ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL “QUITE”.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En transmisiones radiofónicas, televisivas, e incluso en muchas notas o “crónicas” dichas o elaboradas al respecto de los más recientes festejos que se celebran en este país, es común escuchar o leer, justo a la hora en que se desarrolla el primer tercio, que tal o cual torero realiza un “quite”. En la literatura existente, la cual permite aclarar aspectos de tal naturaleza, encontramos en el Diccionario ilustrado de términos taurinos de Luis Nieto Manjón la definición al respecto:

Quite. Suerte que ejecuta un torero, generalmente con el capote, para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro.

   Se conoce como suerte e impropiamente tercio de quites a la suerte que los diestros realizan por turno con el capote entre puyazo y puyazo.[1]

   Lo anterior viene al caso, pues se insiste en ese aspecto como si tal ocurriera. Evidentemente no es así, o esto ocurre en contadas ocasiones. El “quite” que ya se ve, sirve o sirvió “para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro” es un paso en el desarrollo de la lidia que prácticamente se extinguió, y esto por varias razones.

   Observando las viejas fotografías de aquella otra lidia, la que se practicaba hace poco más de un siglo, se pueden tener en cuenta varias circunstancias.

SOL y SOMBRA 394

   La primera imagen seleccionada, que proviene del Sol y Sombra, año VIII, Madrid 14 de abril de 1904, N° 394, p. 9, puede observarse el momento en que el toro ha levantado en vilo a la cabalgadura, un caballo por cierto bastante mermado, que quizá era de los que se adquirían al grito de “¡Más caballos, más caballos!” , de aquellos que los viejos cronistas denominaban peyorativamente como “sardinas” y que estaba condenado a morir en forma bastante penosa, por cierto. Pues bien, a esto hay que agregar el hecho de que por aquellos años, el uso del peto todavía no estaba reglamentado, hecho que vino a darle un giro radical a aquella puesta en escena, justo a partir de 1928 (en España) y del 12 de octubre de 1930 en nuestro país, cuando se incorporó ese elemento de defensa, con lo cual se terminaba un largo capítulo de bárbaras demostraciones que hoy sería muy difícil asimilar.

   Se puede apreciar también el hecho de que en el coso de la Maestranza, como en muchos más, no se utilizaban las rayas concéntricas, lo que hace suponer que la suerte se realizaba no solo en el tercio, en la contraquerencia primero (o la querencia si fuese el caso). Los picadores iban en búsqueda de más de un toro remiso y allí los castigaban. Aquí una muestra:

080

Este registro, obtenido con toda seguridad por Winfield Scott en 1897, muestra a un piquero mexicano realizando la suerte en los medios. La plaza debe ser la de Tenango del Valle, estado de México.

Fototeca INAH / SINAFO.

SOL y SOMBRA 398_p. 9

Sol y Sombra, año VIII. Madrid 5 de mayo de 1904 N° 398, p. 9.

   Respecto a la tercera imagen, puede entenderse que el toro ya ha cometido un “tumbo”, mientras el caballo sale corriendo a toda prisa e incluso se lleva al picador que ha puesto pie en tierra, lo cual significaría una especie de estampida. El torero de la derecha ha logrado distraer al toro, hacerse de él con el capote y alejarlo del peligro por medio de un elemental “quite”, a base de lances de tanteo o, quizá decidido a lucirse, no dudaría en realizar la suerte que permitiese el estado en que en esos momentos se encuentra el toro. Aquellos tercios requerían más de 3 o 5 varas, mismos que se aplicaban con una puya que por su forma –la de un limoncillo- apenas causaría algún efecto en el morrillo de aquellos toros que, como diríamos en México –tiro por viaje-, ocasionaban el derrumbe estrepitoso. Así que aquellas escenas se coronaban con los restos de varios caballos que quedaban muertos en el ruedo.

SOL y SOMBRA 412_p. 13

Sol y Sombra, año VIII. Madrid 17 de julio de 1904 N° 412, p. 13.

   Otro torero se ha acercado tanto como le fue posible al toro que, como puede observarse, se ha cebado en el caballo que yace en la arena. Poco más atrás se puede observar el cadáver de uno que apenas habría herido de muerte el mismo ensabanado. El picador, que ha salvado la vida, yace en forma un tanto cuanto cómica, montado en el filo de las tablas, en tanto observa que el matador en turno se dispone a hacer “el quite”, permitiendo con ello que las infanterías y monosabios remuevan con la mayor rapidez posible los restos de la batalla.

   Al paso de los años, aumentó considerablemente tamaño, espesor y peso del peto, lo que tuvo que reglamentarse, pero no vigilar que esto se convirtiera en una muralla a la que muchos toros acudían con riesgo de fracturas de cráneo o rotura de pitones. A todo lo anterior se sumaba el uso de una pica con cruceta de distintas dimensiones, mientras los toros también se iban transformando conforme pasaron los años, hasta pasar de una bravura o casta bastante marcada, a la de una nobleza o mansedumbre (o viceversa) que hoy se acentúa en esa especie de Antígona en la que sólo pasan con un puyazo, el monopuyazo, lo cual sería un impedimento para que los alternantes ya no tengan motivo para realizar el “quite”. Es más, muchos de los espadas se desentienden y dejan en manos de sus cuadrillas que hagan el resto de la labor, con lo que todavía se alejan más de la posibilidad de que su actuación sea del todo completa, habida cuenta de que el primero en el cartel, sea el “director de lidia” y que en muchas ocasiones no sepa ni siquiera que va a cumplir con ese compromiso.

   Como puede observarse, el asunto no es fácil de entender, si antes no contamos con estos telones de fondo, con el contexto necesario, del que creo que han escapado otros interesantes datos, pero que nos llevan a explorar y explicar también que el “quite” está en desuso, se ha extinguido y que cuando suelen revivirlo –los toreros- esto cae en una situación excepcional. En cuanto a los “chicos de la prensa”, deberán tener al tanto que para pronunciar el solo término de “quite” es porque este tiene su explicación. Si el propósito de los espadas es mantenerse atentos ante un posible riesgo, queda muy bien entendido el procedimiento y con ello sabremos que no pretenden dejar nada a la suerte. Incluso podrían generar o provocar un interesante “tercio de quites”, lo que ocurre con el capote entre puyazo y puyazo, pero no cuando los picadores ya se han retirado del ruedo. En todo caso, lo que sucede en esos instantes es una demostración de torería, de técnica o de arte que despliegan con todo su potencial los matadores, pero no un quite… que ya vemos es una cosa totalmente distinta que insisten en pronunciar.

   El tema da para más y creo que en otro momento regresaremos a él.

   Las imágenes de la emblemática revista Sol y Sombra provienen de la consulta realizada a la Biblioteca Digital de Castilla y León. Disponible en internet, enero 6, 2015 en:

http://bibliotecadigital.jcyl.es/bdtau/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10104623


[1] Luis Nieto Manjón: DICCIONARIO ILUSTRADO DE TÉRMINOS TAURINOS. Prólogo de Camilo J. Cela. Madrid, Espasa-Calpe, 1987. 451 p. Ils., retrs., fots. (La Tauromaquia, 4)., p. 356.

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