PLAZAS DE TOROS: ESCENARIOS PARA LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS EN EL ÁMBITO DE LAS CIUDADES. (III).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

RECORRIDO POR PLAZAS DE TOROS DE LA CIUDAD DE MEXICO.

   Poco después de que se consumó la conquista, esto en 1521, los españoles no olvidaron lo esencial de su vida cotidiana en Europa, por lo que incluyeron en América torneos caballerescos, amén de correr y lidiar toros bajo distintas modalidades. Para ello, levantaron improvisadas plazas donde poco a poco se fueron incorporando indígenas, mestizos y criollos mezclados con una nobleza opulenta al principio; más tarde terminó perdiendo su papel protagónico compartiéndolo con el pueblo llano.

   Antes del asiento de la plaza del Volador (1586-1815) cobró importancia la Plaza Mayor, misma que, en 1538 fue espacio de grandes regocijos para celebrar las paces de “Aguas Muertas” entre España y Francia.

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Archivo Histórico de la Ciudad de México “Carlos de Sigüenza y Góngora”. Vol. 855, “Diversiones Públicas”, Toros I, exp. 6: Repartimiento de los cuartones de la plaza de toros.-formada en la del Volador de esta ciudad, en celebridad del ascenso al Virreinato de esta Nueva España de el Excmo. Sr. Dr. Dn. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta. (1734).

   Mencionar el Volador (hoy lugar de la Suprema Corte de Justicia de la Nación) es admirar más de 200 años de actividad taurina. Nunca fue plaza definitiva, pero en cuanto pretexto festivo se anunciaba, los mejores arquitectos diseñaban cosos en formas diversas: ya ochavada, ya ovalada; ora rectangular. La circular aún no estaba considerada. Terminadas las fiestas recuperaba su forma popular de mercado o plaza pública.

   La plaza del Volador[1] traspone las características novohispanas y se ofrece como escenario en pleno movimiento de emancipación. Serán ya muy pocos los años, pues en 1815 se decide cambiar su maderamen a la plaza de San Pablo, misma que resultará dañada en 1821 por un incendio de proporciones tales que su reinauguración se ajustó hasta 1833.

   En 1702 llegó a Nueva España un nuevo virrey: el conde de Alburquerque. Por tal motivo se realizaron grandes fiestas, como muchas otras en la colonia. Pero estas tienen el particular significado de que quedaron plasmadas en un imponente biombo que registra -exactamente al centro del mismo- las escenas taurinas en lo que puede considerarse un escenario sin límite alguno, mismo que dió cabida a otra serie de expresiones festivas.

   Vale la pena mencionar un proyecto -que no se materializó- pero que contuvo la gran posibilidad de ser un coso permanente y con un ruedo a como estamos acostumbrados. Se trata del diseño hecho por Manuel Tolsá -el del “Caballito”-, en 1793, mismo que pretendió erigir el segundo conde de Revillagigedo en el Paseo de Bucareli. Realmente pudo ser una bella pieza arquitectónica.

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Proyecto de plaza de toros propuesto por Manuel Tolsá en 1793. En FLORES HERNÁNDEZ, Benjamín: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, vol. 7. (México, 1981). p. 99-160, fots.

   Hubo en la capital de la Nueva España otras tantas plazas que también asumieron el carácter efímero pero no por ello dejaron de usarse como escenarios para el gran boato, o para ensayar el toreo, ya que seguramente la tauromaquia como profesión iba adquiriendo fuerza cada vez con mayor resonancia. Veamos a continuación un repaso de las mismas:

Chapultepec (1702-1716)

san Sebastián (1729)

santa Isabel (1730)

Don Toribio (1813-1828)

Hornillo (1785)

Jamaica (1783-1787; 1813-1816)

Paseo Nuevo (1796-1797)

San Diego (1701-1702;1765)

Los Pelos (1803)

san Lucas (1790-1791)

San Pablo (1788-1821; 1833-1864)

