PLAZAS DE TOROS: ESCENARIOS PARA LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS EN EL ÁMBITO DE LAS CIUDADES. (IV).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LA INAUGURACION DE LA PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO.

José María Álvarez nos dice que

   La plaza de toros del Paseo Nuevo fue construida a expensas de don Vicente Pozo, quien para ello invirtió la cantidad de $97,000.00, e inaugurada el 25 de noviembre de 1851 por el diestro Bernardo Gaviño y Rueda, contratado por mi homónimo José Alvarez, Cónsul nuestro en Nueva Orleans que, de paso por la Habana, vio torear al diestro gaditano, discípulo de Juan León “Leoncillo”. En la primera corrida efectuada en la plaza del Paseo Nuevo alternó con Gaviño el mexicano Mariano González o Rodríguez, alias “La Monja”, al que hirió gravemente el segundo toro, que era oriundo de la ganadería de “El Cazadero”.[1]

   La presencia de dicho coso significó un cambio importante en la vida taurina de México, puesto que allí se presentaron, además de figuras como Gaviño o “La Monja” (Mariano “La Monja” y “Pepe Vázquez” fueron discípulos del gaditano junto a Ponciano Díaz, más aquellos que éste, por la contemporaneidad entre ellos), una cantidad de toreros diversos y una suma de representaciones complementarias al espectáculo mismo, haciendo de la fiesta un fenómeno sui géneris. La Real Plaza de toros de San Pablo todavía va a mantener un ritmo de actividades hasta el año de su desaparición; es decir, 1864. En ambos cosos se experimenta el ritmo de intensidad con que se enriqueció el toreo decimonónico en México. Además de todo, fue una de las experiencias más interesantes puesto que la manifestación de lo nacional, con todo su sabor y su circunstancia se dejan sentir con una fuerza increíble. El espectáculo ganó en lucidez, en un repertorio si bien efímero, pero constante y permanente que no dejaba de mostrar el ingenio y la forma de representarlo por todos aquellos actores cuyo protagonismo mayor o menor realzaba un colorido que a juicio personal no se dio más que en estos años, que coinciden con la presencia de Gaviño. En qué medida intervino, decidió o influyó para que las corridas de toros se convirtieran en ese cúmulo de invenciones, no lo sabemos, pero es un hecho que con él sucedieron todas esas cosas, las permitió e incluso las promovió al grado de que no podía darse un festejo si no intervenía Bernardo Gaviño ya como actor o como empresario, e incluso como director de escena cuando no participaba directamente en la corrida.

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Esta es una nota localizada en la prensa del 23 de noviembre de 1851, y que pasa por ser el único registro periodístico con el que se ha dado hasta el momento. Registro que nos da noticia de la mencionada inauguración del coso.

   Esta “monumental plaza de toros”, la del Paseo Nuevo, situada privilegiadamente en la antigua glorieta que todo mundo conoció como “El Caballito”, fue construida al oriente de la pieza escultural de Manuel Tolsá. Actualmente debemos ubicarla en donde se encuentra el antiguo edificio de la Lotería Nacional. Lauro E. Rosell dice que

en dicha plaza (…) tomaron parte, entre otros, el famosísimo torero español que fue ídolo de las multitudes llamado Bernardo Gaviño, (del que se afirma que nunca dio tres estocadas a un toro) en compañía del renombrado torero Mariano González, apodado “La Monja”, así como también allí lució sus portentosas habilidades como lidiador, el célebre torero mexicano Ignacio Gadea, notabilísimo jinete que fue el inventor de la olvidada y hermosa suerte de poner banderillas a caballo.[2]

   Además, por aquella época también participó el genial novelista Luis G. Inclán quien en compañía de su excelente caballo “El Chamberín” hicieron las delicias del público.

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Esta ilustración, grabada en México por A. Heimburger, publicada en El Espectador de México, recrea la fachada principal de aquella histórica plaza. Col. del autor.

   Lo que debe destacarse aquí es que como “teatro de acontecimientos” cumple cabalmente con dicha etiqueta, puesto que se representaron festejos llenos de una intensa fascinación, participando no solo los toreros de a pie o de a caballo que por costumbre eran conocidos, sino también por otro conjunto de actores que representaban mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otra variedad muy pero muy interesante. Durante los 18 años que funcionó como escenario taurino, la plaza del Paseo Nuevo estuvo al servicio de una independencia que así como enriqueció al espectáculo, probablemente también lo bloqueó porque no hubo un avance considerable, puesto que las representaciones se limitaban al sólo desarrollo de lo efímero. Con Bernardo Gaviño las condiciones no iban más allá de lo cotidiano. Esto es, se convierte de pronto en un “señor feudal” donde el feudalismo, a los ojos del Dr. Carlos Cuesta Baquero

originaba también que las corridas fuesen de identidad tan completa que llegaba a la monotonía. Todas estaban calcadas en el mismo estilo artístico. Toreando siempre el mismo espada, los mismos banderilleros y los mismos picadores, haciendo durante todo el año y por muchos años, en veinte y cinco ocasiones, porque ese número eran las corridas efectuadas en las poblaciones de importancia. Los aficionados asiduos, que los había igualmente que en la época actual, podían de antemano describir los lances taurinos que harían los toreros y el modo artístico que les imprimirían. Salvo algún incidente sangriento -afortunadamente excepcionales- los espectáculos taurinos eran completamente iguales unos a otros.

