ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL “QUITE”. (CONTINÚA).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   El “quite” prácticamente ha desaparecido para convertirse en esa reducida intervención que tienen los matadores en el momento en que se deciden intervenir, no para concretarlo, sino para lucirse en algún lance, incluso todavía con la presencia de los piqueros en el ruedo o ya sin ellos. Y esa reducción a veces ha llegado al extremo riesgoso de chicuelinas, navarras o algunos lances combinados que, como decían José Alameda hasta en la sopa se aparecían.

   Esa desaparición va acompañada de lo limitado de una suerte que vino de ser la parte protagónica de la lidia, debido al hecho de que allí se podían apreciar, además de las sangrientas batallas entre toros y caballos, la intervención permanente de toreros, cuadrillas e incluso monosabios que tendrían que hacer una labor bastante intensa para darle sentido al primer tercio.

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INAH-SINAFO. N° de catálogo: 457984. Plaza de toros “El Toreo”. Ca. 1910.

   La imagen que acompaña estas ideas, nos permite apreciar el momento en que el toro, que ha resbalado por la fuerza de su embestida, también se ha llevado por delante a un caballo que cae a la arena, así como por el hecho de que su jinete, lanzado por allá, es levantado rápidamente por un monosabio. El diestro de la izquierda aunque espera que se incorpore el toro, ya permanece listo para intervenir en el necesario e indispensable “quite”. Más allá, otro grupo de monosabios incorpora a otro caballo al que han despojado de la silla, quizá mal herido. La escena no deja de tener su fondo de intensidad, de tensión. Por tanto, puede estimarse que ese era el común denominador en la lidia hace poco más de un siglo, ritmo que se mantuvo no solo con la aplicación del peto en 1930, sino que siguió manifestándose años más tarde. Las imágenes que aparecerán a continuación, fueron elegidas para documentar el dicho, fueron tomadas de una publicación que da cuenta del resumen gráfico-taurino de la temporada 1939-1940 ocurrido en la ciudad de México. Allí se observan aparatosos tumbos, batacazos e incluso caídas directamente al callejón, lo cual deja ver que los toros embestían desde una distancia relativamente importante, pero aún no estaban presentes las rayas concéntricas, lo que permitía alguna libertad de movimiento y decisión que debieron aplicar los “hulanos”.

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La suerte de varas, todavía en buena parte del siglo XX fue un elemento importante, hasta que sobrevino un periodo en el que el toro se fue a menos (recordemos la considerada “trinca infernal”: “Manolo” Martínez, Eloy Cavazos, “Curro” Rivera, y junto a ellos, Mariano Ramos y Antonio Lomelín). Y ese toro, fue logrado para lograr una faena a modo, de muchos pases y pocos puyazos, síntoma que ha prevalecido hasta nuestros días, sobre todo en esta temporada 2015-2016 en la que el monopuyazo, e incluso apenas un rasguño se han convertido en el denominador común. Ante ese panorama, no les queda mucho por hacer a casi todos los toreros que han participado, pues tampoco se les ve muy dispuestos a intervenir en esos momentos de lucimiento, pero no de “quite”, que es justo en lo que insisten quienes no tienen el propósito de remediar o corregir sus contemplaciones al respecto de ese eslabón perdido de la tauromaquia.

   Los actuales picadores vienen montados en un caballo que nada tiene que ver con los que han ilustrado estas dos intervenciones. Y si además agregamos el hecho de que el peto es verdaderamente espectacular, pues se entiende perfectamente hacia donde han querido llevar la suerte de varas, momento que se pierde gracias al incordio de muchos señores de la vara larga, quienes al amparo de órdenes de sus matadores pretenden castigar sin consideración alguna al ejemplar que tienen en frente, un toro o un novillo que parece estar reducido en fuerzas y casta. Además, se especula que los caballos están saliendo al ruedo sedados, lo que viene ocasionando algunos tumbos que no vienen al caso, pues lo poco que pueden empujar los toros o novillos (o más novillos que toros, precisamente en la temporada 2015-2016 de la plaza de toros “México”) hasta ver reducida la suerte de varas a una patética representación que nada tiene que ver con aquellas imágenes del pasado. Pero ni el pasado, ni aún el presente han podido resolver en buena medida el propósito de una suerte que se requiere, que forma parte del bagaje estructural de la lidia, pero que al verse reducido pareciera necesaria su desaparición. En todo caso, debe ajustarse a realidades del presente, buscando sus principales ejecutantes el lucimiento, que los toros se piquen de conformidad con los usos y costumbres que la caracterizan y que cumplan condiciones en las que el ganadero tenga una completa visión en torno al desempeño que sus pupilos tienen en el ruedo, como complemento del libro de notas que comienzan en la ganadería y hacen extensivo hasta la plaza, con objeto de que se cubran todas las expectativas planteadas por los ejemplares enviados a la plaza. A cuantos ganaderos no les gustaría que con la lidia de sus toros contaran con un análisis completo que luego puedan llevarlo de nuevo a la ganadería y con ello someterse a decisiones con vistas a consolidar el futuro de la cabaña brava de que son propietarios.

   En fin, de lo que trata todo este asunto es revalorar un par de asuntos que se encuentran en situación inestable. Por un lado, la suerte de varas que viene perdiendo esencias que le dan sentido propio de su existir, confrontada con la realidad de un espectáculo que, en su conjunto está siendo profundamente cuestionado por diversos opositores, los antitaurinos. Pero son los propios taurinos quienes también la tienen en un concepto de descalificación, y eso no conviene en momentos en que debe hacerse el ajuste más conveniente para su buen resultado. Con ello, la recuperación de los “quites” podría ser otro estímulo, aunque para el tipo de expresión minimalista que hoy se practica, en el que los diestros reducen su catálogo de participaciones a lo mínimo indispensable durante la lidia, no veo por ahora ninguna posibilidad, pero hay que seguirlo haciendo notar hasta que se den cuenta de que han eliminado una parte fundamental de la lidia, con lo que como tal ha entrado en el territorio del desuso. Es cierto, la tauromaquia, pero más aún la lidia, evolucionan, aunque dicha evolución se contraponga con los principios originales con que fue concebida la primera edad de la tauromaquia de a pie que tuvo sus mejores momentos durante el siglo XIX, y buena parte del XX, justo en el momento en que el peto aumentó de peso y dimensión, justo en el momento en que los picadores acostumbrados a un enfrentamiento despiadado, ahora se tenían que amoldar al tipo de lidia que fueron ofreciendo toros que se criaron también bajo otras modalidades, las que nuevos intereses iban exigiendo. Pero se ha llegado a tal extremo que muchos de esos valores han desaparecido y nos vemos ante una puesta en escena mutilada, sin elementos que generen esos grados de emoción que por naturaleza siempre han sido propios de la tauromaquia, pero que los nuevos tiempos, condiciones, necesidades y adaptaciones han llevado hasta el triste caso del remedo. Veremos en qué medida este conjunto de reflexiones pueden ser de utilidad o también puede estorbar, e incluso incomodar a más de uno de esos partícipes directos. Mientras tanto, es recomendable que quienes elaboren una crónica, o narren un festejo entiendan la conveniencia de separar el significado de un “quite” ante la sola y voluntariosa necesidad del torero en turno a lucirse con el capote, pero que no por ello se convierta para muchos, en el traído y llevado “quite” que, en su sentido más detallado es absolutamente otra cosa.

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