Tarasquillo (1803)

Villamil (–)

Necatitlán (1808?-1845)

Boliche (1819-1833)

Plaza Nacional (1822-1824)

   En 1788 comenzó a trazarse la trayectoria de lo que más tarde sería la Real Plaza de toros de san Pablo que resistió hasta 1864. Y resistió porque en 1821 sufrió un incendio, reinaugurándose en 1833. Más tarde, en 1847 fue prácticamente desmantelada y su maderamen empleado en las barricadas que sirvieron para enfrentar la ocupación norteamericana en septiembre de ese año. Es de hecho, la primer plaza permanente (aunque sigue siendo una construcción de madera).[2]

   Hubo una plaza metida en la entraña de un barrio por demás temible, pero fascinante a la hora de emprender un recorrido que fuera mostrando a cada paso, las cosas que ofrecía a un viajero extranjero como Gabriel Ferry quien nos dice:

La plaza de Necatitlán presentaba un espectáculo tan raro como nuevo para mí. Los palcos de sol recibían de lleno los rayos de este temible astro en aquellas regiones, y detrás de las mantas y de los rebociños extendidos para hacer sombra, el populacho, apiñado en pirámides caprichosas en las gradas del circo, se entregaba a un concierto abominable de gritos y silbidos. Gabriel Ferry. Escenas de la vida mexicana. “Perico el Zaragata”, I. LA JAMAICA Y EL MONTE PARNASO.

   Puede hablarse de un cambio de concepciones en cuanto a la posibilidad de hacer permanente el espectáculo en plazas que no guardan el síntoma de la permanencia-,[3] debido a que se construyeron sus edificios a partir del apoyo de madera y nunca como posible escenario definitivo, sea este de mampostería, piedra u otros materiales. De acuerdo a esto apunta Benjamín Flores Hernández

Al pensarse dar mayor duración a los circos taurinos, se empezó a considerar la necesidad de comprar toda la madera precisa para hacerlos.[4]

Pero con ello, no se resolvía nada, las condiciones efímeras del escenario taurino estaban garantizadas para muchos años. Y no se resolvería hasta la construcción “definitiva” de la plaza de toros “El Toreo” de la colonia Condesa (1907).

   En 1803 funcionó el coso ochavado del “Tarasquillo” (situada en la hoy día plaza Santos Degollado).[5]

   Los ensayos o modos de corregir imperfecciones para hacer grandes demostraciones en la del Volador ocurrían en la “Plazuela de los Pelos”.[6]

   Ya he dicho que en 1815 el Volador y su maderamen pasan como tales a la Real Plaza de San Pablo. Ese mismo año, y entre enero y febrero, hubo hasta ocho corridas para celebrar la restitución al trono de Fernando VII de España.[7]

   Ahora bien, fue la Real Hacienda la parte más interesada en erigir circos taurinos firmes y de material durable (11).[8]

   Otras plazas.-Sin afán de profundizar con detalles y minucias en plazas efímeras, dedicaré un poco de atención a aquellas que prestaron sus servicios de manera provisional.

PLAZAS DE TOROS EN LA CD. DE MÉXICO

Cuadro tomado del ensayo del Dr. Benjamín Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1981 282 pp. Ils., planos. (ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, 7)., p. 158-60.

   He mencionado párrafos atrás dos plazas que van a tomar sentido o dirección como “batuta del orden”, es decir cuando ya solo son escenarios que cubren o comprenden la actividad taurina en la capital del país a mediados del siglo XIX. Me refiero a la Real Plaza de Toros de San Pablo y la del Paseo Nuevo, “escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia”.

   Sirvieron, entre otras cosas, como motivo a diversas ascensiones aerostáticas, a la representación de un conjunto de mojigangas de varia invención, a más de presentar en muchas ocasiones al diestro gaditano Bernardo Gaviño, quien desde 1835 y, hasta su muerte, en 1886 fue eje fundamental de la continuidad española en México, dado que nuestro país y sus toreros se dieron a la tarea de poner en práctica un toreo con características diferentes a la española.

