ATENCO: LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS MÁS IMPORTANTE DEL SIGLO XIX. (1 de 2).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Toca en esta ocasión compartir con ustedes tanto introducción como conclusiones del que fue mi proyecto de tesis doctoral en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Si bien, con este proyecto sólo ostento la candidatura al doctorado,[1] pretendo mostrar algunos aspectos que pretendió dicha investigación, y de los que hasta ahora sigo convencido, en función de la naturaleza explícita del estado de cosas de una hacienda ganadera como fue y sigue siendo Atenco incluso en nuestros días; hacienda que ha quedado reducida ya casi a su mínima expresión; pero no por ello ha perdido las galas de un pasado glorioso.

   Invertidos casi 25 años de trabajo, van aquí las ideas más generales del mismo, en espera de que algún día alcance a ver la luz en pulida edición.[2]

INTRODUCCIÓN

   El valle de Toluca, territorio generoso, fue espacio desde el siglo XVI para el asentamiento y desarrollo de actividades agrícolas y ganaderas, recién establecidas por los españoles, en los años inmediatamente posteriores a la conquista.

   En 1526 Hernán Cortés revela un quehacer que lo coloca como uno de los primeros ganaderos de la Nueva España, actividad que se desarrolló en el valle de Toluca. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidas en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco.[3]

   Es a Gutiérrez Altamirano a quien se le atribuye, haber traído las primeras reses con las que se formó Atenco, la más añeja de todas las ganaderías “de toros bravos” en México, cuyo origen se remonta al 19 de noviembre de 1528, la cual se conserva en el mismo sitio  hasta nuestros días y ostenta de igual forma, con algún cambio en el diseño el fierro quemador de la “A” peculiar.[4]

   En la hacienda de Atenco se pusieron en práctica las nuevas condiciones de crianza. La propiedad cambió a lo largo de los siglos de una familia a otra, inicialmente de los Gutiérrez Altamirano, pasó a la familia Cervantes y para el siglo XIX a la de los Barbabosa. Cada una de las familias contribuyó al fortalecimiento de la hacienda y a aumentar su extensión a lo largo de cuatro siglos.

   Durante la segunda mitad del siglo XIX la hacienda contaba con 3,000 hectáreas y 2,977 en 1903 cuando esta propiedad se convirtió en una gran hacienda,[5] cuya actividad central fue la de la crianza de ganados diversos, del que sobresale el destinado a la lidia (motivo este que merece una atención especial en el presente trabajo), así como de actividades agrícolas, la producción de cera y los derivados de la leche, sin olvidar el hecho que también hubo una producción lacustre, ya que se aprovechó el paso del río Lerma. Actualmente se administra bajo el concepto de ex–ejido y cuenta sólo con 98 hectáreas, por lo que sorprende el hecho que esté vigente después de un historial de 479 años.

   A través de esta tesis se pretende conocer en forma por demás precisa, la actividad que desarrolló Atenco a lo largo del siglo XIX, alcanzando un lugar destacado en la crianza de toros bravos. De ahí que se considere el presente como un estudio de caso.[6]

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   Se busca mostrar en este trabajo como se dio en Atenco la reproducción y crianza de ganado bravo, mismo que fue aprovechado para estimular la fiesta brava, sobre todo en el centro del país. La hacienda de Atenco como muchas otras de la época era agrícola y ganadera, pero para el caso particular de esta tesis interesa destacar el desarrollo de todos aquellos quehaceres relacionados con la reproducción y crianza de toros para la lidia. No obstante, debe decirse que los toros de Atenco fueron en buena medida la base en los ingresos de la hacienda. Pero ante todo, deberá entenderse el significado de Atenco como el nutriente principal de la fiesta taurina decimonónica, ya que no hubo, en una buena cantidad de años, otro hacienda que se le comparara en la dinámica que podremos comprobar de manera gráfica, misma manera que sintetiza el importante volumen de ganado que tan peculiar unidad de producción fue capaz de aportar.

