NO TODO ES PESIMISMO. APUNTE PARA UNA TARDE DE T O R O S.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

NO TODO ES PESIMISMO. APUNTE PARA UNA TARDE DE T O R O S. Apuntes y reflexiones a la segunda corrida de la temporada “torista” en la plaza “México”. Domingo 21 de mayo de 2006. Leonardo Benítez, Guillermo Martínez y Arturo Macías (confirmación de alternativa de los dos últimos). 6 toros de Barralva.

   37 son los años que llevo de ver toros. El último cuarto de siglo es todavía más sustancial debido a la forma en que sus particulares contrastes han generado una amplísima gama de temas e investigaciones. Cada nuevo asunto sobre tan añeja tradición se materializa en un aporte, fruto del análisis, hasta dar con la fresca explicación y hasta la siempre oportuna reinterpretación. Mucho del material que he estudiado refiere los penosos capítulos de crisis por las que ha transitado el espectáculo desde que este, en tanto expresión a pie y en su sentido profesional es una realidad. A veces, esas crisis como episodio, se da una después de la otra, por lo que se percibe el fin, la enfermedad Terminal de una “fiesta” vuelta aquelarre.

   Pero no todo es pesimismo. Al contrario, con sucesos como el de ayer domingo 21 de mayo, la diversión de los toros vuelve a revitalizarse en alto grado hasta verla convertida en esa figura de la cual se borran su mal trato, su descuidada apariencia hasta convertirse en la razón amorosa o afectiva, sin que este tono especulativo o figurado hablen de una exageración. Sí de una realidad concreta.

   En casi cuatro décadas, el recuento que he admirado es variopinto. Sin embargo, el acontecimiento de la víspera restaura el ánimo, pero sobre todo emociona, al grado de incentivarse mi afición, de suyo resquebrajada por terceros muy específicos que atentaron sin miramiento alguno. Parece increíble que esa otra extensión del imperio manolomartinista hablo de los cómplices, uno de los cuales es, sin lugar a dudas Rafael Herrerías, se convirtiera en el hacedor del último capítulo, bastante oscuro por cierto, de una notable suma de violaciones y abusos al amparo de otros nuevos y poderosos compinches o contlapaches capaces de todo ese daño. Eso sí, no lograron arrebatarle el último suspiro del que hoy, como ave fénix, renace de entre el peor estercolero y el hedor más insportable la fiesta de toros en la capital del país. Aún así esta otra nueva época, impulsada por empresarios, uno de los cuales ya conoce tejes y manejes de su paso por la plaza “México” hará unos 15 años, es capaz de incorporar al espectáculo con una propuesta, arma de doble filo por su significado de compromisos y responsabilidades. Ofrecerle a la afición pureza e integridad con toros que cumplen sin ningún problema con la edad reglamentaria e incluso, más que eso, supone la sencilla ecuación de la oferta y la demanda sin alteraciones donde las cotas y expectativas brindadas al cliente, al margen del resultado siempre incierto del toro en el ruedo, sea de las que hoy día se conocen, en su sentido más estricto como calidad total. Nos acostumbraremos a lo bueno pero serán esos valores los únicos con capacidad de creencia, espejo y reflejo que deberán tomar como modelo otros empresarios del resto del país que siguieron el ejemplo herreriano hasta llevarlo a extremos de auténtica podredumbre.

   El otro día, en un excelente artículo de Federico Arnás, me encontraba con un término que descubre en el “aficionado” taurino su parte mezquina y oscura: el saqueador del éxito. En efecto, durante la faena, y mientras ocurre esa obra técnica o de arte efímeras una y otra, aunque capaces de crear todo el concepto de gozo y recuerdo que nos quedan en la memoria, es decir, para siempre; somos los primeros en reconocer con el grito emocionado, la ovación sincera o el ondear de un pañuelo que, al sumarse al de otros cientos o miles exigen los apéndices para el diestro triunfador. La emoción es capaz de tenernos absolutamente convencidos de lo que acabamos de presenciar y no nos cambiamos por nadie. Sin embargo, nada más salir de la plaza o pasados algunos días, aquella obra majestuosa que nos enloqueció, no es más que una bagatela. Inconformes, como somos, injustos también, cometemos, como se le comete a algún militar sentenciado, la degradación correspondiente de la faena hasta reducirla a su mínima expresión. Por lo tanto, el hecho histórico se convierte en un mero acontecimiento sin importancia.

   El festejo del domingo, ya lo dijo Julio Téllez, pudo ser histórico si las condiciones del ruedo hubiesen sido remediadas con empeño, puesto que ya existía antecedente del festejo del día 14. Un piso suelto orilla tanto al toro como al torero andar con inseguridad, pues en cualquier momento ocurre la caída, desagradable pero también peligrosa.

   De nuevo, con lo ocurrido el 21 de mayo, al margen de resultados donde uno de los tres alternantes: Leonardo Benítez es el veterano y los otros dos cuentan con un año 6 meses y un año respectivamente de haber recibido la alternativa, misma que confirmaron la tarde calurosa y brillante de un estimulante mes de mayo, nos da una idea de que no siempre están los consagrados (menos en una temporada “torista” de cuatro oportunidades). Pero estos prospectos vienen marcando camino, que encontrarán de ofrecérseles oportunidades valiosas.

