MANOJO DE VERSOS DEDICADOS AL VALIENTE TORERO JUAN SILVETI.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

MANOJO DE VERSOS DEDICADOS AL VALIENTE TORERO JUAN SILVETI. HOMENAJE A JUAN SILVETI POR LOS 100 AÑOS DE SU ALTERNATIVA EN MÉXICO.

   El siguiente texto servirá para rendirle un homenaje más, de los muchos que ya lleva en ese pecho constelado, el reconocido “Tigre de Guanajuato”. En esta ocasión, se le recuerda al cumplirse un siglo cabal de haber recibido la alternativa, misma que le otorgó Luis Freg…

CARTEL_EL TOREO_16.01.1916

El Pueblo, 16 de enero de 1916, p. 4.

…tal cual lo anunciaba la prensa de la época, y justo como nos lo acaba de recordar el portal de internet “ALTOROMÉXICO.COM”[1], donde por cierto, fue incluida una imagen, bastante afortunada en donde se rescata la potente personalidad de este interesante personaje:

JUAN SILVETI_ALTOROMÉXICO.COM_15.01.2016

Proviene del portal ALTOROMÉXICO.COM.

Disponible en internet, enero 15, 2016 en: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=24763

   Más adelante, verán ustedes otra imagen que contrasta en buena medida, pues acostumbrados como tuvo Silveti a sus seguidores vistiendo el traje nacional en todas sus expresiones, de pronto se le puede apreciar llevando el traje corto o campero andaluz.

   Pues bien, vayan las siguientes páginas como un homenaje que APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS le dedica al “hombre de la regadera”.

   Uno de los toreros mexicanos que ha sido centro y motivo de elogios y exaltaciones, gracias a su protagonismo o a muy particulares especificidades en el desarrollo de su quehacer, ha sido Juan Silveti Mañón (8 de marzo de 1893-11 de septiembre de 1956).

   Por tal motivo, me parece más que apropiado, reunir un manojo de versos, los que a lo largo del siglo XX le fueron prodigados por diversas plumas, algunas de ellas anónimas. Pero en cuanto a las muy afortunadas en su exquisitez literaria, encontramos dos ejemplos claves: uno, el de Alfonso Camín, quien le dedica la Epístola a Juan sin Miedo (1934) así como el trabajo del modernista Rafael López en una Loa Humorística (publicado en 1957) simplemente fascinante.

   Margarito Ledesma,[2] poeta popular del que se dijo que era un humorista involuntario, también se une a la causa con el célebre poema A Juan SILVETE (sic) que es todo un himno de la puesta en escena, debida a una muy recordada actuación del diestro de la tierra, asimismo entendida por el poeta de Chamacuero,[3] Guanajuato (hoy día Comonfort).

 1912

Ricardo Torres “Bombita”.

 

Ricardo Torres “Bombita”

ha pretendido a la Goya

y la Goya no le quiere

porque tiene poca historia,

mi vida,

porque tiene poca historia.

salero, salerito,

el salero de Madrid

para salero, Saleri

que con más sal no le ví.

 

A los toreros

borra del mapa,

cuando Pepe Luis Vázquez

se abre de capa.

Qué filigranas,

cuando torea el capote

por sevillanas.

 

Juan Silveti es Juan sin Miedo,

es un as, as del valor,

y es el ídolo del pueblo,

que le tiene gran amor.

 

Como Gaona es admirado

por su valor sin igual,

que al torear da la impresión

de un duelo excepcional.

 

Gracias, León de los Aldamas,

como tú, victoria clamas,

que lo sepa el mundo entero,

que se sepa, allá en Madrid,

tierra de gracia y salero,

que tenemos en la lid

a Gaona, gran torero.[4]

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 Juan Silveti fue invitado por don Manuel Barbabosa a una tienta en la célebre ganadería de Atenco, allá por 1920, aproximadamente. Vean ustedes la forma tan elegante en la que se presentó. Col. del autor.

1920-1925.

Solamente con Gaona.

 

Solamente con Gaona,

Silveti estuvo parejo,

que es torero valiente

y Rodolfo es el maestro

 

El gran Rodolfo Gaona

ha causado sensación

dando pases muy valiente

y de pitón a pitón;

por eso quiere la gente

al muchacho de León.

 

Con la capa fue Gaona,

y también con banderillas,

con Belmonte y con José,

torero de campanillas.[5]

1920

Nunca le tropezó un toro…

 

Nunca le tropezó un toro

al señor Pedro Romero

por eso acabó sus días

en un triste matadero.

 

Para buenos vinos, Francia;

para almendras, Alcalá;

para tener elegancia,

la de Cayetano Sanz.