   En segundo lugar interesa explicar los cambios que se dieron en la fiesta brava y la manera en que la Hacienda de Atenco y sus propietarios influyeron en ella. Para comprender mejor estos cambios introducidos en la cría de ganado así como en la fiesta brava, es menester iniciar el presente estudio con los antecedentes inmediatos, es decir la manera en cómo se desarrolló en sus orígenes esta fiesta en la Nueva España, para luego analizar los más de quinientos encierros[7] de toros enviados a diversas plazas y desde Atenco, entre 1815 y 1897, en donde la hacienda muestra su potencial.

   Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652, [8] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo hábitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

UN BELLO EJEMPLAR DE ATENCO...

Col. del autor.

   Pocos escritores se han ocupado tanto del tema específico de la hacienda atenqueña en lo general, así como de los asuntos relacionados con la crianza de ganado bravo en lo particular. Entre ellos se encuentra Flora Elena Sánchez Arreola y su tesis ya anotada en esta introducción, así como el seguimiento hecho por el señor Antonio Briones Díaz, actual propietario de la ganadería española de Carriquiri, quien ha manifestado gran interés acerca de los orígenes de la casta navarra a través de varias investigaciones.[9] En correspondencia que mantengo con él afirma que “no cabe duda que el envío de España a través de Francisco Javier Altamirano de las primeras reses bravas de casta Navarra que fueron proporcionadas por el Marqués de Santacara o por sus descendientes”, dio lugar al comienzo del toro bravo de Ultramar.

   Al citar a Francisco Javier Altamirano, debe referirse al sexto conde de Santiago, Juan Javier Joaquín Altamirano y Gorráez Luna, Marqués de Salinas VII; Adelantado de Filipinas, quien, de 1721 a 1752 detentó el control –entre otras propiedades- de la hacienda de Atenco. Es, el sexto conde de Santiago el posible responsable de la negociación de la compra de una punta de ganado que ha causado confusión acerca del verdadero origen de la simiente que dio fundamento a la ganadería de toros bravos que aquí se estudia y que no deberá perderse de vista.

   Como contraparte, existe la tesis manejada por el historiador Nicolás Rangel, a partir de un documento revisado, en Historia del Toreo en México (Época colonial: 1529-1821). Dice que en el año de 1552 llegaron al valle de Toluca “doce pares de toros y de vacas, que sirvieron como pie de simiente…” lo que contrasta con el dicho del periodista taurino Servolini, publicado en El Arte de la Lidia en 1887, del cual veremos más adelante cómo se descubre curioso pasaje que aclara, en parte el enigma sobre la integración original que tuvo el ganado de lidia en Atenco.

En el siglo XIX mexicano, las fiestas requerían ganado cada vez más propicio para el toreo tanto a pie como a caballo que entonces se practicaba, por lo que fue común solicitarlo a diversas haciendas, no todas especializadas en el ramo. Estaban El Cazadero, Santín o Parangueo; más tarde, se sumarán Piedras Negras, de Tlaxcala o San Mateo de Zacatecas.

Una tauromaquia híbrida que predominó durante ocho décadas, hasta que se generó a partir de 1887 un nuevo concepto evolutivo en la tauromaquia en nuestro país, como lo veremos en los capítulos II y IV de esta tesis, fue el detonante que provocó no sólo entre los hacendados, sino en administradores y vaqueros identificarse con tareas de selección del ganado, tal vez, de una manera arcaica o intuitiva, pero todos ellos convencidos en obtener un toro que embistiera conforme a los nuevos esquemas que iba exigiendo el espectáculo que tuvo particulares manifestaciones en cuanto a su libre y abierta expresión técnica y estética, respecto de la tauromaquia española, lo cual generó, no sólo entre sus protagonistas, sino en el pueblo mismo, manifestaciones de orgullo eminentemente nacionalistas, evidenciadas en diversas demostraciones que, las más de las veces, terminaban a golpes, con plazas semidestruidas o incendiadas, entonando el grito de batalla: “¡Ora Ponciano!”,[10] justo en el tiempo en que este torero mexicano estaba convertido en el ídolo popular de la afición.

