LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO… (I).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX.

PARTE I

INTRODUCCIÓN Y MARCO HISTÓRICO.

    Durante buena parte del siglo XVI criollos, plebeyos y gente del campo enfrentaron o encararon ciertas leyes que les impedían montar a caballo,[1] por lo cual también habría habido restricciones para ejecutar suertes del toreo ecuestre. Sin embargo, es posible imaginar que muchos personajes pudieron ignorar aquellas restricciones impulsados por la rebeldía, y más aún por el hecho de estar integrados al ámbito de las haciendas, donde eran comunes un tipo de prácticas relacionadas con el manejo de ganados mayores y menores. Así, en convivencia con toros y caballos por ejemplo, hubo posibilidad de crear todo un despliegue de actividades que llevaron a aquellos hombres a dominar suertes eminentemente rurales, que luego se integraron en espacios urbanos como las plazas de toros, ante la mirada de miles de asistentes que contemplaron infinidad de festejos en donde el encuentro de esas tres presencias: hombre, toro y caballo alcanzaron niveles de notabilidad que consolidaron un espectáculo el cual seguía alimentándose y retroalimentándose de aspectos novedosos. A la gran puesta en escena del toreo caballeresco se sumó otro capítulo, el de las mojigangas. Y estas representaciones se extendieron con fuerza inusitada durante buena parte del siglo XIX.  Por otro lado, y ya muy avanzado el siglo XVIII, dejaron de correrse toros en la fiesta de san Hipólito, (en lo que debo considerar cierta pérdida de interés en la misma) lo cual deja ver un síntoma que estaba encaminándose a la emancipación. Esta representación fue durante muchos años un poderoso instrumento de cohesión entre las autoridades no solo civiles sino religiosas, lo que permitió extender la imagen de la dominación española sobre los indígenas, al punto de que las representaciones del toreo a caballo fueron una especie de fiel de la balanza, y donde ciertos personajes secundarios o terciarios en tales festejos, con intención de hacerse de algún protagonismo, intervinieron pero ocultándose detrás de una máscara. Fue por eso que en tiempos en que gobernó el virrey Bernardo de Gálvez, se llegó a conocer a dichos “actores” como “tapados y preparados”, justo en momentos en que el toreo a pie estaba encontrando condiciones muy favorables para su desarrollo. Lo anterior, se suma al universo de contrates que comenzaron a surgir en tanto la nueva casa reinante -los Borbones- sustituía a los Austrias. Esto ocurrió exactamente en 1700. Es conocido el hecho de que Felipe V manifestó un abierto desprecio a ciertas costumbres comunes en la España que él comienza a reinar. Durante el reinado de Carlos III (esto entre 1767 y 1768), se empezaron a tomar iniciativas en España para acabar con la fiesta brava. El toreo fue víctima de aquel desaire y aunque las nobles se mantuvieron erguidos montando briosos corceles y ejecutando lo mejor que hasta ese momento era la tauromaquia de a caballo, se presentó el efecto de aquel ambiente, por lo que para 1730 aproximadamente eran ya muy pocos los caballeros que defendían una causa vigente desde siglos atrás, lo que permitió que una multitud de plebeyos arribara al escenario con lo que se impuso el toreo de a pie. Este partía de su expresión más primitiva pero al cabo de los siglos, dicho quehacer, como lo vemos hoy, alcanza ya lo mejor de su manifestación, luego de que durante varias generaciones fue motivo de constantes cambios y rutas que lograron ponerlo en el sitio que, como ya dijimos, ocupa esplendoroso hasta el día de hoy.

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Entre las mejores recreaciones logradas hasta hoy, se encuentran las que realizó Antonio Navarrete. Aquí, el alanceamiento de un toro, durante el periodo de esplendor del toreo caballeresco en la Nueva España.

En: Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

   Como dice Juan Pedro Viqueira Albán en su libro ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces:

Las corridas dejaron de realizarse exclusivamente para festejos políticos o religiosos y se organizaron temporadas que no tenían otro objeto que recabar fondos para las cajas del Estado.[2]

   Esto es, que también el aspecto administrativo y de organización tomó otro sentido, el cual durante algún tiempo no se pudo controlar, por lo que de pronto los asentistas (o empresarios), lograron imponer férreo control hasta llegar a convertir el espectáculo de los toros en un medio de posicionamiento político.

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En: MUNDO HISPÁNICO Nº 269. Agosto 1970.

   Sin embargo, estos asentistas lograron atraer al público ofreciendo espectáculos donde se programaban “multitud de pequeñas diversiones que le hicieron perder por completo su carácter original de ejercicio de caballería”.[3] A esto, debe agregarse el hecho de que siendo la plaza de toros del Volador la única en que se permitían corridas para celebrar la entrada de los virreyes o por fiestas reales, aparecieron otros cosos en donde ese nuevo tipo de expresiones poco a poco fue adquiriendo fuerza y presencia. Así, surgieron plazas efímeras como: Chapultepec, la de Don Toribio, San Diego, San Sebastián, Santa Isabel, Santiago Tlatelolco, San Lucas, Tarasquillo, Lagunilla, Hornillo, San Antonio Abad y la Real Plaza de toros de San Pablo, escenario este, de la mayor representatividad en aquella época, que va de 1788 a 1864 con sus respectivos cortes, motivo de incendios, suspensiones, desmantelamientos o por su mal estado.

   Durante el siglo XIX, el género de la diversión taurina se hallaba provisto de una riqueza sustentada en innovaciones e invenciones que permiten verla como fuente interminable de creación cuya singularidad fue la de que aquellos espectáculos eran distintos los unos de los otros. Ello parece indicar la relación que se vino dando entre los quehaceres campiranos y los vigentes en las plazas de toros. Sociedad y también correspondencia de intensidad permanente, con su vivir implícito en la independencia, fórmula que se dispuso para el logro de una autenticidad taurómaca nacional.

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Dos escenas primitivas del toreo de a pie, representadas en la “Fuente taurina” de Acámbaro, Guanajuato, obra que se remonta a mediados del siglo XVI. En: ARTES DE MÉXICO. El toreo en México. N° 90/91, año XIV, 1967, 2a. época., p. 26.

NAVARRETE Pág. 64

Imagen que representa el “Paseo del Pendón”, con que se conmemoraba el día de San Hipólito. Cada 13 de agosto, desde 1528 y hasta principios del siglo XIX ese pretexto rememoraba la capitulación de la ciudad México-Tenochtitlan, así como la consumación de la conquista española.

En: Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.


[1] Fue así como el Rey instruyó a la Primera Audiencia, el 24 de diciembre de 1528, para que no vendieran o entregaran a los indios, caballos ni yeguas, por el inconveniente que de ello podría suceder en “hazerse los indios diestros de andar a caballo, so pena de muerte y perdimiento de bienes… así mesmo provereis, que no haya mulas, porque todos tengan caballos…”. Esta misma orden fué reiterada por la Reina doña Juana a la Segunda Audiencia, en Cédula del 12 de julio de 1530. De hecho, las disposiciones tuvieron excepción con los indígenas principales.

[2] Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 40.

[3] Op. cit., p. 47.

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