PLAZAS DE TOROS: ESCENARIOS PARA LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS EN EL ÁMBITO DE LAS CIUDADES. (V).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

APUNTES SOBRE LA PLAZA DE TOROS DE “BUCARELI”.

   Diego Prieto “Cuatro Dedos” se iba ganando el afecto de la afición, luego de sus actuaciones en Puebla en el otoño de 1887. Pero como era medianísimo matador, esto no sirvió para dar al traste con la débil simpatía que aristócratas y clasemedieros (evolucionistas) le prodigaban a Ponciano, quien así pudo defenderse, conservando el cariño idolátrico de la plebe, y en ese otoño referido, se organizaron una serie de corridas que formaron una temporada en la que torea siete tarde en la plaza COLÓN con la que pudo reivindicarse.

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Ilustración que nos permite observar la llegada de los aficionados a la plaza de “Bucareli” alguna tarde de finales del siglo XIX, y que se publicó en El Toreo Ilustrado, de 1897.

   Los evolucionistas que le disculparon, alegaban que no había tenido maestros ni modelos de quienes aprender y copiar el toreo moderno, pero como ya había suficientes muestras, sólo esperaban la respuesta, que al parecer nunca llegó, por motivo de su rechazo a la claudicación de raíces profundas de las que había surgido.

   Hallándose en este medio, querido de unos y disculpado por otros, tenía asegurado públicos para sus corridas y para luchar con Mazzantini, cuando fue contratado para la “Gran Temporada” en “Colón”, únicamente le hacía falta a Ponciano Díaz una plaza de toros en que poder actuar. Se dedicó a construirla, contando con dos socios que vieran en el nuevo coso un buen negocio, de pingüe y seguro rendimiento. Halló los asociados en el General don José Ceballos, Gobernador del Distrito Federal, y en don Quintín Gutiérrez, conocido y acaudalado comerciante de nacionalidad española.[1]

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Caricatura de Quintín Gutiérrez. El Alacrán, del 21 de abril de 1900, p. 4.

   El inmueble, por llamarle así, nos lo describe Lauro E. Rosell, con precisa y breve observación:

Esa plaza construida de madera, con interior alegre y simpático, tenía dos amplias puertas de entrada para el departamento de Sol, y una para las cuadrillas sobre la calzada, y hacia el lado derecho, dando frente a un extenso llano, desde donde se divisaba la parte sur de la Ciudad, en primer término la Ciudadela, estatua de Carlos IV y las pardas moles de la Acordada, dos puertas para la Sombra y para la entrada del ganado.[2]

   Su aforo estaba destinado para ocho mil espectadores. De interiores agradables, con una sola línea de lumbreras y sus arcos adornados; catorce gradas en sombra, treinta y seis palcos con ocho asientos cada uno; diez y seis grada en sol

puesto que las gradas continúan en las lumbreras de este departamento. Esta parte representará los dos tercios de la plaza, de modo que el local destinado a Sombra es algo reducido.

   Había un palco para la autoridad que presidía los festejos, el cual estaba rematado en su parte más alta con una cabeza de toro disecada y concluía ese arreglo con un mástil que ostentaba bandera roja y blanca. “Gris y gualda son los colores con que está decorada la plaza”.

   El diámetro del ruedo era de treinta y ocho metros y, en fin, con todas las dependencias que requiere una obra de tales dimensiones.[3]

   Ponciano Díaz, así la presentó “a la sociedad”:

Casa de Ud., Enero de 1888

Señor D……………

En vista de la gran afición que se ha desarrollado en esta Capital por el viril espectáculo de la lidia de toros, y queriendo pagar al público de alguna manera las simpatías hacia mí, no he vacilado en exponer lo poco que he podido reunir con mi personal trabajo, para levantar un redondel en el que ese público aficionado pueda disfrutar de las emociones que produce el gran espectáculo.

