SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (IV).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Inevitable no incluir en este análisis la crónica sin par que nos legó Carlos Septién García, quien para los momentos en que coincide con la hazaña de Silverio y Tanguito, se encontraba publicando sus colaboraciones en el semanario La Nación, con el seudónimo “El Quinto”. De esas y otras incursiones que además se materializaron en periódicos como El Universal y El Gráfico, se tuvo el feliz resultado de Crónicas de Toros, libro del que hago mía la gran oportunidad de regresar a tan interesante lectura.

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   Con esta crónica -¡señora crónica!-, basta y sobra, y creo que en buena medida es la mejor de todas las reseñas que hasta ahora he localizado, un verdadero modelo a seguir.

   ¡Genial de toda genialidad!

   Lo que nos viene a contar a quien también conocemos como “El Tío Carlos” es el resultado de una visión contemplativa inmejorable.[1] Sin afán de limitar el contenido de ese texto impecable, bien vale la pena centrarnos en la obra de Silverio a “Tanguito”.

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Fotografía: Luis Reynoso. La Lidia. Revista gráfica taurina, N° 11, del 5 de febrero de 1943.

   Para empezar, el solo hecho de encontrar un comparativo con la figura de Domeniko Theotokopoulos remarca el sentido y significado de los personajes que “El Greco” supo plasmar con estilo propio y que hoy son un referente de la pintura universal. Y es que para atreverse a tamaño atrevimiento es porque con

el toreo de Silverio al quinto se cumplió real y verdaderamente [alcanzar] el terreno de la fantasía. Allí donde nada tienen que hacer las leyes físicas; donde todo es libertad radiante de creación y desarrollo. Allí donde, desaparecidas las limitaciones de la dimensión, se desenvuelven suntuosamente libres, esas cosas admirables que son los sueños, los cuentos de hadas y las obras del genio. Allí donde es posible –con tremenda sencillez- que un castillo se derrumbe ante el conjuro de un niño, que una fresca muchacha duerma trescientos años seguidos, que un poeta arrebate la esencia de las cosas, o que un torero toree con las entrañas.

   Y eso es lo que hizo y produjo Silverio Pérez con la faena a “Tanguito”. Hasta aquí, por cierto, “El Tío Carlos” no tuvo ningún empacho en hilvanar lo que una crónica a secas podría decirnos, justo cuando nos enteramos de cuántos pases, remates u otros recursos fueron necesarios para construir su labor. En manos de Carlos Septién eso no era necesario. Los adjetivos superlativos con que construyó su texto dan al quehacer texcocano la suficiente razón para entender, desde otras dimensiones, la estatura de la obra, pues llegó a entender, como lo dice más adelante:

   Y así toreó Silverio Pérez. Trastornando las actuales dimensiones del toreo. Acortando hasta el último límite las distancias entre toro y torero. Ensanchando hasta lo increíble en uno y otro sentido el espacio en que el toro podía ir prendido en la muleta. Alargando hasta lo inverosímil el tiempo de dilación de un lance o de un pase. Haciendo por tanto un toreo diferente en temple y en terreno, en tiempo y en espacio.

   Con esta idea fundamental, el autor de Crónicas de Toros nos revela un factor relevante, pues percibe que la faena silverista estaba alcanzando la verdadera cima de un cambio en el significado de lo que para entonces representaba el toreo, y ese cambio se convirtió en la vuelta de tuerca en una época que veía pasar, por primera vez una nueva expresión generacional e interpretativa, la de una faena mutante, que se renovaba en sí misma para convertirse en otra cosa; con la aplicación de un tiempo que ya no era el de un toreo primitivo, sino plena y naturalmente moderno.

   Por tanto, no es casual que al terminar de dar su balance sobre el desempeño de Silverio, “El Tío Carlos” terminara sentenciando:

   En la base del toreo de Silverio se halla la pureza de su escuela. En la cumbre, su inmensa capacidad estética, “alquitara de siglos” de raza. En el trayecto hay un estadio diferente que fue Peluquero.[2] El novillero Silverio fue el lento y apasionado aprendiz de lo clásico. Silverio el de Peluquero fue el mestizo dramático que hubo de vencerse a sí mismo para triunfar; Silverio el de Tanguito es el artista que, dominada la técnica, vencida la angustia, encuentra en el arrebato la expresión de un sentido único, entrañable, del toreo.

   Y, como en el caso de “El Greco”, hasta que el célebre artista pudo dominar la paleta de colores, imponer un estilo propio y tornarse genial, es que pudo ganar la gloria a fuerza de un empeño donde quedaba demostrado como impronta, aquel arte imperecedero. Por eso al descubrir un caso semejante en Silverio, es que quienes tendrían legítimo derecho a opinar, como es el caso de Septién García, y el resto, es decir toda esa legión de aficionados que a su vez forjaban una propia opinión al respecto también. El hecho es que se alcanzaban límites no concebidos en el toreo de una figura que se emparentaba con todo ese significado de lo nacional, justo en épocas que seguían buscando recuperar ese significado que, en buena medida se alteró por obra de la revolución armada. Si bien, los tiempos postrevolucionarios tuvieron entre sus preocupaciones las de recuperar las raíces, donde estaban elementos fundamentales como la música, o la literatura, por ejemplo, el hecho es que Silverio desde la tauromaquia, también se encargó de aportar todos estos componentes que permitieron identificar al toreo como una interpretación más nacional que mestiza, aunque complementarias al fin y al cabo.

   Por último, Septién García parece etiquetar lo que para nosotros sigue representando hasta hoy como la “escuela mexicana del toreo”. Así como en España se consideran fundamentales la “Escuela rondeña, o la “sevillana” (sin hacer menos algunas más que han encontrado similar calificativo), el hecho es que identifica lo mexicano en Silverio de la siguiente forma:

   Con este Silverio Pérez, producto de un pueblo al que se le han negado y obstruído todos los caminos de lo heroico excepto el del toreo, se inicia la época del toreo como fantasía. Y la escuela mexicana paga con creces su deuda al toreo universal entregándole el mensaje de este indio de Texcoco largo, huesudo, desangelado y genial.

   Pues bien, lo que al principio del siglo XX hubo de comenzar otro “indio”, y me refiero al mismísimo Rodolfo Gaona, Silverio –“indio de Texcoco-, y también de la misma raza, lo culmina en términos de perfección y hondura que calaron desde entonces y hasta hoy, donde solo nos llega, tan fresca como es, esa fragancia, la de un toreo, en el que sus distintos intérpretes han procurado mantener la esencia, el significado de todo ese largo proceso de madurez.

   Las batallas de Gaona y Silverio se tornaron conquista, y lo hicieron para elevar el toreo a órdenes universales.

CONTINUARÁ.


[1] SEPTIÉN GARCÍA, Carlos (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 58-62.

[2] Se refiere a la faena que realizó el propio diestro el 22 de marzo de 1942, en el “Toreo” de la Condesa. Alternó aquella ocasión –mano a mano- con Carlos Arruza, lidiando toros de Piedras Negras (4), La Laguna (1) y Carlos Cuevas (1). Precisamente fue de esta última ganadería con el que triunfó en forma excepcional, cortando oreja y rabo.

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