 

En un rancho del Estado

del famoso Guanajuato,

nació Juanito Silveti,

del público idolatrado.[6]

1921

DE “JUAN SIN MIEDO”

 

(Juan Silveti)   (Bola suriana)

 

Aquí estoy, mis vales, yo me hago presente

pues quiero contar a ustedes

todita la historia del gran cuatezón

el merito Juan Silveti.

 

En un Rancho del Estado del famoso Guanajuato

nació Juanito Silveti, del público idolatrado.

 

Desde muy pequeño se portó muy bien

con todos sus familiares,

pues es de los hombres de gran corazón

para remediar los males.

 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 Como fue creciendo le gustó tener

dinero pa´ la versada

y desde pequeño empezó a tener

profesión muy arriesgada.

 

En su tierra trabajaba todito el día en el Rastro

de ahí nació su afición para llegar a ser astro.

 

Era Juan Silveti un muchacho listo

muy bueno pa´ las capeas,

en sus ratos de ocio se solía ensayar

con unas vacas muy feas.

 

Como esas no le llenaban para sus aspiraciones

empezó a torear novillos ante sus admiradores.

 

Juanito ha tenido toda su vida

el corazón muy bien puesto,

él quería llegar a la Capital

para ocupar un buen puesto.

 

Se presentó en “El Toreo” y con tan buena fortuna,

la Empresa lo contrató para una prueba muy dura.

 

Toreó con toditos los que más picaban

y le vinieron muy flojos,

a esos novilleros Juanito les dijo:

-¡Ahí va el peine!, ¡ábranse, piojos!

 

Después de tanto luchar le dieron la alternativa

y a España reparó luego muy rápido su salida.

 

Llegó a los Madriles, se hizo popular,

“El Meco” de Juan Silveti

en todos los lados se dio a respetar

con el público exigente.

 

Luego de vuelta a su tierra fue el terror de los toreros

pues tiene tan gran valor pa´ meterte entre los cuernos.

 

Juanito Silveti, por todos querido,

es el amo del cotarro,

pues es el torero a quien más le cuadra

andar vestido de charro.

 

Con su puro y su mascada, con su pistola al cinto,

sombrero de calavera va en su caballo retinto.

 

A todos saluda, a nadie hace menos,

por eso lo quieren bien;

le habla al diputado, le habla al general

como al preso de Belén.

 

Cuando va en auto amarillo (los técnicos) le saludan[7]

él se arregla su mechón, sabe guardar compostura.

 

A todos él quiere, si al paso se encuentra

les tiende franca su mano;

 

“Manito”, le dice al hijo del vecino

para él todos son hermanos.

 

Por eso cuando torea, aunque haga mucho calor,

ahí están sus cuatezones todititos los de Sol.

 

En España tuvo una gran cornada

de un sufrimiento tremendo,

se la dio en Valencia un toro español

cornigacho y muy berrendo.

 

Cuando salió de esta herida a México se volvió,

y a toditos sus paisanos, que es muy hombre, demostró.

 

Por aquel entonces aquí hacían furor

Belmonte y Sánchez Mejías

y el guanajuatense, con su regadera,

les daba los buenos días.

 

Solamente con Gaona se ha portado muy parejo

pues Silveti es muy valiente y Gaona, su maestro.

 

Se fue Juan Silveti a torear a Lima

y su trabajo gustó,

el público a gritos pedía que volviera,

la empresa lo contrató.

 

Volvió a su tierra contento, lleno de satisfacción,

su público fue a esperarlo a la merita Estación.

 

La empresa fue a verlo y lo contrató

pa´torear la “Covadonga”

con Sánchez Mejías y con Algabeño

lo que de luego aceptó.

 

Toros de “Coaxamalucan” mandaron pa´la corrida

y el primer toro le dio a Juanito gran cogida.

 

-¡Juanito se muere! –la gente decía y

los doctores con tristeza,

si les preguntaban que cómo seguía,

nomás movían la cabeza.

 

La Providencia Divina quiso que al fin se salvara

de las garras de la muerte por esa gran cornada.

 

Todos a Silveti debemos querer,

pues lleva sangre de hermano,

porque él nunca niega y a orgullo lo tiene

ser purito mexicano.

 

Aquí se acaba el corrido del “Cuatezón Juan Silveti”,

el orgullo de la raza por lo noble y lo valiente.[8]

 

Andrés Alcántara.

1922

A OCHO DIAS VISTA.

 

Vamos a los toros,

que hay mucho que ver:

Gaona y Silveti

van a contender

con toros de Atenco,

que dice un ujier

son gordos, muy finos

y de gran poder.

 

Y a la plaza fuimos en un calesín,

vulgo “carretela”, asaz saltarín,

que a rastras llevaba un viejo rocín,

muy torpe, muy flaco, muy poco andarín,

cuyos costillares eran un violín;

y que a cada paso, haciendo un mohín,

decía al auriga: “Lindo serafín;

 

No sigas castigándome

por mi menudo andar,

yo sé quien anda menos

y consigue llegar,

porque ya ves, yo marcho

a fuerza de “pez-uñas”,

y otros que el “pez” se comen

progresan con las “uñas”.