   De 1851 a 1867 funcionó como plaza de toros la del Paseo Nuevo, cuyo diseño guarda proporción con las influencias arquitectónicas de la época. Era hermosa de verdad. Hubo año en que se celebraron alrededor de 100 festejos lo que da idea del auge alcanzado por un espectáculo con una particular presencia de lo nacional, pero que no por ello soslayaba las raíces españolas.

CONTINUARÁ.


[1] Benjamín Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1981 282 pp. Ils., planos. (ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, 7). (pp. 99-160); p. 144-5. La plaza a la que nos estamos refiriendo, ubicada aproximadamente en el predio que actualmente ocupa el edificio de la Suprema Corte de Justicia, era conocida también como de las escuelas y de la universidad. El nombre de el Volador le vino, según asegura González Obregón, de que en tiempo de los aztecas se realizaba allí el juego de tal nombre, consistente en el descenso de cuatro indígenas, sostenidos por sendas cuerdas, de lo alto de un palo de altura considerable, dando vuelta alrededor de él.

   La tal explanada, de forma cuadrada, era bastante grande, pues cada uno de sus lados medía unas cien varas -ochenta y tres metros y medio- de largo. Entre ellas y el palacio del virrey, precisamente por donde ahora corre la calle de Corregidora, pasaba una acequia o canal de agua por el que continuamente circulaba gran número de canoas y otras embarcaciones que llevaban fruta, legumbres y toda clase de mercancías rumbo al mercado que se hacía en el propio Volador. Dicha acequia quedaba unas veces dentro y otras fuera del recinto de los cosos construidos para lidiar toros; y es cosa curiosa saber que en ocasiones se aprovechaba para algunas de las diversiones que acompañaban los actos taurinos; por ejemplo, organizando en ella regatas o combates simulados entre embarcaciones.

   Su situación por lo céntrica, era privilegiada, pues favorecía la concurrencia de gente de todos los rumbos de la ciudad; empero, al mismo tiempo, la estrechez de las calles que conducían a ella provocaba grandes congestionamientos entre los coches que llevaban a las personas que iban a disfrutar de las corridas.

[2] Op. cit., p. 155-8. Construida a fines de 1815. Por un incendio hacia los primeros meses de 1821, prestó de nuevo sus servicios hasta 1833.

   La vida de aquella primera y única plaza permanente activa en la capital mexicana durante la colonia fue muy breve, pues no duró más que cinco años. Se reinauguró -como ya se sabe- en 1833, justo el 7 de abril -día de Pascua de Resurrección- cuando en el mismo lugar se inauguró un nuevo coso taurino, construido a  todo  lujo  y  el  cual duró, con muchas modificaciones, hasta ser finalmente demolido en 1864, como consecuencia de la prohibición de la fiesta dictaminada por el presidente Benito Juárez.

Cfr. Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fot. T. II., p. 767. Plaza de “San Pablo”. a Fines de 1815 se construyó en la plazuela de San Pablo la primera plaza permanente, de madera capaz de albergar en su interior a unos ocho mil espectadores, que en el centro del redondel tenía un pedestal de piedra con un mástil para colocar una bandera los días de corrida, llamada “Real Plaza de Toros de San Pablo” que duró hasta 1821, ya que unos meses antes de consumarse la independencia de México fue incendiada y quedó totalmente destruida. En 1833 se edificó en el mismo lugar una segunda plaza, también de madera y más o menos con la misma cabida, que se estrenó el domingo 7 de abril de dicho año y que funcionó hasta 1848, cuando tuvo que ser completamente demolida de nuevo por estar podrido todo el maderamen y no ofrecer ninguna garantía de seguridad. Dos años después, en el mismo sitio, se edificó un tercer coso, de madera y con el mismo cupo, que se inauguró el 15 de diciembre de 1851 (seis toros de Atenco para la cuadrilla de Bernardo Gaviño) y que perduró hasta 1864, cuando fue definitivamente desmantelada, aunque hay que agregar que a causa de la competencia que le hacía la plaza del Paseo Nuevo, desde 1860 no abría sus puertas al público. Este circo taurino, o más bien los tres que se levantaron en el mismo predio, estaba situado en la manzana que ahora limitan las calles de San Pablo, Topacio, Jesús María y Fray Servando Teresa de Mier.