   Sin pretensiones, sin rivalidades, vengo en esta temporada a que los individuos de mi cuadrilla lidien toros de las mejores ganaderías del país.

   Por mi parte yo solo me comprometo a dar lo poco que sé y que puedo alcanzar para retribuir las simpatías de que soy objeto y las que agradezco más, mientras que menos las merezco.

   Si Ud., a quien invito para la inauguración que mañana haré, y el público acogen benévolos y cariñosos mis humildes trabajos y los de mi cuadrilla, quedarán satisfechos mis deseos.

   Aprovecho la oportunidad para públicamente dar las gracias a los señores Ingenieros Angel Yermo y Alberto Malo, por el interés que tomaron en la construcción de la mencionada plaza, así como a todas las personas que de alguna manera cooperaron para su conclusión.

PONCIANO DÍAZ.

   No faltó la posición contraria manifestada por su enemigo recalcitrante: Eduardo Noriega TRESPICOS, quien escribió en LA MULETA:

El acontecimiento de hoy.-La afición tiene desde hoy un nuevo centro. En la plaza del popular matador de toros Ponciano Díaz va a efectuarse la primera corrida.

   Esto es un verdadero acontecimiento, por las trascendencias que puede traer. Si el popular espada cegado por las adulaciones de los que se llaman sus amigos procura el mejoramiento de su cuadrilla y no se ciñe a los preceptos del arte, entonces podemos afirmar que en México morirá el toreo y morirá pronto. Quedaremos reducidos a ver lo mismo que vimos en los buenos tiempos de Bernardo Gaviño, aficionados y no toreros, valientes y no diestros, herraderos y no corridas de toros.

   Y hoy por hoy, aún cuando haya una RESPETABLE MAYORÍA a quien le halague ver esto, hay también ya un crecido número de aficionados que desean y buscan otra cosa.

   Si por el contrario el simpático Ponciano, el ídolo del pueblo, procura halagar a la verdadera afición entonces podemos asegurar desde luego que el arte se entronizará definitivamente en nuestros redondeles, que el número de parciales de Ponciano aumentará muchísimo y vendrán a engrosar las filas numerosos aficionados de diferente manera de pensar que los que hoy forman su círculo. Es decir aficionados que ven en el torero un artista y no una nacionalidad, aficionados que desean se toree como debe torearse.

   El porvenir del toreo en México lo tiene en sus manos el popular matador de toros Ponciano Díaz, a él, pues, toca o levantarlo a la altura en que debe estar o hundirlo para siempre.

   Vemos que Ponciano no había perdido su prestigio. Después de momentánea derrota, se había erguido triunfante y aún tenía la preponderancia en la opinión taurómaca, incluso de su máximo detractor.

   En seguida, una pormenorizada reseña de Carlos Cuesta Baquero, testigo presencial de aquel acontecimiento, con todo lo ocurrido durante la inauguración.

   “Media hora antes que hicieran el despeje del redondel, no había en las localidades sitio donde poner un alfiler. El lleno fue imponente.

   “Porque la inauguración de la plaza de toros “Bucareli” fue un verdadero apoteosis del espada indígena y hasta el adorno del edificio era adecuado.

   “Desde los corredores exteriores hasta la azotea había bandas de listón y gallardetes y en el interior, desde la barrera hasta las lumbreras grímpolas y gardenias. En la parte alta del palco presidencial, lujosamente alfombrado y con un cortinaje de terciopelo rojo, ondeaba una bandera de lienzo blanco que tenía dibujado en el centro, en color rojo, un toro. Sobre el cornisón del mismo palco estaba un trofeo taurómaco consistente en una cabeza de toro disecada [que al parecer era la del toro CHICHARRÓN, de Ayala que segó la vida al viejo patriarca Bernardo Gaviño] y colocada entre los instrumentos que sirven para la lidia.