Modera, pues, tu saña

y el látigo no ciernas:

no ves que si así sigues,

hoy me desencuadernas?

 

Ya estamos en la plaza;

ya estamos en el coso!…

ya salen las cuadrillas

de Gaona, el coloso,

y de Juanito, el tigre

feroz de Guanajuato,

que harán a los seis toros,

morir abintestato.

Garbosos van los “ases”

de nuestra torería;

mas no sé por qué causa,

a su paso este día

no se escuchan las palmas

y gritos de los conciertos!…

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

 

Y sale al ruedo el primer toro,

castaño oscuro, y que en el rol

de la vacada figuró siempre

con elegante nombre: “Pipiol”.

Mansurronea, aunque le tenga

como res brava el protocolo;

manes taurinos, por vuestras glorias,

que no resulte “Pipiol”, pipiolo!

 

Gaona para a la fiera

con lances de capotillo,

según dice Verduguillo.

Yo acepto, aunque sea falsa,

su aserción que me embelesa,

por no conocer más salda

que la “salsa mayonesa”.

 

Y moja Frontana,

y moja Conejo

con pincho fatal;

y loco, se afana

rompiendo el pellejo

del pobre animal.

 

Y Gaona que es muy fino,

él mismo lo justifica,

notando calor al toro,

en un quite lo abanica.

Y a petición del público

las banderillas toma,

y de frente al torillo

un par trasero engoma;

y luego un par sesgando

y con desigualdad,

mas ganando la cara

con grande habilidad.

Y en un par al cuarteo,

el astado villano,

le largó en el derrote

un puntazo en la mano.

 

Y Juan Silveti coge los trastos,

y por vengarse de aquella fiera,

la da unos pases bastante bastos

y en tres pinchazos la manda afuera.

 

SEGUNDO

 

Es aldinegro, y es “Huacalero”;

sale el segundo al anfiteatro,

y como señas, en el trasero,

se trae un número: el 24.

 

Silveti le lancea,

Mota le pica

y Juan y Lombardini

valientes quitan;

pero lector amigo,

quiero que notes

que son, de Juan los lances

muy superiores.

De banderillas, mejor no hablemos:

Pues con los palos todo fue embrollo.

¿Del Hoyo y Güemes… Bueno, cantemos

el “gori, gori”, y el muerto al Hoyo!

 

El toro está sin fuerzas,

el toro exhausto está,

y Juan de Guanajuato

se luce al trastear.

Muletazos, desplantes,

toques al cabezal…

y por fin, muy derecho,

media en el balandrán,

que manda al otro barrio

al astado animal.

¡Ovación tremebunda!

Dos orejas!… ¿Qué más?

 

TERCERO

 

A este tercero, en la ablución,

dieron el nombre de “Napoleón!

Pero yo juro por su cerviz,

que si encuentra en Austerliz,

corrido hubiera como un coyón.

 

Y como el toro se va,

cual arma que se dispara,

el diestro de Guanajuato

lo torea por la cara.

Y Frontana enristra el chuzo

y pone una buena vara.

Y don Juanito, en un quite

de hombre valiente, le ampara.

 

Y va Patatero,

y dos pares pone

de esos que la Musa

es bien que pregone.

Y así, de este modo

muestra al mundo entero,

que banderilleando

no es un “patatero”.

 

Silveti le muletea,

sin que nada hermoso vea;

pero afirma la afición,

que si la faena es sosa,

no se mereció otra cosa,

este falso “Napoleón”.

 

Y cuarteando

alza la espada,

y le da media

adelantada.

Sus dos peones

cortan la oreja,

y con frescura,

que se moteja,

piden al “Presi”

aquel trofeo.

El lo concede,

pero esto es lo feo.

 

CUARTO

 

Es el cuarto, el toro más grande

que admiramos en el redondel.

si es un manso, Dios se lo demande;

más si bravo, habrá palmas para él.

 

Con el capote, nada!…

¿Silveti está cansado?

Señores no lo sé;

mas es cosa anotada,

que en nada se ha adornado,

y yo no sé por qué.

 

Le pican los de tanda

de manera vitanda

y Antonio Conde y Luis Güemes

no alcanzan ejecutoria

porque los pares que ponen

no son de pena ni gloria.

 

Aquí, en este cuarto toro,

valiente como un jabato,

nos suelta el de Guanajuato

de su guapeza el tesoro.

Hay suavidad, elegancia,

pases de pecho apretados,

y todos ejecutados

con arte y con arrogancia.

Y levanta la tizona.

Y le larga una estocada

que resulta atravesada,

por lo que el diestro se encona,

porque el pueblo le moteja;

y adueñado de otro estoque

da media que es el disloque,

y que merece la oreja.

