A PUNTO DE CONCLUIR LA TEMPORADA 2015-2016.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.  

A Silvia Caramella y a Francisco José Díaz Marcilla, estudiosos que trabajan por estos días en nuestro país. 

   Al margen de las crónicas sobre el último festejo y que ustedes, amables navegantes de este blog ya habrán leído, me permito adivinar que ya cuentan con un amplio juicio de valores, por lo que hoy pretendo hacer algunas observaciones que merecieron mi atención, pues supone un paso adelante en términos más de técnica que de estética a favor de la tauromaquia en su conjunto.

   En principio se lidió el encierro mejor presentado que aun así tuvo “peros” si ha de sometérsele a rigurosas precisiones en términos del significado que tiene el “trapío”. Respecto al juego, se diría que dejaron que desear pues los hubo que voltearon contrarios, o mostraron debilidad en los remos, así como falta de casta o desparramaban la vista a placer. Sin embargo se trataba de un encierro con edad, desarrollo de cornamenta incuestionable, que dieron satisfacción a miles de aficionados quienes, venturosamente estaban viendo una corrida de toros, la cual, junto a los de Manuel de Haro, cumplieron a cabalidad con la más cara de las ilusiones de quienes acuden a un festejo taurino: ver toros. Lo demás, viene por añadidura.

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El Programa coleccionable. México, año 29, N° 1004, 19ª corrida. 14 de febrero de 2016, páginas centrales.

   Y esos toros ofrecieron una lidia digna de anotarse. Por ejemplo, a su salida, prácticamente no derrotaban en los burladeros, salvo que insistieran las infanterías y solo el sexto terminó escobillándose, lo que desmerece por aquella labor a veces inútil e insana que existe en provocar detrás de los burladeros.

   Las cuadrillas, además se excedieron en el uso de capotazos, sobre todo durante el desarrollo del segundo tercio, indicativo de que parecían no estar en capacidad de resolver los problemas sobre la marcha, y más cuando se tenía en frente un encierro como el que se viene desmenuzando.

   El monopuyazo parece haberse convertido en un común denominador pues si bien podría considerarse como parte del propósito de esta suerte, que consiste en provocar una herida por donde se genere hemorragia que libera de estrés al animal. De esto, y en su momento, hubo un importante reportaje del que traigo hasta aquí la parte sustantiva de interés. Me refiero a la entrevista que José Luis Ramón realizó al Dr. Juan Carlos Illera del Portal, quien por el año de 2007 era Director del Departamento de Fisiología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid. Este médico veterinario presentó por aquellos días un estudio novedoso e inédito, en el que demostraba de manera científica que el toro tiene menos estrés durante su lidia que durante el transporte, y que, ante el dolor, libera unas hormonas, las betaendorfinas, que contrarrestan el sufrimiento, de manera que éste llega a ser muy bajo, o incluso nulo, en relación al castigo a que es sometido durante la lidia. Esto en palabras sintetizadas del propio José Luis Ramón, quien además pregunta:

-¿Siente (el toro) más estrés al salir al ruedo que al pasar por el picador o después de ser banderilleado?

   Así es, hablando siempre de las mediciones efectuadas en los niveles hormonales. Por este motivo, el toro tiene una respuesta totalmente distinta a la de las demás especies animales.

-Siempre se ha hablado del papel nivelador del tercio de varas. Este sirve, desde luego, para rebajarle fuerza, para hacerle toreable y, mediante el sangrado, descongestionarle. Ahora sabemos que esto tiene una explicación científica, y que a medida que el toro va siendo lidiado y toreado siente menos estrés.

   Así es. Con datos tenemos demostrado que, después de sufrir un gran estrés en el momento de salir al ruedo, a los cinco minutos sus niveles hormonales son casi normales.

