DATOS CURIOSOS E INTERESANTES SOBRE LA GANADERÍA DE ATENCO EN EL SIGLO XIX.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

LA INTUICIÓN COMO MÉTODO DE APRECIACIÓN PARA VALORAR AL TORO BRAVO EN EL CAMPO DURANTE EL SIGLO XIX.[1] 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Llega el momento ya de reflexionar, ante la exuberancia de información que he ido encontrando en diversas jornadas de investigación, acerca de la hacienda atenqueña y lo que sus toros proyectan en la fiesta realizada a mitad del siglo antepasado. Primero he de apuntar que los años que van de 1840 a 1890 determinan buena parte del rumbo que tomó la fiesta no solo en la capital del país. También en los estados aledaños a la misma que requirieron la presencia del toro de Atenco por encima de otras tantas ganaderías, que las hay, tan importantes como: Sajay, El Cazadero, Guanamé, Huaracha, Tlahuelilpan, Del Astillero, Queréndaro, Tejustepec y Guatimapé. Sin embargo, como lo he reiterado, el encuentro con todo el cúmulo de datos sobre la hacienda del valle de Toluca me ha permitido mostrar situaciones concretas sobre su “crianza”, aspecto que se debe, en gran medida, a la intuición de los personajes involucrados en ir viendo nacer y crecer esos toros más tarde enviados a su destino final.

   Por eso, los apuntes del picador Juan Corona,[2] además de que reflejan la perspectiva de un personaje que puede entenderlos en función de su bravura y empuje, nos dejan comprender mejor cual fue la misión de una hacienda ganadera con producción permanente clasificada dentro del tipo “clásico”, es decir, como de producción tradicional. Y en aquellos años “se corrieron en muchos festejos ganado de Atenco,[3] cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados”. Sus toros también se ponían a prueba en sendas competencias con ganado de otras haciendas e incluso con osos o con tigres de gran tamaño, lo que elevaba el prestigio. Y también no podemos olvidar aquel hecho ocurrido en Tenango del Valle, en enero del año 62 que le costó nada menos al empresario Leandro Paredones los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos que pasaron a mejor vida. Entonces trabajó como espada D. Mariano González “La Monja”.

   Por cierto, aquí tienen ustedes los famosos

APUNTES ANECDÓTICOS DE JUAN CORONA, PICADOR EN LA CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO CUANDO ESTE SE ASOMABA A LA GLORIA. (1853-1888).

    Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fue de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces.

    El año 1853 en la Gran Plaza de San Pablo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fue la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fue paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida.

   Muchos hechos notables se registran en esa misma plaza de los toros de Atenco, entre ellos el de haberse suspendido en una de las corridas del mes de Abril del año 55 la suerte de varas por la razón de que el 1º y 2º toro inutilizaron á los cinco picadores después de haber matado 14 caballos. Trabajaba en esa corrida como espada Gaviño (este hecho me lo relató el mismo Corona, porque fue uno de los que ingresaron a la enfermería).

   En la Plaza del Paseo Nuevo el año de 56 se jugaron toros de Atenco en competencia con los de la afamada Hacienda del Cazadero en varias corridas y casi en todas fueron vencedores los de Atenco sobre todo en la suerte de varas.

TORO DE ATENCO...

Cabeza de un toro de Atenco que enfrentó Rodolfo Gaona la tarde del 1° de noviembre de 1921, en la plaza de toros “El Toreo” de la Condesa. Col. “Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías”. Morelia, Michoacán.

   Esta competencia dio lugar á que se corrieran en el 58 en plaza partida las mismas ganaderías y en la segunda corrida el 2º toro de Atenco, castaño obscuro después de haber matado los cuatro caballos de los picadores que salieron rotó (sic) la barrera de la división se pasó a donde estaba jugando el toro del Cazadero y después de haber matado otro caballo de los picadores nada menos que el que montaba D. Juan Corona arremetió contra el toro del Cazadero dándole fuertes cornadas y poniéndolo en fuga. En estas corridas trabajaban como espadas Gaviño que era el que lidiaba los de Atenco y de Mariano González (á) La Monja, los del Cazadero.

   En la época del Ymperio también dejaron muchos recuerdos á los aficionados por sus hazañas esas dos ganaderías pero siempre sobresaliendo Atenco.

   Datos recogidos en Tenango.

   En los años del 60 al 72 en las corridas de feria de Tenango también son innumerables las hazañas de los toros, de esa vacada aún todavía existen algunos empresarios como son D. Leandro Perdones (sic) (probablemente sea Paredones) vecino de México el Sr. D. Cosme Sánchez actual Presidente Municipal de Tenango D. Guadalupe Gómez vecino en la actualidad de México, y otro muchos que aun viven.

