PLAZAS DE TOROS: ESCENARIOS PARA LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS EN EL ÁMBITO DE LAS CIUDADES. (II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Este material consta de un RECORRIDO POR PLAZAS DE TOROS DE LA CIUDAD DE MEXICO para luego conocer el cómo y el cuándo de LA INAUGURACION DE LA PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, hecho que ocurrió en 1851, unos APUNTES SOBRE LA PLAZA DE TOROS DE “BUCARELI” que nos cuentan el estreno de la plaza financiada por Ponciano Díaz en 1888. Más tarde, arribamos al siglo XX en que conoceremos algunos datos relevantes sobre el TOREO de la colonia CONDESA, construcción de mampostería, la primera en esta ciudad, que se mantuvo de 1907 a 1946 y LA PLAZA DE TOROS “MEXICO” A 52 AÑOS DE SU INAUGURACION que mueve a LOS REGISTROS DE LA HISTORIA. Se incluye un ARTÍCULO INÉDITO DE LA “ILUSTRACIÓN MEXICANA” DE 1851 el cual DESCRIBE PERFILES DE LA SOCIEDAD QUE ASISTE A UNA CAMBIANTE FIESTA TAURINA para rematar con LA PLAZA DE TOROS: DEL ESCENARIO COTIDIANO A UNA SEMEJANZA CON “LA GUERRA DE LOS MUNDOS”, DE H. G. WELLS…

INTRODUCCIÓN

   La ciudad como elemento de almacenaje histórico, ofrece la summa de todos aquellos acontecimientos que la definen, enorme prisma con infinitas manifestaciones que le dan vida, la nutren de intensidad que apenas descansa y cuando tiene oportunidad de hacerlo, nuevos sobresaltos la despiertan. Desde tiempos inmemoriales, la peregrinación indígena venida según cuentan las historias, desde Mexcaltitán, se asienta en un hermoso sitio que configurado al paso de los años en el asentamiento del poderoso imperio Mexica: la gran ciudad México-Tenochtitlan, escenario, que ya sabemos, fue y ha sido centro de efemérides que han estremecido a la nación toda.

   Ha visto, ha sufrido en su entraña misma transformaciones estructurales que la llevan de ser la otrora “ciudad de los palacios”, y “el lugar más transparente del aire”, un amasijo urbanizado fuera de sí, que se ensanchó sin orden ni concierto, hasta convertirse en urbe, la más grande de este planeta.

   Sin embargo, su corazón en medio de estas agitaciones y discordancias, mantiene un ritmo de juventud eterna. Sus calles-venas son escenarios de mil y un pasajes de toda índole, como permanente enriquecimiento de su magnificencia.

   La Muy Noble, Insigne y Muy Leal Ciudad de México ha sido sitio de celebraciones, momentos de regocijo del que dan razón incontables documentos y relaciones, describiendo con apasionada exactitud los hechos, narrando el gozo festivo, nacido del pretexto por celebrar el fin de una guerra, o por razones gubernamentales o monárquicas;[1] o porque la iglesia, con su enorme conjunto de fiestas daba motivo para aplaudir en este marco urbano cualquiera de sus múltiples ocasiones de júbilo. Y todo ello ocurría en la capitalidad del virreinato de la Nueva España.

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…la Plaza Mayor durante 1538. Un día se improvisó como un verdadero bosque, con ramas y árboles corpulentos. Al siguiente la convirtieron en la ciudad de Rodas, con sus torres y palacios, y en aquel escenario soltaron unos toros que armaron gran revuelo entre los espectadores. Un día después hubo torneos y juegos de cañas del que resultó lastimado Juan Cermeño al recibir un bote en la pierna, del que nunca más sanó.

   No cesaban las fiestas, que por cierto celebraban las “Paces de Aguas Muertas”, concertadas por el emperador Don Carlos y el Rey de Francia Francisco I y el último día también se corrieron toros. El gran festejo terminó en medio de grandes banquetes ofrecidos por el virrey Antonio de Mendoza y el nuevo Marqués del Valle de Oaxaca don Hernando Cortés.

Fuente: Carlos Sánchez-Navarro y Peón: Memorias de un viejo palacio (La Casa del Banco Nacional de México). México, Compañía Litográfica Nacional, S.A., 1950. 316 pp. ils., fots., p. 38.