   Por tal acostumbrada monotonía, cuando algún “AS” andariego, se presentaba, acompañado de uno o dos banderilleros o de un banderillero y un picador, el público abarrotaba los billetes de entrada y llenaba las localidades del coso. Había la ilusión de lo novedoso, la promesa de contemplar algo diverso a lo ya conocido. Y cualquier detalle sin importancia pero que ofreciera desemejanza a lo habitual era inmediatamente notado y comentado exageradamente. Pero desafortunadamente tales detalles disímbolos eran muy escasos, pues todos los “ASES” tenían el mismo, igual pauta.

   Así eran las características de “nuestro nacionalismo taurino” en su primera etapa. Persistieron hasta el final, cuando la penúltima jornada artística de Ponciano Díaz, pero en el año de 1851 adquirió otro distintivo. Fue lo que en nuestro idioma nombramos PATRIOTERÍA y tomando neologismos del idioma inglés y del francés titulamos respectivamente “JINGOISMO” y “CHOVINISMO” (…)

    Como vemos, surgió además un síntoma de obsesiones que marcaron el comportamiento de una afición que sintió como suyo a Gaviño, torero que además de todo, aprovechó perfectamente dicha circunstancia al grado de que cuando sucedía alguna “invasión” como la de los supuestos Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregosa “El Chiclanero” estos prácticamente fueron expulsados por la afición; pero en el fondo, todo aquello fue arreglado por el gaditano quien no quería verse alterado por “intrusos” de esa naturaleza.

   Con todo y que Bernardo era español, pero un español avecindado de por vida en México, y quizá habituado a la forma de ser del mexicano, escuchó, de parte de los asistentes a varias de las corridas donde actuaban paisanos suyos, el grito intolerante de “¡Mueran los gachupines!” como una muestra de rechazo hacia el intruso, pero de afecto y apoyo hacia un torero que el mismo público -de su lado- terminó haciéndolo suyo, al grado de semejantes demostraciones de pasión extrema.

   Luego vinieron cerca de 20 años en que la capital estuvo privada de corridas de toros (de 1867 a 1886) por lo que la afición encontró en Tlalnepantla, Texcoco, El Huisachal, Puebla o Cuautitlán las plazas donde seguir divirtiéndose, a pesar de las distancias.

   Otro recuento de plazas decimonónicas comprende las siguientes:

Paseo Nuevo (1851-1867)

San Rafael (1887-1889)

Colón (1887-1893)

Coliseo (1887-1889)

Paseo (1887-1890)

Bucareli (1888-1899)

Mixcoac (1894)

Tacubaya (1894-1897)

Bernardo Gaviño (levantada por Juan Corona)

Villa de Guadalupe (levantada por Ponciano Díaz)

Belem (–)

La Viga (–)

Plaza “México” de la Piedad (1899-1914)

   Al derogarse la Ley de Dotación de Fondos Municipales que impuso la prohibición, esto a finales de 1886, se inició una etapa de auge en cuanto a construcción de plazas se refiere. En el término de tres años se habían estrenado, entre otras: San Rafael, Colón, Paseo, Coliseo y Bucareli. Sin embargo, la de mayor importancia fue Bucareli, estrenada el 15 de enero de 1888. Se convirtió en el templo de adoración para Ponciano Díaz al que la afición elevó a la categoría de “ídolo” y luego desplazó hasta casi desaparecerlo del panorama.

CONTINUARÁ.


[1] José María Álvarez: Añoranzas. El México que fue. Mi Colegio Militar. México, Imprenta Ocampo, 1948. 2 v., Vol. I., p. 175. Además:

Benjamín Flores Hernández. La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México). 146 pp., p. 127-29. Reconociendo su fuerza descriptiva y su belleza literaria, se transcriben aquí los párrafos sobre el edificio taurino y sobre la fiesta brava que venía en la interesante nota de José T. de Cuellar que acompañó a la lámina de referencia (en la obra: México y sus alrededores) en su edición original -de 1855 y 1856-. Van así:

“Después de admirar la estatua ecuestre, llama la atención la Nueva Plaza de Toros; graciosa y elegante, que con los edificios que le son anexos, ocupa una área de 29,695 varas cuadradas. La plaza es toda de madera, de figura circular; la área tiene un diámetro de 70 varas; después de la valla y contravalla, se levantan siete órdenes de gradas y dos de palcos de 136 cada uno, sostenidos por 272 columnitas esbeltas y elegantes. La azotea está enladrillada y cercada por ambos lados con balaustradas de madera; la altura total de la plaza, es de 12 varas, y pueden ocuparla cómodamente 10 mil personas: comenzó la obra en 18 de enero de 1851, y se concluyó en 25 de noviembre del mismo año, importando la suma de 97,202 pesos 6 reales. Por la parte exterior hay una hermosa casa con dos pisos, a cuyos lados se prolongaron al O. y al S. dos balaustrados de hierro sobre un zócalo de recinto, que con 30 pilastras de cantería cada uno, sostienen otras tantas bonitas rejas de 4 3/4 varas de altura y 6 de largo, que cierran todo el edificio exteriormente. Esta obra la debe México al Sr. D. Vicente Pozo”.

[2] Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la Capital desde 1521 hasta 1936. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935., p. 28.

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