[3] Se trata, en todo caso, de algo que puede ser calificado como de arquitectura efímera. Véase de Guillermo Tovar de Teresa: “Arquitectura efímera y fiestas reales. La jura de Carlos IV en la ciudad de México, 1789”. Artes de México, nueva época, No. 1, otoño de 1988, p. 42-55.

[4] Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros…”, Op. cit., p. 119.

[5] Lanfranchi: La fiesta brava en México y en… Op. cit., T. I., p. 117.

[6] Lanfranchi, Ibidem.

[7] Ibib., p. 119. “…Estando próximas las corridas de toros que en celebridad de la feliz restitución de nuestro amado Soberano, el señor don Fernando VII, al trono de sus mayores, han de ejecutarse en esta capital, y debiendo observarse en ellas por parte del público, todo lo que existen el buen orden, y constituye la inocente alegría y diversión, como corresponde al alto objeto en cuyo obsequio se celebran estas funciones, y a la idea que debe formarse de un pueblo ilustrado, he resuelto que se cumpla y ejecute lo siguiente:

1.-Luego que la tropa acabe de partir la plaza, no quedarán en ella por motivo alguno sino los toreros. En el caso de que algún aficionado quisiere ejecutar alguna suerte o habilidad,  pedirá permiso, y sólo estará dentro del circo, el tiempo necesario para lucir su destreza: por consecuencia, nadie bajará a la plaza hasta después de muerto el último toro, a excepción del tiempo que dure el embolado, si lo hubiere.

2.-Los capataces de cuadrillas de toreros, antes de salir a la plaza, se presentarán con su gente al señor alcalde del primer voto, para que éste vea por sí mismo si hay alguno ebrio, en cuyo caso no le permitirá torear y lo pondrá en arresto.

3.-En las vallas ni entre barreras, no quedará paisano ni militar alguno que no esté destinado expresamente a dicho paraje.

4.-No se arrojarán absolutamente a la plaza desde las lumbreras y tendidos, cáscaras de fruta ni otras cosas, que a más de ensuciar la plaza, pueden perjudicar a los toreros. Tampoco se escupirá ni echará nada de lo referido sobre las gradas, que pueda incomodar a los que se sienten en ellas.

5.-Los espectadores no abstendrán de proferir palabras indecentes ni contra determinada clase de personas, pues además de ser contra la moral, perjudican a la buena crianza.

6.-Estar libre y expedito el tránsito de las calles del puente de Palacio, Portaceli, Universidad y Palacio, no colocándose en ellas puesto alguno de frutas ni otro efecto cualquiera, ni sentándose gentes en las banquetas y puertas de todo este círculo, y evitándose que por su ámbito se formen corrillos y queden gentes paradas a ver las que suben y bajan a los tablados, de lo que cuidarán las respectivas centinelas.

7.-Será también del cargo de ellas y de las patrullas y rondas, destinadas a los mismos parajes, impedir las entradas de coches y caballos a las inmediaciones de la plaza, sin embargo de que se pondrán vigas en las bocacalles del puente de Palacio, San Bernardo, Portaceli, rejas de Balvanera y Universidad.

8.-Acabada la corrida de la tarde, se cerrarán inmediatamente las puertas de la Plaza, y a nadie se permitirá entrar ni permanecer en ella, a excepción de los cuidadores.