 

El que preside suspende

un momento la corrida,

porque don Juan en la diestra

se ha producido una herida!

Es una cosa, señores,

que no había visto en mi vida.

 

QUINTO Y SEXTO

 

No merece la pena

que quinto y sexto

se gaste en reseñarlos

prosa ni verso.

Pues aunque los moruchos

malos no fueron,

por floro o por ignaro,

el tercer diestro

en campo de “agramante”

convirtió el ruedo.

¿Qué puso banderillas…

sí señor, pero

¡Cómo mató, Dios mío,

con cuánto miedo!…

Si es que llega a venderle

se hace… banquero!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ya la noche caía

del alto cielo,

y el público tomándolo

todo a choteo,

aplaudía y gritaba

que era un contento!

 

Lombardini, según dicen,

se apellida ese torero,

¿Lombardini?… ¿Lombardini?…

eso suena a gondolero![9]

 

Don SOMBRA.

1924

A Juan Silveti.

Que yo les dé mi opinión

sobre el valiente Don Juan?

Como torero, un león,

como hombre, un cacho de pan.

 

Es valiente en lo torero

charro montando a caballo;

y es consumado gallero

poniendo el cuchillo a un gallo.

 

Su bravura conocida

le dio gloria, y de esta suerte,

Silveti pasa la vida,

traficando con la muerte.

 

Cierto que en el no hay finura!

No es Petronio y es esteta;

pero ha llegado a figura

y está pisando la meta.

 

Peleando en buena lid

con ardor y con deseo,

cortó orejas en Madrid

que es la Meca del toreo.

 

Por eso a nadie le extraña

que siendo Silveti así

se le quiera allá en España

como se le quiere aquí.

 

Fernando Tejedor (Don Sombra)[10]

 1925

 

CORRIDO DE JUAN SILVETI.

 

Juan Silveti es Juan Sin Miedo,

es un As, as del valor,

y es ídolo del pueblo

que le tiene grande amor.

 

Es su toreo tan valiente

que recibe cada ovación

que hacen trepidar las plazas

de toros de la nación.

 

Como Gaona es admirado

por su valor sin igual,

que al torear da la impresión

de un duelo excepcional.

 

Es la fiera su enemigo

a quien tiene que vencer

cuando se cree verlo muerto

la fiera cae a sus pies.

 

ANÓNIMO.

1926

Juan Silveti.

 

En su caballo retinto, de cuello altivo y crinado

que las calles citadinas con sus cascos aporrea,

el célebre “Juan sin miedo” gallardamente pasea

el gris de sus chaparreras y su chaquetín bordado.

 

Luciendo va por las calles su negro mechón colgado

con fina pistola al cinto y ancho sombrero orlado

de fúlgidas lentejuelas que al sol de fuego, chspea,

y un largo puro en la boca que en espirales humea.

 

Así va el “Tigre” paseando en las mañanas doradas,

como un objeto valioso, acaparando miradas,

tal es el de Guanajuato: un gran jinete a caballo;

y un gran lidiador que juega entre las astas del toro

y en los domingos alegres como un pandero sonoro,

arriesga un puño de aztecas a las espuelas de un gallo.

 

Rodolfo Soler Zamudio.[11]

1930

A JUAN SILVETE

(En su viaje a esta bendita tierra que me vio nacer. CHAMACUERO).

Cuando empezaron los murmullos

de que venía el gran Silvete,

todos estaban en un brete

y hasta decían: ¡Esos son chanchullos!

 

Pero seguían con el sucirio,

casi no hablaban de otro asunto,

y era un argüende y un conjunto

que parecía tenían delirio.

 

Pero que al fin, señor de mi alma,

se llegó siempre ese gran día,

y allí en la orilla de la vía

a Juan le dimos nuestra palma.

 

Y ya después que junto al riel

algunas dianas le tocamos,

tutado en hombros lo llevamos

hasta la puerta del hotel.

 

Y que se llega la corrida,

y que resuena el primer toque,

y que fue aquello el gran disloque

y la tremenda sacudida.

 

El indio, tieso y muy garboso,

con un vestido muy planchado,

dio cuatro vueltas en el coso,

como caballo alborotado.

 

Y que se quita la chaqueta

y se la avienta a don Santiago,

y aquello fue como el estrago

que hace en la calle una carreta.

 

Cuando se asoma el primer miura,

Juan se le hincó como en el rezo,

y que lo agarra del pescuezo

y que lo tumba en la basura.

 

Luego, enojado el cornúpeto,

con mil trabajos se levanta

y al ver al indio, hasta se espanta

de verlo hincado y quieto, quieto.

 

Y Juan, con ojos muy ufanos,

como diciendo: ¿De qué tratas?,

que se le mete por las manos

y que le sale por las patas.

