¿TENEMOS IDEA DE CÓMO TOREABAN LOS ANTEPASADOS DE PONCIANO DÍAZ Y LOS CONTEMPORÁNEOS DE BERNARDO GAVIÑO?

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Estoy convencido que algunos carteles permiten conocer las formas y prácticas que usaron aquellos diestros foráneos, si nos atenemos al hecho de que la ciudad de México estuvo privada de dicha diversión entre 1868 y 1886, y de que la prensa, que no necesariamente disponía de una tribuna establecida (el Nº 1 de El Arte de la Lidia apareció hasta el domingo 9 de noviembre de 1884), apenas llegó a publicar aisladas reseñas, como la del 9 de septiembre de 1852 en El Siglo XIX. Pues entonces, lo único a donde podemos acudir es a los cuadros de costumbres que nos legaron autores mexicanos como: Antonio García Cubas, Guillermo Prieto o Luis G. Inclán que se combinaron con el testimonio de viajeros extranjeros, entre quienes podemos apuntar a: Madame Calderón de la Barca, Mathieu de Fossey, Brantz Mayer, José Zorrilla o Niceto de Zamacois, entre otros.

   Podrían resultar muy pocos. Afortunadamente cada uno de ellos, legó abundante información que hoy es posible conocer en infinidad de ediciones originales y sus reediciones respectivas.

   Desde el principio de estas notas se hizo una pregunta concreta: ¿Tenemos idea de cómo toreaban los antepasados de Ponciano Díaz y contemporáneos de Bernardo Gaviño?

   Pues vamos a contestarla.

   Para ello, dispongo de pequeños y escogidos pasajes recogidos de la obra de los autores ya mencionados y, para mejor entenderlos, agrego imágenes que habiendo sido publicadas en esas épocas, hoy las rescato para acompañar cada momento de la lidia, en un afán de reconstrucción total.

   Tal iniciativa la vengo madurando en un trabajo de mayores proporciones y que he titulado: ILUSTRADOR TAURINO, del que traigo las siguientes notas:

 INTRODUCCIÓN

 Las tauromaquias en México

no se escribieron.

Se ilustraron.

   Reconstruir cómo se daba una puesta en escena del toreo en nuestro país, durante algunas épocas bien localizadas del siglo XIX -en lo particular-, ya es posible, gracias a que una serie de pintores y grabadores (los hay de reconocida firma o los agrupados en el anonimato), dejaron su propio testimonio acerca de la forma en que percibieron el espectáculo. Un argumento perfectamente interpretado que entendió esa forma de ser y de pensar, como extensión imaginaria de “Los mexicanos pintados por sí mismos”, obra de Hesiquio Iriarte.

   Los ejemplos son ricos en cantidades y calidades, por lo que me parece indispensable primero, hacer un recuento de los artistas y luego, a partir de sus trabajos realizar la deseada aproximación para entender la manera en que se toreaba durante diversas épocas del siglo decimonónico. Mucho ayudarán algunas crónicas localizadas, así como otras tantas TAUROMAQUIAS publicadas en nuestro país, recordando que fue la de Francisco Montes la primera que se publicó con ese fin en nuestro país; editada e ilustrada por el célebre autor Luis G. Inclán, en 1864.

   Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, cada cual en su estilo, independientemente de su gran producción, sintetizaron la tauromaquia en sendos juegos para niños. Ambas manifestaciones podremos admirarlas en el catálogo formado para esta publicación.

   Por ahora, la fotografía no tiene cabida en el presente recuento. Los pocos daguerrotipos, ambrotipos, tarjetas de visita y hasta ilustraciones estereoscópicas que han sido redescubiertas salen de este contexto, dado que rompen con el encanto de la pintura y el grabado, pero en cierta media fueron modelo para que otros tantos artistas mayores o menores se sirvieran de ellas, para enriquecer con su trabajo las publicaciones periódicas o para dar realce a algún volante de los muchos repartidos en las plazas, donde además se publicaban versos o corridos alusivos a alguna ocasión digna de memoria.

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Manuel Manilla. “La oca taurina”. Grabado. Fuente: Colección del autor.