   “Dos fanfarrias, una en la sombra y otra en el sol, tocaron durante la corrida, pero en la sombra había también una música de instrumentos de cuerda y tenía por misión ser acompañante en un himno que cantaron los coros de una compañía de ópera italiana que estaba en México. Se trata precisamente de la compañía que representaba Julio Consonno, y su elenco formado por: Prima donna absoluta dramática, Lina Cerne; Prima donna absoluta, Matilde Rodríguez de Rodríguez; Prima donna absoluta ligera, Francisca Prevost; Primas donnas mezzo soprano y contraltos, absolutas, Pía Roluti, Emilia Sartini; Otra prima donna, Elisa Baraldi; Segunda donna, N. Bianchi; Primer tenor absoluto dramático, Francisco Giannini; Primer tenor absoluto de medio carácter, Pedro Lombardi; Primeros barítonos absolutos; Joaquín Arago, Miguel Wigley; Primer bajo absoluto, Juan Tansini; Otro primer bajo, Fernando Falero; Tenor comprimario, Italo Giovanetti.-Maestros concertadores y directores de orquesta, Gini Golisciani, Pablo Valline; de coros, Angel Bianchi.-Primer violín, Pablo Sánchez.

   “A las tres de la tarde, Ponciano Díaz hacía su entrada triunfal entre grandes ovaciones, flores y palomas. Cantaron el himno, en que se ponderaba su valor y destreza, en tanto que la niña María Martínez le ceñía una corona de laurel, “entregándole un cuadro y una espada”. Dos niños vestidos de indígenas tlaxcaltecas, le ofrecieron obsequios, entre ellos un estoque con puño de plata, dedicado por el gremio de cigarreras, al que meses antes había regalado los productos de una corrida. La glorificación era interminable porque sucedíanse los obsequios. De los cielos aterrizó en aquel ruedo don Joaquín de la Cantolla y Rico, poncianista rabioso quien “le obsequió con un paquete que no pudimos ver lo que contenía”. El consejal que presidía, el señor don Abraham Chávez, tuvo que poner orden para que saliera el primer toro, después de transcurridos 25 minutos desde aquel en que fue hecho el paseo.

   “La cuadrilla era hispano mexicana, porque a los antiguos banderilleros acompañaban dos que eran españoles: Ramón Márquez y Antonio Mercadilla.

   “De morado y oro vestía el torero, traje que le trajo de España “Cuatro Dedos”. Los toros fueron de la ganadería de JALPA y de las MARAVILLAS, reses de romana y de buena edad, pero bastos y con poca sangre brava. No obstante, por el poder que tuvieron hicieron en el primer tercio pelea que dejó contentos a los concurrentes que juzgaban de la bravura de ellos por el número de batacazos que daban a los picadores. A banderillas y muerte llegaron aplomadas y dando a conocer la mansedumbre, pero exceptuando la lidiada en el quinto turno que tuvo intención aviesa, las otras no la adquirieron y se dejaron torear sin exceso de peligro”.

   El que Carlos Cuesta Baquero acudiera a la inauguración, nos permite conocer al detalle cada uno de los sucedidos previos a la lidia de los toros. Magnífico, grandioso resultó todo aquello y todos los adjetivos superlativos son pocos para entender aquel estreno que, como sabemos, ocurre el 15 de enero de 1888.

   Ante la expectación que causó el anuncio de la propia plaza de Ponciano Díaz,  acude uno de sus más entusiastas seguidores: su propia madre. Para ella es el brindis del que abre plaza:

Por mi Patria y por ti, madre mía… La providencia ha querido que preste a tu vejez, el humilde fruto de mi trabajo.