   En enero del año 62 costó nada menos al empresario L.P. los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos. Trabajó como espada D. Mariano González (á) La Monja.

   El año 64 tocó trabajar á B. Gaviño los tres días de Feria y el último día o sea la última corrida quedó sin picadores por motivo de haber ingresado á la enfermería los cuatro que traía entre ellos el famoso Cenobio Morado. 32 jamelgos.

   El 66 y 67 fueron tan notables las corridas de esos años que algunos de los que fueron testigos oculares las recuerdan con entusiasmo. En esa trabajaron Gaviño y Pablo Mendoza. El 2º toro de la última corrida cogió gravemente al picador Morado.

   Del 68 al 73 en la misma plaza fueron indultados algunos toros á petición del público por admirar la ley y bravura hubo toro que recibió 22 picas y dejó en la arena 12 caballos de arrastre. Pero el que más llamó la atención en la 2ª corrida del año 72 fue el 3er toro castaño encendido, bragao, coliblanco y cornigacho ese toro dejó muertos en el redondel 16 caballos, cuatro tantas de picadores de a cuatro salieron al redondel y cuatro veces quedaron a pie los cuatro picadores. Era espada d. José Ma. Hernández.

   Estos apuntes lo he recogido de muchas personas que presenciaron esas corridas y que aún viven en Tenango.

   Las corridas que he visto tanto en Tenango como en algunos otros redondeles del país también recuerdo algunos hechos notables de esos toros.

   No se me olvidará lo de la Plaza de Tlalnepantla el 31 de octubre de 1886 el 4º toro al clavar la divisa el torilero Miguel Ramos fue enganchado del pecho por el toro saliendo y llevándolo en el pitón derecho hasta el otro extremo del redondel. Trabajaba como espada en esa corrida Ponciano Díaz.

   En México, enero 4 de 1888, 4ª corrida de abono en la Plaza de Colón el 4º toro al ponerle un par Tomás Mazzantini hizo por el él bicho cogiéndolo en la barrera y aventándolo al tendido de sol.

   En la Plaza del Paseo (México), fue cogido el 4 de diciembre de 1887 el espada Francisco Díaz (Paco de Oro), por el 1er toro, habiéndole quitado en pedazos la chaquetilla: ostentaba un traje azul y oro, y alternaba con Hermosilla.

   El mismo Hermosilla fue cogido y volteado y enganchado de la pierna derecha en otra corrida en la misma plaza por el cuarto toro.

   Esta ganadería á sido conocida en todo el país, y sus cornúpetos han visitado desde hace muchos años, casi todos los redondeles mexicanos. Es sin duda la que ha dado más toros de lidia desde su fundación no solo para los cosos (…)

   Estas interesantes notas fueron proporcionadas por el Arq. Luis Barbabosa y Olascoaga, quien las conserva en su archivo particular, mismo que encierra un gran capítulo de historias por escribir sobre la ancestral hacienda de Atenco, sitio en que pasa buena parte de su vida, como lo hizo en su momento Bernardo Gaviño. Quiero aclarar que el arquitecto Barbabosa tiene terminado un libro el cual he tenido en mis manos, y puedo confesar que se trata de un trabajo muy importante. Su título es: ATENCO Y DON MANUEL. Agradezco el apoyo proporcionado para esta causa.

CARTEL_23.03.1856...

   He mencionado la “intuición” como instrumento que permite ir conociendo mejor las posibles condiciones que tendrá el toro en la plaza, tomando en cuenta factores como el siguiente:

   Una tarea común en el llano o en el potrero era “vaquear” a los toros, labor que debe haber consistido en arrear o conducir los animales en los jaripeos para ayudar al partideño (el que comercia en partidas de ganado) en todo lo relativo a la atención y conducción de los mismos. Esta era la primer labor. La segunda “soltarlos en el corral como lo hacemos y después pastoriarlos dos días en el llano de Santa Cruz”. Sin embargo, algunos toros salían flojos en la plaza y esto se atribuye “al pastoreo que tuvieron en el potrero por cuya razón llevó Bernardo seis del llano y uno del potrero para hacer comparación en la plaza”, como ocurrió en octubre de 1855. Afortunadamente apunta Antonio Ortiz y Arvizu, administrador de la hacienda al

Sr. D. José Juan Cervantes.

   Atenco 6 de noviembre de 1855

   Muy señor mío de todo mi aprecio y respeto.

   Me he impuesto también de que la corrida de los toros del potrero fue muy buena lo que me hace confirmar mi opinión que le manifesté a Bernardo de que lo malo de la corrida anterior del potrero no era más que una de tantas rarezas que se ven en este ganado. Quedaron ayer vaqueados los toros para el próximo domingo y se ha procurado que sean de lo mejor quizás corresponderán con el empeño con que se escogieron.