La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

Evidentemente, las raíces españolas no se perdieron con la emancipación, pues la presencia en el escenario del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, garantizó este aspecto, aún cuando Gaviño fue el único español en México entre 1835 y 1886 que hizo del toreo una expresión mestiza, lo que dejó una ruta que se convirtió en modelo; y aunque algunos diestros nacionales hicieron suyo ese esquema, también prefirieron seguir toreando con creatividad propia, al amparo de invenciones permitidas tarde a tarde.

   La tauromaquia en México a partir de 1887 llegó a ser profesional cuando quedó establecido el toreo a pie, a la usanza española en versión moderna, misma que desplazó prácticas del toreo híbrido y “a la mexicana” que ya resultaban inapropiadas, tanto en el campo como en la plaza.

   El concepto criollo e intuitivo de la crianza del ganado se elevó entonces a niveles nunca antes vistos. Superados los primeros problemas de consanguinidad, e incluso los de adquisición de sementales viejos e impropios para los fines de selección y cruza que se fijaron aquellos nuevos criadores de toros de lidia, se tuvo oportunidad de conseguir una absoluta definición en el juego, estilo, presencia y rasgos particulares de los toros que buscaba cada uno de los recientes ganaderos, para distinguirse en medio del enorme escenario con el que se daría recepción a las nuevas formas de expresión en el toreo mexicano, que, como quedó dicho, a partir de 1887 logró obtener un mayor nivel, lo que dio garantía para seguir el paso de la tauromaquia desarrollada en España que muy pronto se le declaró la “guerra” en los ruedos, con la presencia de diestros tan importantes como Rodolfo Gaona o Fermín Espinosa Armillita, quienes se “levantaron en armas” en los primeros cincuenta años del pasado siglo XX.

   Lo más destacado al pretender hacer una investigación de la hacienda de Atenco es entender el ritmo de su actividad interna y verlo reflejado después en la externa para colocarla como una de las haciendas ganaderas más importantes en el siglo XIX, independientemente de su historia iniciada tres siglos atrás y que, por fortuna, ha llegado hasta nuestros días.

UN TORO DE ATENCO EN 1926

Un toro de Atenco en 1926. Col. del autor.

   No debe olvidarse que la importancia de ésta radica en el enorme esfuerzo aplicado en la crianza de ganado de lidia cuya práctica, en diferentes épocas, logró que se efectuaran diversas pruebas en el campo como la tienta, selección de sementales, afortunadas en su mayoría porque ello permitió ir dando lustre a la gandería de bravo en México donde la intuición jugó un papel destacado que incluso resultó tan benéfica para la propia hacienda de Atenco, ya que sus toros fueron demandados permanentemente para cientos y cientos de corridas, tal y como lo apunta el administrador Román Sotero en Atenco, el 22 de enero de 1847 cuando afirmó: (…) De ganado del cercado contamos hoy con 3000 cabezas, entre ellas [hay] muchos toros buenos para el toreo.[11] La crianza y sus diversos resultados en la plaza de toros se convierten en la parte medular del trabajo, por tratarse de actividades cotidianas realizadas al interior de Atenco, por lo menos en el período de este estudio.

   Por lo tanto, la participación de diversos toreros, significó un punto de referencia para mejorar la casta entre el ganado atenqueño. De ahí que en el espacio decimonónico mexicano se desarrolló una actividad taurina muy intensa, en la cual los toros de Atenco tuvieron una permanente participación de gran importancia en el espectáculo, sin que por ello se menosprecie el papel de otras haciendas.