 

Y que la fiera, más furiosa,

se vuelve a ver si así le vale,

y otra vez Juan que le entra y sale,

hincado como si tal cosa.

 

Aquello fue el sanseacabó,

todos torteábamos las manos

y don Procopio el de “Los Llanos”

hasta la blusa le aventó.

 

Luego agarró los reguiletes[12]

y con mucha arte y mucho aplomo,

que va y que le parte todo el lomo,

banderillándolo con cuetes.

 

Luego llegó la hora suprema,

cuando se sabe lo que es bueno,

y entonces Juan, con mucha flema,

se paró en medio, muy sereno.

 

Y que se quita la montera,

y que la avienta entre las gradas,

y aquello fue una toreteadera

como si fueran cachetadas.

 

Y Juan sin muchos espamentos

y haciendo cosas muy resueltas,

le sacó al toro muchas vueltas

y le picaba los asientos.

 

Y sin armar mucho mitote

y voltiando antes para arriba,

le aventó un chorro de saliva

entre los pelos del cogote.

 

Y que le baila por enfrente,

y que le brinca por un lado,

y el animal, atarantado,

nomás voltiaba a ver la gente.

 

Y se quedaba, lelo, lelo,

como diciendo “Ya ni amuelas”,

al ver que Juan le hacía en el suelo

malacachunchas y memelas.

 

Y luego al fin, con mucha miga,

el pobre toro dejó tieso

de una estocada en el pescuezo

que le salió por la barriga.

 

Y entonces todos muy de acuerdo

con estocada tan pareja,

hasta le dieron una oreja,

para que la alce de recuerdo.

 

Ya te tocaba, Chamacuero;

ya te quitaste de ese brete,

ya conocista a Juan Silvete,

el que le dicen rey de acero.

 

Margarito Ledesma.[13]

Ca. 1930

Juan Silveti, un torero de leyenda.

 

Con sangre tienes escrita

la verdad ruda y violenta

de tu vida, Juan Silveti,

indio nacido en América.

 

Tú bien hubieras podido

llevar el arco y la flecha

de Moctezuma, o la maza

que Caupolicán blandiera.

 

Tú también podrías gritar,

quemándote en una hoguera:

“No estoy en lecho de rosas”

Y que la llama te fuera

cual manto de ardiente púrpura

del hombro al pie cayera.

 

Saliste de Guanajuato

y te echaste por la tierra,

como se escapa del monte

una pintada pantera

y se va por los caminos

con sed de sangre en la jeta,

y en las pupilas oculta

la soledad de su selva.

 

Y a tu caballo soltaste

por la soledad la rienda;

y se vio tu valentía,

tu desfachatez, erecta

como una pluma de gallo

sobre una corrosca nueva.

 

Y un día, macho, llegaste

a los patios de las ventas;

revolándote el pañuelo

sobre la nuca morena;

con el sarape en la mano

y una reata en la siniestra,

a desafiar a los mozos

por una moza cualquiera.

 

Y otro día, al fin, caíste

sobre una plaza de ferias,

clavado por los puñales

de un toro de Piedras Negras.

Y otro día, y otro día…

Y así la verdad violenta

de tus hechos, has escrito

con la sangre de tus venas.

 

Te admiro por el mechón

que cae sobre tus cejas

y te corta los perfiles

de algún bandido de gesta.

 

Te admiro, pues eres manso,

con mansedumbre de fiera;

te admiro, porque fuerte,

con fortaleza de piedra.

 

Como tú, también he escrito

con la sangre de mis venas

el romance de mi vida,

vagabunda y altanera.

 

Tu morirás desangrando

tu vigor sobre la arena.

yo moriré soportando

el peso de mi cabeza,

que está ceñida por llamas

y por guirnaldas de pena.

 

Anónimo.[14]

1934

Epístola a Juan sin Miedo.

Compadre Juan: conservo tu pistola

por si se vuelve a preparar la “bola”,

y cada uno, como buen jabato,

entramos una noche en Guanajuato,

echando, desde nuestros “retintos” bailadores,

bala a los hombres, y a las hembras, flores.

Es hora ya de que comprenda cómo

saben poner en su lugar el plomo

el antiguo oficial de Pancho Villa

y el que mandó en Santiago de Cuba una guerrilla,

entre los cafetales de la caliente zona,

seguido de una negra cimarrona,

cuya boca, al besar, despedía un vaho

sabroso de mazorca de cacao.

Bajo nuestros sombreros, piramidal cimera

y anchas alas, con una calavera,

uniformes cuerudos, resonantes de plata,

sobre la silla nacional, la reata

para lazar en Michoacán “cristeros”,

irá nuestra nocturna cabalgata

haciendo blanco en los luceros

hasta dejar la noche tan sombría,

como entonces serán tu conciencia y la mía.

