CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MÉXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICIÓN. (SEGUNDA y ÚLTIMA ENTREGA).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace ya casi 20 años que tuve oportunidad de presentar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mi proyecto de tesis de maestría, mismo que lleva el siguiente título: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”.[1]

   En esta ocasión, y por tratarse de una verdadera primicia, quisiera compartir con ustedes ahora las

CONCLUSIONES.

   Llego al punto culminante de una investigación a la cual se dedicaron diez años. Parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tesis. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

   No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

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Ilustración publicada en el libro: El toreo en Morelia. Hechos y circunstancias. Sus autores: Luis Uriel Soto Pérez, Marco Antonio Ramírez Villalón y Salvador García Bolio. Michoacán, Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías,2013. 224 p. Ils., fots., facs., mapas., p. 56.

   Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

   El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona Cúchares, Francisco Montes Paquiro, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

   Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en el capítulo III. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amén de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

   Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

   La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

   Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

   Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

   Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podían enfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, Machaquito o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

ZARZO DE BANDERILLAS USADO EN 1885

Zarzo de banderillas usado en 1885. Imagen publicada en: Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1439 del 19 de diciembre de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

   Antes de rematar estas “Conclusiones”, me parece oportuno agregar en seguida, las notas del periódico La Pluma roja. Periódico destinado a defender los intereses del pueblo”, (Redactor en Jefe: Joaquín Villalobos), tanto del martes 19 de noviembre, T. I., Nº 20, como del viernes 13 de diciembre de 1867, T. I., N° 27, notas copiadas en el mes de mayo de 2001 y que, localizadas hasta ese momento por razones de tiempo, me permiten entender que existieron otros factores que inducieron la aplicación de la ya conocida “Ley de dotación de fondos municipales”. Veamos.

La del martes 19 de noviembre va así:

TOROS

   Sigue la barbarie a pasos agigantados: a nuestro pueblo, que debieran quitarle todo espectáculo de sangre y de muerte, le damos domingo por domingo las suficientes lecciones para arraigar en su educación todos los instintos de sangre.

   En la función del domingo (17 de noviembre) pasado nos dicen que por arrebatar un sombrero, del toro embolado, hubo un asesinato.

   Ya se ve, diría el asesino: qué mas da matar a un hombre que un toro. Pobre Jovellanos, escribió inútilmente.

La del viernes 13 de noviembre recoge la editorial que el redactor tituló

FONDOS MUNICIPALES

   Dotar al fondo municipal de la ciudad, era una de las necesidades apremiantes que reclamaba la penosa situación del ayuntamiento; pero de este punto de partida a la ley que en 28 del pasado expidió el Ministerio de gobernación, hay una distancia tan grande, que ni el buen sentido ni la recta intención pueden sancionar.

   Antes que disponer del bolsillo de los vecinos, se debió proceder a formar el presupuesto de egresos, y solo en presencia de ese documento y para cubrir estrictamente los gastos indispensables, se debió pedir al público el deficiente que necesitaba la corporación municipal. Como en todas nuestras cosas, se ha comenzado por el último capítulo, y hoy no sabemos cuánto se exige de más a los contribuyentes, pues ignoramos el importe de los gastos.

   Por otra parte, no vemos la necesidad del recargo de impuestos en esta capital, en que sobreabundan las contribuciones directas e indirectas, sin que se invierta un solo peso en beneficio de la ciudad, siendo así que con justo título se podría reclamar el 20 ó 25 por 100 de lo que se recauda en la Aduana y las contribuciones directas.

   Los habitantes de la ciudad de México contribuyen con poco más de tres millones anuales a los gastos públicos, y de esa fuerte suma no portan ninguna utilidad. Contribuyen también con 600,000 pesos a los gastos de la ciudad; y cuando las circunstancias aciagas porque ha pasado reclamaban una mirada protectora de las autoridades, se expide una ley que desnivela la producción y esteriliza la producción y la industria.