   Ortiz iba convenciéndose cada vez más del hecho de tener toros separados en el potrero y en el cercado, lugar este último que no es el apropiado pues “que los vimos con motivo de haber adelgasado se ven chicos, y por lo mismo se juegan de poca edad”. Sin embargo, los del potrero se mantenían en pastos reservados logrando que se conserven “en el mismo estado y aun mejores de lo que entraron; estas circunstancias hacen creer a la vista de menos edad los toros del cercado, pero la nacencia del ganado la cuenta de los toros que se hizo cuando se amarraron los del potrero, y la ratificación de la existencia del ganado brabo, son pruebas ebidentes de que tenemos ganado para dar las corridas del que se sirve U. ablarme en su siempre grata de ayer (se refiere a la carta que envió el Sr. José Juan Cervantes desde México, el 10 de enero de 1856), y lo único que sí no debe esperarse es que los toros del cercado tengan la vista que los del potrero”.

   La producción de cabezas de ganado destinadas para la lidia era elevada, lo cual garantizaba que tanto el PASEO NUEVO como las plazas de Toluca, Tenango del Valle e incluso la misma de Santiago Tianguistenco se surtieran sin ningún problema y en cualquier momento. Ortiz y Arvizu manifiesta que:

   “Por lo que respecta a los toros que podremos tener para el año entrante sería muy difícil calcularlo ahora si para ello nos sirbiera de dato la simple vista del ganado, pero tomando en consideración la nacencia del año de 53 puede colegirse que deberemos tener de 240 a 250 toros de cuatro años, y como la separación para el potrero se ha de hacer cual corresponde y la experiencia indica, tendremos sin duda alguna mejor ganado que ahora.

   Antonio Ortiz y Arvizu (Rúbrica). Atenco, 11 de enero de 1856”.

   El hecho de “vaquear” los toros significaba que estos terminaran de aquella faena “estragadísimos” o muy estropeados, antes de ser conducidos a la plaza, camino que se efectuaba a pie, con el consiguiente riesgo de que alguno de los del grupo llegara en malas condiciones, pues bajaban de peso.

   Ahora bien, independientemente de estos aspectos propios del orden para obtener un toro que diese el mejor juego en la plaza, que no iba en proporción a la realidad que buscaban aquellos personajes poniendo a prueba un encierro y otro también, comprobamos que desde Atenco está enviándose un toro con todos los requisitos que pueden llenar el perfil que se exige en la plaza.

   De ahí que sea la más importante de aquella época, sin temor a equivocarme pues si bien, hubo algunos años verdaderamente malos por las condiciones climatológicas, por ejemplo 1858, a las que se suman la presencia de pronunciados que robaban permanentemente cabezas de ganado, esto no era impedimento para permitirse el lujo de poder ofrecer encierros a cualesquier empresa que los requiriera.

   Atenco, como ganadería de toros bravos, y en tanto crianza de los mismos en el siglo XIX fue de suyo impresionante. Por ejemplo, el 22 de enero de 1847, el administrador Román Sotero informa que “del ganado del cercado contamos hoy con 3,000 cabezas, entre ellas muchos toros buenos para el toreo”. En octubre de 1848, José Hernández reporta hasta 2,735 cabezas, “que a la fecha podían estar aumentadas”.

   Dichas condiciones de abundancia generaron diversos comportamientos. En el mismo 1847 debido a la invasión norteamericana, en la ciudad de México no hubo corridas durante ese año, por lo que en provincia debe haberse dado un comportamiento similar. Nos preguntamos: ¿qué pasaría con aquella cantidad de toros en unos momentos en que la actividad taurina se encontraba totalmente paralizada? Para 1848, el señor Francisco Javier de Heras, a la sazón, empresario en san Pablo y Necatitlán llegó a comprarle a José Juan Cervantes partidas de 200 toros, señal de que el empresario programó una importante cantidad de corridas.

   Hoy que existe un vacío en cuanto a noticias de actividad taurina en la capital del país, evocamos nuevos pasajes sobre Atenco, tema que aún nos mantendrá ocupados por algún tiempo más.

   El fenómeno de las guerras civiles también afectó el curso de la ganadería en general, aunque el aspecto particular del arrendamiento de las tierras significó para Atenco un estado de cosas que se manifestó entre épocas de bonanza y crisis. La Ley Lerdo (del 15 de junio de 1856) fue entre otros, un instrumento que poco a poco permitirá que se enajenen buena parte de las pertenencias, revirtiendo la concentración de la propiedad de bienes raíces fundamentalmente entre las corporaciones civiles y eclesiásticas. Por ejemplo el Art. Nº 4 manifiesta que:

Las fincas urbanas arrendadas directamente por las corporaciones a varios inquilinos, se adjudicarán, capitalizando la suma de arrendamientos a aquel de los actuales inquilinos que pague mayor renta, y en caso de igualdad, al más antiguo. Respecto a las rústicas que se hallan en el mismo caso, se adjudicará a cada arrendatario la parte que tenga arrendada.