Cortaremos en Pátzcuaro y Chapala

al bergantín del sol su velamen de gala,

y mientras va al garete la chalupa,

marcharán a la grupa

de nuestros cuacos de violentas crines,

las hembras, el mejor oro de los botines:

Cuerpos morenos, frescos igual que en el Bajío

las flores que amanecen abiertas junto al río;

las trenzas del cabello, como un dogal oscuro;

los ojos, dos esclavos en un feliz conjuro;

el pecho tembloroso como un zagal perdido,

una gran bugambilia todo el traje florido,

los pies, menudos para formarles zapatillas

con los estuches de nuestras finas boquillas;

los ópalos, adorno del cuello de banano,

y el zarape, una puesta de sol en cada mano.

Cambiando nuestros besos como primeras arras,

Irá nuestro cariño aventurero,

entremezclado de pasiones charras,

diciendo en el camino, bajo el azul: “te quiero”.

Tal como caminamos, florecerá la tierra,

nos brindará su tálamo primaveral la sierra,

y anchos, macizos, se oirán los besos,

en el recodo del primer barranco,

como monedas de cincuenta pesos

al descender de la saquita al banco.

Nuestras almas irán locas y ufanas,

sin ver en los mezquites los ahorcados,

lo mismo que una fiesta de campanas

que van llamando a misa a los poblados

bajo el añil de los amaneceres.

Y perderán el miedo las mujeres

al saludar al alba nuestras fieras pistolas,

y la sangre del enemigo

aumente las violentas amapolas

en la dorada quemazón del trigo.

Después, los generosos sentimientos,

o el paredón de los fusilamientos;

el pueblo, que deshoja bendiciones

porque le echamos a rodar tostones;

los episodios revolucionarios,

el oro joven de los “centenarios”

y la ciudad, que nos dará sus bienes.

 

¡Compadre Juan: el que jamás de “raja”¨

es admirable este país que tienes

en tus manos, igual que una baraja!

 

Alfonso Camín.[15]

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Juan Silveti es igual a Juan sin miedo. Juan Silveti es igual a Juan Charrasqueado.

   Entre las diversas etiquetas que ostentó en vida el recio diestro guanajuatense, encontramos dos que contribuyen a estimular el mito. Ya conocimos el texto que Alfonso Camín le dedica al Compadre Juan, y donde queda remarcado como Juan sin Miedo. Es ahora el compositor mexicano Víctor Cordero quien escribe la que después fue famosa letra de la canción bravía Juan Charrasqueado, y que convirtió en icono de la música vernácula el tenor Jorge Negrete. Según se sabe, la letra escrita por Cordero es, en buena medida fruto de la presencia e influencia de Juan Silveti, quien se había despedido de los ruedos el 1º de mayo de aquel mismo año en la plaza de toros “El Toreo”, alternando con Paco Gorráez, Carlos Vera “Cañitas” y por delante estuvo “Conchita” Cintrón” quienes lidiaron 8 toros de Piedras Negras.

   ¿Qué Silveti llevaba alguna cicatriz en la cara, tan grande que para muchos, el rastro de esa herida, se parecía a la dejada por la “caricia” de una navaja?

   No puedo asegurarlo, pero el “Tigre de Guanajuato” llevaba tantos “recuerdos” y cornadas en el cuerpo, más de treinta, alguno de ellos mortal de necesidad, que seguramente no le hacía falta ostentar uno más. Sin embargo, ¿aquella “herida” fue motivo del roce de un pitón, o un mero asunto de faldas?

1942

Corrido de Juan Charrasqueado.

 

Voy a cantarles un corrido muy mentado
Lo que ha pasado allá en la Hacienda de la Flor
La triste historia de un ranchero enamorado
Que fue borracho, parrandero y jugador.

 

Juan se llamaba y lo apodaban “Charrasqueado”
Era valiente y arriesgado en el amor
A las mujeres más bonitas se llevaba
De aquellos campos no quedaba ni una flor.

 

Un día domingo que se andaba emborrachando
A la cantina le corrieron a avisar:
“Cuídate, Juan, que ya por ahí te andan buscando
Son muchos hombres, no te vayan a matar.”

 

No tuvo tiempo de montar en su caballo
Pistola en mano se le echaron de a montón
“Ando borracho”, les gritaba, “y soy buen gallo”
Cuando una bala atravesó su corazón.

 

Creció la milpa con la lluvia en el potrero
Y las palomas van volando al pedregal
Bonitos toros llevan hoy al matadero
Qué buen caballo va montando el caporal.

 

Ya las campanas del santuario están doblando
Todos los fieles se dirigen a rezar
Y por el cerro los rancheros van bajando
A un hombre muerto que lo llevan a enterrar.

 

En una choza muy humilde llora un niño
Y las mujeres se aconsejan y se van
Sólo su madre lo consuela con cariño
Mirando al cielo llora y reza por su Juan.