   Sabemos que la fotografía “enfocó” a la fiesta de los toros en nuestro país desde 1864. Luego, en 1885 aproximadamente podemos mencionar tres arcaicas imágenes que nos dan una vaga idea de un probable foto-reportaje (logrado en el Huisachal), concepto que ya se va a dar en mejor medida hacia fines de 1897 cuando se han podido reunir hasta 6 fotografías que dan testimonio de una actuación de Ponciano Díaz en la plaza de Tenango del Valle, acompañado de la torera española Juana Fernández “La Guerrita”. Luego, el 26 de diciembre de ese mismo año se genera el que puede considerarse “primer gran foto-reportaje” en donde se dejó evidencia de una actuación de Luis Mazzantini y Nicanor Villa “Villita” con reses de Tepeyahualco en la plaza de Bucareli, que consta de más de 30 vistas. Ambos trabajos fueron logrados por Charles B. Waite y Winfield Scott, inquietos reporteros gráficos que además se encargaron de retratar otros tantos pasajes de la vida cotidiana de nuestro país, cuyo encanto terminó “atrapándolos”.

   Todavía en los primeros años de la Revolución y concluida esta, los grabados de Manilla y Posada se dispersaron por diferentes imprentas, mismas que usaron aquellas planchas para ilustrar el cartel encargado previamente. Pero fundamentalmente dejaron testimonio que afortunadamente fue rescatado y hoy rescatamos en esa indispensable labor ajena al olvido.

   La captura de imágenes va a ser posible, gracias a uno de mis trabajos: la Aportación Histórico Taurina Nº 24: “Registro Fotográfico”, cuyo levantamiento continua (hasta el momento de elaborar esta “introducción” llevo un registro de 1031 imágenes). Esa AHT es sustento invaluable pues da vida a los diversos apuntes, artículos, ensayos, series y libros que, por otra parte he elaborado, manteniéndose buena cantidad de ellos inéditos (o lo que es lo mismo, en un rincón).

   De Bernardo y de Ponciano, el Dr. Carlos Cuesta Baquero nos obsequió con los perfiles más completos de ambos, porque al no quedar en la marginación y el olvido dado su papel protagónico, se les puede entender a pesar del tiempo que ahora nos separa de ellos (114 y 101 años respectivamente).

   Pero también, más en contra de Díaz que de Gaviño, hubo campañas perfectamente articuladas que lo destrozaron materialmente. Veamos qué dice Eduardo Noriega “Trespicos” allá por noviembre de 1895:

 LA FILOXERA DE LA AFICIÓN

(…)la evolución ya se había impuesto, pese a unos cuantos que todavía quedan, como quedan algunas tardes nubladas cuando se aleja el estío.

   Dura fue la campaña y tenaz la fatiga; pero al fin, el progreso se ha impuesto, y aunque todavía se queman algunos cartuchos en defensa de lo atrasado, de lo malo y de lo nocivo, aunque todavía hay unos cuantos desbandados que pregonan la falsedad en el arte, y con esta bandera tratan de sofocar el gusto de la afición, ya no hay temor de que sus ideales se impongan, ni esperanza de que sus absurdos se realicen.

   El único y tenaz enemigo que hoy tiene la afición en México, es el antiguo espada y novel empresario Ponciano Díaz…

   Con esto, la prensa taurina establecida, adecuada asimismo al quehacer español que se manifestó en México con amplios poderes desde 1887, instrumentó la opinión intelectual de aquella expresión estética y técnica, liquidó el esquema autóctono y rural que durante muchos años se entronizó como forma mexicana del toreo.

   De esa manera, el último reducto del toreo a la mexicana, el diestro Ponciano Díaz, ya sólo tuvo tiempo de disiparse en desesperadas actitudes que de forma acelerada lo llevaron al fin. Tuvo tiempo de actuar en una que otra tarde aislada hasta que sobrevino su muerte, el 15 de abril de 1899.

   Como puede observarse, culminando materialmente el siglo XIX, terminó también aquel capítulo de toreo al estilo del país, con bajonazos y mete y sacas, del que han quedado secuelas en este XX que también termina.

   Así que de esa y no de otra manera, entenderemos el toreo. Crónicas, pequeños pasajes recogidos en novelas de costumbres, visiones de extranjeros y la imagen, serán nuestros más importantes sustentos para entender cómo se toreaba en el siglo XIX mexicano.

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