EL PONER NOMBRE A LOS TOROS…

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   A raíz del penoso episodio ocurrido el domingo 20 de diciembre de 2015, en la plaza de toros “México”, y del que el buen amigo Horacio Reiba da una puntual opinión, suficiente para no empañar más esa desagradable experiencia, me referiré en estas notas a algunos datos que se convierten en auténticos antecedentes al respecto de aquel motivo de dar nombre a los toros justo cuando son enviados a la plaza para su lidia.

LOS NOMBRES DE LOS TOROS_28.12.2015

Disponible en internet, diciembre 28, 2015 en: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=24611

   Inveterada costumbre es esa, la de bautizar o poner nombre a los toros que habrían de lidiarse, ya por la mañana o por la tarde, tanto en nuestro país como en aquellos otros donde se celebran festejos taurinos desde hace ya varios siglos. El dato más antiguo que encuentro, se remonta al año de 1815, justo cuando se lidió al toro “Chicharrón”,al lado de otros tres que también fueron bautizados como “Pachón”, “Relámpago” y “Trueno”. Desconozco su procedencia, pues las fuentes consultadas apenas refieren detalles, pero destacan la forma en que trascendió aquel apelativo fuera del ruedo, ya que todo hace suponer la supuesta y extraordinaria bravura de dicho ejemplar, como para que el propio José Joaquín Fernández de Lizardi –declarado antitaurino-, se ocupara de él primero en “El mentado Chicharrón”, salido de la imprenta de María Fernández de Jáuregui aquel mismo año. Luego vuelve al mismo asunto en sus famosas “Alacenas de Frioleras”. Sin embargo, parece que la fama de aquel “exquisito” nombre se extendió hasta 1819, cuando el propio “Pensador Mexicano” publicó en “Ratos entretenidos” el siguiente apunte:

Con motivo de haberse divulgado que en una de las pasadas corridas se iba a jugar un toro muy grande y extraordinariamente bravo llamado Chicharrón, el pueblo alto y bajo creyó de buena fe que el tal toro era lo nunca visto; se alborotaron las gentes; corrieron a la plaza el señalado día; pagaron sus asientos según quisieron los tablajeros; se llenó el circo; no cupo la gente; muchas gentes se volvían a sus casas, llorando amargamente a pesar de no haber hallado asiento; y cuando los que lo hallaron esperaban que el señor Chicharrón fuera el asombro de los toros por su tamaño y fiereza, fue saliendo el mentado animal, tan toro como todos y tan cobarde como él solo. Se deja entender cuál sería el chasco de los espectadores. A esto escribí el papel que sigue, que entonces se celebró mucho, y no menos se apreciará por cuantos sepan el objeto con que se hizo.[1]

   De este capítulo, se llegó a publicar el Mentado Chicharrón en unos versos que decían:

LAS SOMBRAS

(De Chicharrón, Pachón,

Relámpago y Trueno).

 Epitafio de Chicharrón

 

Aquí yace el más valiente

Toro que México vio;

Y aunque tan bravo, corrió

De miedo de tanta gente.

¡Oh, pasajero! Detente,

mira, advierte, considera

que es el vulgo de manera

que, a pesar de su pobreza,

gasta con suma franqueza,

para ver… una friolera.[2]

Del diálogo sostenido entre aquellos cuatro toros en muestra del repudio absoluto por cuanto se les hacía sufrir, entre otras cosas, Trueno, se destapa con una décima que habrá de ser una muestra de su actitud contra la crueldad, de lo que resulta luego “El mentado Chicharrón”:

 Apurar, hombres, pretendo

Ya que me tratáis así;

¡Qué delito cometí

contra vosotros naciendo?

Más, pues no hay culpa, ya entiendo

El delito cometido.

Frívola causa ha tenido

Vuestra fuerza y rigor

Pues el delito mayor

De un toro es haber nacido.[3]

   Seguramente la costumbre arraigó, pero se sigue sin gran información, hasta que al hurgar entre viejos papeles encuentro un cartel, este de la plaza de toros de Morelia, y fechado el 23 de diciembre de 1849. Entre otros detalles, aparece el siguiente párrafo:

El Sr. González (es decir, Mariano González “La Monja”) en unión de una cuadrilla de taromáquicos lidiará cuatro toros a muerte banderillando especialmente al conocido por alacrán. El ganado es de la hacienda de Isícuaro escogido entre una partida de cincuenta toros que se presentaron por el propietario, de buena condición y bravura.

   Así que aquí encontramos al primer “Alacrán” de una larga serie de “alacranes” que se lidiaron en el resto de ese siglo, según lo puedo confirmar luego de encontrarme varios apuntes de don José Julio Barbabosa, dueño de Santin, y quien en sus “memorias”, registra ese nombre buen número de veces.

   Para 1850, las empresas, en franco acuerdo con los hacendados, dejan notar un notorio despliegue de carteles en los que se encuentran nombres de toros como los que siguen:

-Orgulloso, Bravo, Temible, Sanguinario y Arlequín, de Atenco, se jugaron en la cuarta corrida, para el domingo 2 de junio de 1850, en la plaza de toros de Tacubaya, estoqueados por Bernardo Gaviño y su cuadrilla;

Polvorilla, Remendado, Cuerno duro, Salteador, Candelilla y Manos largas, la tarde del 20 de octubre de 1850, estoqueados por Mariano González, Fernando Hernández y Andrés Chávez;

-Marte, Júpiter, Cupido, Baco, Vulcano, Neptuno, Apolo y Plutón. Estos toros, que fueron de Atenco, se lidiaron el domingo 1° de 1850

El Vagamundo, El Peregrino, El Valiente, El Tirano, El Sanguinario y Pocas chanzas, de Atenco, que se corrieron el domingo 8 de diciembre de 1850;

Idiota, Muerto, Catarro, Fandango, Nene y Dañoso, de Atenco, se lidiaron a muerte estos toros la tarde del 15 de diciembre de 1850;

El Diablo Verde, El Aradín, El Cancervero, El Espigado, Perdona vidas y Mata siete, de la raza de Atenco, que enfrentó la cuadrilla de Mariano González “La Monja”

   Todos estos festejos se desarrollaron en la plaza Principal de Toros en el Paseo Nuevo de Puebla, a los que dio cara Mariano González y sus valiente compañía en una amplia temporada organizada por dicho diestro, que, con seguridad organizó por aquel rincón de la provincia obteniendo de todo ello pingües beneficios.

   He aquí, algunos datos, apenas los suficientes para entrar en materia de un amplio tema, del cual el siglo XIX nos proporciona abundante información. Ya habrá oportunidad de volver a él en otra ocasión.


[1] José Joaquín Fernández de Lizardi: Obras I-Poesías y Fábulas. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Literarios. Invest., recop. y ed. de Jacobo Chencinsky y Luis Mario Schneider. Estudio prel. de Jacobo Chencinsky, 1963. (Nueva Biblioteca Mexicana, 7), p. 250.

[2] Op. Cit., p. 45.

[3] Ibidem.

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