 

Aquí termino de cantar éste corrido
De Juan ranchero, charrasqueado y burlador
Que se creyó de las mujeres consentidas
Y fue borracho, parrandero y jugador.

 

Víctor Cordero.

1943

VERÓNICA BAJO EL SOL

 

A JUAN SILVETI

 

JUAN SILVETI: no hay retrato

del Tigre de Guanajuato,

que no sea un aguafuerte

cara a cara con la muerte.

La nueva lira saluda

tu audacia que se desnuda

cuando tus ínfulas gastas

para pulirle las astas

-que se vuelven, sin querer,

perchas de la muerte- al toro,

igual que un califa moro

los pechos a una mujer.

Rezumar y florecer

he visto ya los claveles

de tu sangre, en esas pieles

mansas del atardecer,

cuando en el coso repleto,

llevando como amuleto

sobre la frente el mechón,

tu capa –tirabuzón

rojo cual tinto de España-

descorchaba la Champaña

bullente de la emoción.

Crecía la expectación

frente a tu gracia torera,

batiendo su nopalera

de manos en ovación.

 

Juan sin Miedo,

maravilla

del valor y del denuedo;

dorado de Pancho Villa;

recio gladiador del ruedo,

que entre el coruscante enredo

de oro, de seda y de sol,

y en el fatídico rol

de la muerte o la victoria,

fuiste apresando la Gloria

dentro de cada “farol”.

Era la fama un fistol

joyante de tu corbata,

cuyos vuelos escarlata

tendió tu traje español,

que se volvió mexicano

cuando el pico del “jarano”

quiso rasgar el cendal

de nuestro cielo triunfal,

y en un derroche de galas

robó el ímpetu a las alas

del Águila Nacional.

Así fue, charro marcial

que hicieres, llegado el turno,

con el aro de Saturno

tu “crinolina” genial.

 

Maestro

que en el siniestro

redondel, volcaste un día

toda la milagrería

faquiresca de tus pases;

que, másculo y sin disfraces,

-pavoroso en el ceñir-

con un capote de auroras

hiciste tuyas las horas

brillantes del porvenir;

ya no lograrás morir,

a pesar de tu despecho,

pues aún los lances de pecho

te condenan a vivir

porque la Gloria es moneda

que sin ambajes se queda

para cuño tu perfil.

¡Qué banderillas de añil

te brindaron los poetas

acribillando a saetas

tu desplante juvenil,

en el blanco de las mil

y una noches de tu vida

-romancera de un suicida

frustrado por varonil-.

 

Torero, rejoneador

de bureles y horizontes;

va mi tropel de bisontes

para tu lidia mejor,

Silveti:

Deja el confeti

de las estrellas caer;

deja que el atardecer

plagie tu gaya verónica,

y entra triunfal a la jónica

plaza que abrió mi cantar.

Que si vamos a brindar

con disloque

por tu estoque

de luna sin conjunción,

tu capa –tirabuzón

rojo cual tinto de España-

descorchará la Champaña

bullente de la emoción,

y la misma expectación,

frente a tu gracia torera,

batirá su nopalera

fe manos en ovación!…[16]

 

Jorge Ramón Juárez

1957

 LOA HUMORÍSTICA.

 

¿Me pedía versos nacionales?

Íd a Silveti, el matador

de toros bravos y puntales;

es él, por méritos cabales

el amo de nuestro folklore.

 

Con más arrojo que ninguno,

de cualquier juego retozón[17]

lleva en la bolsa el número uno.

es su greñal de Atila[18] el huno,[19]

pero de aquí su corazón.

 

Nadando en plata como un chek,

le habla de tú al prócer cognac

que visita en Chapultepec;

y luego, al tranco, sigue rec-

to[20] y oblicuo hasta Mixcoac.

 

Él es el propio tesorero

de su capricho y su boato,

que al fin este crudo torero

vio cómo saltaba el dinero

de las peñas de Guanajuato.[21]

 

Alegre va por montes y plan

sin ser mayormente un tahúr,

después que bulle su alazán,[22]

con un compadre echa un conquián[23]

y con tecolote,[24] un albur.[25]

 

Corvo el acero que chispea

en pata de búlique[26] y giro

y que él amarra en la pelea;

corvo el mechón que culebrea

bajo la tarde de zafiro.

 

Mechón de sauce babilónico,[27]

lacio, cincunflejo[28] y plural,

de cuyo espesor absalónico[29]

puede sacarse algún lacónico

corderillo, aunque no pascual.

 

Él mismo la guitarra suena,

si está de parranda y de chunga,

mientras una suave morena

pone un antifaz a su pena

con la canción de la Sandunga.[30]

 

Seguro que en su cantimplora,

llena de broncas alegrías

con alguna que otra dolora,

se emborrachó Lino Zamora

y dio un trago Ponciano Díaz.