   Entre los años 1815 y 1897 Atenco tuvo su época de máximo esplendor, ya que se han podido documentar más de 500 diferentes encierros enviados a las plazas; también es importante destacar la permanencia de esta ganadería, que pasó del terreno informal de la intuición al profesional, por lo que durante esos 82 años, la hacienda fue muy solicitada por varias empresas tanto de la capital como del interior del país por tener un estilo definido en cuanto a las actividades destinadas a la selección y cría de toros bravos.

   Quienes se han ocupado de este tema hasta hoy, no han investigado cuáles fueron las razones por las cuales Atenco pudo ser capaz de satisfacer las múltiples solicitudes hechas por las diversas empresas capitalinas y foráneas para celebrar corridas de toros durante el siglo XIX; tampoco es claro cuál fue el pie de simiente que definió las características de casta del toro bravo atenqueño para el siglo XVI.

   La presente investigación tiene como fin aclarar estos aspectos de manera puntual, con base en documentos como los consultados en el fondo: Condes de Santiago de Calimaya localizado en la Biblioteca Nacional, custodiado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Este acervo ha sido consultado por el señor Alejandro Villaseñor y Villaseñor, a principios del siglo XX; la doctora Margarita Loera Chávez, así como el maestro Ignacio González-Polo y la licenciada Flora Elena Sánchez Arreola.

   De igual forma hemos consultado archivos como los de la Sucesión Barbabosa, de José Ignacio Conde, el Histórico del Distrito Federal, o el Archivo General de la Nación que fueron y han sido de enorme utilidad.

   En cuanto a la bibliografía más pertinente a este tema hemos revisado los trabajos de Nicolás Rangel, Armando de Maria y Campos o Heriberto Lanfranchi, así como auténticos estudios de fondo como los de Benjamín Flores Hernández, Pedro Romero de Solís, Carlos Cuesta Baquero, Vicente Pérez de Laborda, Cesáreo Sanz Egaña y Juan Pedro Viqueira Albán.

   También, hemos consultado otras fuentes bibliográficas para analizar a las haciendas mexicanas y su funcionamiento, particularmente desde la perspectiva de unidades de producción agrícola y ganadera.

   En este sentido están las obras de Narciso Barrera Bassols, Frank Tannenmbaum, François Chavalier, Margarita Loera, Margarita Menegus, Manuel Miño Grijalva, George MacCutchen, Herbert Nickel, y la tesis de licenciatura de Flora Elena Sánchez Arreola –de bastante utilidad-, entre otras muchas.

   En cuanto a la hemerografía, simplemente era una condición revisar paso a paso el comportamiento de la hacienda de Atenco en los diversos avisos que, sobre diversiones públicas registraron, no siempre de forma periódica o consuetudinaria. En todo caso es posible percibir una serie de ausencias obligadas por los constantes cambios de dirección o de alianza política, que no en todos los casos eran convenientes, pues ello obligaba a la aplicación de ciertas mordazas o restricciones que limitaban a sus directores a cambiar el rumbo de línea periodística, que repercutía en asuntos –probablemente vagos-, como el del registro constante de las diversiones mismas, que solo en circunstancias bastante convulsas, dejaban de darse.

   La investigación requirió del sustento del trabajo de campo, que consistió en permanentes visitas a la hacienda y sus alrededores, debido a que los pocos documentos localizados en esa labor, fueron proyectando una historia fragmentada que ahora plantea esta hacienda, causada, entre otras razones, por la administración de tres familias en más de cuatro siglos y medio, pero también a robos, incendios e incluso, hasta indiferencia, lo que ha provocado que muchos papeles se hayan dispersado a lo largo de 478 años, lo que ha dado origen a fantasías, por lo que fue difícil reunir la información de varias fuentes y que ha servido de soporte a este trabajo.

En el capítulo uno de este trabajo, después de una visión general sobre el entorno geográfico, histórico y de las operaciones internas y externas, se explicará la importancia de Atenco durante el siglo XIX debido a la constante crianza de cabezas de ganado a partir de una selección autóctona, de la que se aprovechó sobre todo el origen criollo de los toros multiplicados en la región del valle de Toluca. Esto también fomentó el esplendor de Atenco por la frecuencia con que se enviaron los encierros, fundamentalmente a plazas del centro del país, nutriendo y enriqueciendo de forma consistente aquella fiesta taurina decimonónica.