Inmediatamente

se fue directamente al toro, estando completamente sólo y le dio al bicho cuatro naturales, tres cambiados, cuatro redondos y dos a su modo, levantando la espada, apuntó con suma atención sobre la cruz del lomo, y Ponciano se fue acercando muy poco a poco, en línea recta y pasito a pasito al toro, a la vez que hizo ligeros movimientos con la capa para llamarlo. Llegando a cierta distancia se paró, y quedó inmóvil, siempre con la punta de la espada dirigida al lugar expresado. Por fin el toro se arranca, con suma velocidad, y el torero haciendo un ligero movimiento con la capa, le clava al toro en medio en el expresado centro, toda la espada que según los taurófilos es el lugar donde debe entrar y quedar colocada.[4]

SINAFO_466410_JOSÉ CEBALLOS

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Sistema Nacional de Fototecas. General José Ceballos, Gobernador del Distrito Federal (1884-1893). Catálogo: SINAFO-466410. Participó como accionista en la construcción de la plaza de toros “Bucareli”.

   No fue suficiente y de un descabello liquidó al enemigo. Las ovaciones fueron grandiosas y tres bandas de música tocaron dianas en honor del diestro. En el intermedio del segundo y tercer toro, Ponciano lazó un caballo bruto, pie a tierra, que le ganó otros tantos aplausos. Al concluir el festejo, el torero que vestía el traje de charro

montando un hermosísimo alazán tostado, dio tres salidas en falso con mucha guapeza, manejando magistralmente su cuaco, y puso dos pares y medio de banderillas, bonísimos aquéllos regular el último. Bajó del caballo entre nutridos aplausos, y brindó en los medios del redondel, al sol y a la sombra, y le dio al toro tres naturales, un redondo y un metisaca perfecto…[5]

   Tres días después de aquel fastuoso estreno, fue “bautizada” la plaza con un convivió al que fueron invitados, entre otros, Alberto del Frago, director del EL MONOSABIO, Pedro Portilla, revistero del ARTE DE LA LIDIA y el diestro español Luis Mazzantini. Este apareció en la plaza con un ridículo sombrero jarano de apilonada copa, anchísima ala y grueso galón de oro. Ya se imaginarán la de cuchufletas y tijereteos que le prodigaron de frente y por la espalda los “poncianistas” allí reunidos. Esa aparición coincidió con una actuación que Ponciano y su cuadrilla realizaban en el ruedo, ejecutando lo mejor del repertorio de las suertes charras.

   Ya en el redondel, Mazzantini no pudiendo lidiar siquiera algún torete, pidió un caballo y montó para remedar lo que hacían los verdaderos charros. Aquella condescendencia y cortesía del diestro español le ganó muchas simpatías y una sincera ovación, que tuvo réplica cuando los dos espadas, de pie en el centro del redondel, bebieron una copa de champagne y se estrecharon fuertemente las manos. Así quedaron unidos en “Bucareli”, Mazzantini y Ponciano, como cuando lo hicieron en la plaza COLÓN.

CONTINUARÁ.


[1] Don Quintín era poseedor de un terreno conocido por el nombre de EL PARAISO, porque en los días festivos allí se reunían los obreros para divertirse con volantines y bailes, acompañados de libaciones. Era el terreno un paralelogramo rectangular de ciento treinta y dos metros de longitud por ochenta y tres de anchura, lo que daba una superficie de diez mil novecientos veinte y seis metros. En eso los señores ingenieros Alberto Malo y Angel Yermo, encargáronse de la construcción del coso. Del trabajo de puertas y de herrería se hizo cargo la Escuela Correccional y el pintor escenógrafo Herrera y Gutiérrez tomó por su cuenta el ornato.

   Con actividad marchó la obra y a comienzos del mes de enero de 1888 ya estaba concluida debiendo ser inaugurada el segundo domingo del citado mes, pero transfiriéndose el estreno, por no perjudicar al espada Luis Mazzantini que en ese día celebraba su beneficio (8 de enero de 1888) en la plaza de toros COLÓN, hasta el tercero, 15 de enero. Un dato por demás interesante ocurrido en dicho festejo, que además fue una de las mejores tardes que Mazzantini tuvo en México:

 (…) el de Guipúzcoa brindó el tercer toro a Ponciano Díaz, quien estaba de espectador en el tendido. Al concluir la lidia, este bajó al ruedo y ambos se dieron un largo y efusivo abrazo, correspondido por el diestro mexicano, que desmintió así que existiera enemistad profunda e irreconciliable entre ellos. El gesto fue muy apreciado y todo el público de pie en los tendidos, les tributó ensordecedora ovación (Lanfranchi, Heriberto: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 206).