 

Mas no porque un triple trapazo

para atizar ollas emplee,

Juan sin Miedo, el del fiero brazo

antípoda[31] del bajonazo,

busca la altura en el volapié.

 

Sino por las guardarropías,[32]

rico muestrario nacional,

cuyas bizarras platerías

tiemblan en las ondas bravías

de la crinolina[33] y el pial.[34]

 

De rodillas un cambio atrapa

que hace perdonar su desgarbo,

y evoca, postrado y con capa,

un monje austero de la Trapa[35]

meditando el Oficio Parvo.[36]

 

Y en tanto que por la muleta

corre la muerte y se resbala,

la mecha, indómita e inquieta,

se abre y se cierra como un ala

bajo la tarde de violeta.

 

Y en tanto que por la muleta

corre la muerte y se resbala,

la mecha, indómita e inquieta,

se abre y se cierra como un ala

bajo la tarde de violeta.

 

En la suprema suerte, abona

la flor bermeja del delirio:

don Juan parece que estocona

con la formidable matona[37]

que hizo célebre a don Porfirio.

 

Mata a los toros en caliente[38]

también él; estupefaciente

el valor racial ratifica;

les clava en el testuz un diente,

los muerte y luego los mastica.

 

No van proezas de esa talla

en nuestros históricos cuentos.

Juan se ríe de la medalla

que conmemora la batalla

de Treinta contra Cuatrocientos.[39]

 

No sólo orejas de bureles,

cortara la otra oreja a Malco,

si no fueran tan buenos fieles

quienes presiden en el palco

de almogábares[40] y gomeles.[41]

 

Y airón[42] de la taurina fiesta

y de gloria velludo alarde,

la greña, apenas descompuesta,

ilustra con bárbara gesta

los escarlatas de la tarde.

 

Juan merece para recuerdo

de su memoria en el futuro

(ven, consonante, que me pierdo)

que lo musique Miguel Lerdo[43]

y que lo cincele Panduro.[44]

 

Charro fiel de todo herradero

y en ferias franco brillador,

Juan Silveti, heroico torero,

rayando su penco lucero

lo sienta en el patrio folklore.

 

Rafael López.[45]

1957

DESPEDIDA DE SILVETI.

 

(Toque de clarín)

 

De luto está Guanajuato

Silveti se ha despedido,

se fue aquel bravo jabato

de la afición tan querido.

 

“Juan sin miedo” le llamaban

por su arrojo temerario,

y los que ayer lo aclamaban

le están rezando un rosario.

 

¡Ay, ay, Juan,

tu despedida fue triste,

y en la puerta de cuadrillas

hay luto porque te fuiste!

 

El “Tigre de Guanajuato”

dio a la muerte dos de pecho,

mas fue fatal su arrebato

y solo lo halló la muerte.

 

¡Ay, ay, Juan,

tu despedida fue triste,

y en la puerta de cuadrillas

hay luto porque te fuiste!

 

No cortarás más orejas

no nos darás más asombros,

mas la memoria nos dejas

de tus salidas en hombros.

 

Las plazas se ensombrecieron

cuando Silveti moría;

los que toreando lo vieron

lo recuerdan todavía.

 

¡Ay, ay, Juan,

tu despedida fue triste,

y en la puerta de cuadrillas

hay luto porque te fuiste.

 

Hoy habrá fiesta en el cielo

con la música divina,

para ver a “Juan sin miedo”

van los ángeles en fila.

 

Y allá frente al Juez Supremo

sin cuadrillas y sin montera,

sé que llegó Juan, sereno

para que lo recibiera…

 

¡Ay, ay, Juan,

tu despedida fue triste,

y en la puerta de cuadrillas

hay luto porque te fuiste.

 

Autores: Ricardo Jiménez Sánchez

Anselmo Castro Cabada[46]

1960

UN RANCHO.

 

Una vaquita lechera

que dé sus dos litros diarios:

Además, un buen becerro

del mero Tepeyahualco

para darle los domingos

silvéticos capotazos

(a mí me gusta Silveti

porque es mismamente un macho).

 

León A. Ossorio.[47]

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Otra representación muy “mexicana”, cargada o sobrecargada de una actitud que exalta las virtudes del traje de charro, y del que Silveti se sabía un perfecto intérprete. Col. del autor.


 

[1] Véase: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=24763

NOTA IMPORTANTE: Me reservo el derecho de incluir todas las notas correspondientes a su vez, a las citas indicadas en el texto. El presente material proviene de mi libro: Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados). Dicha versión, ha sido modificada por el Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglox XVI-XXI, mismo que actualmente se encuentra en su cuarta edición, corregida y aumentada, a la que se han incorporado 12 anexos, con aproximadamente 500 nuevos versos localizados en el constante trabajo de investigación.

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