   Serán protagonistas permanentes Bernardo Gaviño, torero español radicado en nuestro país y muy cercano a Atenco, además de los Cervantes y los Barbabosa, propietarios de la mencionada hacienda.

   El torero de origen gaditano tuvo un papel determinante, puesto que a lo largo de su prolongada trayectoria se enfrentó en 391 ocasiones al ganado de Atenco; esto representa un elemento con el que se demuestra no sólo el vínculo amistoso con José Juan Cervantes, Michaus, Ignacio Cervantes Ayestarán y Rafael Barbabosa Arzate respectivamente. También en el momento de intervenir en las decisiones para elegir un ganado que era propicio al ejercicio tauromáquico puesto en práctica por el diestro hispano.

   Atenco respondió a lo largo de casi cuatro siglos, cubriendo las necesidades planteadas por el espectáculo taurino, por lo que estaba presente una buena organización, a pesar del dispendio y banca rota, propiciado por Martín Ángel Michaus,[12] tío de Juan José, último conde de Santiago de Calimaya, a quien le sucedió Ignacio Cervantes Ayestarán. La administración se reforzó con la ayuda de los caporales, de ahí que la ganadería asegurara el intenso movimiento de toros en las plazas donde eran lidiados.

   El capítulo número dos es una extensa revisión del espectáculo taurino durante el siglo XIX, para ofrecer una visión de conjunto acerca de lo que era antes y después de la independencia. También se hará una revisión de lo que significó la misma “independencia” como propiedad exclusiva del espectáculo al emanciparse del control que había impuesto el proceso técnico y estético de origen español en los tres siglos anteriores, así como la fuerte carga de costumbres, consecuencia de ese entretejido, lo que dio como resultado una tauromaquia tanto urbana como rural, ricamente aderezada que le otorgaron otro estilo, sin faltar la predominante participación de Atenco.

   En el capítulo número tres se hará saber la forma en cómo Bernardo Gaviño desempeñó un papel protagónico dentro y fuera del ruedo. Este torero influyó de manera muy particular en los destinos de la hacienda ganadera de Atenco. Personaje de interesantes características alrededor de la tauromaquia fue protegido por el último conde de Santiago de Calimaya con quien efectuó gran parte de los cambios registrados no sólo en Atenco, sino también dentro de la fiesta brava en México.[13]

   Una parte atractiva es la que surge al analizar el rico espectro de testimonios propios del “Fondo Conde Santiago de Calimaya”, de ahí que bajo “Volumen, método y eficacia” se valoran estos tres instrumentos para medir la importancia de la hacienda de Atenco, en cuanto a ganado bravo se refiere. Por lo que este capítulo se convertirá en la idea básica de la presente investigación. Volumen, método y eficacia representan tres factores de evaluación para interpretar casi 100 documentos del mencionado fondo, los cuales arrojaron una información que sustenta los datos elaborados por los administradores de la hacienda. El criterio no lo expresan ellos, es consecuencia de buscar su explicación después de diversas coincidencias relacionadas con el comportamiento mismo del ganado, tanto en el campo como en la plaza. Estas permitieron reflexionar acerca de la posibilidad para adecuar criterios muy concretos. De ahí que los tres conceptos propuestos, resultarán convenientes para tratar de entender, finalmente, la crianza de toros de lidia al interior de la hacienda.