   Y más adelante vuelve a afirmar Illera del Portal:

   Lo que nosotros queremos decir es que la raza del toro de lidia tiene un mecanismo especial que responde rápidamente, en milisengundos con la liberación de cortisol y catecolaminas. Un humano tarda más en responder. El toro es distinto a los demás animales, porque, en cuanto tiene estrés, en mucho menos tiempo que un segundo ya está liberando hormonas para contrarrestar esa situación, de ahí que, en la mayoría de los casos vuelva al caballo después del primer puyazo. (Datos tomados de 6TOROS6 N° 656, del 23 al 29 de enero de 2007, p. 9-13).

   Hasta aquí con esa interesante entrevista. Pero el hecho es que en la mayoría de los casos ocurridos durante una temporada 2015-2016 a punto de concluir, es que los ejemplares que salieron al ruedo, recibieron en promedio un puyazo, y esto frente a una respuesta cada vez más hostil de parte de un público en el que predominan opiniones vertidas por mayorías que no necesariamente se considerarían aficionados de arraigo, sino de nuevas generaciones que han llegado con la idea de que la fiesta ha cambiado. Y esa idea proviene del hecho de su distanciamiento primero, pero también de su enorme esfuerzo por aprender la compleja lectura de la tauromaquia después. Sin embargo, se encuentran ante un panorama complicado, pues no tienen a su alcance una voz cantante capaz de proveerlos de la información correcta, necesaria para conocer el misterio del toreo. Esto aunado a la pésima labor de la mayoría de los varilargueros que no realizan la suerte de conformidad con los más rancios dictados, o lo que es lo mismo, los usos y costumbres. Por lo tanto, lo que han conseguido hacer de dicha suerte es un disparate, al punto de que es la más repudiada. Además de que montan una cabalgadura excesivamente cargada no solo con el peso de la silla, sino también de un peto que parece no cumplir ni por casualidad lo indicado en el reglamento taurino. A esto debe agregarse la sospecha de que esos caballos que salen a contraquerencia y querencia, se les aplica alguna dosis de somníferos, con lo que en cualquier momento pierden el equilibrio. Luego los “hulanos” (una gran mayoría) se obstinan en tapar la salida, con la enorme ventaja de que el toro se pone en suerte, las más de las veces a dos o tres metros de la cabalgadura, con lo que se tiene eliminada aquella otra oportunidad de verles embestir desde largo, lo que daría más brillo a la suerte. Las adecuaciones que requiere esta suerte son urgentes; incluso para sabernos involucrados en opiniones y comentarios que podrían ser de gran utilidad para ponerla al día; pero sin que pierda su esencia originaria.

   Finalmente, aunque vimos a un Sergio Flores en un momento clave de su vida, debo decir que es preocupante que muchos diestros estén empleando o poniendo en práctica una faena ausente de elementos de comprobación basados en la técnica, sobre todo en los preámbulos de sus trasteos. Pero también, y aquí lo más importante: que esas faenas se parecen mucho entre sí, con lo que se pierde la enorme oportunidad de volver a la fuente creativa en la que siguen a la espera otros métodos y procedimientos tan intensos y ricos como estos, e incluso más, pues en esas labores puede haber técnica y estética desconocida, y que se ha perdido temporalmente porque se impusieron diferentes líneas de mando que desplazaron o marginaron aquellos procedimientos, muy al estilo, por ejemplo de José Gómez Ortega, de Joaquín Rodríguez, de Fermín Espinosa, junto a labores artísticas como las de Rafael Gómez Ortega, Rodolfo Gaona, Manuel Jiménez, Francisco Vega de los Reyes, Alfonso Ramírez o Luis Procuna. Incluso estas últimas vertientes, las de 50 años concentradas en Antonio Ordoñez, Jesús Solórzano, Francisco Romero, Rafael de Paula… o Mariano Ramos y José Miguel Arroyo, como otro periodo de afirmación en el toreo. Es decir: la summa de la experiencia del siglo pasado se ha ido perdiendo para dar paso a la desmesura del minimalismo vuelto faena. Y todo lo anterior, con la colaboración armónica de un toro estandarizado que ha puesto en un predicamento a la fiesta.

   Sobre la suerte suprema, esto será motivo de otro texto que prometo vendrá muy pronto.

17 de febrero de 2016.

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