   Fue así como en 1860 se presentó un caso de embargo de tierras y de cabezas de ganado, aspecto que lentamente delineará nuevos destinos para esta hacienda.

CARTEL_07.06.1874...

   Ya hemos visto la bonanza traducida en esas 3,000 cabezas reportadas en 1848, seguramente junto a un esplendorosa producción en el año agrícola correspondiente. Entendemos las crisis referidas al impacto de las heladas y los gavilleros. Y una hacienda arrendada goza del privilegio de una buena administración, traducida en lealtad y sometimiento absoluto al propietario.

   Con todo esto comprendemos que los fines del hacendado, el administrador y el personal que allí habitaba fue enaltecer pero también mantener en buen sitio las condiciones de privilegio y de orgullo para una hacienda histórica como la reseñada en medio de las condiciones ya conocidas.

   De ahí esta amplia reseña a Atenco, apenas un pequeño vistazo para la dimensión impresionante que tuvo y ha tenido este testimonio histórico de la ganadería en México. No soslayo todos estos aspectos generados en otras tantas ganaderías que se sometieron a ritmos de vida semejantes. En aquellas épocas no existían las condiciones para entender a una hacienda ganadera con el criterio “profesional” en cuanto a crianza de toros bravos se refiere. Desde mi punto de vista, dicho aspecto vino a darse en 1887 con la llegada de ganado y simiente españoles, elementos que se agregan al nuevo amanecer del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna que sentó sus reales en nuestro país con los resultados que hoy día conocemos plenamente desarrollados.

   Pero antes de este parteaguas, las buenas intenciones y un buen sentido de la intuición permite a los encargados de este proceso enviar toros bravos a las plazas para satisfacer los propósitos del espectáculo. Los reportes que conocemos sobre el juego del toro en la plaza nos hablan de unos resultados que no se separan de la esencia de la que andan a la búsqueda los hacendados primero; los ganaderos o criadores de reses bravas después. Hacendado y ganadero están separados por un antes y un después que los distingue en cuanto a criterios de selección que cada uno establece en pos de obtener los fines establecidos.

   Ya lo decía el Dr. C. Dillmann en su MANUAL DEL GANADERO MEXICANO,[4] México, 1883: existen en esos momentos las condiciones necesarias para concebir una ganadería que pasa de un estadio primitivo a otro totalmente renovado. Insisto, la ganadería de bravo en México, hasta antes de 1887 no es primitiva, puesto que los hacendados tienen objetivos muy bien definidos. El hecho de enviar encierros a las plazas significa que están trabajando intensamente. El toro criollo por entonces vigente cumple satisfactoriamente los fines que se persiguen. Que no haya tenido el trapío de los españoles eso no es preocupante. Era un toro mexicano para el toreo que se practicaba en México.

   Atenco nos está permitiendo conocer la morfología imperante entre las haciendas dedicadas a la producción de cabezas de ganado destinadas a la lidia. Los parámetros entre esta ganadería y las demás por entonces vigentes son semejantes. De pronto, como todo proceso evolutivo, presentan condiciones que registran altibajos, lo que ocasiona inquietud entre aquellos que están cerca del ganado, que lo conocen y lo van definiendo a base de sus mejores experiencias que viven “in situ” y a diario.

   Nada de lo que hasta aquí hemos visto es fruto de la casualidad. El toreo durante el siglo XIX en México es, entre muchos factores, resultado de estas hazañas anónimas, logradas en el campo bravo, caldo de cultivo que día con día convive con las experiencias aquí señaladas.


[1] El texto seleccionado para la presente colaboración fue publicado en la revista MATADOR, año 3, No. 9 y 10, de junio y julio de 1998 respectivamente.

[2] CORONA, Juan: Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fue de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces. Manuscrito, ca. 1887.

[3] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. 251 p. + 927 páginas (anexos). Trabajo inédito y pendiente de presentar como tesis de grado. En el anexo Nº 8: Participación del ganado bravo de Atenco durante el siglo XIX Mexicano (de 1815 a 1915), se presenta un amplio acopio de información, cuyo balance asciende a 1172 encierros, que van de 2 y hasta 12 toros por lidiados por tarde.

[4] MANUAL DEL GANADERO MEXICANO. Instrucciones para el establecimiento de las fincas ganaderas, por el Dr. C. Dillmann. Obra revisada y aumentada por el comisionado de la Secretaría de Fomento Miguel García, Médico Veterinario. México, Imprenta y Litografía Española, San Salvador el Seco núm. 11, 1883. 419 p.

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