   La tesis de la tesis o idea básica pretende poner de relieve la técnica desarrollada para la crianza de toros bravos en Atenco, que pasó de lo meramente intuitivo a lo profesional por medio de la aplicación de métodos y experiencias acumulados a lo largo de la centuria en que se desarrollaron tales prácticas llevadas a cabo por administradores y vaqueros experimentados, que se amalgamaron a las valiosas sugerencias que aportaron los propios toreros que, con notoria frecuencia, se enfrentaron a aquellos toros. Con toda seguridad, Bernardo Gaviño de tanto encontrarse con el ganado atenqueño logró entenderlos mejor que nadie. Su buena amistad con los propietarios, los administradores y hasta con los mismos vaqueros, debió haberle permitido sugerir valiosos comentarios para corregir y mejorar las condiciones ofrecidas en las plazas a donde eran enviados.

   Vale mencionar hasta aquí que todo este estudio se encuentre fundado en la exitosa empresa que dedicó un tiempo muy importante a la crianza de toros bravos que, como se comprobará con otros datos, fue una actividad cotidiana desde los siglos virreinales y se consolidó durante el XIX, etapa de su mejor período de producción.

   Para llegar a todas las consideraciones anteriores ha sido necesario enfrentar el uso indebido de ciertos historiadores o aficionados a la historia que lograron, con muy pocos elementos, convencer a una mayoría importante de aficionados al espectáculo taurino, al grado de aceptar “a pie juntillas” varias suposiciones sin sustento o que adolecen del mismo cuando tratan de explicar origen y desarrollo de una hacienda que comenzó su actividad pocos años después de concluida la Conquista y de la que se tienen noticias más claras en el año de 1557.[14] Sin embargo, fue durante el siglo XIX cuando ocurrieron acontecimientos importantes para el estudio de la hacienda. De ahí que en esta tesis se pretenda desmitificar el argumento de la génesis de la hacienda de Atenco con pocos documentos mal interpretados.

   En el capítulo número cuatro se analizará el surgimiento de una ganadería “profesional” bajo la égida y control de la familia Barbabosa, en la que Rafael jugó un papel determinante, al enfrentar diversos cambios que se dieron en la ganadería de Atenco en el último cuarto del siglo XIX. Se debe recordar que en 1911 se incorpora un nuevo pie de simiente que propició otras condiciones en el devenir de esta hacienda en por lo menos, los cuarenta años siguientes, para lo cual la obra de Luis Barbabosa Olascoaga es importante.[15]

   Se incluyen asimismo, imágenes de importante valor histórico e iconográfico y varias gráficas que respaldan algunos de los argumentos expuestos en los ANEXOS, sección del trabajo de investigación que reúne significativa concentración de datos, para entender que Atenco fue la ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX, poseedora además de dos atributos que consolidan su enorme peso histórico: el esplendor y la permanencia.

   Éste es un breve referente de la magnitud de producción de ganado de la hacienda de Atenco en el mejor de sus períodos, 1815-1900, que abordaré en la presente investigación.

   El período en estudio podría resultar en consecuencia muy largo: 82 años cabales. Sin embargo, se puede afirmar que, el ritmo de vida específico al interior de Atenco fue respondiendo a un patrón de comportamientos irregulares pero no radicales. Las altas y bajas en su producción de cabezas de ganado, sobre todo entre los años 1850-1860; 1863-1867 y 1885-1888 nos dan una lectura favorable. Los otros años reflejan las irregularidades a que quedan expuestas este tipo de unidades de producción tan específica como la de crianza de ganado de casta, o ganado para la lidia.

   Finalmente, quiero agradecer la valiosa recomendación que emitió a lo largo de la discusión de esta tesis todo el sínodo mismo que dirigió, revisó, cuestionó y sugirió los cambios convenientes para conseguir el mejor resultado posible con el que ahora este trabajo sale al “ruedo”. Con tales argumentos, creo estar en posibilidad para “recibir el doctorado”[16] con todos los honores.

México, Ciudad Universitaria, enero de 2007.


[1] Lo que evidentemente no me da por ahora presentarme como Doctor en Historia, según recomienda el sentido común… o Perogrullo.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. 251 p. + 927 páginas (anexos). Trabajo inédito y pendiente de presentar como tesis de grado.

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