SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (III).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Uno de los primeros testimonios de que dispongo, es la crónica escrita por Pedro de Cervantes y de los Ríos, en La Lidia. Revista gráfica taurina, N° 11, del 5 de febrero de 1943. Aquí tienen ustedes el texto:

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   Ahora, realicemos la segunda lectura, la que va al fondo del asunto, para entender a detalle lo que el autor de Diez Lustros de Tauromaquia, así como de La oreja de oro, novela de este autor de origen español, llegó a escribir en torno al hecho de nuestro análisis. Don Pedro, a lo que parece, decidió establecerse en México desde finales de la segunda década del siglo XX y hasta su muerte, de cuya circunstancia no tengo por ahora ninguna noticia.

   Sin distraerme en el quehacer de “Armillita”, que triunfó con “Clarinero” y donde Antonio Velázquez quedó apabullado por las hazañas de sus alternantes, voy al meollo del asunto. Dice Cervantes y de los Ríos sobre Silverio:

   Los miles de aficionados que concurrimos al último festejo en el coso de la Condesa, no salimos defraudados; al contrario, jubilosos y emocionados, pues presenciamos una vez más las grandes proezas del maestro de Saltillo y constatamos el genio del texcocano, que cuando se inspira ante los bureles nos deleita con su arte supremo que se antoja una quimera, porque escapa a la realidad, como una cosa increíble, quedando en nuestra imaginación por días, semanas y meses el recuerdo de lo realizado por este torero sin igual.

   Esto fue la corrida del domingo pasado: Maestría, Genialidad y Valor. Inolvidable será esta función por lo rica en matices grandiosos que nos deslumbraron, sobre todo cuando el Papa Silverio se recreaba y nos recreaba con su arte tan hondo y tan suyo.

   ¡Vaya manera de torear con capote y muleta!

   ¡Señores, es que no se puede pedir más!

   La plaza entera trepidaba en un frenesí de entusiasmo y yo, que no podía aplaudir porque escribía mis notas, pude apreciar mejor ese arrebatamiento de las masas cuando, ebrias de gozo y entusiasmo, gritaban a voz en cuello ¡Torero! ¡Torero!

   Antes que analizar el suceso, conviene revisar la opinión del cronista, quien destaca la actitud multitudinaria que desquiciada, respondía ante aquel prodigio, el que Silverio “formó” en el quinto de la tarde, hasta el punto del arrebato. El de Texcoco era ya, en esos momentos, un torero que había conseguido llegar a las fibras más sensibles del gusto popular, si para ello ya contaba en su haber con varias faenas anteriores a esta, tan notables. Sin embargo, quedaron superadas por lo realizado el 31 de enero de 1943, hasta convertir aquello en la cumbre del que para entonces era todavía un corto camino, al que vendrían a sumarse tantas y tantas faenas más, inscritas bajo el sello de lo “mexicano”.

   Con su primero,

prendió el entusiasmo con unos lances al natural prodigiosos y siguió en ese mismo plan arrollador instrumentando un monumental quite por chicuelinas, lentas, majestuosas, inenarrables. Con la ballesta dobló al buró cerca de las tablas y, cambiando después de terreno, ejecutó derechazos por alto y por abajo, que no pueden merecer otro adjetivo sino el de cumbres. Después de esto, también le vemos el terno manchado de sangre. Continuó su trasteo con pases llenos de emotividad y torerismo, para terminar con dos pinchazos y un sartenazo que surtió sus efectos mortales.

   Es decir, que con “Bullanguero” habría sido suficiente para salir de la plaza en olor de santidad, a pesar del incordio de la espada. Sin embargo, por las notas aquí expuestas, se puede entender que lo hecho por Silverio fue un auténtico prodigio, el cual superó cuando salió el quinto de la tarde y que se llamó “Tanguito”. Veamos.

   En su segundo, de nombre Tanguito, no pudo acomodarse con el percal y nada le vimos a excepción de una sola verónica, la primera. Y viene lo grande: Silverio, con el refajo en la diestra mano, vuelve a caldear los tendidos, pero esta vez para ponerlos al rojo blanco con unos muletazos de asombro, pases de maravilla, a cámara lenta, interminables, soberbios. En la arena se ven toda clase de prendas de vestir, la plaza entera cruje en delirantes espasmos. En esos momentos Silverio se tiró a matar dejando el alfanje tendencioso, por lo que tuvo que descabellar acertando al primer empujón. Los tendidos se nublaron al bullir los pañuelos y en medio de aquel frenesí se le concede la oreja y el rabo del bicho, cuyo cadáver también merece el honor de la vuelta al anillo y otra vez vemos salir al ganadero en compañía de los tres matadores.

   Hasta aquí las notas de don Pedro de Cervantes. A 72 años vista, intentar un ejercicio donde se busca que trascienda la imparcialidad es harto complicado, pues es y será solo a través de estas notas, las que iremos encontrando de aquí en adelante, las que nos permitan comprender la dimensión del suceso que ya lo decía al principio del presente ensayo, se convirtió en un parteaguas. Conforme nos vamos dando cuenta de la realidad, aquello también fue un paradigma. Sin embargo, es obligación del historiador encontrar una nueva interpretación de aquel capítulo y entender los hechos del pasado a la luz del presente, con objeto de reencontrarnos con eso que “todo aficionado” suele convertir en referencia. Pero también en lugar común, con riesgo de que se contamine de ese velo con el que suelen magnificarse asuntos en los que por esa presencia indeseable, se pierde la esencia de una verdad sin más. Por eso es que lo de Silverio y “Tanguito” merecen atención aparte.

   El recuento de Cervantes queda reducido a una emotiva circunstancia de conjunto sobre la que fue labor del de Texcoco, sin ir más allá de anotar lo destacado, que no fue mucho con el capote, pero sí con la muleta, de lo cual apenas tenemos ese párrafo esencial y de conjunto sobre su faena muleteril. ¡Así habrá sido!, pues a pesar del remate inesperado del pinchazo y un descabello, la obra fue merecedora de lo que entonces estipulaba el reglamento en vigor: Oreja y rabo… ¡Casi nada!

   En esa historia de lo inmediato, de pronto uno queda limitado a dar sus primeras impresiones, pero conforme los hechos se diluyen en el siguiente episodio, que es la historia a distancia, uno dimensiona la realidad en su exacta condición, con lo que de ese primera impresión apenas fue posible que Cervantes hilvanara tan emocionados testimonios, sin alcanzar a comprender que se construía una caja de resonancia la cual y hasta hoy, sigue retumbando.

CONTINUARÁ.

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