CELEBRAR LA FALSEDAD.

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Tercer festejo de la temporada 2015-2016. Plaza de toros “México”. Ganado, impresentable de Fernando de la Mora. Julián López “El Juli” y Octavio García “El Payo”, “mano a mano” (¡¡¿?!!).

   Durante los siglos coloniales, llegó un buen día severa medida que impuso la corona sobre sus colonias. Un virrey en turno, al leer aquel pliego no tuvo más palabras que estas: “Acátese pero no se cumpla”. Si me remito a un caso del pasado histórico y se percibe en el fondo un deliberado deslinde al no procurar certeza administrativa, se está frente al fraude, sin más. Hoy día, en la cosa taurina debo decir que lamentablemente estamos ante una autorregulación que alienta incumplimientos, desairando usos y costumbres, reglamentos, autoridades y las buenas intenciones por conseguir dar un buen espectáculo.

   Eso se repitió ayer domingo, una vez más, en la plaza de toros “México”.

   Por tal motivo quisiera expresarle a los señores Julián López Escobar y Octavio García González mi total desacuerdo por la actuación que desempeñaron, y que hasta en tanto no demuestren esas mismas capacidades frente a toros con edad, trapío, casta y bravura, lo demás será celebrar la falsedad.

   Ambos toreros, en medio de la confección de un descabellado cartel, que no cuadra con las circunstancias normalmente acostumbradas, pues un “mano a mano” se da, en forma natural cuando dos figuras entran en competencia y lo que queda es que sus virtudes se pongan a prueba, ahora sí, en un cartel de tamaña magnitud. No habiendo aquel motivo, un primer reflejo se percibió en el hecho de que no fueron capaces de llenar el coso de Insurgentes, como era de esperarse en semejante novedad.

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Transcurría ya la lidia del cuarto de la tarde…

Pero ni “El Juli” ni “El Payo”, con sus respectivas administraciones están solos. También formaron parte de este megafraude la empresa, el ganadero, las autoridades (jueces y delegación política “Benito Juárez”), una prensa parcial…, y el colmo también el público asistente, quienes no fuimos capaces de levantar la voz hasta el punto de un reclamo que para estos momentos, estaría cimbrando el ambiente taurino. Pero como se ve, nada malo pasó, por lo que las cosas siguen y seguirán tan a su aire…

   El día de ayer, acudió a la plaza un sector muy amplio de aficionados en potencia, que no lo son propiamente dicho, pues para ello requieren formarse una tarde sí y otra también hasta entender a profundidad la razón de la tauromaquia. Pero en su afán de conocer, se acercaron al coso capitalino. Supongo que lo habrán hecho con curiosidad, pero llevarse esa impresión, la de un espectáculo que olía a corrupción (o es que ni siquiera pudieron darse cuenta de tal circunstancia), los habrá puesto ante el predicamento de volver o no volver, con eso de que también el precio de las entradas ya es otro, bastante caro por cierto, a pesar de que en el caso del “Derecho de apartado”, la empresa se haya visto generosa, complaciente, al respetar el mismo precio de la temporada pasada. No sabíamos que en algún momento se cobraría venganza, y lo ha hecho cobrando entradas en las que ya uno se la piensa dos veces.

   Quizá para esta crónica no tenga ningún sentido describir las “hazañas” obtenidas por los toreros aquí mencionados, pero sí el hecho de que en medio de sus puestas en escena, sucedieron un conjunto de circunstancias referidas a continuación. Fue notorio que a cada ejemplar se le “recetó” un puyazo, e incluso algún refilonazo, lo que es menos, bajo una rigurosa mirada de los del tendido, que parece ser o no están dispuestos ya a soportar la dureza de la suerte de varas, o entendieron la debilidad del ganado. En ese sentido, la suerte debe estar sujeta a nuevos análisis para saber en qué medida puede ser más valorada. De esto depende la buena disposición de matadores –que ordenan- y de piqueros –que cumplen a satisfacción dichas órdenes-, pero suerte que debe realizarse de conformidad con las reglas y usanzas más tradicionales. Por supuesto que no hubo quites, prácticamente en extinción, y los lances de uno y de otro resultaron solo eso: lances. El quite, según Luis Nieto Manjón en su Diccionario ilustrado de términos taurinos, es la “suerte que ejecuta un torero, generalmente con el capote, para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro”… lo que generalmente se dio en el pasado cuando sucedían estrepitosos tumbos y era menester la oportuna intervención de los de a pie, en quites o lances que evitaban mayores estragos.

   Y mientras observaba los esfuerzos que imprimió “El Juli” para cumplir a cabalidad, frente a aquella carencia de bravura. Y por más que se entregara, mientras no brillara la bravura, aquello estaba convirtiéndose en una pantomima. “El Juli”, por ejemplo en el quinto, le tocaba los lados con la muleta, mientras se desarrollaba un aparente enfrentamiento. Y los toques continuaron con efectos de luz de artificio. Vamos que se notaba bien a las claras esa disposición teatral que tienen los toreros para su puesta escena, plagada en momentos de libertades, creación, inspiración, suposición e incluso como dueños de la tensión y la emoción, para que todo rime. Finalmente el madrileño, sabedor de algunos “tranquillos”, puso en práctica la ya conocida estocada que le denominan como “julipié”, lo cual no es otra cosa que cuadrar en la cara del toro, apuntar al morrillo y, en el momento del encuentro, arquear el cuerpo, de tal forma que la suerte de la estocada –las más de las veces-, se consuma en forma espectacular.

   Y así como vimos esos detalles en Julián, lo mismo intentó Octavio, que de hacerlo, como ya se mencionaba al principio de estas notas, con toros sin más, estoy seguro: otro gallo va a cantar.

9 de noviembre de 2015.

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