    Era el nuevo coso de medianas dimensiones, pero de armónico conjunto y apropiadamente distribuido. Tenía el redondel treinta y siete metros cincuenta centímetros de diámetro y el diámetro exterior de la plaza, setenta y dos metros y cincuenta centímetros.

   Sobre cimientos de mampostería eleváronse pies derechos de madera, y en ellos sujetáronse los escalones que constituían el graderío y las lumbreras. Calculóse el cupo hasta diez mil personas, que se repartieran en diez y ocho gradas, de cincuenta centímetros de altura y ochenta de anchura, y en ochenta y dos lumbreras, con gradería cubierta las del departamento de sol.

   Los toriles fueron para ocho toros, y los corrales tenían amplitud para guardar dos o tres corridas. La enfermería estaba tan inadecuada como en las otras plazas, que fueron anteriormente construidas. Las puertas de entrada eran seis; una para las cuadrillas, dos para los concurrentes al departamento de sombra, dos para el de sol y otra completamente aislada, en uno de los costados de la barda que encerraba el edificio, para la entrada del ganado.

   El ornato consistió en una pintura con los colores rojo y blanco combinados formando rombos que se tocaban por los ángulos del diámetro mayor. En conjunto impresionaba agradablemente. Sobre los cantiles de las puertas exteriores labráronse las iniciales de Ponciano y en la del centro estaba además la fecha en que el coso fue inaugurado.

   La nueva plaza quedó ubicada en la parte sureste de la ciudad, pero afuera. En despoblado al terminar lo que fue antaño celebrado “Paseo de Bucareli” y por ello se le nombró “Plaza de toros de Bucareli”.

   Díjose que la construcción, sin avaluar el terreno, valió treinta mil pesos y que de esa cantidad las dos terceras partes dio el Gobernador, señor General don José Ceballos. Creíble es porque en el poco tiempo que tenía Ponciano de ser matador de toros no pudo haber reunido más de diez mil, ateniendo a lo exiguo de los emolumentos que entonces devengaban los toreros, y a la exigua de los productos de las entradas por lo barato del precio de las localidades.

[2] Rosell: PLAZAS DE TOROS DE MÉXICO…, Op. cit., p. 78.

[3] Archivo Histórico del Distrito Federal [A.H.D.F.]. Ramo: Diversiones Públicas, TOROS, leg. 857.

1888, exp. 123.

   Los ingenieros Alberto Malo y Angel Yermo piden se mande reconocer la plaza de toros “Bucareli” a fin de ponerla en servicio al público.-Fojas 6.

1888, exp. 135.

Díaz Ponciano, solicita dar corridas de toros previo el permiso correspondiente.-Fojas 17.

1888, exp. 136.

Díaz Ponciano, hace proposiciones para construir la plaza de toros.-Fojas 4.

1888, exp. 150.

Díaz Ponciano, solicita se le permita dar tres corridas de toros durante los meses de julio, agosto y septiembre.-Fojas 3.

1898, exp. 177.

Díaz Ponciano, solicita se le prorrogue por quince días el plazo que se le concedió para la ejecución de las obras en la plaza de toros de Bucareli.-Fojas 3.

1898, exp. 182.

Segura y Tornel, Fernando, en representación de D. Ponciano Díaz, solicita se haga un reconocimiento a la plaza de toros de Bucareli.-Fojas 6.

[4] Rosell, op. cit., p. 84.

[5] Ibidem., p. 86.

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