   Leonardo Benítez a su primero, inseguro por las condiciones de un piso suelto nos prodigó un discurso demagógico que a pocos gustó. Incluso, algún grito anónimo desde el tendido vino a darle un significado a ese quehacer pues ese “¡Que viva Hugo Chávez!” (hoy por hoy, el presidente venezolano que persigue con su manojo de actitudes la candidatura no del caudillo. Sí del dictador en potencia) representaba la perfecta continuidad del titular del estado venezolano en el ruedo capitalino. En el otro entendió que estaba en la plaza mayor de México y no en tribuna parlamentaria, de ahí su ligera mejoría, no del todo convincente con un toro que se entregó a capote y muleta. La oreja que paseó en olor de santidad al final de su intenso quehacer, sufrió la división de opiniones. Por lo demás, fue grato para la memoria recordar en imágenes frías y gracias al registro mediático, los excelentes pares de banderillas de un sobradísimo Leonardo Benítez quien con bastante suficiencia es capaz de “asomarse al balcón”, colocando los garapullos sin ventajas, pero además, realizando la suerte de manera comprometida, de poder a poder, o por dentro dejando cada par en sitio inmejorable.

   Guillermo Martínez en el de su confirmación fue, en el argumento la figura inédita. Sin embargo en el quinto, un toro bravo que acudía con codicia a la muleta, se planteó el equilibrio y consigue tres o cuatro series de muletazos que levantan a los aficionados de sus asientos. Mal con el acero, se retira entre tibieza de palmas. El mérito mayor fue pasarse por la faja a dos enemigos nada fáciles, sobre todo al segundo, del que aprovechó en toriles, lo mejor de aquel capítulo, con solvencia y en momentos con aplomo y arte, aspectos de los que todavía no afina sus mejores armas para la guerra. Sabemos que lo hará. Ese año y seis meses de alternativa, con 11 festejos desde que adquirió el grado de matador de toros y hasta esta, su actuación en la plaza capitalina, dan una idea de que estamos frente a un diestro incapaz de decir no a una oportunidad del calibre que acaba de probar.

   Arturo Macías si no se acomodó en el tercero –también con ceremonia de confirmación de por medio-, en el último lo más sencillo era desacomodarse, y a otra cosa. El pavo aquel, bello de estampa, portaba una descomunal y decimonónica cornamenta que a cualquier habría puesto en su lugar. Menos a Arturo Macías. Y sobran ejemplos. Fernando Cruz ha triunfado recientemente en Madrid y se le cataloga, al estilo de Sebastián Castella, como un diestro de valor espartano y ha ido a más porque quiere ser torero. Macías es un caso parecido. Para Arturo Macías mis respetos y admiración. La forma en cómo se pasó por la faja y a milímetros del traje, que es decir a milímetros también de las carnes que puso como anzuelo en la faena del que cerraba el festejo, me parece toda una gesta, poco proporcionada por el bajo número de asistentes, pero suficiente como para darnos idea de las capacidades que trae consigo.

   Madrid y México son plazas de máxima categoría. En una y otra he encontrado dos expresiones de un mismo concepto pero hay variantes enormes que terminan por separarlas. Recuperada la plaza capitalina del desprestigio, debe imponerse como el fiel de la balanza de todas las plazas en nuestro país, de tal forma que su resonancia llegue al resto de aquellas otras que habrán de encontrar en toreros como Guillermo Martínez –nada más se asiente-, y Arturo Macías, a dos importantes piezas del futuro taurino.

   Si se nos quitara el trauma o el síndrome de los saqueadores del éxito quizá encontraríamos el justo equilibrio en las cosas de toros. Lamentablemente asumimos el pésimo hábito de los usos y costumbres que le restan a los toreros, nada más salir de la plaza el mérito de lo que allá, adentro, fuimos capaces de elogiar con nuestros gritos y olés entregados y sinceros.

FERNANDO CRUZ

Aquí tienen ustedes a Fernando Cruz, imponiéndose ante un toro, sin más.

La foto es de Alfredo Arévalo, se publicó hace ya un buen número de años en la emblemática revista 6TOROS6.

   Finalmente, tengo que escribir sobre el protagonista principal: el encierro de Barralva. Salvo el primero que hasta se volvía contrario durante la faena de muleta, el resto fue un conjunto de toros bravos, codiciosos, amén de bien presentados, armónicos en su estampa y bien armados, lo que daba idea del tipo de bovinos que necesita una fiesta hoy en franca recuperación.

   Emocionaron a la salida, al borde de las palmas respetuosas. Verlos correr de un lado a otro del ruedo era ver auténticas “locomotoras”, de lo bien proporcionados y musculosos, rematando en burladeros con fiereza. Recargaron con fuerza a los montados, aunque estos se excedieron en imponer un castigo indebido y asqueroso, tapando la salida, cuando no era necesario. Sin embargo, le quedará el orgullo a los ganaderos señores Álvarez Bilbao, de que en cuatro de los arrastres la ovación de los presentes se convirtió en el mejor reconocimiento mismo que fue a desbordarse al final del festejo cuando en auténtico reclamo, los aficionados pidieron su presencia en el ruedo, misma que fue correspondida con señales de modestia, evitando ser levantados en andas por los capitalistas o “costaleros”.

   He ahí lo sencillo que puede ser el lugar de los retornos a la práctica honesta de presentar toros, que los hay, y en grandes cantidades en muchas de las 300 ganaderías existentes hoy día en ese México taurino ocultado o devaluado por quienes ya se fueron, pero que dejaron a su paso horror, desgracia y desaliento. Esperamos no volvernos a encontrar por mucho tiempo con ese estado de desgracia.

21 -24 mayo, 2006.

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