9.-De ningún modo se harán tablados y se formarán sombras en las azoteas de las casas del contorno de la Plaza, sin exceptuar la Universidad, Ni el Real Palacio, si consentirá que se agolpe gente en ellas, para evitar una desgracia. De lo cual se encargarán las patrullas y rondas, avisando al vecino de la casa donde se observe este abuso, a fin de que lo remedie, y de no hacerlo, se dará parte al Sr. Alcalde de primer voto, para que tome providencia.

10.-Renuevo las prevenciones de mi bando de 13 del corriente sobre prohibición de armas, y se abstendrá de llevarla de cualquier especie, todo aquel que por su clase o destino no deba portar las permitidas.

11.-Los que puedan llevar armas de las no vedadas y estén colocados cerca del callejón de entrebarreras, sean militares o paisanos, no usarán de ellas en modo alguno contra los toros que salten la valla, ni nadie los apaleará ni atormentará, pues es contra la diversión de los demás espectadores, y es de la incumbencia de los toreros hacer salir al animal del callejón.

12.-Para evitar los robos y las violencias durante la corrida, en los demás puntos de la población, rondará en este tiempo los alcaldes menores sus respectivos cuarteles, repartiéndose entre ellos la comisión por días, de manera que en cada una anden por lo menos ocho rondas en el término del espectáculo, sin perjuicio de las patrullas que se destinarán al mismo fin.

13.-El que faltare a cualquiera de los artículos indicados, quedará sujeto a la pena corporal o pecuniaria que se le impondrá en el acto, según las circunstancias de la persona y de la falta, aplicándose las segundas a beneficio de los fondos de la Cárcel Diputación, sin que valga fuero alguno, por ser materia de policía y buen gobierno.

14.-Para el pronto castigo de los infractores, en  lo  relativo  a lo anterior de la Plaza, habrá un juzgado en ella misma, compuesto de uno de los señores alcaldes de la Real Sala del Crimen, cuyo turno arreglará el señor gobernador de ella, un escribano y un ministro ejecutor de justicia: procediendo dicho señor magistrado a la imposición de penas en el acto, según la calificación que hiciere del delito.

15.-El sargento mayor de la plaza auxiliará con la fuerza armada al señor Juez, en los casos que lo necesite, y concurrirá por su parte a que los individuos militares observen el buen orden en los mismos términos que se previene para el paisanaje, impidiendo que ningún individuo militar salga a torear.

Y para que nadie pueda alegar ignorancia, mando que publicado por bando en este capital, se remita a las autoridades que corresponda. Dado en este Real Palacio de México, a 24 de enero de 1815. Felix María Calleja. Por mandato de S.E.”.

   La cuadrilla que se encargó de la lidia de los toros fue la siguiente:

Capitán: Felipe Estrada.

Segundo espada: José Antonio Rea.

Banderilleros: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón).

Picadores: Javier Tenorio, Francisco Alvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo.

   Como quedó dicho, fueron ocho las corridas celebradas:

“AVISO.-Con el objeto de celebrar la feliz restitución al trono de Nto. católico monarca, el señor D. Fernando VII, han comenzado antes de ayer las ocho corridas de toros dispuestas por la Nobilísima Ciudad para los días 25, 26, 27, 28, 30 y 31 del corriente enero, y 1o. y 3 del próximo febrero”. (Diario de México, No. 27, tomo V, del viernes 27 de enero de 1815).

[8] Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros…”, ibidem., p. 100 y 103. Muy pronto, las autoridades ilustradas, interesadas como estaban en allegarse fondos para emprender la tarea de modernizar y europeizar a España, se dieron cuenta de que el producto que rindieran las fiestas taurómacas podía ser bastante importante. De este modo, al iniciarse el segundo tercio del siglo XVIII, la Real Hacienda había pasado a ser una de las partes más interesadas en su organización, obteniendo de ellas pingües ganancias. Y no pasó mucho tiempo antes de que se comprendiera que construyendo cosos permanentes se evitaría el tener que gastar en hacerlos de todo a todo cada vez que se planeara una corrida.

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