   Como si no fuera bastante lo que ya sufren el comercio y la industria, se recarga el impuesto directo en un 33 por 100 á favor del municipio, y en un 20 para las obras del desagüe. Para promover la cultura, el bienestar, la comodidad y la civilización, casi se duplica la contribución de los carruajes particulares, sin que por esto se les garantice que sus vehículos no sufrirán averías á consecuencia del pésimo estado de las calles.

   El sistema de puertas, tan reprobado por el público porque es injusto y poco equitativo, se revive hoy á despecho del buen sentido, y pronto presentará la ciudad el espectáculo más triste y repugnante, merced á la alta sabiduría del Ministerio, que grave con la misma cuota la puerta de un tendejón de Santa Ana, San Sebastián, la Palma ó San Pablo, que la vinotería de Jesús, el Portal ó la calle de Plateros. Y como este impuesto se paga por el número de puertas que tenga la casa de comercio, el ornato y la belleza de la ciudad padecerán inmediatamente, porque los causantes se apresurarán á cerrar las puertas que la ley convierte en enemigos directos del dueño del establecimiento.

   ¿En qué base descansa ese impuesto? ¿el número de puertas supone acaso mayor capital, ó utilidades mas seguras? Un ejemplo demostrará lo absurdo de esta contribución y nos autorizará para pedir su derogación. Una tienda y vinotería en los Ángeles tiene tres puertas y gira un capital de 500 pesos. Conforme á la ley, debe pagar doce pesos mensuales de contribución municipal; otra casa de comercio de los mismos efectos, situada en la calle del Refugio, con un capital de 25,000 pesos y con el mismo número de puertas que la de los Ángeles, pagará la misma cuota, no obstante que tenga cuarenta y nueve veces mas capital. ¿Es esto equitativo? ¿Es siquiera racional?

   La pobreza de ideas del autor, ó los autores de la ley de dotación del fondo municipal se revela en toda ella. No hay un solo artículo que nos indique el talento de los que la confeccionaron. Tomaron las leyes anteriores, inclusive las del imperio, y sin cálculo, sin criterio, sin conocimientos, se pusieron a recargarle los impuestos anteriores, dejando en la ley todas las monstruosidades que se notaban en las que le precedieron.

   Las pulquerías, las fondas, las fábricas de cerveza, los juegos permitidos, las diversiones públicas, &c., &c., todo ha recibido el aumento consiguiente á la avidez. Algunos de esos impuestos como el de un peso mensual á los figones, y el de los teatros o diversiones públicas, deshonrarían al más estúpido conservador.

   El ayuntamiento, que debe velar por la instrucción y cultura del pueblo, que está obligado á fomentar los espectáculos de cierta y agradable distracción, va á hacer imposible la concurrencia de las clases pobres á los teatros, por el recargo de una contribución que no tiene razón para existir.

   Otras mil razones podríamos oponer todavía en contra de la ley de 28 de Noviembre, pero lo expuesto basta para que se persuada el soberano Congreso de los vicios de ese decreto. Los ciudadanos verían con gusto su derogación, que esperan de la sabiduría de sus legítimos representantes era dotar suficientemente al ayuntamiento, es bastante consignarle la contribución federal que se paga en la capital. Disponiendo el gobierno general de todos los productos de la ciudad, y convertidas sus rentas en rentas de la federación, el 25 por 100 que se paga de exceso es un verdadero atentado contra la propiedad, que solo podrá disculparse convirtiéndolo en arbitrios municipales.

   Mucho ha sufrido la sociedad; tiempo es ya de que se escuchen sus justas quejas. Toca á los representantes del pueblo remediar el mal que le indicamos.

LA JORNADA_24.11.2009_p. 33d

He aquí a los representantes naturales del pueblo. Fotografía de Guillermo Sologuren, con la que se dio noticia sobre el “pizarrazo inicial” a la película El Atentado. En La Jornada del 24 de noviembre de 2009, p. 33 a.

   Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

   La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

“Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable”.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 1996. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Historia (de México) presenta (…). 221 p. Ils., fots.

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