   Desde el año de 1526, con el registro que nos lega Hernán Cortés en su Quinta Carta-Relación, dando fe de lo ocurrido el 24 de junio, para mayor exactitud, las fiestas de toros constituyen parte de la vida cotidiana en la entonces nueva ciudad de México-Tenuxtitlán que va desplazando la urbanización prehispánica para convertirse en un entorno cuyo trazo es del puro estilo renacentista. Poco a poco los palacios, las grandes mansiones, las iglesias, conventos y edificios van agregándose al escenario, embelleciendo el entorno. Tampoco podían faltar los lugares públicos, como las plazas, lugares ocupados para dar rienda a la conmemoración. Y los torneos caballerescos primero; las corridas de toros después fueron teniendo sitio propio para su desarrollo:

   La ciudad corre con el gasto de luminarias, castillos y fuegos de artificio, comedias y juegos de lanzas, toros y cañas, pago de cera, aceite, sermón y estipendio por las misas. Todo ello para alegrarse masivamente por el patrocinio de sus santos patronos. Ante la inseguridad y la incertidumbre que vive la ciudad colonial, se apagaron las angustias mediante la protección solicitada a los patronos. Los días de fiestas grandes se hallan dedicados a San Hipólito, el 13 de agosto; a la Virgen de los Remedios, el 1º de septiembre; el 11 y 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe[2].

   Pero había muchos otros patronos y a todos ellos se les celebraba con “festivas demostraciones” que incluían beatificaciones y canonizaciones.

   La ciudad participa con su gente en todos estos actos. Hoy en día, las ciudades provincianas más que la capital del país, recogen, rescatan el calendario litúrgico y casos como la feria de san Marcos en Aguascalientes destacan este símbolo. Lo mismo que Cañadas, Jalisco y la feria de la Candelaria, o las fiestas de navidad, célebres en Querétaro o Celaya. En el Distrito Federal las novilladas o la “temporada grande” cubren con rigurosa tradición, el permanente oficio de celebraciones, independientemente de este último año de 1998, en que hemos padecido buen número de domingos sin toros.

   Del concepto de pequeña ciudad que tuvieron muchas de las actuales capitales de los estados de este país que es México, allí se vivieron jornadas históricas recogidas por sinfín de testimonios que nos dan evidencia del boato, la alegría, el divertimento al que fueron convocados sus habitantes. Ya dijimos que por motivos civiles o religiosos se tenía pretexto para efectuar corridas que duraban varios días, corriendo 100 o más toros, por ejemplo en plazas como el Volador, durante la colonia.[3] En el siglo XIX, las constantes en cuanto a formas o sistemas políticos que imperaron buscando todas conseguir el buen desarrollo de la sociedad, propiciaron corridas de toros a las cuales asistían desde presidentes de la república o emperadores, hasta el núcleo mayoritario del pueblo, que en conjunto llegaban desde diversos puntos de la ciudad para congregarse en plazas como la de san Pablo o Paseo Nuevo. En tales sitios se daba rienda suelta a multitud de espectáculos que fueron a enriquecer esa parte de la historia taurina, cuyos pasos son paralelos a los de la historia de México en su conjunto.

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Plano de la plaza de toros del Volador, hacia 1769. Plano correspondiente a una de las tantas construcciones efímeras con que se erigió la plaza de toros del Volador. La disposición, muy parecida a la que se levantó en 1677, corresponde a esta que se realizó en 1769. Cortesía del Lic. Francisco Daniel Montellano Ballesteros.

Fuente: Universidad Nacional Autónoma de México. Biblioteca Nacional. Fondo Reservado.

   He allí un testimonio vivo, transformado que en casi cinco siglos ha causado el gozo popular entre muchas generaciones y también, muchos, muchísimos aficionados que se han deleitado con el arte de la tauromaquia en sus diversas modalidades. La ciudad como entorno de dimensiones majestuosas ha sido el escenario en diversos puntos de su estructura, a donde van a asentarse esta o aquella plaza de las 52 de que se tiene registro, solo para México, Distrito Federal.

CONTINUARÁ.


[1] Francisco de Solano: “Las voces de la ciudad de México. Aproximación a la historiografía de la ciudad de México”. En: La ciudad, concepto y obra (VI Coloquio de Historia del Arte). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1987. 289 pp. Ils., fots. (pp. 55-77). Pág. 70.

   En otras ocasiones la festividad venía provocada por motivos gubernamentales: proclamaciones de nuevos monarcas y juras de la población, festejos por los cumpleaños o días onomásticos de los reyes, lo mismo que por sus casamientos o el nacimiento de sus hijos. Una verdadera identidad entre capital de virreinato y dinastía reinante se verifica desde bien temprano: historiográficamente desde 1557 en que se imprime el “comentario de la jura hecha al invictísimo rey don Felipe II”. La última de las manifestaciones, en 1809, en que se efectuó la jura de Fernando VII.

[2] Op. cit., p. 69.

[3] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 pp. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2).

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