cuesta Baquero: “Nuestro nacionalismo…”, op. Cit., p. 10-11.

[2] LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX (Antología). México, Socicultur-Instituto Nacional de Bellas Artes, Plaza & Valdés, Bibliófilos Taurinos de México, 1987. 222 p. facs., ils.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo ILUSTRADOR TAURINO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s